Sin sonido, solo humedad y un pábilo de luz en el dintel.
El nombre está borroso, la puerta vibra con el temblor del cristal.
¿Son de cartón los espejos, el silencio un rayo que no escucha
el eclipse del ayer, acaso hay pájaros en las molduras
o un manantial bajo la alfombra de tapiz geométrico?
¿Y la música de un violín en la noche, el rumor de las conversaciones
en un idioma inaudible, la luna en la lucerna, la pared oscurecida
por el rastro del tiempo?
Pende de la araña un microcosmos de luz y yo santiguo el aire
con mi índice de niño, qué paraíso de almidón en la chalina,
qué rotundo el lazo en la nuez del servidor, qué palabras
de dulce ensueño anuncian la carta como un féretro que se abre
al pórtico de mi boca.
Y resplandece la cubertería y la cerámica gime,
y en el vidrio habita un fluido de lágrimas, y en el mantel
un mapamundi como una enagua de ribetes de coral
que tapara la pulida superficie de la caoba.
Oh! la fúnebre senectud de los cuadros, la columna griega-agrietada,
el estuco blanco y las flores en el brocal de un búcaro.
Ya voy al vientre de la nocturnidad después de la fugaz canción del hambre,
el mármol y la balaustrada en flor con el óxido del hierro
y la pintura enferma y ese quejido en el alma del edificio
cuando mis pies hunden su estilete en la madera rota.
Y yo sin el uniforme púrpura, y yo con el andrajo y los pantalones azules del mendigo,
y yo casi mudo como una estatua en el fósil iris de la edad,
y yo ángel que en su habitación escribe versos que caen al suelo
igual que nieve tibia, y yo que no respondo a la pregunta del barman
salgo a la lluvia como quien sale al adiós de una nave sin destino.
Y yo que conocí la sinrazón anacrónica que se instaló en la cortina de mis ojos,
me alejo de la luz, del rótulo con letras sonámbulas, de los números que son el epitafio
de las habitaciones vacías, del tordo que huye del alféizar, de mi sombra saciada,
y voy al encuentro del duende que no madruga con el corazón en calma
y en la voz un rosal ya sin espinas.
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