Quizá porque un sol le abandonó,
quizá porque su recuerdo era de lluvia,
quizá solo quería lucir la gabardina del padre
bajo la luz ajada de un tren nocturno.
No sabía, entonces, que el destino es un pájaro caprichoso
que vuela al azar como una cicatriz indescifrable
sobre un azul de sombras.
Yo pensaba en el corazón de la isla,
el mar sin fulgor,
un palmeral, las laderas negras
y un cálido desdén de horas vacías.
Y allí, él,
el pistolero desarmado,
con el costurón del rostro al aire
y aquella risa, sin alma, que conocí tan bien,
insolente como un geiser de espuma.
Madrid ama los eneros,
el frío condensa en una nube de amor
la miseria, los olores fétidos,
la suciedad que antes era líquida
como un miasma de agua.
Había un luto en la desesperación,
hambre de desafío y un terror de mosaicos encendidos
al huir de nosotros, al fingir una estrategia
contra la caída.
Recuerdo que la razón del vino era un aullido en la garganta
y el retorno una bandera de alcohol ensimismado,
recuerdo el silencio de las voces
o, más bien, la huella de las voces en una lengua amortajada
por no saber decir, no.
Rompió el avión la piel del cielo
con su vorágine y su carcasa de metal,
en su interior los códices secretos de la mudez,
los ojos viajando de las sombras a la claridad,
de la raíz insulsa de la tierra
hasta la irracionalidad del océano,
terriblemente calmo en este invierno,
dándome una razón que negara su mito;
algo así como mi vida a contraluz en un adiós disparatado,
en un sin sentido de espejos.
Él murió en un hospital gris,
y yo guardo su gabardina,
porque siempre llueven sobre mí
las horas en que hablamos del mundo y sus enigmas,
de los signos y de la historia,
de mujeres y libertad,
de un porvenir
que nunca llegó a pronunciar su nombre.
lunes, 24 de febrero de 2020
sábado, 22 de febrero de 2020
Los paraísos
Hay un paraíso, casi siempre frágil, al que algunos llaman recuerdo.
Cierra los ojos y aspira la luz del túnel amigo;
allí, aún persisten, los olores, el tacto, el sabor de la sal y de la lluvia,
los juegos sin fin, tantas veces la incertidumbre en el anaquel de la sombra.
Tuviste un amor,
o dos,
o tres,
legendarias Olimpias se posaban en tu lengua
como libélulas rojas.
Pero llegó la reina ambarina,
su misterio robó al día la memoria del crepúsculo,
tan resplandeciente su huella al marchar
o al volver de sí.
Hoy recuerdas paisajes, olas de invierno,
los tejados tan ocres desde la habitación abuhardillada
y la fatalidad que sufre:
la respuesta ignota en un examen,
el vicio o la imaginación púrpura
al sentir el oro blanco del deseo en las ingles.
Siempre atrás, siempre la mudez de los labios sellados
y el refugio de la música, la soledad húmeda de las madrugadas
sin el sonido amable de las fuentes.
Y, de pronto, ya no existe el confín de tu infancia o de tu juventud,
ni los comercios donde compraste el fulgor de los sueños,
ni la furia del vendaval que hería los vidrios de aquella casa
que murió sin tú saberlo,
sin
tú
saberlo.
Y aún recuerdas el silencio,
la idolatría volátil por un lugar donde los mitos se diluían
igual que títeres de agua.
Hay un crisol de imágenes selladas con un lacre en tu corazón,
hay daguerrotipos que tiemblan en tus manos
cuando dibujas la edad; y todo eso no son más que las pulsaciones de un fantasma
al que ves en el espejo sin reconocerte,
sin saber que en tu memoria los paraísos nunca mueren,
aunque a menudo a ti te parezcan
las cenizas insondables de un rescoldo.
Cierra los ojos y aspira la luz del túnel amigo;
allí, aún persisten, los olores, el tacto, el sabor de la sal y de la lluvia,
los juegos sin fin, tantas veces la incertidumbre en el anaquel de la sombra.
Tuviste un amor,
o dos,
o tres,
legendarias Olimpias se posaban en tu lengua
como libélulas rojas.
Pero llegó la reina ambarina,
su misterio robó al día la memoria del crepúsculo,
tan resplandeciente su huella al marchar
o al volver de sí.
Hoy recuerdas paisajes, olas de invierno,
los tejados tan ocres desde la habitación abuhardillada
y la fatalidad que sufre:
la respuesta ignota en un examen,
el vicio o la imaginación púrpura
al sentir el oro blanco del deseo en las ingles.
Siempre atrás, siempre la mudez de los labios sellados
y el refugio de la música, la soledad húmeda de las madrugadas
sin el sonido amable de las fuentes.
Y, de pronto, ya no existe el confín de tu infancia o de tu juventud,
ni los comercios donde compraste el fulgor de los sueños,
ni la furia del vendaval que hería los vidrios de aquella casa
que murió sin tú saberlo,
sin
tú
saberlo.
Y aún recuerdas el silencio,
la idolatría volátil por un lugar donde los mitos se diluían
igual que títeres de agua.
Hay un crisol de imágenes selladas con un lacre en tu corazón,
hay daguerrotipos que tiemblan en tus manos
cuando dibujas la edad; y todo eso no son más que las pulsaciones de un fantasma
al que ves en el espejo sin reconocerte,
sin saber que en tu memoria los paraísos nunca mueren,
aunque a menudo a ti te parezcan
las cenizas insondables de un rescoldo.
jueves, 20 de febrero de 2020
Solo entonces comprendí
Todos los nidos han muerto.
Una galería de voces y un olor a sábanas viejas.
Crujían los escalones como si pisáramos le piel de los murciélagos,
su sangre azul, desparramada.
Era tu hogar un laberinto de puertas sin alma,
la confidencia tras el ardor de la noche, un jadeo que entristece la luz.
Existió en tus ojos la sed monacal que no pregunta,
te fuiste hacia los siglos y los bajos fondos del futuro,
poblaste los cabellos del devenir con tus ovarios de ninfa.
Esta casa tenía un patio blanco y una verdad oscura,
metros cuadrados de insomnio y una cicatriz en el sofá
con la ceniza de tu nombre. Me llamaste y yo vi la hora palpitar
y vi tu cruz de espanto, recogida en la habitación,
ovillada de luna. Solo entonces comprendí
que, al fin, éramos uno.
Una galería de voces y un olor a sábanas viejas.
Crujían los escalones como si pisáramos le piel de los murciélagos,
su sangre azul, desparramada.
Era tu hogar un laberinto de puertas sin alma,
la confidencia tras el ardor de la noche, un jadeo que entristece la luz.
Existió en tus ojos la sed monacal que no pregunta,
te fuiste hacia los siglos y los bajos fondos del futuro,
poblaste los cabellos del devenir con tus ovarios de ninfa.
Esta casa tenía un patio blanco y una verdad oscura,
metros cuadrados de insomnio y una cicatriz en el sofá
con la ceniza de tu nombre. Me llamaste y yo vi la hora palpitar
y vi tu cruz de espanto, recogida en la habitación,
ovillada de luna. Solo entonces comprendí
que, al fin, éramos uno.
miércoles, 19 de febrero de 2020
El regreso de la alondra
Te vi y de tu voz brotaban serpientes, de tu marfil
la sed de las sirenas, en el ojal del silencio
un cosmos de partituras por componer
y un rastro de ángel en las axilas de la luz.
Yo te comprendo, la juventud es un toro
que embiste círculos de estrellas, solo quieres el rubor
que la noche mata, solo la mordedura en las ingles,
el aire exacto en que las nubes del sexo estallan
como risueños acólitos del éxtasis. Acompáñame,
sé mi sombra, sé el espejo que adelgaza la inquietud,
la cornisa que se vuelve tobogán, caída inmortal
desde las rodillas ancladas hacia el agujero flamígero
que absorbe a los pájaros, tan ciegos como tú
en la insondable entrega que concibe un alud.
Ya ves que no hay muerte cuando dos cuerpos lloran
bajo una sábana en llamas. Me susurras el himno
inventado del amor y yo te escucho, porque soy piel
y soy tu nombre, y soy la alondra que regresa al ventanal
como si una herida nos escogiera para ser la luz entre la umbría,
el crisol que incendia el confín de tu mirada.
la sed de las sirenas, en el ojal del silencio
un cosmos de partituras por componer
y un rastro de ángel en las axilas de la luz.
Yo te comprendo, la juventud es un toro
que embiste círculos de estrellas, solo quieres el rubor
que la noche mata, solo la mordedura en las ingles,
el aire exacto en que las nubes del sexo estallan
como risueños acólitos del éxtasis. Acompáñame,
sé mi sombra, sé el espejo que adelgaza la inquietud,
la cornisa que se vuelve tobogán, caída inmortal
desde las rodillas ancladas hacia el agujero flamígero
que absorbe a los pájaros, tan ciegos como tú
en la insondable entrega que concibe un alud.
Ya ves que no hay muerte cuando dos cuerpos lloran
bajo una sábana en llamas. Me susurras el himno
inventado del amor y yo te escucho, porque soy piel
y soy tu nombre, y soy la alondra que regresa al ventanal
como si una herida nos escogiera para ser la luz entre la umbría,
el crisol que incendia el confín de tu mirada.
domingo, 16 de febrero de 2020
Siempre llega septiembre
Son los abrazos de la canícula alas invisibles.
Mi cuerpo escribió mensajes de luz en hojas secas,
mi cuerpo sedujo a los fantasmas ateridos
con la imaginación de quien crece en la pregunta,
fue su alquimia la memoria de los veranos,
un estío que moja de sudor la cal de los portales.
Y es que siempre viven en julio el bosque y el río de la infancia,
allá en la umbría del valle,
bajo los castaños que llevan mi apellido,
el musgo húmedo de savia,
las cicatrices en los troncos con la forma de un corazón
y dos nombres entrelazados.
Son mis huesos el metal de una bicicleta,
las ruedas el vigor, el fortín,
el desafío a la vejez,
al fugaz artilugio del tiempo.
Labran el campo los campesinos viejos,
recogen la mies con ese amor infinito de los cómplices,
sudan, sin mirar cómo el sol de agosto calcina su piel,
tapados sus cabellos por sombreros de paja.
Y es dura su labor y hay sed en los labios
y dolor en las corvas, y hay negritud y tiembla el sueño
al ver la nube oscura, la nube de tormenta que amenaza
como un triste jalón de la desgracia.
Pero a los niños no les importa
los niños ríen, nadan bajo el puente de este río casi seco,
juegan al fútbol o al brilé
o a las escondidas en la casa abandonada,
en el jardín asilvestrado cubierto de espinos,
de telarañas y rosas mustias.
Y llega septiembre y ya la luz se recoge como una madre cansada,
el verano es la excusa del recuerdo,
el frío enfría la raíz del trigo;
se oyen campanas de domingo,
del último domingo de un mes que invoca a las noches cortas
y a los ocres y a los hongos del robledal
y a los pájaros que callan mientras vuelan como sonámbulos
o dibujan volubles arpegios sobre un cielo infinitamente gris.
Mi cuerpo escribió mensajes de luz en hojas secas,
mi cuerpo sedujo a los fantasmas ateridos
con la imaginación de quien crece en la pregunta,
fue su alquimia la memoria de los veranos,
un estío que moja de sudor la cal de los portales.
Y es que siempre viven en julio el bosque y el río de la infancia,
allá en la umbría del valle,
bajo los castaños que llevan mi apellido,
el musgo húmedo de savia,
las cicatrices en los troncos con la forma de un corazón
y dos nombres entrelazados.
Son mis huesos el metal de una bicicleta,
las ruedas el vigor, el fortín,
el desafío a la vejez,
al fugaz artilugio del tiempo.
Labran el campo los campesinos viejos,
recogen la mies con ese amor infinito de los cómplices,
sudan, sin mirar cómo el sol de agosto calcina su piel,
tapados sus cabellos por sombreros de paja.
Y es dura su labor y hay sed en los labios
y dolor en las corvas, y hay negritud y tiembla el sueño
al ver la nube oscura, la nube de tormenta que amenaza
como un triste jalón de la desgracia.
Pero a los niños no les importa
los niños ríen, nadan bajo el puente de este río casi seco,
juegan al fútbol o al brilé
o a las escondidas en la casa abandonada,
en el jardín asilvestrado cubierto de espinos,
de telarañas y rosas mustias.
Y llega septiembre y ya la luz se recoge como una madre cansada,
el verano es la excusa del recuerdo,
el frío enfría la raíz del trigo;
se oyen campanas de domingo,
del último domingo de un mes que invoca a las noches cortas
y a los ocres y a los hongos del robledal
y a los pájaros que callan mientras vuelan como sonámbulos
o dibujan volubles arpegios sobre un cielo infinitamente gris.
sábado, 15 de febrero de 2020
El aula
Hay un saber, sin oscuridad, de filamentos leves.
Son palabras que perviven, letras de tiza que se enroscan,
las equis y los números como títeres en el crisol de una pizarra.
Soy profesor y guardo en los labios un mensaje de aliento,
posos que crecen hasta la fibra núbil de una ilusión,
papeles no escritos en el meridiano de la voz
que, intrascendente, incendia en un niño
su corazón y su raíz. Estoy aquí, cada día,
como un mesías diminuto que transmite su fe heredada
por los eclipses del tiempo y las razones de la vida.
Porfío, socavando el surco para llenar las huellas
de los que ahora pisan aire. Y me siento como un árbol
que entrega su carozo al porvenir, la hostia dulce
que, quien abre su inquietud a la deriva,
recibirá en la sombra, hasta que un pábilo de luz
oriente su destino.
Son palabras que perviven, letras de tiza que se enroscan,
las equis y los números como títeres en el crisol de una pizarra.
Soy profesor y guardo en los labios un mensaje de aliento,
posos que crecen hasta la fibra núbil de una ilusión,
papeles no escritos en el meridiano de la voz
que, intrascendente, incendia en un niño
su corazón y su raíz. Estoy aquí, cada día,
como un mesías diminuto que transmite su fe heredada
por los eclipses del tiempo y las razones de la vida.
Porfío, socavando el surco para llenar las huellas
de los que ahora pisan aire. Y me siento como un árbol
que entrega su carozo al porvenir, la hostia dulce
que, quien abre su inquietud a la deriva,
recibirá en la sombra, hasta que un pábilo de luz
oriente su destino.
miércoles, 12 de febrero de 2020
La fiera vencida
¿Qué ocurre si al mirarte en el espejo ves un tigre
y si yo me miro veo una flor? Así cuando alzas
el rostro y eres una sombra en silencio
o te escondes en la espesura como un felino mortal,
o maúllas, lamiéndote las garras bajo el dosel.
¿Y yo? En qué jardín de ángeles caídos brotará mi voz,
y si mi piel es tersura, frágil arrobo, un lecho
donde se posan los pájaros vencidos por la luz;
podré acaso desgarrar tu carne
con mis dientes
de polen.
y si yo me miro veo una flor? Así cuando alzas
el rostro y eres una sombra en silencio
o te escondes en la espesura como un felino mortal,
o maúllas, lamiéndote las garras bajo el dosel.
¿Y yo? En qué jardín de ángeles caídos brotará mi voz,
y si mi piel es tersura, frágil arrobo, un lecho
donde se posan los pájaros vencidos por la luz;
podré acaso desgarrar tu carne
con mis dientes
de polen.
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