Nunca te vi con las flores del alba,
ni en el episodio de la luz un velo de niña acogió tu hambre virgen,
solo fuiste lluvia sobre el horizonte de las amapolas,
un leve eco que rocía la ternura de la tarde,
un silbido frágil sin la plenitud del relámpago,
el oro sin la mitad del brillo en los cabellos que te pueblan.
Así en el tobogán gris que desliza su curva por los misterios del aire
vagas entre el azul y el fulgor que anuncia los encendidos meteoros
de una pasión antigua.
Qué púlpito nombró tu metamorfosis de duende,
en qué noche los filamentos de la luz brotaron de tus ojos para iluminar
el paraíso desnudo de tu carne.
Hoy crepitan las lilas en lo hondo del corazón,
la edad ha dibujado en tu piel dentelladas de silencio
y ya no eres la sinrazón que quebraba los horóscopos
donde yacían nuestros signos como árboles de un mismo jardín.
De pronto has vuelto a las esquinas, al frío, al portal oscuro
que guardaba tu sombra, a veces la luna sonríe en el marfil
de tus molares, otras veces la cruz delgada del olvido
pesa en tu corazón de infancia, entonces sueño con lo imposible,
el reloj se detiene y te busco en mi memoria
donde has anclado tu raíz eterna
entre los besos huidos
y la palabra que yace muda
en lo hondo de mi ser.
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