miércoles, 6 de mayo de 2026

Abel

 

Éramos tan diferentes.


Él rudo,

huraño,

melancólico.


Yo vital,

bondadoso,

un hombre responsable.


De niño Caín me miraba como si tuviera

la espina de los celos hincándole 

en lo mas recóndito 

de su corazón.


Cada uno eligió su tarea,

él cultivar los campos de sol a sol.


Yo pastorear los rebaños desde el amanecer

hasta que el día anunciaba 

la proximidad del crepúsculo.


Dios nos pidió una muestra de amor.


Caín le entregó cien gavillas de trigo

y yo un hermoso carnero.


Le dije: no soy culpable de que Dios eligiera mi presente.


Entonces de su zurrón sacó una quijada,

golpeó y golpeó en mi cabeza

hasta que comprendí que ese era el final

y que a Caín le esperaba algo peor que la muerte,

el juicio de Dios.

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