El tren surca las avenidas del futuro,
llega, arriba a la estación del sueño,
en su interior los rostros callan,
son espejismo,
mímesis de bienvenida a la espesura,
a las calles sin alma,
al neón que anuncia
en rojo y azul
promesas de edén.
Cruzo como si transitara un puente de abril
bajo la lluvia de arco iris
la línea invisible que une el color de los semáforos.
A través de este río de músculos vencidos por la lentitud
viajo con el horizonte en llamas hacia el corazón de una metrópoli
que recibe a mi perdida adolescencia y envía mensajes al alba
de banderas que el aire mece bajo un cielo de ángeles
aplaudiendo a los círculos del misterio.
Me asomo al laberinto que el azar dibuja
antes de que mis pasos inscriban la huella del nómada
con su telaraña de signos
como índices pétreos
en el corredor sin salida de la infatigable noche.
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