Arrastra los pies al caminar.
Se esfuerza en ir erguido
porque el orgullo es algo
que no envejece.
Ante el ventanal mira el jardín con ojos de ausencia.
Es como si aún pudiera ver el pasado vivo
entre las hojas caídas de los árboles.
Podría estar un día entero así.
Alguien le llama por su nombre,
Ramón hay que volver,
le dice con cariño
la enfermera.
Y siente, de pronto, que nada es tan real como su miedo.
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