¿Será la luz, un beso de luz?
Hay un instante de languidez que dura,
tu perfil ambiguo aún no regresa
convive con el aliento de la claridad,
duerme bajo un microscopio
de ninfas o ángeles en cruz.
Avanza el rostro del día,
cubre ahora la sábana con la lengua de albor
que el espejo difumina en los ribetes sombríos.
Pero yo estoy junto al algebra
que tu postura anuncia,
interrogación bajo los codos,
el vientre desprevenido,
los omóplatos quebrados por el ángulo,
tus rodillas ágiles
contra mis rodillas sin patria.
Al ovillarte enciendes una siempreviva en los párpados,
te acuestas en el silencio,
el neceser que medró en la penumbra
rebrota ajeno a ti
como una flor amarilla.
En el dosel taraceado
yo dibujo un sur de golondrinas,
tu elocuencia son las uñas curvadas
contra el reloj que miente.
Dejemos que la mañana no busque afuera el confín,
me desdoblo en ti igual que una historia anterior,
una historia que no anuncia fugacidad,
un rebumbio donde abrazados
la veloz estrategia del tiempo persista;
volátil grito que se eleve
hasta el lugar en que los fuegos artificiales iluminan
los espacios y la virtud, las esperanzas y el soliloquio
de este soñador que sueña.
viernes, 13 de abril de 2018
miércoles, 11 de abril de 2018
El conductor
Otra vez el paisaje
que no sé si soy yo
o viene a mí.
El cuerpo recuerda los esbozos
de una gimnasia donde el auto era la libertad
y los pasos la ceniza.
Ausentarse de las calles,
circular como un pájaro recién nacido
sobre los tejados de la vida,
esconder de otros la mirada,
en ti el futuro de los alfiles
en mí el presente del sinsabor.
Aquel Peugeot lucía la blancura de las olas,
rociaba contra el alba su ejercicio de músculos y claxon,
impedía que el rayo verde cerrara sobre sí
el esplendor del horizonte,
siempre vivo
como la raíz que recibe en agosto la última lluvia de abril.
Ya mi forma distraída ocupaba el espacio,
de pronto tú y el viaje, la ternura de los bosques,
los ríos que solo mostraban su llaga de agua,
indiferente al transcurrir
-porque no entendíamos entonces la eternidad del instante-
hasta los pies de una ciudad,
ciudad de arena,
no ciudad,
cielo de verano entre las dunas,
tu carne al fin en el devenir de los días,
perfecta, dulce y húmeda
como la vid antes de que el granizo llore
sobre su cáliz de purpúrea eternidad.
Es cierto, el ayer es un símbolo,
hoy en el auto de metal pulido
recojo a Ismael,
desafío al párpado insomne de los semáforos
y reconozco el bostezo de las cohortes
que me acompañan con el astuto equilibrio de una repetición raída
mientras igualo mi tiempo al de un reloj que no perdona los sueños.
Me has traicionado, febril mecánica sin fe,
o quizá tú solo eras la paloma
que un día envío contra los muros
un mensaje diáfano de voluntad,
una voz libre,
un espejo traspasado hasta los confines
que tú y yo conquistamos
con el éxtasis del desencuentro
y la indiferencia que, a menudo, ansían los ángeles.
que no sé si soy yo
o viene a mí.
El cuerpo recuerda los esbozos
de una gimnasia donde el auto era la libertad
y los pasos la ceniza.
Ausentarse de las calles,
circular como un pájaro recién nacido
sobre los tejados de la vida,
esconder de otros la mirada,
en ti el futuro de los alfiles
en mí el presente del sinsabor.
Aquel Peugeot lucía la blancura de las olas,
rociaba contra el alba su ejercicio de músculos y claxon,
impedía que el rayo verde cerrara sobre sí
el esplendor del horizonte,
siempre vivo
como la raíz que recibe en agosto la última lluvia de abril.
Ya mi forma distraída ocupaba el espacio,
de pronto tú y el viaje, la ternura de los bosques,
los ríos que solo mostraban su llaga de agua,
indiferente al transcurrir
-porque no entendíamos entonces la eternidad del instante-
hasta los pies de una ciudad,
ciudad de arena,
no ciudad,
cielo de verano entre las dunas,
tu carne al fin en el devenir de los días,
perfecta, dulce y húmeda
como la vid antes de que el granizo llore
sobre su cáliz de purpúrea eternidad.
Es cierto, el ayer es un símbolo,
hoy en el auto de metal pulido
recojo a Ismael,
desafío al párpado insomne de los semáforos
y reconozco el bostezo de las cohortes
que me acompañan con el astuto equilibrio de una repetición raída
mientras igualo mi tiempo al de un reloj que no perdona los sueños.
Me has traicionado, febril mecánica sin fe,
o quizá tú solo eras la paloma
que un día envío contra los muros
un mensaje diáfano de voluntad,
una voz libre,
un espejo traspasado hasta los confines
que tú y yo conquistamos
con el éxtasis del desencuentro
y la indiferencia que, a menudo, ansían los ángeles.
lunes, 9 de abril de 2018
El sirviente infiel
Y dime, quién nació en la sombra,
quién con su cuerpo de brizna
pobló los espacios del silencio.
Como un intruso en la galanura,
como la mosca que descubre un pasillo sin salida,
como el aire viciado por la luz,
así la imagen sin espejos
que recorre insolente mis arterias.
Sé de la piedra y de las hachas que iluminan
el orden fugaz, a menudo los coros llegan con prontitud
y címbalos y chirimías recitan en mi interior
una salmodia de astucia y frenesí.
¿Un recorrido es una nube sin rastro?
Pasan junto a mí las doncellas y sonríen,
los escupitajos y el relinchar de las caballerizas,
éste sinsabor de ásperas frutas ya me elige,
mi razón es la anacronía, mi verdad un sueño.
Se izan las copas de pedrería como lábaros de fulgor,
en la penumbra donde me escondo las arañas
se precipitan sobre mí
igual que una niebla sudorosa,
nunca existí entre los pliegues del castillo,
nunca mi voz se oyó bajo las arcadas
de su cúpula innombrable
nunca fui el fantasma de su glorioso ayer,
ni mi memoria será jamás la memoria
de un tiempo que aniquila la luz
con el yugo inmortal de la espada.
quién con su cuerpo de brizna
pobló los espacios del silencio.
Como un intruso en la galanura,
como la mosca que descubre un pasillo sin salida,
como el aire viciado por la luz,
así la imagen sin espejos
que recorre insolente mis arterias.
Sé de la piedra y de las hachas que iluminan
el orden fugaz, a menudo los coros llegan con prontitud
y címbalos y chirimías recitan en mi interior
una salmodia de astucia y frenesí.
¿Un recorrido es una nube sin rastro?
Pasan junto a mí las doncellas y sonríen,
los escupitajos y el relinchar de las caballerizas,
éste sinsabor de ásperas frutas ya me elige,
mi razón es la anacronía, mi verdad un sueño.
Se izan las copas de pedrería como lábaros de fulgor,
en la penumbra donde me escondo las arañas
se precipitan sobre mí
igual que una niebla sudorosa,
nunca existí entre los pliegues del castillo,
nunca mi voz se oyó bajo las arcadas
de su cúpula innombrable
nunca fui el fantasma de su glorioso ayer,
ni mi memoria será jamás la memoria
de un tiempo que aniquila la luz
con el yugo inmortal de la espada.
viernes, 6 de abril de 2018
El laberinto
El día de mi nacimiento está escrito
en una pared olvidada.
Un pie y el otro pie sin pausa
dibujan el camino
que el íncubo aniquila
con el desdén de un céfiro procaz.
Hay que elegir la sombra o la luz,
qué sombra y qué luz
si mi alma aún escucha los cantos de la vida
y se enturbia con el frenesí de los lobos
o con las guedejas de la anacrónica nieve
que cubren las aristas y los signos
a la vez que iluminan el fulgor efímero de las pisadas.
He desandado la rosa carmesí que un día tracé,
recojo el humilde peso de una corteza de pan.
¿De dónde o hacia adónde este mapa de jeroglíficos incólumes?
En la dirección de los astros, lo humano susurra
-me habla de amor, de trabajo, de hogar, de futuro-
como un diapasón o un enjambre
de sueños paralelos.
Y sigo, y el que silabea la canción calla
porque el cíclope sospecha que no creo en su voz,
he memorizado los ramajes,
los setos, la niebla y la noche,
los fantasmas me acompañan, ni yo ni su aullido sabemos por qué,
he amortajado un cuerpo que no es el mío
en los límites del dédalo,
estoy ahíto de volverme huella,
planeo para mí el óxido de los muros,
un ataúd sin palabras, una tumba sin vida,
una imagen que recorra en círculos
todos mis miedos.
en una pared olvidada.
Un pie y el otro pie sin pausa
dibujan el camino
que el íncubo aniquila
con el desdén de un céfiro procaz.
Hay que elegir la sombra o la luz,
qué sombra y qué luz
si mi alma aún escucha los cantos de la vida
y se enturbia con el frenesí de los lobos
o con las guedejas de la anacrónica nieve
que cubren las aristas y los signos
a la vez que iluminan el fulgor efímero de las pisadas.
He desandado la rosa carmesí que un día tracé,
recojo el humilde peso de una corteza de pan.
¿De dónde o hacia adónde este mapa de jeroglíficos incólumes?
En la dirección de los astros, lo humano susurra
-me habla de amor, de trabajo, de hogar, de futuro-
como un diapasón o un enjambre
de sueños paralelos.
Y sigo, y el que silabea la canción calla
porque el cíclope sospecha que no creo en su voz,
he memorizado los ramajes,
los setos, la niebla y la noche,
los fantasmas me acompañan, ni yo ni su aullido sabemos por qué,
he amortajado un cuerpo que no es el mío
en los límites del dédalo,
estoy ahíto de volverme huella,
planeo para mí el óxido de los muros,
un ataúd sin palabras, una tumba sin vida,
una imagen que recorra en círculos
todos mis miedos.
miércoles, 4 de abril de 2018
La añoranza
Hay un dios, hay un dios que se refleja
en ti, porque vivir es buscar el epicentro
en el que giran los sueños y los días,
planetas prohibidos, satélites ignorados,
asteroides florecidos en el misterio infantil
de tu cuerpo, una voz, un ayer, un recuerdo
enraizado bajo el silencio de todos los silencios,
en la muerte y su dolor, en los poemas que
no sobrevivirán al olvido ni a esta añoranza
de ti que como un ángel de luz se dibuja en
el azul y en el efímero deslizarse de las horas.
en ti, porque vivir es buscar el epicentro
en el que giran los sueños y los días,
planetas prohibidos, satélites ignorados,
asteroides florecidos en el misterio infantil
de tu cuerpo, una voz, un ayer, un recuerdo
enraizado bajo el silencio de todos los silencios,
en la muerte y su dolor, en los poemas que
no sobrevivirán al olvido ni a esta añoranza
de ti que como un ángel de luz se dibuja en
el azul y en el efímero deslizarse de las horas.
domingo, 1 de abril de 2018
Siempre te soñé desnuda
Lo que hay detrás no se arroja a la luz.
Me invitan las estaciones al desnudo,
jeans que se ajustan
como el algodón al tallo de una flor de asombro,
botines de lenguas perfectas,
un eco en la nieve de los racimos,
cristales donde los pasos
son melancolía de hadas y sombra,
el rumor de las águilas en el crepúsculo azul.
Cada hilo recuerda un nombre,
cada metal que sobrevive en el culmen de los pechos
acentúa la sed de mis ojos
en la fugacidad del tiempo.
Te cubres con el ojal abierto entre las ingles,
la tersura de la tela se angosta en la longitud del fémur
como un adagio de oro.
Y, sin embargo, te descubro sin ningún abrigo
al volver del sol, de la playa,
de los cuerpos álgidos
en la arena.
No me da lástima el color
ni envidio del tacto la ternura de la piel,
te miro cuando ya no estás,
en mi vigilia de hojas ocres
sobre la aquiescencia de una memoria
que ya no consigue vestir al deseo.
viernes, 30 de marzo de 2018
Ropa
En su reverso piel, olor, forma, dejan un halo invisible.
Me gusta la displicente caída del encaje, el algodón
o el nylon entretejidos como el símbolo de una arcana religión,
los pantalones doblados por la efímera rodilla,
las camisas abotonadas hasta el alzacuellos de plástico,
el orden inmaculado de las prendas interiores en el seno
de un rectángulo de pino. Y el perfume de la lavanda
o los pliegues amorosamente pulidos por una manos de niña,
la ternura de un abrigo que se posa en los hombros
igual que un ángel de amor, el roce del canesú,
la orgullosa rebeca, un jersey olvidado en la juvenil edad,
la chaqueta de lana y sus desiguales rombos, el arrullo
de una falda gris, la seda primorosa del fular, el color,
la vida, escritos en la lisura de los armarios, la frecuencia
con que los cuerpos habitan su perfil de madres amantes,
de herencia común donde se visten los misterios, los sueños,
y, alguna vez, las derrotas que acompañaron nuestras noches.
Me gusta la displicente caída del encaje, el algodón
o el nylon entretejidos como el símbolo de una arcana religión,
los pantalones doblados por la efímera rodilla,
las camisas abotonadas hasta el alzacuellos de plástico,
el orden inmaculado de las prendas interiores en el seno
de un rectángulo de pino. Y el perfume de la lavanda
o los pliegues amorosamente pulidos por una manos de niña,
la ternura de un abrigo que se posa en los hombros
igual que un ángel de amor, el roce del canesú,
la orgullosa rebeca, un jersey olvidado en la juvenil edad,
la chaqueta de lana y sus desiguales rombos, el arrullo
de una falda gris, la seda primorosa del fular, el color,
la vida, escritos en la lisura de los armarios, la frecuencia
con que los cuerpos habitan su perfil de madres amantes,
de herencia común donde se visten los misterios, los sueños,
y, alguna vez, las derrotas que acompañaron nuestras noches.
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