A quién persigues sino al ángel que en ti aún quiere
cantar bajo el duro caparazón de tu cuerpo, y te asomas
a la algarabía de los corros infinitos para ser igual
que eras entonces, con el mandil azul del colegio
y la risa en unos labios que no se abren al dolor,
con el lápiz intacto que todavía no escribió en un papel
la palabra soledad, con la inocencia del ciervo
que no sospecha que en la mirada del felino
hay un ardid de muerte; ya nunca regresará
el ángel que en tu recuerdo jamás fue hombre.
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