Ya lo presentíamos, que la noche sería más noche,
que un zumbido de avispas llegaría del teatrocon sangre tibia en los dientes.
Tú siembras algodones de espumas,
levitas con la prisión de los dedos abierta en racimo,
sigues la línea pura de los blasones, el trino agreste
de los frailes azules.
En la ciudad vieja se inclinan las calles
con sombra de álamos, una extraña algarabía de cuerpos
disecciona el cristal, en el reloj de las flores asaltan deseos
vestidos de rosa, de estambre, de ceniza.
Ya no somos los heraldos de la medialuna,
a tu pecho los lagartos lo nombran con el pudor del nido,
la aventura arrastra pendientes, hojas de carmín,
agendas de anticuario con marfil en los cantos
y plata en los ombligos.
Nuestro ímpetu es rojo,
lleva en la cintura el musgo del delincuente,
su naturaleza cuelga de los portales como una insolencia.
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