Vive en los charcos de la ceniza.
Su luz que esmalta los espejos del agua
es fulgor herido, pálpito de sombras.
Hay un rojo péndulo en su andar
de carmín y púrpura febril
-como la sangre turbia-
son las huellas de la incómoda sed.
Quiso tener las alas de un ángel.
De un ángel que en las noches febriles
recorriese los paraísos
del estupor
blanco.
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