Sobre el mapa del mundo una multitud de raíces me nombran.
Mástil de un navío que atraviesa las alturas con el vigor encanecido
de un cáliz que aún enciende de pétalos los jardines del tiempo.
Eje que fue música de los días en círculo.
Los que ahítos de luz derrotaban a los duendes de la noche.
Los que jamás se quebraron como juncos flexibles
ante la amenaza de un aire feroz.
Los que de tanto vigor amanecían heridos
bajo el vaivén omnipresente de las horas.
Con la mueca en el rostro y en la piel el empujón eterno
de los relojes que no paran de invocar la caída
continuo anclado a mi nombre
como una noria que lo estuviese
al giro inalterable de la vida.
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