En la textura virgen crece el sueño del alma,
el símil invade el portal de las sombras con la luz
única del creador, y vagan rostros de infantil pureza
por las comisuras del lino, escenas de pudor o acaso
el desnudo en plenitud, el vaho traslúcido, la primigenia
flor de la claridad tras la ventana dócil, sacrificios
que derrotan la penumbra con el ardid mágico
de un rayo omnisciente, antiguos moldes del óleo
no anuncian al príncipe y a su cuatralbo animal,
en la intimidad todo finge, la propia mirada,
el trasluz de los espejos, las colinas al fondo
con río y niebla, ángeles a veces de anunciación,
rondas de noche y santos de incómoda senectud.
Y con el principio del siglo la fiesta del color,
nada en el trazo que reviva la fe, solo el espasmo
de la luz, la llama que impresiona a las retinas
con su destello fugaz, memoria también
de lo más cotidiano, la feroz pincelada,
esa falsa realidad que trastoca las costumbres,
el misterio que dibujan las líneas geométricas
o las que quiebran la lógica con ángulos esquivos,
salpicaduras verdes, azules, rojas de las que nace
el desgarro y el grito y el amargor de vivir, tanta
es la pasión del artista que nunca morirá su obra,
una obra siempre en deuda con la belleza o con el duelo.
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