Son de merengue y lapislázuli.
Son de grisú y alabastro. Son,
pues reales, nunca duermas.
Sello con escarcha mi voz, para no decir, ven.
La lluvia se ha roto en mil ojos azules,
en los cláxones aúlla un ruiseñor enjaulado.
Solo porque estuvieras aquí lamió el día a la noche,
a la aurora llegó el frenesí.
He vivido en los horóscopos,
fui un ángel sin alas bajo los soportales vacíos,
detrás del silencio la bujía de un farol se suicida
con destellos insomnes.
Hay cartas de navegación que mueren en tus labios,
existe un carámbano de cristal que se posa en tu
lengua de ámbar.
Sin conocerte presentí un sol en tus zapatos,
una nube infantil en la redondez de tus nalgas,
el gorrión que se acuesta en el carmesí de tu boca.
Y es que todas las canciones vuelven a ti,
como un carnaval los versos que dicen frases absurdas,
letras vírgenes resuenan bajo los cimborrios ennegrecidos.
¡Ah! de tu aria sin voz, en las horas del arpegio levitas,
lejana, incólume, en un capullo de azar.
Compartir sin ti mis paseos bajo las columnas del
agua,
huyendo de la policromía, de la piedra que llora,
con el calor de un vino agrio en las entrañas,
joven incauto traicionado por el artificio de la luz,
así descubre la vida sus misterios.
En el futuro, cuando me digas que en un sueño fuimos
música,
yo recordaré aquel recital de un abril sin lluvia,
donde intuí el rastro de tu presencia como un rayo
eléctrico en mi sien,
y es que ahora sé que eras tú aquella luciérnaga que, en
la oscuridad, relucía;
aún no acabo de comprender cómo esa luz brotaba del confín
de tus ojos.
Como bajo un árbol de navidad las cosas me iluminan.
Al despertar, en la cama que ya no es mía,
veo fotografías que contradicen a los relojes,
discos que escuché, sin parar, en los ochenta,
cuadros que hasta hoy eran, tan solo, un recuerdo,
adornos de cristal o de plata junto a volúmenes raídos,
el tocadiscos de caoba aún conserva el rasguño que le
hice,
en las baldas descansan mis lecturas de entonces,
las que un día amé como a novias adolescentes.
Pero hay también herramientas que aquí resultan extrañas,
un ordenador portátil, última generación, que no sé usar
correctamente,
el smartphone de quinientos euros que me compró mi
hijo, David.
Y esta paz que nos regala la luz primera,
luz de una claridad virgen, luz de los ángeles
que descorren las cortinas del alba,
luz sin los ecos de la luz
que viste de ámbar este espacio que me nombra,
a las siete de la mañana, cuando los corceles del
pasado
regresan con su galope de sueños y olvido.
Bajo las sábanas escucho su fragor, inefable.
En un cuaderno he escrito mi nombre cien veces, para no olvidarme.
Doy de comer a los pájaros en una plaza sin árboles,
me pregunto qué hacen aquí las palomas.
Me tomo seis pastillas diferentes, ordenadas por horas,
como las saetas de un reloj insomne.
Arrastro los pies, no lo puedo evitar.
Me hablan como a un niño, aunque los mire como un
padre.
Aún fumo a escondidas, en los retretes,
en mi habitación sin rejas,
cuando es de madrugada.
Dime que hoy no lloverá otra vez sobre mis recuerdos.
Cuando llegan las nueve me acuerdo del reloj de cuco, cómo violaba el día.
Los veranos se superponen al recuerdo de los veranosSer nube o viento, nunca raíz o pilar.
Que no exista huella de mí en ningún día de los días.
Solo el susurro de la nube al roce de los pájaros
o el silbido del viento en los cañizales.
Ser lo que se marcha, simplemente.