El verano florece. La luz es un estallido de claridad
que incendia los ojos. Cuerpos que ya no ocultan
su carne, tráfico y arenas, sed y lujuria. El calor
abraza el fiel de tu miedo y baila contigo la canción
de los sueños. Bares y terrazas, voces indistintas
en una cacofonía atroz. El Marlboro se consume intacto,
mientras yo contemplo el mar, color lapislázuli.
jueves, 16 de julio de 2020
miércoles, 15 de julio de 2020
Cuando te miras al espejo
A menudo ves una sombra en el espejo.
Es como una fiel calcomanía que sostiene tu carne.
Con los años un hostil deterioro te persigue
y no basta la ilusión de la memoria para engañarte.
Ni el mismo azogue de tu niñez, ni la luz amarillenta
que difumina tu perfil, ni los ojos que ven un sueño
que nunca cambia, bastarán cuando la sombra
descubra su calavera y encaje, perfectamente,
en tu máscara ajada.
Es como una fiel calcomanía que sostiene tu carne.
Con los años un hostil deterioro te persigue
y no basta la ilusión de la memoria para engañarte.
Ni el mismo azogue de tu niñez, ni la luz amarillenta
que difumina tu perfil, ni los ojos que ven un sueño
que nunca cambia, bastarán cuando la sombra
descubra su calavera y encaje, perfectamente,
en tu máscara ajada.
El río de la vida
Fluido, ámbar, granito, un edén circular.
El río esconde tantas imágenes...
en su lecho un rostro y un pez,
el arco iris de la taumaturgia,
remolinos en la piel
y seguir,
seguir.
Soy un rayo limpio en el vaivén del aire,
soy la pluma perdida del último pájaro,
soy el humo caído después de su orgía negra.
Qué cuerpo no se doblega a la vida,
carne tan rubia o roja,
tenue piel de niño, venas
y silencio azul,
oh!, sí, las primeras palabras
o los primeros pasos
en el laberinto del duende.
Mi amor, ven, porque el abrazo que espera es un padre envejecido
o una madre que aún no grita por tu dolor,
escucha el oleaje del tiempo en una pintura,
en un cuadro multicolor,
epifanía del misterio que tú descubrirás
entre los olivos tiernos.
Mira los rostros, la perfecta sed de un bodegón,
la ruptura de la geometría virgen,
los colores salvajes,
el desorden onírico de la mentira,
tú entiendes mejor los trazos del delirio,
la realidad es áspera y se asocia al liquen,
al polvo, a la seda rasgada de un traje
que jamás tomó tus medidas.
Pero en esta tarde de orugas alegres y telarañas mustias,
en esta tarde de un verano ácido y desnutrido,
tú te engendras otra vez en la caracola del mar
y sigues al faro, y piensas que una nube es un meteoro
en el espacio interestelar, y te acuerdas de tu inocencia
cuando entre las manos se escurría la arena de la playa;
el agua del manantial aún brota en tus pupilas,
la lengua verde de los bosques, tu perfume desnudo
en la letanía del bar, la nieve desconocida,
una plaza en la que quisiste ser paloma,
palacios indecentes y, a la vez, fascinación de lámparas,
cristal, metales, ornamentos y lujuria.
Eso es la vida, amigo, cuando tú juegas a ser la vida.
El río esconde tantas imágenes...
en su lecho un rostro y un pez,
el arco iris de la taumaturgia,
remolinos en la piel
y seguir,
seguir.
Soy un rayo limpio en el vaivén del aire,
soy la pluma perdida del último pájaro,
soy el humo caído después de su orgía negra.
Qué cuerpo no se doblega a la vida,
carne tan rubia o roja,
tenue piel de niño, venas
y silencio azul,
oh!, sí, las primeras palabras
o los primeros pasos
en el laberinto del duende.
Mi amor, ven, porque el abrazo que espera es un padre envejecido
o una madre que aún no grita por tu dolor,
escucha el oleaje del tiempo en una pintura,
en un cuadro multicolor,
epifanía del misterio que tú descubrirás
entre los olivos tiernos.
Mira los rostros, la perfecta sed de un bodegón,
la ruptura de la geometría virgen,
los colores salvajes,
el desorden onírico de la mentira,
tú entiendes mejor los trazos del delirio,
la realidad es áspera y se asocia al liquen,
al polvo, a la seda rasgada de un traje
que jamás tomó tus medidas.
Pero en esta tarde de orugas alegres y telarañas mustias,
en esta tarde de un verano ácido y desnutrido,
tú te engendras otra vez en la caracola del mar
y sigues al faro, y piensas que una nube es un meteoro
en el espacio interestelar, y te acuerdas de tu inocencia
cuando entre las manos se escurría la arena de la playa;
el agua del manantial aún brota en tus pupilas,
la lengua verde de los bosques, tu perfume desnudo
en la letanía del bar, la nieve desconocida,
una plaza en la que quisiste ser paloma,
palacios indecentes y, a la vez, fascinación de lámparas,
cristal, metales, ornamentos y lujuria.
Eso es la vida, amigo, cuando tú juegas a ser la vida.
lunes, 13 de julio de 2020
El deseo
Cuando las aguas se aquietan muere la luz.
La piel brilla si me hablas a solas, hay un nimbo
que bordea tu perfil del que nacen pájaros blancos.
Éramos la contradicción entre la penumbra y el fulgor,
la armonía de los cuerpos que bailan el silencio
de la música, el resplandor en los bolsillos, como si el sol
fuera la propiedad privada que iluminase dos sombras.
Y las confidencias que son pensamiento florecido,
los ojos donde vive el cíngulo de tu ansia, muñeca frágil
que danza en mi iris, el abrazo doble de los amantes
como un telar que dibuja paraísos de agua y luz,
de nieve cálida y fuego en las manos. El deseo
es un grito común que se derrama en olas de espuma
sobre un lecho de nubes. Así lo recordarás, cuando el ángel
de la muerte te llame, y solo sea un despojo tu memoria.
La piel brilla si me hablas a solas, hay un nimbo
que bordea tu perfil del que nacen pájaros blancos.
Éramos la contradicción entre la penumbra y el fulgor,
la armonía de los cuerpos que bailan el silencio
de la música, el resplandor en los bolsillos, como si el sol
fuera la propiedad privada que iluminase dos sombras.
Y las confidencias que son pensamiento florecido,
los ojos donde vive el cíngulo de tu ansia, muñeca frágil
que danza en mi iris, el abrazo doble de los amantes
como un telar que dibuja paraísos de agua y luz,
de nieve cálida y fuego en las manos. El deseo
es un grito común que se derrama en olas de espuma
sobre un lecho de nubes. Así lo recordarás, cuando el ángel
de la muerte te llame, y solo sea un despojo tu memoria.
domingo, 12 de julio de 2020
El mapamundi del viajero

Primerizas aguas del sur, el blancor colonial,
los bosques del alba, la vena en la plenitud
de un mes ingrávido, la humedad en tu slip,
cuerpo sin jinete en la atmósfera de la luz.
Hormiguea la cal de su piel, calles frías con azulejos de hambre,
playas entre riscos de ámbar, noches sin viento
bajo los cohetes encintados. Muy lejos, los castillos,
piedra alzada sobre escombros, puentes de estatuas fértiles
y corazones de historia abiertos a la brisa como naranjos en invierno.
Pasear los faroles de la juventud,
las plazas son azules, los violines alegres
rozan la espesura de los enjambres,
una máscara, otro idioma que canta,
un reloj de esmalte pulido, marionetas
que ejecutan un minué insomne,
el balneario como una trampa,
un cepo de horas con su pátina gris,
recuerdas aquel autocar de sombras tristes,
tú incomoda, yo trigo en los campos resecos.
La gran ciudad, la que yo poblé al volar con alas imperfectas,
je ne sais pas, ante la corola de flores en el pretil del puente,
los museos, el metro eclesiástico, ecuménico,
el color y el olor en mí, la catedral,
el minúsculo cuarto donde solo cabe un alma,
sin ti y contigo, a la sombra de un teatro,
paseos sin ejércitos, en soledad,
la luna de abril en la memoria y la madame tan tierna,
tan asombrosamente tierna, como un silencio de lágrimas.
Los mercados, el panteón, la lluvia imprevista,
el amor insaciable en los pétalos de un rosal...
Y, más allá, un viaje proclamado, hacia la isla imperial,
el frío invisible, la algarabía y el ojo sobre el río
dando vueltas a la sinrazón. Y, al fin, la ciudad del sur,
mosaicos y pasteles de crema, otro castillo de pinos y encinas,
de adobe y sudor, de bancos y multitud
ante el ocre de los tejados y la luz del estuario,
tan blanca, tan de plata, la música triste, sin amparo,
los tranvías pálidos, las estatuas sin palomas y un deje en la voz
que recuerda la épica del mar,
el silabeo de las especias y el manuelino amable
que inventó un rey colonial.
Tanta vida en los ecos de la inmortalidad;
así este poema que escribo en el mapamundi de un atlas,
dibujos que la imaginación y la memoria invocan.
Hay ciudades que solo el corazón es capaz de describir.
sábado, 11 de julio de 2020
Solo
Todo el aire es mío. El silencio declama una letanía
de labios sellados, la luz llega sola como un ciclón de mármol.
El reloj es un eco omnívoro de onomatopeyas azules,
la telaraña sobrevive en milímetros de eternidad,
los sonidos tienen hambre de voz, tú conoces el misterio
que les hacía reír. Desde mi habitación no se escucha el viento,
ni los cláxones, ni la algarabía, ni el silbo de la ola. Solo,
con la luna de ayer en mis pupilas, y en el corazón, la espera.
de labios sellados, la luz llega sola como un ciclón de mármol.
El reloj es un eco omnívoro de onomatopeyas azules,
la telaraña sobrevive en milímetros de eternidad,
los sonidos tienen hambre de voz, tú conoces el misterio
que les hacía reír. Desde mi habitación no se escucha el viento,
ni los cláxones, ni la algarabía, ni el silbo de la ola. Solo,
con la luna de ayer en mis pupilas, y en el corazón, la espera.
viernes, 10 de julio de 2020
Cita con el arcángel
El arcángel bajo la lluvia es una flor de agua.
Qué luz en lo oscuro, qué luz rota. Sonidos
de acequia, mujeres sin pintar, como carne
primera de la luz. Dónde la voz muda
en la plata del sueño, dónde tú, mandrágora,
loba, crisol del diamante, la perla en el cristal
y los ojos sin párpados del desamor. Ayer
el surco entre el agua, ayer la fina niebla,
la humedad, sin rostro, en la rama. Qué luz
sin ti, moribunda o rosa al trasluz. Tu vestido
de plástico es una piel que no existe, allí
en el umbral espera el arcángel, quiero
su abrazo, quiero su voz y su compañía
mientras mi vaso vacío reclama otra sed
que no sea el olvido.
Qué luz en lo oscuro, qué luz rota. Sonidos
de acequia, mujeres sin pintar, como carne
primera de la luz. Dónde la voz muda
en la plata del sueño, dónde tú, mandrágora,
loba, crisol del diamante, la perla en el cristal
y los ojos sin párpados del desamor. Ayer
el surco entre el agua, ayer la fina niebla,
la humedad, sin rostro, en la rama. Qué luz
sin ti, moribunda o rosa al trasluz. Tu vestido
de plástico es una piel que no existe, allí
en el umbral espera el arcángel, quiero
su abrazo, quiero su voz y su compañía
mientras mi vaso vacío reclama otra sed
que no sea el olvido.
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