No puedo echar la vista atrás,
es tanta la lejanía,
tantas
huellas que el polvo cubrió, tantos los rostros
que
ya no están, tan largo el viaje final entre la bruma
que
solo me permite ver lo próximo, ya no nítido el horizonte
que,
quizá siempre fue una imagen irreal, ningún haz,
pesan
los segundos que han perdido sus alas, la canción
de
la vida repite un eco en mi boca que nadie oye, los pies
responden
mecánicamente a un compás antiguo, los cubre
el
óxido de un pasado que no guarda el tesoro de la juventud,
en
los ojos la veladura, el celaje, la celosía de los recuerdos
donde
mi alma pervive bajo la inútil sombra de un árbol sin hojas;
todo
muda, todo prosigue, como una flecha lanzada
al
infinito su órbita de la que pronto no seré pasajero,
todo
está aquí, la luz, el silencio, las flores del azar,
y
yo que no busco en la clepsidra ser el agua que
contempla,
inagotable, el suicidio del tiempo.