Qué altivas son.
Nunca duermen.
Su luz traza círculos
sin el compás del día.
Cuando cae la lluvia,
cuando las rodea la niebla,
cuando el viento feroz
agita su tronco
se rompe el haz
tan nítido,
tan imperial
como un sol
diminuto.
Testigos de mi primer beso
y de mi último adiós
hay historias ocultas
bajo su pérgola de luz
y una muerte con el alba que extingue
su artificial cabellera.
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