Es el aullido incansable de la fe,
el canto de la gárgola.
Por la noche los vértices de la iglesia
se yerguen hasta el cenit
como agujas
que hincan su alfil
en un mar de nubes.
Y tú no estás, y lloran los ángeles
cuando la madrugada vierte un racimo de cúmulos
sobre mi piel descreída.
La lluvia es una oración de lágrimas
que moja el silencio
con el hisopo de una fe
que ya no duda.
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