Aunque alargue los pasos
no llegaré antes a mí.
Porque lo que está equivocado es el camino.
Aunque alargue los pasos
no llegaré antes a mí.
Porque lo que está equivocado es el camino.
Fue el invierno mi isla de palmeras bajo la fiebre
de una lluvia sin retorno, el ciclo de los días está
quieto con su pétrea luz que desnuda el pacífico
edén del silencio, y tú que fuiste cuervo con el disfraz
oscuro de las mañanas al sol cuando el ansia era tricolor
y en los ventanales un nombre sin apellidos, un perfil
de columna oblonga, una dalia de vientre azul morían
entre el vaho que mi índice dibujó en la sed de un vidrio
humedecido por la escarcha, y en mi habitación las alas
de un papel escrito con la tinta del sueño, la caoba negra
que acaricié con el músculo triste que anunciaba la dura
inclemencia del fracaso, el metal sin óxido de la lentitud
con horas de alquitrán sobre las páginas en flor de un único
texto que repite en el trasluz las oraciones que la singladura
de un vocablo no reconoce al vaciar el oro de su alba en el surco
de unos labios febriles, y la llamada del frenesí, y la polifonía
de los arabescos, y la raíz que no fue árbol ni nació al aire
de abril como un desliz de la primavera, y la encendida
voz del trino en la fuente de aquel jardín que en tus ojos
nunca vi diluirse bajo la luz sin estrellas de la noche.
Ahora ya no vibra el pulso que enciende las luces del ardor,
y en los ópalos la luz es un candil de amarilla luna, fui la pasión
que hace estallar el cristal donde la voz del silencio se aquieta
como un río helado, fui el árbol solitario de una navidad fiel
en el oasis de la juventud, fui la sombra de un niño que huye
de su sombra para al fin ser faro de su noche, fui la lluvia
que no cae derrotada en los charcos del hastío, pero hoy tan
solo una huella que ya es lejanía brilla en el talud del recuerdo.
Las frases proyectan sombras en el aire.
Y escriben en la memoria al compás de los relojes.
Lo dicho no muere
aunque se inscriba en la latitud
de unos segundos donde la voz escucha
solo a su eco.
Si retorna la palabra al corazón, ya no será olvido.
Desde el lloro que no articula la palabra que aún es semilla
se descubren los sentidos al mundo.
Y es de júbilo el reír sin la losa que en el horizonte
escribe el legado de lo que deja un fósil
que ya solo late en la memoria.
Y se aprende del mar la universal canción de la vida,
del cielo que el sol cumple un ciclo de luz en la cicatriz
que va dejando la hilatura del ser.
Del roce que despierta los sentidos a la fragilidad del existir
un arpegio multicolor de arco iris en la telaraña
sin las rosas del hastío
cubriendo el jardín que nace a un alba virgen.
Y de pronto escuchas la música que en tu corazón alegre
es un crisol de paz que fluye por las venas de la juventud
como un aullido de lobos en el bosque de tu ansia.
Ves lo invisible cuando la mirada cruza los misterios del porvenir
con el fuego vital que se adentra bajo los círculos del azar.
Y al fin te cubre de luz la aurora que en tu corazón resplandece
como un ascua que no ha conocido aún el hostil mensaje de la edad.
Aún se percibe la llama juvenil que acecha el día,
y eres el pájaro del sueño, la fe del iluso que hace
añicos lo real con el fusil de la palabra, el don
del que nacieron las alas invisibles de un ruiseñor
que le silba a la noche con el alegre canto que fluye
por un aire que no se detiene en el arbitrio fiel
de la memoria común, y estás en mi mañana
con tu voz cautiva bajo la jaula de un tiempo
que no reconoce la luz que vendrá a morir
en los cristales del hoy, en la sombra fugaz
que se perfila bajo los puentes que surgieron
sin un río que desembocará en el yo que
se desnuda ante la mirada infantil del poema.
Qué lisura de faz en el equilibrio de la geometría,
cuánta mansedumbre en los arcos que atraviesan
el color de la noche, adónde va el señuelo de tu altivo
edén que finge ser lluvia en los ojos que callan la sed
de los cometas, murieron los pájaros de granito azul,
en el sur de tu calle hay laberintos de cristal y caoba
sin el orden feliz de las cuadriculas que vierten
su río fósil en mis cicatrices de ángel, de tu balcón
las guirnaldas cuelgan como pendones de un ejército
sin memoria de haber vencido al silencio, y si abril
se posa en la oscuridad de tus axilas igual que una flor
de hielo es para que recuerdes mi tacto como fría luz
en la penumbra de aquella habitación
donde oí de tus labios, por primera vez,
una sola palabra que yo no olvidé, olvídame.
Sorprende la lluvia el atardecer del aire cuando se ha ido
la última palabra que nombraste.
El mar ya no escribe en la profundidad de tu huella
su canción de ola febril y en los círculos que trazamos
con la tiza del ensueño no baila el amor su carnaval alegre
de labios que cruzan los pórticos donde se une el alba
de dos caligrafías que desembocan en un delta azul.
En los confines la luz que conocimos es un sol opaco
que ilumina el jardín de las frases sin voz.
El recuerdo es ahora quien habla, no somos nosotros.
Has elegido el fruto dócil que antecede al invierno,
tu mansedumbre de carnaval exhausto no duda
en seguirme como si en ti los racimos del sol fluyeran
hasta la piel traslúcida que lloró en lo opaco, y vas
con tu efigie de autómata pisando los corredores
del artificio que mi cuerpo delinea entre ceniza y albor,
vas a tu pozo donde las formas del agua son de aire
y en las palabras de la noche descubres tu silencio
longilíneo y espectral; como un títere que ha perdido
los hilos que le unen a la claridad giras dentro de ti para
que el mediodía más luminoso no ciegue unos pasos
que imitan la vulgar andadura de quien recibe
en su perfil de carne la llama de un sol que proyecta
sobre el vacío tu forma insolente, tu ser que agoniza
cuando el crepúsculo hunde su raíz púrpura en mí.
Ya la lluvia es para ti una máscara que arroja
las guirnaldas del agua por corredores múltiples.
No durmió el infantil ruego que, tras los cristales de la noche,
contempló la huida de tu piel bajo un sollozo dulce.
Sientes al árbol crecer en el espacio que deja la sinrazón del olvido
y es el vago cariz de las palabras un asomo de virtud
en las bocas que silabean tu nombre.
Pináculos con siglos que cuelgan de la robusta sed del tiempo.
Con rostro de mujer, sin las alas del ángel en su espalda de abril,
camina el arrojo que vierte eclipses fugaces por el surco que ciega
de resplandor frío los metros cuadrados que dan fe de la lejanía
que nos reduce a sombras
entre luz y luz.
Ventanas que miran sin ver los portales incoloros del azar.
Y del flujo que va de tu esquivo tránsito al lineal trayecto
donde mis pies son dos almas que sigilosamente
buscan tu huella bajo las cornisas del hambre
nació, de un íntimo vestigio, el perfil de tu frágil nube
que ahora derrama finitud, como si desde un aljibe llovieran,
sin pausa, flores de desamor
y de nostalgia.
Como el agua que primero fue nieve y después un hilo
que corre por el surco del adiós, como el peregrinaje
de un reloj que ha dejado atrás una primavera de rosas
en el carmín de los labios, como el sonido que en los espejos
repite mi voz sin tu perfil de niña en el corazón del azogue,
como la ciudad que en tus ojos resplandecía con sus luces
de alba y su silencio de árbol dormido, como la sombra
que ya no viste tu cuerpo ni espera una luz que desnude
el ansía de buscarte, como el pájaro que voló y dejó
junto a mi cama las rotas flores del deseo, así arribó
tu ausencia, sin el rostro de piedra de la melancolía.
Como una cicatriz insomne el acre sabor permanece,
tal vez cada arruga finge ser el dibujo de un niño
en las paredes del tiempo, cumplí con el reloj
que indicaba el signo de un norte que no era mío,
en la ausencia del otro escuché fluir su sangre
y no le di curso por las raíces de mi memoria.
Si me entregué al rubor que puebla las mejillas
de azar, si mi navío zozobró tantas veces lo debí
al ensueño que dirigía mis pasos cuando la juventud
gritaba soliloquios de amor y niebla, y vi rosas
en el corazón de la noche, vi en los espejos a la luna
vestirse de novia, vi la corona de la nieve resplandecer
en mis ojos de infancia; y en la lejanía los pétalos
de una lágrima sobre la piel ajada de un anciano
que hizo balance de su vida para descubrir
que no cumplió ninguno de sus sueños.
Afuera el mar y en ti el océano infinito.
Yo nado de mi isla a la tuya
Aún contigo la vida no me niega su canción de voces sin paz.
Hablan lo espejos, en la pared tu rostro sonríe como una luna
de redonda virtud, y en la cortina de los párpados un símil
de lo que fue enciende sus luces de duermevela en la acróbata noche.
Susurra el aire un misterio que se filtra por las grietas del ventanal.
Y yo que abrí los ojos para ver la sombra que dejaste en el trasluz del olvido,
me encontré con el revés de tu ausencia que, de pronto, sentí más mía.
Al fin es el filo de la palabra, su hilatura en el bordado
de la creencia, o es el artificio que asume el precio negro
del no perdón; pero la fe de los sentidos o el valor limpio
de la pureza, ¿no salvan a la inocencia del vil comercio
que absorbe el pudor del hombre vacuo?, en lo útil hay
llagas que silencian al corazón con su canto que vibra
en los vacíos del alma; yo sé que el azul es azul cuando
el cielo escribe en mis ojos el nombre de sus ángeles;
reconozco ante mí las luces de la certeza si iluminan
el crisol que da valor a mi ser, a la luna la llamo luna,
a lo que es lo describo con la palabra exacta que honra
su identidad; a veces me siento como alguien de otro mundo.
Cómo se densa el aire en azul mientras el habla elige
pronombres entre el frenesí y el ansia de confundir misterio y luna;
y el vidrio en tornasol, la membrana que el humo deja en la caoba,
quizá el duelo frágil donde los diálogos son de azúcar, también agrios
como preguntas que vaciaron su rencor en palomas negras.
Finge la paz dormirse bajo los párpados, tú me das el cilindro de papel
donde tus labios de fósil rojo cubrieron de carmín la anochecida luz;
fumar el miedo, la sed de ti, la oscuridad de mi alma
que deja círculos de un gris absorto en la sien de tu olvido,
y la voz de aquel que jamás habla, y el signo que en los ojos
se vuelve lentitud de búsqueda, atmósfera tibia entre nosotros,
silencio de ruiseñores que tiembla bajo el mostrador de cristal.
Tú que nunca arrojas en el vaso un anhelo, eres sabia y eres dúctil,
eres una sombra que en el espejo dibuja lo oscuro de las estrellas blancas.
Te miro y sé que hay un duende en el último rostro
que abandonaste a la mentira, sé que de licor son los pétalos
que cubren tus senos y que el halo ámbar que tiñe de miel a las palabras
es tan solo un ardid, un soliloquio que reverbera en el umbral de tu pórtico,
que ilusiona a los epitafios que gritan en la noche la memoria perdida
de este momento en que ya los murciélagos regresan a su pared enjalbegada.
Una luz muy débil acude a mí, y la música sin quererlo te nombra.
Están aquí, conmigo, los hay salvajes, jubilosos, tiernos
o tristes, aparecen y se van como asomándose a puertas
que ya no podré cruzar, los llevo en mis párpados, actores
de un ayer que reproducen una y otra vez la misma película,
sombras que acompañan a la luz del presente sin decir nunca
adiós a la vida porque son ellos la razón que da sentido a mi ser.
Ya lo presentíamos, que la noche sería más noche,
que un zumbido de avispas llegaría del teatro
Te dibujé en el cristal húmedo porque conocía el perfil
de tu sombra en el mar, las líneas que en el trazo dejaban
un acento dulce como de trino-mujer.
El desafío de conocerte dejó su huella en la piel de mi índice,
su desnuda memoria en mi ansia, su cariz de flor recién nacida
en mis ojos que volaban a ti como pájaros que aprendieron
del olvido a ser niebla que ante el sol calla, que ante la luz gime.
Me regalaste, también, la voz del silencio, la fuente de una espuma infantil,
el ángulo irreal en que los vértices se unen, sin querer,
para formar las letras de mi nombre.
Tú me ves inmutable, quizá roca o raíz, con la pasividad
inocente del árbol que disimula su latido bajo la corteza
estriada, en su armazón por el que corre la savia hay flujos
invisibles de temblor y ecos que crean paraísos fértiles
como lágrimas vivas que transcurren por la íntima quietud
de sus recónditos parajes, porque adivino luz en mis horas
ciegas, al fondo del cristal que ocultan mis párpados, en la sed
que teje mis sueños con los hilos de una imaginación desmedida,
en los pasos que sobreviven a la herencia circular del retorno,
al continuo devenir que dirige lo aparente, tan contrario
al oxígeno que nutre el múltiple recorrido de mi sangre.
Con la yema del sueño palpas la rendija que se abrirá al horizonte.
Sabes que no existe un adiós si en cada paso vences al pájaro
que surca las arterias del silencio con las alas rotas del ayer.
En tu cicatriz de infancia aún relucen las acuarelas que en los arco iris
son eco de una fragua donde crepitan las olas del éxtasis,
el mercurio volátil que arrojaste a la luz con el orgullo del niño
que desnuda su arrebol entre cadenas de sílice.
Y descubres el hondo candil de la voz que en ti ilumina la palabra
sin el rastro del rubor en los pómulos, sin el alba en la noche que describe tu ciudad
de farol encanecido, de sombras en las acequias yacentes, de ímpetu que se adueña
de los corales luminosos, de la fe sin tregua de las rosas que han brotado desde tus ojos,
de un azul en llamas.
En mi mundo sonaban aún los clarines de la infancia.
Lluvia que buscó en mi nombre un aljibe de blancura,
en mi cuerpo de leve tallo un desdoblarse de ramas
que dio sombra a un futuro de sed inédita
y mujeres en flor.
Aprendí un idioma de coral y anémonas,
sin la música de la tradición, sin la palabra hostil
que anunciara un orden de lirios rotos
en la pradera de mis sueños.
Nació el frenesí que en los labios no supo elegir
entre los abriles el más cálido, ni entre el aire de las respiraciones
el mismo aliento, única fe de mi juventud, único ardid de mi aprendizaje.
Qué desnudez vestía el arpegio que cantaba noche
bajo las molduras de cristal, los espejos que no me reflejaron
pues el humo robaba a mi perfil su constancia de disfraz nítido,
su inútil transformación en árbol más allá del bosque común.
Me vi gris, no de ceniza, gris de nube que ensombreciera los ojos amantes.
Me vi manantial de agua nueva, me vi en los patios con el rubio cáliz
del azar entre las manos, me vi armonía que desfila por los surcos del silencio
con el abrazo irreal de los otros
en fraterno desliz.
Era de calor y de frio, de lluvia ardorosa, de noche y de día
el cúmulo que una vez azotó a la luz que dejó de ser oscura
cuando abrí las compuertas
por donde fluyó la corriente
de mi recién conquistada
libertad.
Cómo derrama en nube de luz su cabellera de sol innombrable,
desde el cáliz globular o el angosto tubo, o a través de los caireles
que desdoblan con sus prismas de cristal a la luminosa fontana;
y así, de pronto, el haz nace de la tiniebla, inunda con olas
de fulgor la estancia, descubre el paso del microscópico
insecto por la desportillada pared, permite a los ojos
encenderse como luces de cinematógrafo en la oscura
sala donde los sentidos recuperan bajo el manantial
que refulge su función primigenia de mostrar el mundo
a quien no vió más que el corazón de su negrura;
y, al fin, uno siente que la noche es un gran árbol
en donde cantan los festivos pájaros de la luz.
A quién persigues sino al ángel que en ti aún quiere
cantar bajo el duro caparazón de tu cuerpo, y te asomas
a la algarabía de los corros infinitos para ser igual
que eras entonces, con el mandil azul del colegio
y la risa en unos labios que no se abren al dolor,
con el lápiz intacto que todavía no escribió en un papel
la palabra soledad, con la inocencia del ciervo
que no sospecha que en la mirada del felino
hay un ardid de muerte; ya nunca regresará
el ángel que en tu recuerdo jamás fue hombre.
Lo que busca es el eco donde su nombre repique
en el mar de sí mismo; resistió al aire que pulía
su inocencia, ante la negación opuso espadas de silencio,
fue bandera de su arcadia con la tenacidad de quien esculpe,
lentamente, un rostro mineral; caen pétalos sobre el laurel
que corona el cenit de su cuerpo, aplausos de almíbar,
flores blancas en el ojal de su toga púrpura, la nieve
es maná cuando recibe en sus labios el cristal puro
de la dicha; ya olvidó los días en que su voz
lloraba azucenas, hay un pedestal en sus ojos
y sobre él- al fruto que hoy resplandece- llegará
el insaciable gusano que, al fin, lo pudra.
En lo hondo de vuestro pozo está la vida, quien os ve
no hallará un espejo, quien os ve sabe que en lo oscuro
hay algo más que un azogue donde lo real asiente, acompaña,
juega a reproducir aquello que forma una única verdad,
la que yo administro, pues no solo imagen es el espacio
que hago mío, en ese tapiz tan íntimo hay palabras de luz
que fluyen hasta ser pensamiento, y en ellas descubro
otro jardín, porque crear es revivir lo vivido, rehacer
los hechos con ojos que miran al interior, allí donde
las flores de la realidad no existen o ya son olvido.
Detrás de los abalorios hay un liso continente
que ampara al sol del deseo, en el roce puro
de la enagua, bajo el blancor que viste de rocío
tu intimidad, tras la floja caricia que el algodón
regala al suave océano que es como una nube quieta
el frío intuye un espacio donde verter su estéril temblor
de manantial que anuncia ya el fin del invierno, y así
la fina pátina, tu mapa inhabitado, el confín donde aún
nadie descubrió el tesoro que guardas se convierte
en un sueño que surca mi índice, sin otro rumbo
que el que señalan las venas azules de tu alba piel.
En su perfecta nitidez de mapa que dibuja los contornos de la piel,
el rictus que en el instante detiene su transcurrir por si se fija
en la memoria de la luz el frágil segundo que después morirá
bajo la paz de los relojes, la finitud que confunde ayer y mañana
con el flujo del río fugaz que nunca será vivencia de la piedra,
lo que ahora el espejo me devuelve, tan extraño a la fisonomía íntima
que engaña mis noches, ese inútil refugio que en el sepia de un papel
es magia del tiempo sostenida por la pose ya anciana de lo que fui,
y el misterio que nace de los ojos a los que llega el perfil
de mi estatura, el racimo de los días en que me desgrano
como cereal desnudo, la imagen que doy, jamás del alma,
únicamente la de un cuerpo que mira en derredor la única
realidad que para él existe, la de los otros.
Soñé con el tigre que anidaba en mis manos
y fui sombra antes que luz, desembocadura de río
antes que manantial, ascua antes que fuego.
Junté palabras en la mudez de los labios
y no les di voz, ni sentido, ni orden.
Tan seguro, con la terquedad que la infancia sembró
en mi espíritu volátil, pisé en el vacío
las rosas azules que solo yo dibujé
con mi torpe trazo de niño.
Llegó el sol para morir en la palidez de mi luna
entre suspiros que negaban la razón de su querencia.
Creí comprar oro y recibí el metal inane que imita su color.
Ese escenario que en su ósmosis se reproduce en ti
con ensueño y a veces, con una fósil melancolía de paraísos rotos,
viene desde el norte de tu corazón y no sufre el duro impacto
que en las pupilas abiertas desnuda tu fe, agosta tu esperanza.
Son tus deseos al sol, de ángel o demonio, es el candil
que ilumina tu terquedad cuando el amanecer estalla
en olas fúnebres y el hoy anuncia lo improbable,
lo inusual, lo que llega así,
de pronto, sin avisar.
Pero al fin has encontrado una paz de lluvia alegre
y bajo la hendidura de tus pestañas un oasis de flores
fluye por el jardín de tu sangre mientras gritan la pasión
y el frenesí, la dulzura y el eclipse que ensombrece
los rayos puros que hieren el árbol donde tu sombra aún es azul,
como el mar o el cielo que contemplas
si abres los ojos al silencio del día,
o al cenit de una noche imaginada.
Del cabo o punta la ilusión de volar, sin embargo el vínculo
fuerza ese cruzarse sin adioses por los invisibles caminos del aire,
en su núcleo la fuerte trabazón que anilla la piel del esparto
con la promesa de fidelidad al unir dos delirios que coinciden
en no reconocerse como pájaros; dibujos o símbolos en la sabia
herencia que entre los dedos fluye hasta que en la doblez
de los ojales la forma definitiva instaura una función, tal vez
de lazo que sostiene dos alas que nunca quisieron separar
su horizonte con la distancia que se propuso ser lejanía;
en su fiel designio no hay amor, una rosa múltiple, una flor
de pétalos de cáñamo es su estandarte, y desde la tenaz
sujeción solo un grito mudo responde a la hilatura libre
que fue demanda de un sueño: estoy aquí para que el abrazo
que te doy sea tu más constante y ejemplar compañía.