martes, 4 de diciembre de 2018

El sonido de tu ausencia

Amanecí en tu perfil y no supe encontrar el adiós.

Me gustaba el ejercicio de las mariposas
al anunciar el vuelo exacto de tu nombre.

Me gustaba la lluvia como un arco iris
donde escondías la cicatriz del deseo.

Todos los atardeceres escriben palabras de lujuria
-verdes, rosas, grises como un halo sin porvenir-.

Hay diez aventuras en tu dorso
y un puñal de amapolas en la sílaba
que vas dejando en mis sueños.

Si oyes el aullido del mar calla,
si la piedra llora el agua del silencio
piensa en las fuentes que manan sin esperar la luz.

Hay ráfagas de tiempo donde somos el color.

Está aquí el sonido de tu ausencia,
ya llega, ya llega su sinfonía de libélulas,
su crisálida dulce, el misterio que envuelve la memoria
con las guirnaldas viejas de un yugo marchito
que solo ansía desandar la noche.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Soy hombre

Algo me pesa pero no sé qué es.
Algo empujo pero no sé hacia dónde.
Un día maquilla otro día sin pudor.
Grabadas están las huellas en la ladera,
tensos los músculos, duro el cóncavo soporte:
allí habita la roca. Pisar y pisar la grava
y el esqueje, el sol en la curva del lomo,
la piel y la carne melladas, las lágrimas
en los párpados que no se doblegan.
Soy hombre sin alas, conozco la herida
y el silencio del amargor eterno, no dudo
cuando alzo mi condena hasta la altura del ser.
Ya he caído, mil veces caído, solo la razón
me encumbra en un pedestal de plantas salvajes
donde al fin entiendo la razón de mi existir:
este furor que me agota como un rayo
y eleva su grito hacia la desventura,
hacia la raíz de mi libre consciencia.

jueves, 29 de noviembre de 2018

Familia



Venid al tronco, a las ramas del olvido.
En la similitud de los rostros hay una huella de vida.
Cubre la piel morena un halo antiguo de membrillos y palmeras,
de acento meloso contra la luz que muere.
Y, después, nosotros en un lugar de lluvia
que anticipa inviernos fríos lejos de la palma y el cafetal,
del ingenio y de la zafra.
Nada conocimos de un país alegre,
allí nació padre(su fotografía de niño junto a un caballo de cartón,
en sus labios un habano y en su pelo el aroma indolente del azúcar).
Hoy vivimos en una orilla verde donde late el mar
y el viento rompe las esquinas con su canto de azufre.
Sus vástagos cruzan las calles, estudian, aman el silencio de una voz que se desviste.
Madre solo sabe reír, oculta el sinsabor bajo las pestañas
lo mismo que una nube y su hechizo.
Mis hermanas son hélices que no dejan de encumbrar el aire.
Mis hermanos fingen ser mis hermanos
porque al hablar solo se escucha un oasis interior que les nombra.
Solo queda el armazón de la casa con sus recuerdos de virginidad,
el misterio en los cristales, la caoba, el álamo de una tabla y su dibujo
carcomido por las horas que nunca han cesado de transcurrir.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Cuidados intensivos(habitaciòn 19)

¿A quién le hablarás ahora que la sombra inhóspita crece?
La primera voz y el primer grito en la piel,
la luz en el iris imperfecto y las arterias que riegan el insomnio de una raíz núbil
(así describo el ayer).
Todo es un relámpago que deslumbra la insensatez
como un tren invertido que descarrila en un cielo sin alma.
Has llorado porque la caricia es un símbolo de vida
y los rompeolas fueron cruces sólitas que jalonaron las pisadas
hasta entender los misterios de la brevedad.
En el cansancio infinito descubres el orden mecánico de los calmantes,
la blancura sobada de las sábanas,
las rugosidades violentas de dibujos que imaginas en el gotelé de la pared.
A veces el silencio es un copo de nieve
y las luces de la bahía un archipiélago de fuego y sangre
donde muere una ilusión.
Y de pronto ves que en los metros cuadrados de esta habitación hay un epitafio de flores,
hay oasis que llaman al estío, que escriben agua en la sequedad del sarmiento,
que estallan en vómitos de luz al recordar historias
que no llegaron al cenit de la querencia o a la semilla nunca habitada.
Sé de las horas sin mensaje, las que siento en el ombligo,
las que atrofian la respiración de brujas fantasmales,
las que amó el súcubo que ríe antes de que también muera mi risa.
Asoma, al fin, el caballo albino hasta la claridad que antecede a la consunción
y gárgaras de tiempo y trampolines de infancia
o islas perdidas en una juventud de paraísos sin mar
lo reciben con la llave que abrió a los portales de la muerte un sonido de clarines,
un rumor de besos, una Atlántida donde aún vive el jaramago
la eternidad que sucede detrás de un sol que ya no reconoce tu candil.

jueves, 22 de noviembre de 2018

Otro lugar, otra vida

Se pega el lagrimal de la nieve a mi cazadora gris
como un perdón de agua. Es la noche del principio
cuando los alguaciles del tiempo derraman una historia negra.
No finge navidad el cristal del comercio ni villancicos amables
rozan mi sien inhóspita. Creo que el reloj marca un enero sin jardines,
una fiebre de blancos ejércitos sobre la arena de la playa
o mensajes que nadie interpreta bajo el farol del olvido.
Mañana el tiempo será ola abierta en un tren que atisba su soledad.
Otra vida surge en los bolsillos como una planta de mar
que halló su cáliz entre chumberas y acentos dulces,
más allá del verdor, en los cráteres de una isla que muere
al sentir mi desazón de hombre perdido.
Pero hay voces y cuerpos, piel y un infinito cosmos de palmeras,
hay trinos de pájaros que no conozco y parques de flores tropicales
que revientan la luz. Desde el frío no se ve la cálida sombra del futuro,
me alejo para decir que siempre se abre un ojo de esperanza,
que nadie escribe epitafios de juventud,
que en la cruz del mañana se entenderá el soliloquio que fuiste
antes de entregar al viejo Caronte tu óbolo.



lunes, 19 de noviembre de 2018

El camino inverso de los elefantes

Los recuerdos campan entre horarios vacíos
o visitan el agosto donde renace la luz.
Para mí los juegos de la escuela, para ti las calcomanías bajo el agua,
las estampas de universos en un álbum dorado.
Mil y una canicas suenan en el rubor del día,
el balón cruza relámpagos de algodón dulce.
Mira como avanza el tren eléctrico hacia la aurora,
su elipse es un don de mariposas ardientes.
Todo era música sin querer,
la navidad que irrumpía lejos de la nieve entre salmodias y pajaritos,
portales y arena, camellos ocres de ojos lánguidos.
Hay rodillas que son arpegios infinitos,
la voz que callas y los céspedes que lucen amapolas inmortales.
Al morir el deseo surge la ceniza,
en los horóscopos la tinta negra ya no escribe
cuando la aguja del reloj inclina su testuz hacia el miedo.
¿No ves la hondura de su tajo rebanar el silencio que una vez fue paraíso?
Hacia atrás caminan los elefantes cuando quieren conocer la noche.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Nuestros viajes fueron ráfagas de tiempo



La huella del viaje es la huella de la vida.

Espada de metal en un país del sur,
de nombre como uvas en sazón,
líquenes quemados por la luz.

Pueblos de casas blancas y fruta en los márgenes de los baldíos ,
parrales polvorientos y la sed del alcornocal sangrando corteza y tiempo.

Y allí el mar de plata, el faro, las arenas calcáreas ,
la música como un aire de guirnaldas o fuego.

En otro país de nieve un río recita la verdad de sus días,
-ya te dije que los puentes son cinturones de olvido
y las agujas de los campanarios un punzón destetado y febril-.

Ciudad donde cruje la historia y sobrevive la carcajada de la guerra,
la identidad perdida por ser eje de multitud.

Pero habitamos también la calidez de las rosas
y el acento suave de los mercados.

El perfume de las flores baja como un trino de parterres encantados
hacia los peces de bronce que adornan el estuario.

Quisiste embriagarte con el eco del amor,
murmullos al borde del Sena,
una canción al pisar la magia de las calles
y la cúpula blanca del misterio igual que un tótem de mármol.

Y, al fin, el músculo del idioma en la pulcritud insomne de los autobuses rojos,
la secuencia de un castillo negro,
aquella noria sobre el vientre de las aguas como la dentellada de un dios inútil.

Son viajes dentro de ti
porque tú ya sabias que la alegría habitaba el sueño
antes de atisbar el tacto simple,
la quietud de los ojos que contemplan el frenesí de vestir por un segundo las ciudades
con la memoria que fueron y nunca han dejado de ser.