sábado, 7 de septiembre de 2013

Un dia de vacaciones



Quema el sol en las preguntas del dique.

Aguardamos como un canto dormido
a que la mañana despierte.

El mar es un rizo suave y melancólico sobre el tapiz
de este julio ambidextro.

La travesía rompe las flechas de los atunes,
la ternura infinita de las gaviotas.

¿Qué color es el color en que ahora pienso?

Los turistas veranean en fotos amargas, su felicidad
se acomoda, se daña en la costumbre de otro verano
o de otra luz.

Me gusta el rompeolas, los campos de tenis, la arboleda
que no admite un dios descreído.

Yo no sé donde está el árbol de las mil calles sonoras.

Un quiebro es la melancolía, otro la lujuria, el otro
la edad que adivina los cánticos del mediodía
con sus flores de organdí.

Es posible que en el estío los peces blancos lleguen
como signo o ciempiés.

El regreso sabe a piel joven, a esporas de fantasía,
a ráfagas de un azul olvidado en las noches de mercurio.

Vuelve la noche a ser hospital de viajeros, ancianos Ulises
que lloran su imagen perdida o extraños atlantes que no
entienden la virtud multiforme de la historia y se van
hacia si o el olvido.

En la ciudad rosada sufren los labios
el enigma de no haber sido memoria en la luz.

Ciudad del paraíso(un poema de Vicente Aleixandre)



CIUDAD DEL PARAÍSO

A mi ciudad de Málaga

Siempre te ven mis ojos, ciudad de mis días marinos.
Colgada del imponente monte, apenas detenida
en tu vertical caída a las ondas azules,
pareces reinar bajo el cielo, sobre las aguas,
intermedia en los aires, como si una mano dichosa
te hubiera retenido, un momento de gloria,
antes de hundirte para siempre en las olas amantes.

Pero tú duras, nunca desciendes, y el mar suspira
o brama por ti, ciudad de mis días alegres,
ciudad madre y blanquísima donde viví, y recuerdo,
angélica ciudad que, más alta que el mar, presides sus espumas.
Calles apenas, leves, musicales. Jardines
donde flores tropicales elevan sus juveniles palmas gruesas.
Palmas de luz que sobre las cabezas, aladas,
merecen el brillo de la brisa y suspenden
por un instante labios celestiales que cruzan
con destino a las islas remotísimas, mágicas,
que allá en el azul índigo, libertadas, navegan.
Allí también viví, allí, ciudad graciosa, ciudad honda.
Allí donde los jóvenes resbalan sobre la piedra amable,
y donde las rutilantes paredes besan siempre
a quienes siempre cruzan, hervidores de brillos.
Allí fui conducido por una mano materna.
Acaso de una reja florida una guitarra triste
cantaba la súbita canción suspendida del tiempo;
quieta la noche, más quieto el amante,
bajo la lucha eterna que instantánea transcurre.
Un soplo de eternidad pudo destruirte,
ciudad prodigiosa, momento que en la mente de un dios emergiste.
Los hombres por un sueño vivieron, no vivieron,
eternamente fúlgidos como un soplo divino.
Jardines, flores. Mar alentado como un brazo que anhela
a la ciudad voladora entre monte y abismo,
blanca en los aires, con calidad de pájaro suspenso
que nunca arriba. ¡Oh ciudad no en la tierra!
Por aquella mano materna fui llevado ligero
por tus calles ingrávidas. Pie desnudo en el día.
Pie desnudo en la noche. Luna grande. Sol puro.
Allí el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.
Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas.

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Del imposible olvido

Esta tarde el perfil de las rocas me conmueve.

Porque regresa el pasado con su trinar oscuro.

El mismo acento en los labios,
el aire dormido
y simple.

Yo no sé dónde fue la magia de la juventud perdida,
ni las palabras con flores rojas
ni su piel
tan explícita.

Veinte años más son un buen comienzo para el olvido.

No para mí.

martes, 3 de septiembre de 2013

Si llueve en Paris



*foto de Henri Cartier Bresson


Lento el latido del avión cuyo horizonte
es el equinoccio lúgubre.

Rápido el automóvil como un souvenir de alas azules.

Lento el carmín de la autoestopista cuando enseña
su cruz de paraísos informes.

Aún vivo en el maquillaje de la rue olímpica, el tránsito
alegre de un oriente transgresor, los ojos impasibles del maitre
o las columnas de la madame cuando el colorín de su cielo
nos alerta.

Ven a las horas bendecidas del ardid, las paredes
del subterráneo reproducen el álgebra de las manos cansadas
o la música imposible de la luz blanca.

Aquí, si llueve, suena el laúd en la plaza de los pintores,
junto al vuelo de imperfectas águilas, en la riada melancólica
de los turistas, cuando el brillar del trasluz es un lejano eco de serpentinas...

Hay una mujer de dobles dientes en el ensueño de tres vidas
que se acercan. Duda el misterio como duda la mitad invisible del adiós.

Pero el susurro, que es ingrávido candil, trino sin hojas de la muerte,
dulcifica el silencio que en su blancura va devorando un eclipse mortal.

Volverá el reloj a su doctrina, igual que anfibios rojos que desnudan
su aliento en los margenes del río sucio.

Un temblor de hojas secas. Un segundo de éxtasis, la razón
de mil razones abstractas encontrarán un sueño en la espalda,
la frente insólita de un cadáver renacido.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Tarde de verano

Aprendí fácil el álgebra de las calles.

A pesar del miedo y la costumbre de los domingos
hospitalarios.

Todavía queda el dibujo de las plazas,
el refugio del calor en el viento triste.

Tú buscas el látigo de la sombra,
las heladerías con sus flores
frías.

Atardece en la memoria insomne del cristal.

Vivimos.

jueves, 29 de agosto de 2013

Después de tanta mala poesía se necesita un poco de música...

Recuerdos de una amistad perdida

El aguanieve,
el aguanieve
en mi cazadora ambigua.

Mil doctrinas en la noche escarlata, la música del óxido,
las galerías con candelas
que aman el suburbio.

Y mi corazón que se paraliza
como el metal de las hojas de los árboles amigos,
con el misterio de este tren que angustia en su rumor
la piedad de la luna.

Mi destino cruje en los arrebatos de la velocidad.

Hay sombras que pueblan los arrabales
y rumores de pasos azules
o risas o susurros
o silencios
del hombre que mira
su faz en el cristal celeste.

Me duermo entre plásticos,
el olor de las horas gastadas
se acurruca sobre el zinc de tejados impasibles.

La vida no deja de ser vulgar,
lo sé cuando las fotografías me anticipan
islas sin nombre, ceniceros de lapislázuli,
orangutanes de vicios ocres o la bienvenida
que nunca ruge como un sol de verano.

Nadie podrá envolver el sueño que madura.

Nosotros, con el equipaje despoblado, conoceremos la ciudad
-deja que el recuerdo abra sus jardines, que la historia regrese
a los bares anfibios, con sus doctrinas y su cielo
y sus ofrendas amarillas-.

Ya sé que quieres el mar de un rojo perpetuo,
las botellas son faros de esta nocturnidad festiva.

Hay un más allá que no mereces,
pero las olas son viejas, van y vienen,
encuentran su aposento en las raíces del destino.

¿Mirarías en paz a quien anuncia el desorden,
cuando su valentía resulta ser la mentira del canon
y el silencio fugaz?

Transita, extraño amigo, los carros del aire
porque tu luz desordena el ácido eclipse de la muerte.

Tu voz ha sido memoria, cárcel de los versos,
efímera jactancia
de este poema inútil.