La imagen permanece como si el tiempo fuera
una gota de piedra que cae sobre la fugitiva sed de los minutos.
Inédito fluir de los relojes que nombran el mañana
antes de que el presente viva en la memoria
de quien ya es pasado al sonreír a un objetivo
que cierra su ojo para retener el instante
que nunca será espejo de una realidad inmóvil.
Tu blusa blanca y mi camisa azul, el lugar donde el sol de agosto
reproduce su ciclo de luz, el cielo claro, el trigal como un cabello
de trenzas amarillas que mueve el aire, el infinito horizonte,
la res y las colmenas, el escenario existe, nosotros no,
aunque falsamente perduren en un papel multicolor
la piel joven y la imagen tuya que hoy me sonríe
desde el ayer mientras contemplamos juntos
aquella fotografía que ya no recuerdo quien nos hizo
con la cámara que aún guardas en la buhardilla
como un tótem que ya no volverás a usar.