De lo oscuro nace un cálido artificio.
El automóvil dibuja los ecos de colinas azules,
de sesgadas lomas, de valles ausentes
como un agujero dormido.
Al sur se doblan las espigas en ruedas infantiles.
Los girasoles imaginan su armonía de flecos y alambre,
enseñoreados por el disco que humildemente
se aleja.
Cruzan los meteoros del cenit águilas imberbes
de corazón distraído, especuladoras cigüeñas
con su enjambre insólito de flores de vertedero,
populosas como el ejército imposible
de los días de agosto.
Detrás del odio de las palmeras, la arena surge
como un cielo desubicado.
Hay paz y hay un hemisferio sin hilvanar.
Es agradable vivir aquí, es agradable la luz opaca
que anuncia el sol de noviembre.
martes, 15 de octubre de 2013
lunes, 14 de octubre de 2013
Un relato o una nadería, como lo queráis llamar..
UNA PASIÓN CUMPLIDA
A ella le encantaba tomar el sol. El de la mañana, el del mediodía y el de la tarde. Su piel había adquirido una tonalidad permanentemente marrón, un bronceado apagado, como de pátina vieja. Las arrugas se anticiparon al marchitar de la edad dejando en su cara un rastro de juventud herida. Cuando se pintaba los labios de rojo pasión y se rizaba el pelo se diría que había cambiado de raza. Era solidaria a su manera con los pueblos oprimidos. Con esas querencias a nadie extraño que se liara con el nigerino que vendía quincalla en la esquina de su calle. Era un negro alto y bien formado, que vestía camisa con los llamativos colores de su nación, y gorro del que colgaban espejuelos que brillaban como diamantes pulidos:
-“tú comprar, ser bonito, barato, pero no bueno”- la abordó el nigerino con sonrisa marfileña, enseñándole un ídolo de madera en postura de bailar alguna danza ritual. “Ser el dios de la lluvia, yo decir que aquí no ser bueno porque llover suficiente. Vosotros necesitar a dios sol”
Ella se le quedó mirando y le preguntó con retintín:
-¿y tú tienes ese dios?
-“no-dijo asombrado el nigerino- mi país ser seco como desierto, pero yo ser tu sol si tú dejar”
No le quiso responder y siguió su camino. A la mañana siguiente volvió a pasar por el mismo lugar y el nigerino la llamó:
-“eh!, tú, poder venir un momento”
Dudó, pero al final se acercó
-“mira, tu dios sol”-dijo mientras abría la mano y le mostraba una fotografía suya tamaño carné.
Ella se molestó,
-¿esa es tu forma de ligar?¿es que me ves cara de idiota o qué?
-“no, no, tú no enfadar, a partir de hoy yo proteger, para ti nunca más llover”
-“este tío está loco”- pensó mientras se volvía con desprecio-,pero ¿y si fuera cierto? ¿Y si fuera un chamán milagroso capaz de crearle un espacio de luz eterno?”La loca eres tú por pensar esas cosas”- acabó por decirse y continuó.
Pero, he aquí, que un día borrascoso de nubes plomizas y llovizna caprichosa, en el que caminaba pegada a los edificios, sorteando los goterones que inmisericordes trataban de sorprenderla, una mano de hierro la atrapó y la metió de un salto en el portal más oscuro que vio en su vida. El silencio angustioso del zaguán lo rompió una voz cavernosa que le decía: “tú mirar techo”. De repente un globo de cristal blanco que hacia de lámpara fue adquiriendo un tono amarillento cada vez más intenso. No se le podía mirar de frente sin cegarse y ella notaba en la epidermis un fermento de ardor creciente. “Yo ser hombre de palabra-dijo la misma voz rotunda-, éste ser tu sol”. En efecto, aquello era como un hermoso astro solar en miniatura, miró en derredor y se sorprendió al ver una fina capa de arena en el suelo, el continente era circular y estaba bordeado por pequeñas palmeras datileras. Acostado bajo un parasol, con la cabeza sostenida por su codo derecho, el nigerino, desnudo como dios lo trajo al mundo, bebía agua de coco plácidamente.“¿tú querer?”- le ofreció. Ella, sin decir nada, se acomodó a su lado, se desnudó y bebió con gusto porque el intenso calor le había dado mucha sed. Estuvieron así varias horas hasta que se agotaron los cocos. Al salir de nuevo a la calle se los pudo ver abrazados, él la protegía con una sombrilla multicolor de un sol inexistente, mientras ella buscaba en el bolso las gafas ahumadas.
A ella le encantaba tomar el sol. El de la mañana, el del mediodía y el de la tarde. Su piel había adquirido una tonalidad permanentemente marrón, un bronceado apagado, como de pátina vieja. Las arrugas se anticiparon al marchitar de la edad dejando en su cara un rastro de juventud herida. Cuando se pintaba los labios de rojo pasión y se rizaba el pelo se diría que había cambiado de raza. Era solidaria a su manera con los pueblos oprimidos. Con esas querencias a nadie extraño que se liara con el nigerino que vendía quincalla en la esquina de su calle. Era un negro alto y bien formado, que vestía camisa con los llamativos colores de su nación, y gorro del que colgaban espejuelos que brillaban como diamantes pulidos:
-“tú comprar, ser bonito, barato, pero no bueno”- la abordó el nigerino con sonrisa marfileña, enseñándole un ídolo de madera en postura de bailar alguna danza ritual. “Ser el dios de la lluvia, yo decir que aquí no ser bueno porque llover suficiente. Vosotros necesitar a dios sol”
Ella se le quedó mirando y le preguntó con retintín:
-¿y tú tienes ese dios?
-“no-dijo asombrado el nigerino- mi país ser seco como desierto, pero yo ser tu sol si tú dejar”
No le quiso responder y siguió su camino. A la mañana siguiente volvió a pasar por el mismo lugar y el nigerino la llamó:
-“eh!, tú, poder venir un momento”
Dudó, pero al final se acercó
-“mira, tu dios sol”-dijo mientras abría la mano y le mostraba una fotografía suya tamaño carné.
Ella se molestó,
-¿esa es tu forma de ligar?¿es que me ves cara de idiota o qué?
-“no, no, tú no enfadar, a partir de hoy yo proteger, para ti nunca más llover”
-“este tío está loco”- pensó mientras se volvía con desprecio-,pero ¿y si fuera cierto? ¿Y si fuera un chamán milagroso capaz de crearle un espacio de luz eterno?”La loca eres tú por pensar esas cosas”- acabó por decirse y continuó.
Pero, he aquí, que un día borrascoso de nubes plomizas y llovizna caprichosa, en el que caminaba pegada a los edificios, sorteando los goterones que inmisericordes trataban de sorprenderla, una mano de hierro la atrapó y la metió de un salto en el portal más oscuro que vio en su vida. El silencio angustioso del zaguán lo rompió una voz cavernosa que le decía: “tú mirar techo”. De repente un globo de cristal blanco que hacia de lámpara fue adquiriendo un tono amarillento cada vez más intenso. No se le podía mirar de frente sin cegarse y ella notaba en la epidermis un fermento de ardor creciente. “Yo ser hombre de palabra-dijo la misma voz rotunda-, éste ser tu sol”. En efecto, aquello era como un hermoso astro solar en miniatura, miró en derredor y se sorprendió al ver una fina capa de arena en el suelo, el continente era circular y estaba bordeado por pequeñas palmeras datileras. Acostado bajo un parasol, con la cabeza sostenida por su codo derecho, el nigerino, desnudo como dios lo trajo al mundo, bebía agua de coco plácidamente.“¿tú querer?”- le ofreció. Ella, sin decir nada, se acomodó a su lado, se desnudó y bebió con gusto porque el intenso calor le había dado mucha sed. Estuvieron así varias horas hasta que se agotaron los cocos. Al salir de nuevo a la calle se los pudo ver abrazados, él la protegía con una sombrilla multicolor de un sol inexistente, mientras ella buscaba en el bolso las gafas ahumadas.
viernes, 11 de octubre de 2013
Historia de un fracaso

Nadie arrebuja el latido ni el iris inmóvil
de la orfandad.
Estos pasos hieren la luz porque ambicionan
el protocolo de las sílabas huecas.
Yo nací en el ojo del eclipse con cien cadenas amarillas
y un coro imperfecto de consejos sin flor.
Sucumbí a las horas lúgubres del desencanto.
Entre espasmos y soliloquios que convirtieron mi vida
en un arco iris roto.
Siempre la soledad como sombra,
en los portales y en la latitud,
del hombre que crece
y se añora, corrompido por el mensaje de las luces
o el orgasmo del licor o la niebla que impasible
resucita un arcángel.
Así, en la memoria de la playa, en el patibulario ejército
del rojo clamor, en la historia breve de los delfines
que ignoran su músculo, en las lineas del deseo
que rejuvenecen la historia simple del vacío,
con caras inútiles o adverbios que mueren
en su raíz de incógnita.
Mi yo absorbe el silencio como una verdad sin golondrinas,
mi yo anuncia la atmósfera que involuciona la condición social
de los huesos, el laberinto que yacerá solo.
Solamente inmaculado o solamente cautivo en el apóstrofe del ser.
miércoles, 9 de octubre de 2013
Paseo nocturno para un niño perdido
De un mar a otro mar el hilo exacto.
La ciudad en sombra elige los espejos
del suburbio, su senda políglota. Crece
el niño entre mapas azules, mira el enjambre
de la latitud como un faro asustadizo. He
plantado la raíz de un futuro viejo, con los
cromosomas de la lejanía que serán círculos
en la hora infantil de las golondrinas. Para
que él vea su noche de estrellas infinitas
como el dulce trino de los pájaros que huidizos
se pierden, se pierden.
La ciudad en sombra elige los espejos
del suburbio, su senda políglota. Crece
el niño entre mapas azules, mira el enjambre
de la latitud como un faro asustadizo. He
plantado la raíz de un futuro viejo, con los
cromosomas de la lejanía que serán círculos
en la hora infantil de las golondrinas. Para
que él vea su noche de estrellas infinitas
como el dulce trino de los pájaros que huidizos
se pierden, se pierden.
Encuentros

Antes nos veíamos siempre. Nunca adiviné
si fue casualidad o es que mi deseo encontraba
un molde en la querencia tuya. Te sentí en mi ciudad
y en la otra(una recortaba su perfil después del mar
y la playa, la nueva era un monumento de piedra,
inmemorial y soñadora como una dama exhausta).
Pensaba en ti desde mi atalaya de cristal, espiaba
tus salidas hacia cualquier lugar esperando
que quizá sería también el mio. En los trenes
coincidíamos sin mirarnos, ocultos tras
los libros, como topos sin horario. Hablé
contigo una noche quieta y lúgubre. Sin luna
y sin mar. Ha pasado ya tanto tiempo...
domingo, 6 de octubre de 2013
Dias de pueblo
Era la magia de la aventura. Aquel país de agua
y verde, de silencios microscópicos. De bicicletas
inmaculadas como una flecha ciega. Fui feliz entre
curvas que abrazaban mi miedo. La casa grande,
su fachada de cal y sus rosales, el misterio de la perra,
blanca y soñadora como un deseo. Y después, los
pilares olvidados en su esqueleto fósil, con las fuentes
de caballos graníticos igual que adobes sin compañía
ni edad. El día transcurre, tras el oficio metódico
del alfayate, el muro bajo, la hierba profundamente
huidiza en el bascular insomne de los bóvidos pardos .
La plaza seca y su iris que aún agrupa en las noches
el coro de los niños. Mi casa no es más que el paramento
de una aguja llamada suburbio. Suena la robusta noche
en las miserias del campanario. Pasan azules los
hombres con un adiós taciturno en los labios. Bajo
la techumbre de la escarcha, un episodio de insectos
va y viene como la noria indefinible de algún elefante
rojo. Yace el columpio. Yace la oscura memoria
de la luz que solo es tiempo dentro del tiempo.
y verde, de silencios microscópicos. De bicicletas
inmaculadas como una flecha ciega. Fui feliz entre
curvas que abrazaban mi miedo. La casa grande,
su fachada de cal y sus rosales, el misterio de la perra,
blanca y soñadora como un deseo. Y después, los
pilares olvidados en su esqueleto fósil, con las fuentes
de caballos graníticos igual que adobes sin compañía
ni edad. El día transcurre, tras el oficio metódico
del alfayate, el muro bajo, la hierba profundamente
huidiza en el bascular insomne de los bóvidos pardos .
La plaza seca y su iris que aún agrupa en las noches
el coro de los niños. Mi casa no es más que el paramento
de una aguja llamada suburbio. Suena la robusta noche
en las miserias del campanario. Pasan azules los
hombres con un adiós taciturno en los labios. Bajo
la techumbre de la escarcha, un episodio de insectos
va y viene como la noria indefinible de algún elefante
rojo. Yace el columpio. Yace la oscura memoria
de la luz que solo es tiempo dentro del tiempo.
miércoles, 2 de octubre de 2013
PAISAJE II
Hay gárgolas de labios sellados.
El castillo trepa como un dios
hacia su nombre y su verdad.
El pretil sobrevive a la monotonía de los barcos rojos,
se inclina y no teme las oscuras razones del río.
De este lado, la historia es negra como un cetro de espinas.
Los edificios crecen, sus cristales arrojan
la luz hacia el unísono eclipse del día.
Descubro el permanente gris de los metales,
camino hacia las esculturas del óxido
que añoran los mares bravíos,
la bandera pirata del devenir.
El olor de las frutas llega suave, rodea los atrios,
las bóvedas, los arquitrabes de la iglesia fría,
su descomunal círculo de penitencias.
En esta celebración los rostros del almíbar,
el corazón de los frutos
sin edad,
el océano en barreños de espuma,
las almendras, los pasteles,
el regocijo bajo los paraguas del tiempo
con el febril diluvio de los lúpulos derramados
en veladores de mármol
corroídos por la palabra rota.
Tres puentes azules
como un látigo infantil,
en uno de ellos la nariz de la catedral blanca,
irónica como un ademán solemne.
Es más sencillo si uno cree en los símbolos,
en la tradición
o en la lógica que los pasos reverberan.
Si reconoces el mensaje de los jardines
tu paz sera flor,
magia en los lirios de este frenesí que has dejado lejos
como una sombra
desnuda.
El castillo trepa como un dios
hacia su nombre y su verdad.
El pretil sobrevive a la monotonía de los barcos rojos,
se inclina y no teme las oscuras razones del río.
De este lado, la historia es negra como un cetro de espinas.
Los edificios crecen, sus cristales arrojan
la luz hacia el unísono eclipse del día.
Descubro el permanente gris de los metales,
camino hacia las esculturas del óxido
que añoran los mares bravíos,
la bandera pirata del devenir.
El olor de las frutas llega suave, rodea los atrios,
las bóvedas, los arquitrabes de la iglesia fría,
su descomunal círculo de penitencias.
En esta celebración los rostros del almíbar,
el corazón de los frutos
sin edad,
el océano en barreños de espuma,
las almendras, los pasteles,
el regocijo bajo los paraguas del tiempo
con el febril diluvio de los lúpulos derramados
en veladores de mármol
corroídos por la palabra rota.
Tres puentes azules
como un látigo infantil,
en uno de ellos la nariz de la catedral blanca,
irónica como un ademán solemne.
Es más sencillo si uno cree en los símbolos,
en la tradición
o en la lógica que los pasos reverberan.
Si reconoces el mensaje de los jardines
tu paz sera flor,
magia en los lirios de este frenesí que has dejado lejos
como una sombra
desnuda.
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