jueves, 29 de marzo de 2018

Sexo oral

De mi vientre y mi sexo brotan las palabras.

Decir la noche al decir deseo,
encumbrar la sílaba imperfecta,
desnudar el signo que llegue
como una flama al orificio blanco del silencio.

Poblar la primavera de tus labios
con el semen de un adjetivo,
alucinar cuando un sí escupe
en los laberintos de ese cepo
que llamamos moral.

Tú al hablar lanzas un gemido de ardor,
yo cabalgo ínfulas de pesados miembros
y me creo danzarín de poseídos sátiros
en tu piel que ya siento cálida.

Me urge la admiración y el clamor,
me transita la sangre de un infinitivo
que te muerde con la erre roja de la propiedad.

Y eres tú igual que yo,
la dueña del lenguaje en el incesto de la madrugada,
me posees con la dosis exacta de una pregunta,
me invocas con la tajante ansiedad de la última querencia.

¿Sobrevivirá el instante del éxtasis al alud de las letras?
¿Cómo es la virginidad del cuerpo
en la saliva que susurra tu ausencia?

Gimo al entrar en ti
con el don que mis alas niegan,
un discurso será el adiós que no hable,
una lujuria el recuerdo que se escriba
en las neuronas inmortales del ansia
que te llamará una y otra vez por tu nombre.

martes, 27 de marzo de 2018

Belle epoque

Aquí bailó la música lejos de sí.

Un patio de mosaicos encendidos,
pilares o pilastras de un hierro mohoso,
el eco de inmóviles pasos cruza al bies
donde la luz filtra el cristal del color.

Hay una marea de iris abotonados,
pelucas y trajes que visten la edad de las muñecas,
el vano desdibujarse de las bailarinas.
porcelana, bronce, marfil y tiniebla
hacia un aire de mariposas,
la fuga insólita de los miembros
delgados como un ala de luz
o un azogue que no encuentra
la densidad de un cuerpo y su lejanía.

¿Qué lucidez de volantes y joyas,
qué sinrazón de luciérnagas de oro y esmalte,
qué perfume desborda el frasco pulido
por el óxido de la locura?

Se oyen risas y un cancán interminable,
flotan mi pies sobre los rombos y las cenefas del mármol
y no sé en qué década vivo
ni, si al final, el humo azul de los veladores
poblará de sueños mi corazón de estatua.





lunes, 26 de marzo de 2018

Los versos de tu cuaderno

Y es que te veo, toda tú mimo que deposita
la nieve del recuerdo. Caligrafía que una vez
fue ambición, más tarde flores que caían bajo
las estaciones con dudas de metal, tinta de un
azul proscrito, versos donde la fiebre del amor
se desnudó en letras abrasadas, en dibujos alados,
con la naturalidad de las mariposas que se alejan
y se alejan de las palabras que un día escribiste
sin conocer su sentido, su razón o su oculta verdad.

viernes, 23 de marzo de 2018

Radiografía del miedo

Me perturba el silencio de su paso.
Yo creí en la fiebre o el alud, la sombra
que, como un tótem salvaje, aún quema
el corazón. Ni el colmillo voraz, ni el
temor ante la desvalida efigie del niño,
ni la incógnita que abre sus alfileres
de cilicio a la incertidumbre del mañana.
Es más simple, el miedo circula igual
que un latido, dirige los pasos de la rutina,
invoca la sorpresa tras el tedio de una pausa.
El miedo me hace compañía entre los intersticios
de un segundo, es un soldado que no ceja
de desfilar hacia el fin, una máscara que
recubre mi piel como un barniz o un maquillaje
que me roba con su insolencia la auténtica vida.

miércoles, 21 de marzo de 2018

El ascensor

Nunca pienso en su geometría, una caja
sin cristal que lleva en su interior un destino.
Subida o bajada bajo ese raíl que repite
la caricia de los días, el murmullo de la luz
en la visión de los números, la puerta por
la que asoma mi piel, a veces una palabra
que suicida el lenguaje, estaciones de
vestíbulos oscuros donde vive la intimidad
un romance con la muerte. Cuando voy solo
no pregunto por el mañana, ni interrogo a los
botones y su memoria mecánica. Cuando
voy solo sueño con escaleras sin peldaños,
con largas zancadas que me alejen del hastío,
contigo que me esperas desnuda, ansiosa,
como un ángel que sufre.

martes, 20 de marzo de 2018

En tu sueño viven los mitos

Naufragué en tu orilla
que es la orilla sur del tiempo.

Una deriva no es la muerte
solo un tránsito
donde la tiniebla escucha el gong del azar
y los murciélagos visitan la quietud
mientras el adiós se conmueve
con las alas aún vivas del ayer.

Recuerdo la fragilidad de la piel
y los ojos blancos del silencio
antes de que sentir fuera un deseo
y las moscas en su huida
recogieran los espasmos de dos seres
que presumían de su gloria y su desdén.

¿Qué buscabas tú,
trompo que gime tras el estertor de un volar sin brújula,
qué buscaba yo y mi ejército de nubes prohibidas
por la luz?

A veces encontrarse dirige los pasos hacia un desliz,
así la palabra común
busca el eje que, como un crisol,
atrape la armonía de los espectros.

Es tan fácil la consunción de los círculos,
alejarse hasta los horizontes lejanos,
encender los ríos,
sacrificar el fulgor de la arena
en cualquier playa perdida,
ir y regresar a través de los puentes milenarios
mientras sucumbe el tiempo
en las viejas calles de una ciudad
cuyo racimo nos viste de ausencia
bajo la infantil plenitud de su llama.

Hay memoria en tus pulgares
y en el iris una almendra de redondez pulida.

Al mirarte te hablo
aunque ya no escuches mi voz,
pero yo sé que en tu sueño viven los mitos
que creamos para que en el tortuoso devenir del mañana
relámpagos invisibles escriban, sobre ti
y sobre mí, una verdad eterna.




jueves, 15 de marzo de 2018

Geografía del rostro

Una vez fue lisura,
seda, organdí
el mapa de mi frente.

Hoy son ríos olvidados
que surcan mi inquietud.

Los ojos guardan afluentes,
rojos afluentes,
de insomnios y piedad.

Las mejillas caen como meteoros azules
al jardín de la mueca,
al músculo que descubre la risa.

Los poros, sí, los poros escriben dentro
historias invisibles,
el pómulo reivindica su orgullo,
quizá el espolón que enfila la noche.

Debajo de un abril de pestañas
la lívida laguna del dolor,
también la sombra de todos los equinoccios
que han llorado en un iris.

El mentón se alza como un gallo noble
hasta la desnudez del labio,
se agrietan las verdades de la piel,
los istmos perfilan la oscura senectud del tiempo.

Y te ves en el cristal
sin querer la impronta del número que te habita
y que se llama años,
cicatriz de una herida
en este rostro
al que ya no pretendes regresar.