Rojo, un espasmo de color, lo prohibido llama a las puertas
de un corazón libre, si no atravieso la sombra púrpura
cómo sabré del misterio que hay detrás de ese ojo
que me impide avanzar más allá de la línea blanca
donde mora insolente
la quietud.
Ámbar, el laberinto color miel, la puerta entreabierta,
quien duda pierde el paso, si te paras te acusan de cobardía,
si continúas hay un temor atávico de infringir la norma;
o al contrario, el disfrute del desafío.
Verde, ese color que te invita a seguir, como de guardia amable,
también lo fácil de circular con preferencia, y tú que piensas “a ver otro igual”;
si vas con prisa lo agradeces, a su manera te levanta el ánimo,
el color de la esperanza, eso dicen, o el de los ojos de María,
mi mujer.
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