Porque siempre supiste que a ti vendría el caudal
inmenso de un río voraz, con las olas del estupor
en procesión de espumas, o el alud del pánico
que no es níveo sino oscuro como la tez de ébano
del insomne, o el fuego que aún arde en las cenizas
de lo que un día nos vistió de llama en los paraísos
del azar, o el asteroide que golpeará sin tregua
en tu piel como un badajo de cal ardiente, y aún
así recibes en silencio a la luz que llega a ti, con
la fría espada del dolor oculta entre las sombras
que anuncian la proximidad de la maléfica noche.
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