En la noche un hilo de luz visita la piel dulce del cristal,
ya no hay palomas en el vientre de la tarde, la pasividad
del humus recorre amante la raíz de las acacias
y en las fuentes reverbera la luna con el tornasol
penitente de los arco iris ambiguos bajo el cóncavo
pozo de la pila roída por el agua de la infinitud,
destruye el canto la vacía sed de los crisantemos
mientras un áspid recorre los intersticios
que en las baldosas forman junglas azules.
Mira el haz de un faro invisible cómo llega a las órbitas
más intimas del balconaje, sigo al azor, persigo al alba
que duerme en la lluvia igual que el coral duerme
en la moléculas del agua y aunque ya no esté tu voz
en la perdida efigie que en el pedestal de la noche
apunta al soliloquio que en mi boca ciega palabras,
jamás fue un arpegio infantil tu respuesta sino la llamada atroz
que en el eco de las plazas descubre la armonía
de los coros en el latido único de mi sangre embravecida.
Me rodean los lápices de piedra que se cruzan como espadas
para vencer a lo siglos que ahora son aire de incienso
al pie de iglesias sin edad, el camino me lleva a la lentitud
donde susurra el gorrión y trinan los árboles, al lugar
que es nido de sombras, primicia de rosal, jardín
que fluye entre la prímula y la dalia que el otoño
mutiló de pétalos, y es un navío el fósil sin aura
que navega por las cenizas del tiempo con las arboladas
velas del mármol tirantes igual que una goma que apunta
al sur de los mitos, a las islas donde la neblina
forma guirnaldas de albor, cabelleras de algodón
entre acantilados negros, lujuria de sirenas que descienden
al mar con la desnudez colmada de luna y luz de astros,
con la música del frenesí y los vientres abiertos de los tritones
que agonizan bajo la sal de una espuma voraz.
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