Extiende el hilo que mana de tu nombre, confía en el alud
que acude al rubor como una lengua que sella los besos
imberbes, en los hombros la música escribe notas que azulean
la piel, consignas que decimos en el interior de los muros
de cristal esmerilado, palabras que tú murmuras y yo deletreo
bajo la paz ardiente de la media tarde cuando los pájaros
trinan en las ramas y un sol altivo se desnuda en el horizonte
como una lágrima de redondo ámbar, así el presagio, la raíz
del pensamiento, la huella tuya que aún permanece bajo el rosal
que un día planté, el oro grácil de las alianzas que brillan en los índices,
la bondad que es un corazón con las alas del sueño, el río y el pilar,
el pretil y el farol, la insólita distancia que se acorta si nos alejamos,
la lluvia que ya no es lluvia al sucumbir en la corriente, nuestros
soliloquios que a la vez son canto y eco, el sombrío eclipse
que la luna ahuyenta con su luz de madre buena, y la flor
que te entrego con pétalos dulces donde anidan mis ojos que,
ya para siempre, poblarán tu jardín como efigie de mayo.
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