En el aura inmóvil habita la caricia del tiempo,
aún la brasa calienta tu fe mientras duermen bajo
el olivo los estigmas de una sombra que aniquila tu nombre.
Aguardas un sol nuevo que ilumine tu presencia de mar cautivo
entre faros sin luz, finges moverte en la calima porque nadie ve
tus miembros de piedra, su ancla azul de hilos que lloran por la feliz
cadencia de unas olas que murieron en los arenales del azar.
Y te plantas en los días como un árbol cuya savia es la memoria
dulce de los insomnios que recrean oasis de ternura, paraísos
donde las huellas siguen vivas como cicatrices de fuego
que retornan en la noche de tu candor infinito.
Cuál es el límite, en qué reloj encontrarás un pozo,
un agujero en que caiga esta falange del futuro que te ata al espigón
de la indolencia, al frío cáliz de la pasividad donde todo es silencio.
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