lunes, 6 de julio de 2020

El lobo en ti

A veces sientes que todo está hecho para ti.
La luz del día, el mar insondable, las palabras
que engarzan una nube con otra, el sol en la piel,
el amor que baña tu amor. Nunca miras dentro de ti,
en ese pozo oscuro al que regresas cuando la bola
de cristal se rompe. Está bien, los relojes son el consuelo
porque navegan hacia atrás como ríos locos, a ti te gusta
nadar contracorriente y desnudarte en la orilla. Crees
que todo es superficie, sentidos poblados por flores
en la nieve, lamentos que pasaran como hojas caducas.
No sabes que alimentas a tu lobo, en el agua gris
espera su noche de azabache desde el tiempo
inmemorial de tu nacimiento, procura que el rocío
de la vida moje tu edad con serpentinas que vuelen
sobre canciones sin memoria. Acecha el lobo tu caída,
sin horror, con la paciencia de un dios que retarda
el festín hasta la hora en que los murciélagos
se aposentan bajo el olvido que serás, ya
escucho tu voz y el aullido que un cuerpo
deja cuando las fauces del lobo muerden
el secreto de su inocencia.

domingo, 5 de julio de 2020

El pasillo

Ignoro la longitud, el candil, si tiene ojos.

Un río de mármol,
yeso en las molduras,
enjambre de gotelé en las paredes,
múltiples láminas que sudan.

Recorre este templo que es un pasillo entre gárgolas,
un suicido de cuadros te contempla,
el teléfono y su negritud,
plástico que sobrevive a la voz del miedo,
el mosaico babea los octógonos que pisas,
la luz cae de una araña rota en cristal.

En su cenit un espejo de cornucopia dorada
y dos sillas de caoba, la herrumbre de los ganchos
donde cuelgan los signos
recibe ropas y ropajes,
chalinas y dalias rojas.

El reloj alemán, pajarita blanca, agujas de oro,
ya no sueña, es el monstruo que contempla
mi cuerpo en fuga, el balón transparente
que rebota en los zócalos.

Transita, si puedes, este silencio de luz,
miasmas que se cruzan como besos pálidos.

Tú me dijiste que era un túnel sin salida,
pero yo sé que mi sangre triste reclama esta arteria de infancia,
cinco puertas cerradas y un frenesí de niños en la penumbra,
encendiéndose, como guirnaldas de todos los colores.

sábado, 4 de julio de 2020

El pájaro

La chica pelirroja no me hace ningún caso,
todavía me despierto con sus ojos de pantera
en mis ojos. Es una ciudad de agua, por eso
llora al atardecer cuando un resquicio de sol
la posee. Conocí la isla: tropical, ocre, dulce
como una madre. El amor es un relámpago que hiere,
nos vimos en un lugar que, después, fue el futuro.
Ya comienza a decaer el día, se vislumbra
en la enramada el cuerpo del pájaro que trina.

viernes, 3 de julio de 2020

Un día de vacaciones

El hotel nos llama con su palmera vieja.

Aún llevas el biquini azul bajo el vestido pret a porter.

Me encanta cuando el sol te encinta
y la habitación clarea.

Desnúdate sin pudor,
recorre el clímax indiferente
de los espacios usados.

Asómate a ese mar que escondes dentro
y dime dónde nadan las sirenas
que te han dejado partir,
sin un canto, envidiosas
de ser tú y tu cuerpo.

miércoles, 1 de julio de 2020

Aquel instante

En cada vida hay un instante crucial.
Su preámbulo no lo imaginas, lo has soñado,
eso sí, pero en otro lugar, en otro tiempo.
Y es que el tren era el viejo tren de siempre,
la noche igual a la última noche, el día
se repetía en el vacío, faltaba la palabra,
el decir de una fuente que nunca antes manó.
Recordarás el olor del aceite, la estación
en penumbra y las farolas de las calles
como una rebelión amarilla. En tu mirada
la desnudez de mi nombre pensé que existía.
Tu rostro, tan cerca como la familiaridad
del perfil en un espejo, tus manos blancas,
los sitios comunes que nos visten. Y ese adiós
de pájaro que volverá a su nido mañana, esa
sensación de que el futuro son nuestros cuerpos
en un rondo infinito. Nunca existió un relámpago
más dulce, un relámpago que sobrevive en la memoria
como una estrella que deja atrás su luz.

lunes, 29 de junio de 2020

Amiga muerte

Hay edades como esqueletos que sueñan.
Siempre estuviste ahí, en las primeras fotografías,
en el pulso del trabajo, en las conversaciones triviales
que repetimos una y otra vez, sin darnos cuenta.
Te refugias en los días felices como una máscara
que nadie invitó. Con los años te adueñas del pensamiento,
escarbas en la infelicidad, brotan de ti diamantes
oscuros que brillan en los cenotafios. Eres
la sombra que en mi vejez se arrima al corazón
del niño que fui, con la ternura del confidente
y una guadaña gris entre los dedos. Ven, habla
conmigo, dime las razones de tu amor despiadado,
tu amor que mata, ese amor donde ya balbucean
las últimas hojas de mi calendario.

sábado, 27 de junio de 2020

Mujer de invierno

A menudo me hablabas de la bruma y la escarcha,
del frío y los osos polares. De niña al ir al colegio,
el invierno-decías- eran bolas de nieve, verdugos,
abrigos y guantes de todos los colores. Ahora
me explico tu amor por el fuego, el por qué
se recogen tus piernas- calcetines rojos- como
alas de cigüeña, ante la chimenea encendida.
Nuestro hogar de montaña lo elegiste tú,
en verano hay flores diminutas y cantos
de cigarra; prefieres enero, sus copos
blanquecinos, sus cristales de hielo y estos leños
que, juntos entregamos, al rito ancestral
de darnos calor en las horas en que los lobos
buscan cómo alimentarse si no nos encuentran.


viernes, 26 de junio de 2020

Mis amigos y yo


No había visto nunca nevar en Santiago.
Y lleva todo el día, sin parar.

A las nueve en el pub
calentaremos el cuerpo, seguro.

Qué hermoso el tejado
con su pátina blanca.

¿Eres idiota o cursi?, si te oyera, Lourdes.

Porque tu imagen es diferente, verdad.
¿Ante ella eres el puto amo, o no?
Cómo finges, amigo.

Y es que Lourdes te gusta tanto
que se te empalma
ya sabes qué
con solo oír su voz,
oler su perfume,
notar el tacto de sus dedos
tan cerca de la entrepierna.

¿Quién vendrá hoy?

Estoy harto de Manolo,
le dije que me tradujera un poema en francés
y llegó como un perrito,
enseguida, a babear las letras.

Andrés se fuma todos los chinos
pero nos consigue costo.

Andrés y yo hablamos a veces,
hablar es como encender un fuego
en el desnudo interior,
el timbre suena,
qué impuntual es Alberto.

En octubre yo esperaba lluvia,
nieve, no,
el ánimo está alerta
como si desconfiara
de los silencios de la noche.

¡Vamos Alberto, capullo, que siempre llegas tarde!

Qué gracia de copos,
qué bendición de fibras frágiles,
qué ardid de gotas escarchadas
que me besan sin un después,
sin esperar el mañana.

Yo sé la ruta y Alberto, también.

Él y yo nos miramos,
bajo las arcadas de la rúa
que nos conduce al Galo
se oye el gorjeo
de los ateridos pájaros.

¡Joder, Alberto, qué puto frío!,
a ver si llegamos pronto,
hoy le atizo al aguardiente, y tú.

jueves, 25 de junio de 2020

Tren de domingo



Hay tardes ambiguas que crecen después de un recuerdo.

Día gris,
el mar que vi desde mi habitación era platino,
buscando su luna.

Mi cuerpo ya estaba en otro lugar
-el refugio de los jardines silvestres-
aunque tocara con los dedos
mis muslos
y me rozase el pantalón
con su estrategia de amparo.

Los domingos palidecen
porque su puerta se cierra
y los ojos miran al señuelo de otra semana por venir.

El autobús llega tarde
y yo temo el chirrido de las vías de ese tren
que se escapará
enseguida,
como un lobo hambriento,
hacia las luces de la noche.

No hay problema
-me digo-
son solo quince minutos cuando no hay tráfico.

Aquella mujer parece un viernes, se ríe,
el joven pelirrojo se hurga la nariz,
sin pausa,
cinco adultos
que no me importan
observan sus móviles
y yo que tirito
de fugacidad.

A las siete sale el tren,
ese mínimo tren de herrumbre y vagones fosilizados,
pero es mi tren,
mi juguete,
mi amigo de metal.

Ah! qué bruja es la vida,
no la vi en el andén,
su perfil, sin alas, se refleja en un vidrio.

Somos los únicos pasajeros del vagón,
circunstancias precisas donde las imágenes se doblan
y recogen un latido común
de árboles en flor.

Mi disfraz es el miedo,
luces blancas,
el inicio musculoso de los engranajes,
el movimiento sutil de las bielas,
la sinrazón de nosotros,
solo nosotros,
aquí.

Nada dije,
habitado por sombras
-durante el trayecto
ella leía un libro ajado, el Don Juan de Torrente-
al salir recordé algún lugar que los dos hubiéramos pisado
y le susurré:
- ¿tú estudiaste en el Eusebio da Guarda, ¿verdad?
¿quizá conozcas a Juan Gómez?
Te vi el otro día en la cola del cine, en aquella película de Truffaut…-

Pensé que la oruga tejía su hilo,
un café,
las palabras se unen en códigos
que la lenta armonía columpia.

“Te invito yo, podríamos vernos mañana,
aquí mismo, a las ocho”.

“Sí, claro”.

Entonces no sabía que a los pájaros
no les gusta la voz del mármol,
ni las ataduras del insomnio,
ni el blancor de las cimas
donde sienten
que hace mucho frío.

Tal vez , sin previo aviso,
le crecieran dos alas
porque ya nunca
regresó a mí.

martes, 23 de junio de 2020

Esa casa que nunca conoceréis

Edifiqué una casa con hilos de sol y papel de lija,
liviana como polvo de mariposa, una casa
con muchas ventanas por las que no entra la luz,
ocultas al cielo, piel de onagro en la memoria
que decora la pared con pinturas de aire,
escenas donde aún lloran las muñecas, saltan
los balones, sufren los esquejes del rosal exhausto.
Sabed que la construí con vientos y edificios
de cristal, en su interior la nieve iza castillos,
el calor de su chimenea es un aliento que me
hace respirar con la mecánica exacta de un reloj,
día tras día, oblicuamente. Construí una casa
en mi interior, nunca he salido de allí, ese
otro que vosotros conocéis vive en otra parte.
Ese otro me niega, y yo lo niego a él.


domingo, 21 de junio de 2020

Aquel día

Miércoles, 15 de abril
cuando en la radio de Rosa
suena el ángelus.

Mediodía, tan lleno de luz,
los ventanales,
traslúcidos,
son como acuarios
de claridad.

En mi mano un libro de Bataille
- me atrae su mística,
el ausentarse de la piel
para recorrer los submundos del alma-,
lo compré el lunes
en una librería de viejo,
sin saber
qué
encontraría
entre sus páginas.

A la habitación llegan todos los sonidos de la calle:
el tráfico,
voces de amigos que se saludan,
un claxon,
el grito de una madre que riñe a su hija.

Es tan cotidiano
este día de abril
en
que
la
lluvia
por, una vez, se ausenta.

El cielo, intensamente azul,
un perfume de magnolio
-tenue, sutil-
entra por la ventana
desde el jardín de Paula.

Hoy que no he querido ir a la facultad,
no sé si por cansancio,
rebelión
o quién sabe,
lo último que esperaba era ver a mi cuñado.

El timbre,
estridente como un chirriar de uñas en el cristal,
rompió la monotonía de la mañana.

“Hola, Ramón”
-dijo Uxío-.

¿Qué haces tú aquí”
-le respondo-.

“Tu hermana está abajo en el coche,
nos vamos a Coruña, hay malas noticias”

“A qué te refieres”- le inquiero.

“Ya te lo dirá ella”.

Me vestí todo lo rápido que pude y bajamos.

“Papá tiene cáncer”– dijo, Elena, entre sollozos-.

No sabía
que en ese momento
el mundo cambiaría para mí.

A los dieciocho años,
estudiante,
un niño aún en muchas cosas,
debía enfrentarme a la vida,
madurar,
ser un hombre
ya para siempre.


sábado, 20 de junio de 2020

Imitando a Humphrey



“Aquí está la movida, el Verde está a tope”
- ya lo sé, Daniel-. De la chica del pelo rojo
lo que más me pone son sus tatuajes
y de qué manera tira de la minifalda.
El barman luce músculo, solo sonríe a las mujeres.
“Daniel acércate a la barra y me pides otro gin-tonic,
yo no aguanto a ese cabrón”. Es la una y media
de la madrugada, “los lunes las copas en el Chevalier
son a mitad de precio”-dice, Daniel-. La chica
del pelo rojo cruza las piernas, suena en el pub
“la casa del sol naciente”. Si tuviera valor me acercaría,
en silencio, con una pose de macho. “No quiero que estés
sola, querida”. Pero no tengo gabardina, ni borsalino
ni un triste Marlboro que llevarme a los labios.
"En las películas es más fácil, ¿verdad, muñeca?"

*Verde: pub
*Chevalier: discoteca
*borsalino: tipo de sombrero

viernes, 19 de junio de 2020

Habitación de estudiante

Nunca entendí
de dónde surge
una brizna de luz.

Llovía,
humedad en el rostro,
cansancio en los huesos
todavía
infantiles
y un pudor de rosas tras la alameda aguada.

Qué número,
qué portal,
qué vientre de nido
o cuál la indiferencia de un ascensor ciego.

La habitación estrecha
en la que languidece un girasol
-a la patrona le gustaría un pequeño jardín-
hoy es una lágrima de ojos cansados,
un desaliño de muebles
sin amor,
una pared que querría
soñar
mis sueños.

Para mí su abrazo,
para mí este rincón que hormiguea
en un delirio de ausencia.

Me la quedo
-le digo bajo el umbral a la dueña-
mi susurro se escapa en un guiñol
de ávidas mareas.

Hay luz y armonía,
una cama escuálida,
la mesa es un milagro azul,
el sillón parece un hombre obeso,
la ducha
una risa de agua
que bendice
la desnudez
-sin pretérito-
de mi juventud.

Un hogar es una geometría,
diez o veinte metros cuadrados,
para un corazón
en el que viven todas las quimeras.

El soñador solo reconoce un destino,
su patria son los ojos del tiempo,
esta habitación
me invita
porque quiere ser mi piel,
mi arco iris,
el oropel
que me cubra.

lunes, 15 de junio de 2020

Habitación de hotel para un pájaro perdido

Ángeles de agua es lo que veo.

Y una sombra con valijas,
y mi yo en el cristal
de la perfumería.

En esta vieja ciudad los arcos aman la lluvia,
me deslizo lo mismo que un ave gris
entre el moho
y siento la luz fatigada de este hotel
como una perplejidad,
un sortilegio de telarañas,
un mosaico de párpados encendidos,
la gruta mineral de los sueños.

El hombre maduro,
el joven,
el niño
que fue gorrión de plazas vacías,
planea frágil
bajo las molduras
de otra época.

El ujier.

Qué botones de oro
y qué chalina
en el chaleco blanquiverde,
un ademán de duermevela
asoma tras su corazón de bienvenida.

Hay misterio en esta luz de ópalo,
desnudez arcaica,
plafones en los techos
y un vitral blanquecino
que se parece mucho
al rocío helado.

Este será mi hogar de ruidos
sin altavoz- cacofonías ambulantes
como sonsonetes de gong,
nítidos espejos donde nadie se refleja-
la soledad cruje en las ventanas,
el color activa los sentidos
porque ha cromado batallas,
románticos elogios
o nubes en las mejillas de la dama alegre.

Hotel dormido en sus columnas,
tú quieres para mí el arpegio de un piano
pero mi música es la noche,
los eclipses y el rumor de los fonógrafos
antiguos.

Mi habitación yace entre muebles raídos,
con ventolera en los quicios
y un asomo de fantasmas
que lloraron por un futuro
incomprensible
de cohetes lunares.

Lo peor es ser un extranjero de tu propio destino,
el alba me susurra que vendrá el día
en que las cigüeñas se alejen
y llegará el verano
con solsticio
y piel dorada.

Alas mías,
dadme una ruta o un dédalo,
una isla o un confín,
que sea mi faro esa sola palabra
que a menudo me digo
con nostalgia,
la palabra
dicha.

Que no está aquí
sino muy lejos,
en el mar,
en el océano,
en tu rostro
que yo aún no sé
lo que de mí espera.

sábado, 13 de junio de 2020

Retrato de un estudiante adolescente

¿Qué sabe uno de la vida a los dieciséis años?

Se practica una forma inocente de amistad,
se vive en la llama sin sentir el fuego.

Encogido
-un bulto más en el auto-
papá me pregunta si lo metí todo,
me dice
que no tenga miedo,
que va a ser una experiencia enriquecedora,
que él ya la disfrutó,
que nos veremos
apenas
en un mes…

Yo pienso que no se trata de verse,
sino de conversar,
decir,
escuchar
lo que sentimos.

Me callo.

Soy un estudiante en otra ciudad,
tan distinta a la mía.

Voy del agua a la piedra,
del mar a las plazas de granito.

Es Compostela una madre inmemorial,
su lluvia sin música
asoma
por primera vez en mis hombros,
en mis mejillas
que arden.

Huir,
escapar
-a los dieciséis años siempre se quiere huir-
pero, ¿adónde?

Poco a poco mi corazón de niño
maduró:
las salidas nocturnas,
las ingenuas palabras de amor,
los abrazos,
las confidencias,
el murmullo de la seducción,
en fin,
los pétalos al cielo
de la juventud,
que, vosotros, ya conoceréis...

Y es que no os puede sonar extraño lo que digo.

También fuisteis volcán y arrogancia.

Igual que yo,
también soñabais con que la felicidad es un juego
donde las cartas esconden artificios
y el mejor tahúr nunca pierde.

No era así,
resultó que la vida iba en serio
-ya lo dijo el poeta-.

Yo solo os quería contar que un día nací de nuevo,
en una ciudad extraña
entre misterios, golondrinas y albas azules.

Tenía dieciséis años.

Hoy lo recuerdo mientras escribo esta letanía,
a la que retorno
una vez más,
quizá porque nunca salí de allí,
de ese lugar y ese tiempo,
quizá porque cuando en la madrugada
mis ojos se abren
todavía veo misterios, golondrinas y albas azules.

Como veía entonces.

jueves, 11 de junio de 2020

Ella se parece un poco a Mia Farrow



Ella se parece un poco a Mia Farrow,
por el aire desvalido,
quizá.

He quedado con los chicos en el bar de siempre
(qué es lo que tiene ese bar).

Seremos diez
y quien se sume,
las chicas odian no saber quién viene.

Empieza la noche y yo,
indolente,
dejo que mis manos hurguen en los bolsillos,
mi madre dice que es una forma
de pensar en mí,
lo niego.

La cajetilla de Ducados me dura un día,
ensayado el gesto del cigarrillo entre los labios
qué importa el humo.

Mi presupuesto es cutre
-mejor no decirlo en pesetas-
por eso el vino barato me sacia,
cigales o ribeiro
en taza de porcelana.

Luisa ríe, y es que siempre ríe,
Raúl filosofa, Eugenia me ama,
presiento que aún no lo sabe.

Esta noche se parece mucho a otras noches,
pero, tal vez, me equivoque
y esta sea la única noche
que un día recuerde
cuando busque en mi yo
aquel faro perdido.










martes, 9 de junio de 2020

El fuego

Diablo
rojo,
diablo
amarillo
de
lengua
en
llamas.

Destruyes el papel,
los secretos,
el ámbar,
la porcelana
fría.

Humo denso que izas en pavesas la memoria común,
calor de brasa,
color carcomido por el oxígeno inmolado,
tizón de la caoba,
metal candente que se licua,
se arrastra,
come los números del calendario fósil.

Y el ahogo de las polillas
y la sed de las arañas
y todas las huellas del tiempo en el hollín;
y la carne en fuga
como la ardilla
huye del bosque encendido.

Nadie en las habitaciones,
el cristal crepita en su dolor
sin una mueca,
sin los rostros maquillados,
sin el adiós simple de un ángel
que se inmola
en la negritud.

No es fácil asumir cómo se suicida un hogar,
no es fácil
si en sus entrañas mueren nuestros nombres.

*poema dedicado a la casa familiar que se incendió el pasado 6 de junio.

lunes, 8 de junio de 2020

Al pensarte

Sigo en la penumbra de este túnel, como un pájaro
que ya no puede ver la luz. La oscuridad finge
que es mi amiga, la noche calla y entrega
su manto de sombra. Me alumbro, tan solo,
con mis recuerdos, su pábilo y su temblor
son dos pupilas en un fanal marchito. Al pensarte
retorna la alegría, entonces vuelas hacia mí,
el túnel ya es blanco, la claridad una línea
que viste el deseo con el aire del mañana.
Por favor no le digas a nadie mi secreto
y vuelve a ser, una vez más, el ínclito
ángel de la luz.

domingo, 7 de junio de 2020

Yo soy este silencio que ronronea

Este rayo y esta nube, la virtud de la sangre
y el sordo martirio del latido, la luz en un rosal,
el movimiento intangible de las alas, lo humano
que llora, las palabras como signos de infancia,
telarañas curvilíneas, joyas cuyo engarce crea el sentir,
párpados que abrasan las columnas viejas,
tantas vías de amor en la oruga de los espejos;
porque has llegado como una noria en el trampolín
elíptico, igual que la pregunta entre las ubres, igual
que el clamor de las charcas cuando titila la noche.
Caderas perdidas en el rebumbio de las esquinas,
el tráfico mancha las hojas de acanto, los príncipes
azules ya son mar, tritones del ensueño, cálidas
palmeras, la miel del dátil cae como lágrima de oro
en tu nombre. Sorprendida del viento en la playa
te has refugiado en el jardín prohibido, el que imaginaste
en tu rincón de amapolas sin púrpura. Sabes del rumor
que los pájaros anuncian con sinfonía de plata,
son cadáveres los mosquitos bravíos, cuando tu abril
enmascara mi abril dos jaguares se destrozan en la oquedad
para que la luna exhiba su jauría. Al volver al pedestal
que dejaste, las estatuas moverán el pulso de su abrigo,
solo los pliegues, los caballos, el dedo firme de un prócer;
pero no mires a su ardid de marioneta ni a los gorriones
que el insomnio atrae como el hierro atrae a la lid.
Yo soy este silencio que ronronea, el odre de basalto
en el que los campanarios revientan su metal,
la esponja que asume la humedad de tu sexo,
fácil mandrágora del suburbio. Perdóname,
a veces un desliz es una golondrina que huye,
si yo interpreto a tu ángel con las rodillas descarnadas
será desde el pálpito inocente de una raíz bajo la nieve.
Para mí solo existe aquel tiempo en que el orden era una
ciudad marina, la mirada una derrota dulce, lo que no dije
un suvenir perdido en la memoria; algo así como el epitafio
que yo viera en el trasluz de tus ojos antes de conocer el exilio.

jueves, 4 de junio de 2020

Uno no sabe



Uno no sabe qué decirle a la luz.
¿Ave blanca, rayo de amor, bruma
incandescente,
ángel de la claridad?
Uno abre sus ojos y descubre,
una vez más,
el oro limpio, regalo de la luz.
El amarillo es un metal que dora el tiempo,
el día se viste con su capa de fulgor,
la belleza, entonces, abre risueña sus pétalos
y un jardín asoma con su alegría de pájaros.
El sol ha llorado, llora a cada instante,
porque la estrella muere lo mismo que mueren los secretos,
las pasiones y el lento eclipse que somos.
Atardece, la luz recoge su manto
igual que una doncella tímida,
la noche es un ejército salvaje,
un frenesí en llamas,
un decreto de impunidad al que acuden las sombras.
Hay otra luz que reconozco,
luz de bares y faroles,
luz de luna en el río,
palidez en las plazas sin fuente.
Todas las luces son una luz,
y en todas las luces estaré yo,
mientras
aquí
siga.

martes, 2 de junio de 2020

La calle

Los portales son pequeñas ventanas de insomnio.

Tantos rostros de piedra y cristal,
rótulos envejecidos,
historias sin mapa
que cuelgan de los árboles
como jaulas rotas.

No conozco la sangre ni la ruta que se desvía de la luz,
hay damasco en los cortinajes,
baldosas que crujen,
la voz del viento canta en las esquinas,
la sal llega del mar como espuma tardía,
crece una niebla sin hambre,
pasan mujeres
dejando hollín de cansancio
en las aceras.

La lluvia moja el deseo,
tan constante como una luna estéril,
comercios de azar,
ultramarinos con especias de oriente,
un parking sin coches,
la mercería recatada,
tímida.

Y tú con tus zapatos de felpa en la cola del cine,
y tú, rosa de azul, en un domingo de enaguas,
sumida en el paraíso de un Marlboro sin filtro,
maga de los circuitos que oxidan la luz.

Tengo una nube detrás,
una nube de música y mundos perdidos,
al mirar la calle tu huella resplandece
y somos la nocturnidad que los astros aman
por encima de su latir,
en el corazón de lo oscuro.





domingo, 31 de mayo de 2020

El inquilino

Tuvieron edad e historias, confesiones, éxtasis de amor,
gritos, música, serenidad, sueños, paladar, convivencia
en los omoplatos. Vivir, aquí, donde se tejió el mundo
subterráneo de las voces no escuchadas, sentir
el silencio de la ausencia, los insectos vivaces
en su hogar recóndito, esconder en el tragaluz
la sonrisa del deseo, sombras cuya desnudez
elige a los cocodrilos del acuario. Aún resisten
los murmullos que violan la sed de las telarañas,
todavía el cigarro del ángel enrojece su ascua
bajo la piedad de la luna. Este sitio no es
tu madriguera, círculos de sudor y entretiempo
maquillados por una pátina azul -las polillas
inventan un edén, los tesoros que el niño escondió
no admiten mortaja-. Alcobas que ansían un desliz,
alféizares, paredes roídas por la luz, hemisferios de cristal,
hoy lacrados con un sello de aluminio y de fútil blancor.

sábado, 30 de mayo de 2020

La serie U2



U22 y U23 aún conservan
el rostro humano.

"La ventaja es la atemporalidad,
una pieza se cambia por otra,
los circuitos cada vez son mejores,
el chip que ordena vuestros actos
gobernará en un futuro,
también el alma."

-dijo en el video
la voz en off.

U22 se preguntó
en alto
el por qué
de un rostro humano.

Es por los recuerdos”, le susurró
su esposa, U23.

Y ambos, callaron.

Por si acaso.

*en la serie U3 ya no habrá materia orgánica.


viernes, 29 de mayo de 2020

Salida de un mural

Algo hay en ti de mural asirio o griego,
Semíramis quizá o Electra o Pandora
en su presagio. El pijama rayado convertía
tu cuerpo en extraña columna, columna
que agita caderas rojas. Comprobé mi
inocencia de surco escondido, vi tu atmósfera
de viernes en los azulejos, cines sin escuela
en las noches blancas. Palidez del entretiempo,
hojas caídas sin otoño, fuentes deshilachadas,
tráfico de ojos impares en la vena sucia. A ti
llegan ondas de mar, y como fanal de sirena
te adaptas al aire húmedo, a la voz de un faro
en noviembre. Sube al columpio donde la astucia
y el carmín son llaves de azur, busca el amparo
del doblón y a la vez una sombra esbelta- o encorvada-
que te de refugio. Vuelve al mural que elegiste
cuando creías que el destino era tuyo. Corta
una cabeza, piensa en tu padre, destapa
el inmenso arcón de las calamidades, y disfruta.


martes, 26 de mayo de 2020

El tren nocturno deja atrás los cielos de mayo



El libro es un ardid, un cenotafio, un lobo perdido.

Se alzan las alas para recogerte,
el aire amarillo repica en los cristales,
el tren, fiel oruga de mayo,
transita los dormitorios de tu paz
y los míos
de sangre.

El vagón ha dicho adiós,
tantos adioses sin luz,
la orfandad de la noche es un lamento de espigas,
campos lascivos, carreteras
como un circuito
inhumano.

Quisiera hablar, decir “las horas son tristes en abril”,
quisiera un hermoso reloj nacido en el Cáucaso
del que no supiera su orgullo,
quisiera una trenza en el bosque,
verde
o roja,
suspendida,
volátil.

Qué madrugada en los silbidos,
las estaciones son cristales blancos
de un neón sin letras,
cápsulas de adobe y farol,
ladrillos bajo la lluvia,
el espantapájaros pita
y es un señuelo su reclamo.

Pensad en mí
hojas del almendro,
el río también corre,
el agua más lenta dice un réquiem en la penumbra,
pájaros nocturnos dejan humo de liendres
en un cielo de azabache.

Y me dejo ir, música invisible de la consumación,
un olor a pantano, a ropa vieja y húmeda
lanza al amanecer sus lianas de alabastro.

Estoy solo en el recinto de hierros y costumbre,
la luz parpadea,
el ritmo de los engranajes es azul,
vamos rápido
hacia el fulgor de la mañana.

Las ratas

El mejor momento es la caída de la tarde.

Como vigías nos parapetamos detrás de una piedra,
“las ratas tienen costumbres, como los humanos,
lo leí en algún sitio”.

Eran las seis cuando vimos asomar entre las rocas
el primer cuerpo peludo, olfateando el aire,
la naricilla y los bigotes tensos.
¡Mírala! Al fin, se mostró, la primera,
y detrás la segunda.

¡Dos señoras ratas! - dijiste alborozado-.

En los días sucesivos volvieron a salir
-raudas, ágiles, atentas-
aproximadamente a la misma hora y en el mismo lugar.
Tú sonreías y les apuntabas con una carabina imaginaria.
“¿No crees que podríamos ponerles una trampa?”
-me atreví a sugerir-. "¡Oh, sí!,¿qué tal si untamos
con un poco de manteca las rocas más próximas?”
“¡Genial!”

En el atardecer del treinta de octubre de 1981
llegamos con nuestras escopetas
y unos restos de unto que extendimos, cuidadosamente,
alrededor del agujero por donde emergían las ratas.
“Bueno, vamos a escondernos”.

Ocultos permanecimos durante más de dos horas,
pero las ratas no acudieron.

“La vida es un puto misterio”- afirmaste-.
“No hay ningún misterio,
es tan solo el instinto de supervivencia”
-comenté yo-.

La caja de balines seguía intacta.

sábado, 23 de mayo de 2020

Familia

Aquí hay calidez y un círculo impar,
son familia estas pieles de unigénito símbolo,
la luz se superpone
como un coro amortiguado,
los pensamientos juegan
con episodios compartidos,
la telaraña de la vida
dibuja los mismos rostros
en un telar de aire.

Nos escuchamos al dormir
porque cualquier frase caída
engendra un eco de sombras.

La mirada recala en los espejos contraídos
-nunca muestran otra razón que la máscara,
nadie olvida la empatía de los apellidos lunares-
mil secretos rebullen en los soliloquios,
el carmín de las niñas se humedece
al contar con acento de urdimbre
los misterios sin voz
de la hermana.

En un día de fiesta
las inútiles verdades
murmuran en los bolsillos su oración de sábado,
sabemos que el salón familiar nos posee
con abalorios de plata,
mesas de caoba,
la retahíla innúmera
de las cosas múltiples.

Hay un juego de palabras sin vocales,
hay ojos que observan el cristal esmerilado,
se sienten los perros de la costumbre,
ladridos mudos, pájaros proscritos.

Somos entes que besan los minutos
y no besan los cuerpos,
somos
la estatura de un árbol al que le pesan los ríos de la lluvia,
una raíz agrietada bajo el foso de un hogar
donde nadan esqueletos.

Juntos cantamos en la medianoche
la canción de las mujeres sin patria;
hay dolor y agujas en las lágrimas,
al abrirse los relojes el grito de la carne nos une,
ese grito que solo conocen
los buitres
del ensueño.

jueves, 21 de mayo de 2020

La quietud

Eres más que los olmos perdidos,
te cuida un halo de supervivencia,
hojas que abrigan tu desliz de vida
entre la simple permanencia de los horarios.

Lo comprendí en un gesto y en una palabra de pudor,
la razón sabe que hay laberintos por descubrir,
huellas enfebrecidas que permanecen
en la oscuridad del alma.

Salir a la pura inmediatez del día
-las copas de los árboles
son como pecas en el azul cósmico,
su verde de hojas pálidas al contraluz,
nubes sin palpar,
tapiz tan claro,
tan sol,
tan ojo zarco de la mañana-.

Me vi en el recuerdo:
voces de alcohol al morir la noche,
el susurro de tu boca como un suspiro de marionetas,
frases que el olvido entremezcla
con las misivas del suburbio
entre un mar negro y las risas del entreacto,
filigranas de humo en las gárgolas,
las calles sin ojos que abrir,
los sótanos exánimes tras la faz del deseo.

Y llega hasta mí la quietud con su incoherente súplica:
¿podrán
el resplandor,
la fragua, un océano virgen,
los ríos no descubiertos,
el frenesí de las abejas,
los hongos, el color de tus pupilas
dibujar
para mí
un refugio;
un ayer que sea para siempre
hoy,
un futuro donde no existan
las cartas
en blanco
del silencio?







martes, 19 de mayo de 2020

El bautismo del ángel caído

Estos andrajos ya no me soportan
con qué fuerza llueve ratas amigas
acurrucaos aquí entre las hojas
no me cubre la amistad el pudor
yace en el último reloj que vendí
desparramado este fósforo muerto
regado ocre su cera comprimida
el cigarrillo lágrima de muescas
astillas que el sudor del canalón vuelve
naves mutiladas si miro a la cuenca
del farol briznas acuosas se catapultan
forman un reguero de saliva el mástil
en que se apoya mi nuca recibe ese
hilo virginal de agua proscrita el sonido
de las alcantarillas tragándose el rostro
de la lluvia el soportal donde mi cuerpo
apenas cabe este olor pegajoso de levadura
esta piel que es un lloro ajeno los párpados
cuajados del mármol líquido pringoso
la mortaja del abrigo los zapatos el pantalón
confundido con los cartones del súper
con el vino aguado podredumbre que se vierte
en mis dedos orines que ya son rojos
el calcetín una esponja barata cruzan los coches
océanos brillantes el neón forma espejos
en el corazón de los charcos la música del agua
me llega me adormece tiemblan mis manos
se moja mi sed hasta las ratas huyen creo en ti
mi dios porque me bendices en esta noche moribunda
me mandas a los ángeles de la luz con una espada
líquida que se posa en mis hombros para siempre bendecidos

El mensaje



Soy el último pasajero del Nostromo.
Quedan ciento cincuenta y un días para volver a casa.
Antes de cerrar la grabación acaricio a Yonesy.
El alien duerme.

lunes, 18 de mayo de 2020

El miedo

Vosotros también lo conocéis,
cuando asoma aturde los sentidos,
sientes un ahogo impertinente,
la respiración se acelera, el estómago
rumia un dolor amortiguado y desdeñoso.
No se puede razonar con su tesón, se impone
por la terquedad salvaje del convencimiento,
su raíz es tan profunda que tira del tronco
que tú eres para hundirte asido a un estertor
de náufrago. Con los años aprendiste
a no hacerle caso, soportas su maldad,
te perturba, te amarga los días, y tú le riñes
como a un niño travieso que se obstina
en molestarte. A menudo lamentas
que no crezca, y al fin se vaya de casa.

sábado, 16 de mayo de 2020

Entre el día y la noche

Aún con la voz muda te pregunté por la luz.
Regresaba del país de las hojas de plátano,
de la sílice y la cal, de las playas
al pie de acantilados negros.

Así es el faro cuando vive en la claridad,
subyuga a la sombra,
penetra con densidad de ópalo
en la penumbra de los trajes,
devuelve a los ojos un resplandor de almanaque febril,
espejo de sí mismos.

Y qué si el rayo luminoso se divierte y corona los cuerpos,
tu cuerpo, liviandad, arrabal de nube en la mañana.

Tú me dijiste que nunca fuiste pájaro,
abril llegaba como un subterfugio,
lianas en los balcones,
pámpanos abiertos al color,
horas griegas en la luz.

Y te fuiste, el halo era verde,
el tráfico perfectamente amarillo
y un reloj, aguja de hierro,
vomitaba minutos con un cansancio de caracol,
con la fe retráctil de las hormigas.

Y llegó la noche, llegó el neón y su barbarie,
llegó el desfile brutal de los iconos;
y vino el jazz y ese vaso de papel que olía a colonia,
el trasiego hiriente del humo, el frío en la palabra
con sus mensajes de náufrago.

Autobuses sin regreso de un rojo desvaído,
lágrimas de desamor en quien ansía un ramo virgen
en sus dedos de plata, mendigos del aire
con pajaritas de amianto,
el infantil viaje de ti a ti
que embadurna los anuncios de las marquesinas.

Ven y súbete a mi estatua
sin temor,
te poseerá la rosa azul de la ceniza.

De la ceniza surge el fénix de la aurora
y un leve gesto
que anticipa tu crisol,
el oasis en que jamás creí,
la cascada y el manantial,
esta sangre que circula como un geiser dormido.

jueves, 14 de mayo de 2020

Su cuello

Alfanje herido su latir, un tallo
que viola el espacio y lo vuelve flor,
suspendida la almendra, el fuste liso
como mármol de piel, blandura grácil
que cae en los omoplatos y es lluvia
de vida. Mi labio hiende su perfil con el agua
del propósito, salina la yesca en el belfo,
rumor de hojas el junco que orea un alisio gris.
Toda la gracia de su altivez en el mercurio,
sostiene como pilastra el verbo que madura,
los ojos se angostan si el deseo acude a besar
su longitud de glicina, su savia azul en mi odre.

martes, 12 de mayo de 2020

La Beltane

Acudid al mestizaje de los fachucos. La noche
se quita el velo de la escarcha, danzan los trasgos
y los hongos febriles, los campos se visten de luna,
el mes de los lirios iza sus crestas ígneas
como lenguas de pasión hacia el cielo por nacer.
Se abre el vientre de las semillas, la vulva recoge
la fe del sol, animales sin pezuñas levitan sobre
un mar de espigas, la yerba es un alto epitafio
luminoso, robusto, fértil. ¡Venid, mujeres, y saltad
en las orillas de los leños ardientes, ante el fulgor
de la pureza que se eleva en ascuas, revoltosas
como pupilas de luz que se derraman y renacen!
Mañana el oro será trigo, la piel bendecida por
el agua virginal nos poblará, entonces un cúmulo
de llamas exhaustas sonreirá para nosotros;
otra vez el ciclo de la vida brotará y seremos
pájaros en retorno hacia su árbol florecido.

*Fachucos, en gallego antorchas
*trasgos, duendes juguetones de los bosques
*La Beltane es una fiesta pagana de origen celta. Se celebra en la madrugada del 1 de mayo y es un canto al verano y a la fertilidad de la tierra. La celebración es un rito de purificación a través del fuego, con él se da la bienvenida a un nuevo ciclo de vida. En nuestro país aún se celebra en Galicia y el norte de España.

lunes, 11 de mayo de 2020

Nunca podré abandonar la ciudad oceánica

Briosas nubes y céfiros de sal.

El aire maldice su virginidad,
ruge el mar una pregunta de ojos verdes,
un candil proscrito ilumina caracolas en la yerba de la plaza.

Mi ciudad viste meandros de madre opulenta,
venas de un azul de burbujas,
esquinas sin horóscopos
que son azar de navíos
al partir insomnes
sin rumbo
ni patria.

Solo conocí su estatura de hada,
la línea del coral sobre las rocas de un ocre fúlgido,
caminar por la estrechez del espigón,
lejos de la luz, en la sombra invertida de la noche.

Me acostumbré a su lengua, tan larga como un hilo sin memoria,
guedejas de algas contra el dique,
la escollera sabe que la letanía de un acuario
solo conduce a la locura.

Escúchame, allá donde estés,
pertenecemos a la estirpe del delfín y los albatros,
al fulgor de la infancia y sus playas indómitas,
al arenal donde los sueños palpitan en su plenitud.

Es un río de nieve el que acompaña tu razón,
permite que fluya el crepitar de las olas,
el resol del ocaso en las crestas marinas
haz que todos los relámpagos atruenen,
para que no escuche al olvido.

domingo, 10 de mayo de 2020

Los sueños que perdiste

Un día, mientras duermes, regresarán a ti
los sueños que perdiste. En una habitación
a oscuras oirás de nuevo su canción que se alza
al infinito. Sentirás cómo se quema en la luz
el quejido de los héroes. Al abrir los ojos
tus sueños volverán a su escondite.

viernes, 8 de mayo de 2020

De cuando nos conocimos

Guardas en tu luna un collar de pantera.
Junco en un portal, ambigú sin horarios,
insomnio pintado en los ojos de la aurora.
¿Hay murciélagos allí donde un corazón
se vuelve niño? En lasitud la dormida fiebre
del joven (flota como un pájaro su ironía).
Ha extendido sus alas la vieja ardilla de la noche,
te busca con su rubor y su desliz. Ya solo ves
un labio carmesí en el silencio y un perfil que ondea,
baluarte del cristal, entre el licor de los sonámbulos.
Mi piel recibe el azúcar de tu boca, la palabra
entonces se desnuda con una voz anónima y suburbial.
Todos los lugares expresan la victoria del alud,
el claror del alba nos persigue como un sultán ciego.
Al dejarme finges que no volverás a verme.

jueves, 7 de mayo de 2020

El pájaro nocturno no encuentra pareja

Se mezcla el color en tus pantys, la insolencia de un verbo
azota el látigo que nos une, qué maquillaje de pájaros
en tu cerviz, qué lunar móvil en qué oasis de ti.
Un Camel se agita y busca el lagrimal con su humo
de napalm. Es mi blasón, mi yelmo, mi adarga
este cilindro que consume la noche. Está caliente
el óvalo redondo, crisol de absenta, brillo de náyades
en la copa esmerilada. Juega el jazz con la musculatura
del saxo, el piano carcajea, la melodía es un abril de luz.
¿Cómo te llamas? Ya no eres tú quien responde.

miércoles, 6 de mayo de 2020

La desgracia

No se anuncia, se embosca y espera. Solo
habla cuando el cepo ha caído sobre la risa.
Te desnuda y vierte su tez en ondas fértiles,
suicidas, enjambre sin salida del atardecer.
Es un accidente, una palabra que sella una historia,
la muerte que hereda un corazón que palpita.
No la ves venir, o sí, a veces todo se vuelve
crepúsculo en un desierto que arde, manantial
capado, el sin vivir que fertilizó la miseria.
Su nombre se dice en las esquinas, en los corros,
golpea el pensamiento, atrae a la locura, se sufre
como un rayo inaudito. Vendrá la desgracia,
tú lo sabes, igual que los lobos merodean
un cuerpo exhausto antes de desgarrar la piel
vencida. Construye un fuerte con el amor y la testuz.
Que no te sorprenda el yugo del azar, levántate
como un dios pequeño que protege su casa
contra el desafío. Y nunca, nunca, llores.


En el Pub

Traigo un haz de lluvia en las manos,
la pared es un vientre que reverbera,
el pino, sin labrar, luce muescas en su rostro.
El orgullo de la música se repite, incansable.
¿Podrás volar desde el dintel hasta la policromía
de las arañas de cristal cuyo vigor
es un faro en la noche? Nunca poblé
tu mesa, eras cisne de frente alta,
entre los dedos un ducados sin filtro,
intrépida amazona. ¡Qué liturgia
de susurros, qué aljibe de licor,
en qué vaso el espejo que no miras!
Una lengua de sed ciñe mis labios,
el ron es un amigo que no habla,
caballos al galope, en la clepsidra
gotea la luz de tu nombre. Yo pondré
la canción que tú esperas.

domingo, 3 de mayo de 2020

No hay pasado ni presente ni futuro, solo hay lo que tú imagines

Puede ser salir o entrar,
una pantalla de abalorios donde vive el tiempo
que no es tacto ni olor.

La linterna evoca pulsos abatidos,
huesos primigenios y trampolines hacia la luz.

Si sello los párpados
trastabillan las imágenes,
de pronto el mecano se rompió entre mis dedos añosos,
el bastón es un bate de béisbol
que golpea una pelota traslúcida,
el vigor de la piel solo posee un alma
que es la voz del recuerdo.

En mi soledad no permito el rumor de la duda,
escucho palabras que leí en un poema
mientras el barniz de la claustrofobia cubre las paredes
con ojos de candil o de limbo
en el insomnio perpetuo del vacío.

¿Y si niego el poder de los años,
su invencible poso de desventura?

Altas las estrellas de mi hospicio,
una imagen dúctil, virtual, manipulada
conforma la serenidad con pétalos de tarde.

¿Qué decir del presente si no existe?

Horizontes como laberintos
en una isla mínima, el pudor de un reloj
que no me cuenta el futuro
desde su pretil gastado.

Estoy en compañía,
el carnaval circula por los alrededores de mi sombra,
tejedor de este ovillo
que se hace
y se deshace
a capricho.

Solo cuando la realidad
me encuentre
llegará el final de mis sueños.

viernes, 1 de mayo de 2020

Entre climas

Resucitar, cuándo, si la llave de la isla no es un unicornio,
el temblor de las Hespérides divide su perfil,
la noche lago sin aguas de faz y lloro,
esta locura del decaimiento,
un lunar en la hora de los mandriles cae de los labios,
leve hilo de saliva que no se ve,
tan permanente como la rosa de Rilke,
pedregal y aliento del humus volcánico,
negro carbunclo, brillo en las hogueras del valle,
diamante fósil en la retina de la iguana,
un verdor en las colinas igual que seno de pájaros
y luz de bosques, tan solo las arenas y su microscópica cintura
bajo mis pies de tallo fibroso y el ángel del volcán
entre el arrullo de las olas
y el drago curtido por el aire desértico.

Pero ya no está en mí el bulbo tropical que selló mi tiempo,
ahora los aviones matan la luz
y a mis ojos vuelve la humedad de la lluvia,
los ríos henchidos, los árboles arracimados en laderas infinitas.
Es mi tierra de peces y altares, leiras minúsculas y toxos amarillentos,
es la península como un yunque que golpea un mar despiadado,
mar de la muerte entre brincos y borrascas eternamente febriles.

El que retorna sueña en su piel los recuerdos de infancia,
allí su perro dálmata, su balón, los sioux,
el tren circular, un cinexin..., y no es él,
porque él ha vivido como si fuera de otro
el romance de los inviernos,
ha llorado por las mujeres que perdió,
ha visto como se alzan las golondrinas
para no volver nunca al patio donde anidaron.

Yo sé que hay ciudades paralelas,
sentimientos únicos que perviven como un faro
en la oscuridad del alma,
sé que las horas guardan en sus intersticios ungüentos de vida;
es suficiente con frotarse como un gato contra las agujas de un reloj
que jamás se para. En el cristal de su redondez
verás tu camino bajo la luz de la historia.

*Drago: árbol milenario
*Leira pequeño terreno de labradío
*Toxo: brezo







miércoles, 29 de abril de 2020

La fotografía

*a mis abuelos que a principios del siglo veinte emigraron desde Galicia a Cuba

Os llevasteis la lluvia en una maleta vacía.
El calor húmedo y el malecón, las casas viejas,
la guayaba, el colorido albo de las Mariposas.
El aire trae ecos de zafra, el olor acre de
las hojas prensadas. Fuisteis laboriosos
en vuestros humildes trabajos, una zapatería,
el oficio artesanal de los relojes. La abuela
sonríe enfundada en un vestido de encaje.
El abuelo, en la fotografía-camisa blanca,
pantalón de lino-, sostiene en la boca un puro,
luce en su dedo anular un solitario de plata.
Junto a él una pérgola y un sillón de mimbre.
De vosotros solo conozco vuestra dicha.


*Mariposa, flor nacional de Cuba

martes, 28 de abril de 2020

El revés de la belleza

Y si vuelves del revés tu miedo. Qué tradición
puso en tus pupilas un código de asombro.
Regresar a mí, en un atisbo, en la noche, cuando
un segundo de luz ilumina la frialdad de este cubil,
tan recogido, con toda la vergüenza del existir
en sus paredes. Y un rostro, el tuyo-o el mío-
que el subterfugio de la vela encendida quiere
volver monstruosidad, risa invertebrada en un pulso
de reloj que nos maldice. Descubrí la hondura
de un alma brillante, sus crines de alabastro
ocultas al viento de la vida me sorprenden,
cautivo yo de su silencio. Girar del revés
la apariencia consentida, el aplauso de una obra
trastabillada en pentagramas unánimes, y ella,
Venus, pero qué Venus y cuál edad, tiempo, siglo,
Afrodita de carnes abruptas, sílfide de tez cristalina,
esqueleto de piel en enaguas que desfilan
tras el oropel de comidillas de vieja. Fealdad
de arrugas dobles, canon mutilado, suburbios
en un clamor de ascos y purificación de espejos negros.
Mira del revés los símbolos y sus guirnaldas,
acentúa en el seno de un corazón la silaba inconexa
que muerde la estética tuya; la única que importa, la
que sabe que la belleza tiene dos caras, porque la belleza,
como la luna, no ignora el otro lado de la noche.

domingo, 26 de abril de 2020

el faro

No podrá el tiempo subyugar a la piedra.

El haz extiende su elipse
como un ojo de luz sobre la piel marina,
en la distancia barcos sin sol
se alejan hacia la bruma de un horizonte
eternamente líquido.

Alegría de gaviotas y cormoranes,
trazos oscuros en lontananza,
olas que crecen como lenguas de un dios poderoso,
lúbrico, inmortal.

Suenan los cuernos vikingos
y los trirremes agitan la sed de sus remos
hendiendo la boca del mar, galeones, galeras,
pesqueros-niños que cabecean,
las quillas alegres y el olor antiguo de la sal
en las amuras.

Infinitud de la plata, sombras de ocaso,
veleros que se izan sobre el vientre oceánico,
rubias sirenas dormidas en la transparencia,
tristes, veleidosas, sin el canto ambiguo de la seducción;
los marinos solo escuchan el murmullo de los delfines
que acompañan a la letanía del motor,
barca humilde, lágrima sobre este mar de mitos
y largos corredores que conducen a un mas allá
de sueños y conquistas.

Oscurece y la linterna se alza como un príncipe orgulloso,
llora su luz, surca su rayo la negritud de un océano
que late día y noche
desde la eternidad de los siglos.

sábado, 25 de abril de 2020

Sin titulo

Cuando llego a ti, ya no estás.
Me recibe la sombra que dejaste.
Así persigo yo tu cuerpo
como quien rastrea en el páramo
una huella de luna
que el amanecer
borra.

viernes, 24 de abril de 2020

En otro tiempo, el mismo niño

Despertó el niño de ojos grandes.

La luna en el salón es un arpegio de claridad,
una prisión de lagos de cristal.

Él duerme en un refugio de caramelo,
libros sin ordenar,
el secreter alerta como una araña de caoba.

Soñó con cráteres y submarinos,
con serpentinas de azar y princesas de nieve.

En el papel pintado los héroes silban,
al pasar junto al espejo se multiplican los rostros
bajo los lunares de la opacidad
-la noche llega y no pregunta-.

Hoy escribe en otra madrugada
cuando el silencio es un latido entre las páginas de una biblioteca insomne,
escribe sobre una lámina en blanco
o sobrescribe porque sus dedos conocen el surco
que la memoria deja en el corazón
hasta confundirse con las horas, los minutos,
el tiempo inaccesible que se columpia en su espalda
como un juguete que regresa de un ayer
sin hemisferios
ni ordenanzas
ni cadáveres.

Por fin sabe que nunca ha dejado de ser niño.

Dos poemas breves de amor y confinamiento

DESPERTAR

Es la primera vez que dormimos juntos.
Me aferro a la huella de tu vientre como un náufrago.
Escucho el ritmo monótono del agua, hasta la colcha
llega un carámbano de luz. Siempre quise ser el molde
de un cuerpo vencido, pero soy el metal liquido
que se derrama en tu boca. Volverás enseguida
con el vapor aún caliente como un cúmulo. Ya no sé
si el amanecer eres tú o esa dulce claridad de los visillos.
Ven, de nuevo, al abrazo de la noche, que muera en mí tu sonrisa.

NO SE PUEDE CONFINAR EL DESEO

Azulea el dragón en la ventana.
El aire está confuso como una serpentina ciega.
La memoria de la calle me llama, igual que tú y la corola.
Si no te mueves tampoco se moverá la luz, si me muevo
seré yo la isla hacia la que nadará tu sed.

miércoles, 22 de abril de 2020

Vacaciones de infancia



Todos los recuerdos han vivido y han muerto.

Surge, brota, la candidez de una bicicleta amarilla,
doblada como una interrogación,
escondida en el vientre frío de un auto.

Vacaciones de agosto,
la luz es distinta, el aire huele a espigas y a retama,
a muérdago y mies en los campos.

La aldea parece un seno ocre,
la cinta del río- el manantial cae desde la peña,
cristalino como un ópalo,
musical como un arrullo-
los altos robles cimbreándose al viento.

Abuela espera con su blusa lila,
las manos entrecruzadas
como rogando a la vida otro placer simple,
sencillo, frágil...

Aquí estoy-le digo- y ella sonríe
con la timidez infinita de sus ojos ausentes.

Yo sé que lo que busco realmente es la libertad
y que hay un misterio innombrable en el maizal,
bajo la sombra del trigo,
en las colmenas,
en los frutales siempre maduros,
en la ternura de tío Salvador
que me regala chocolatinas con estampas de fútbol.

Y juego,
y vivo en la explosión de los músculos,
enfebrecido el pedal, el manillar como una uve,
la furia indómita de los héroes subiendo cuestas interminables,
un saludo al hombre que regresa de las mallas,
el sudor caliente,
sudor de nobleza,
el agua de un cántaro moja sus labios.

Aquellos amigos que nadaban luz,
el puente de piedra
y los helechos lamiendo la ribera del río,
caminos que serpentean alrededor de los meandros,
Don Fermín pesca truchas irisadas
y mastica tabaco entre los dientes ennegrecidos.

Ya me busca la abuela porque es tarde,
su voz recorre la piel de la aldea,
el crepúsculo enrojece los sembrados,
pone en la copa de los árboles un lento beso de despedida.

No te preocupes, abuela,
sé el camino como lo saben los perros que me acompañan,
es agosto y huele a mirto,
qué cortas las horas,
qué locura de pájaros
cuando gritan al cielo su alegría.

lunes, 20 de abril de 2020

La Santa Compaña



En qué enredadera la insistencia de la noche.

No siento las pisadas
ni el fluido de un miasma gris en mis ojos
ni la oscuridad del bosque
tan ambigua.

Pesa el madero torpemente labrado,
el aire me trae el sulfuro de las ánimas.

Dónde existirá un niño,
hombre-niño que humedezca su sangre
y frote su voz imberbe en la cruz de pino.

Peregrinar bajo los castaños,
los robledales,
el humus de los viejos árboles,
caminos de greda y helechos blancos,
los pies que me siguen apenas rozan la caliza,
entretenidos con el canto y el pábilo de un cirio
que alumbra las sombras.

Por qué tantos círculos,
tantas espigas en el granito del Cruceiro.

¡Cantad sudarios fríos, campanillas voraces,
luciérnagas oscuras de los valles
en la nómada estrategia del dolor!

Ya mi piel es una lámina traslúcida sobre la pasividad del ángel,
sobre los altares ennegrecidos por la pena.

Seguidme con el humor antiguo de los espectros,
vacilantes como témpanos que sudan hormonas de agosto;
es la víspera de San Juan y los fuegos crepitan en la lejanía,
nosotros vagamos en el tiempo de nadie,
títeres negros, candelas vacías,
milenarias culebras eternamente proscritas
por el silencio infinito de los alacranes.


*La Santa Compaña es, en la mitología popular gallega, una procesión de muertos o ánimas en pena que por la noche (a partir de las doce) recorren errantes los caminos, los bosques, las cercanías de una parroquia o un pueblo. Las precede una persona viva que porta una cruz y un caldero.

sábado, 18 de abril de 2020

Los espacios olvidados

Los espacios olvidados querrían ser materia y lumbre.
Hay un azar sin memoria en las cosas, un viento triste
en los sucesos. Aunque quieras recobrarlo, el tiempo
es espuma entre las lágrimas. No se repetirá ese diálogo
que tus sueños reinventan cada noche como una cicatriz
en la ceniza. Los espacios olvidados ya no tienen nombre,
sus telarañas crecen hacia la sima oscura del silencio.

jueves, 16 de abril de 2020

Pasión

Fiebre en el carmín, llama en un sol de lunares,
hostia de almíbar que sabe dulce, amapolas abiertas
como manzanos en flor y el licor de la locura en las venas.
Un aceite lúbrico sin sombra y la proximidad que se acopla,
molde o crisol, molde o cuenco de oro fértil, esponja de mi sed.
Bravío el gesto de la salvaje furia, el cordón tenso del ímpetu,
la rojez en tu mejilla que surge, que brota y estalla, volcán
de estrellas en el paraíso de la luna y hojas en el pelo,
inquieto cáliz, una lágrima que es un aullido de sierpes.
Baja la ondulación del vientre hasta la enhiesta majestad
de un tallo, cabalga la ternura y el bosque de tu piel
son bordados de ninfa y canción y luces de infinito eco.
Entra en mí y deja que los párpados del tiempo pasen,
caballitos de mar, alegres, sobre la cresta de los fuegos artificiales.

Lo que me dejas

Como si el espejo que te vio,
tu sombra herida por la luz,
el instante en que tu reflejo se diluye,
un holograma de ti en mi vaso.

Tu voz recordada, mi voz muda,
el aire compartido en la memoria de mi piel,
la palabra en tu boca inexistente,
fueran todo.

Y este vacío, esta nostalgia
de no sentir ya
tu cuerpo.

miércoles, 15 de abril de 2020

Siempre llevarás contigo a la ciudad oceánica

Charlamos de panoplias encendidas y lábaros en el mar,
de porqué el pigmento del naufragio no se sintetiza
en el haz del faro, de cuando la lluvia hereda los signos del amor
y cae como una golondrina en el sudeste de tu nombre.
Los dos conocemos el alma de la ciudad, nos escondimos
entre las rocas y era puntual el paso de los delfines
sobre el arco invariable de las puntiagudas crestas.
Sabíamos de calles sin árboles, calles de viento y luna ocultas,
esquinas como codos de hambre o rebeldía, látigos
bajo las marquesinas inhabitables. ¿Cómo brotó la cicatriz
de esta península, yunque de poblada frente, dique
que muere en la barba de un mar que brinca con espasmos de miércoles?
Todo estaba dentro igual que una reliquia o una canción sin letra
que formulaba sus quejidos fuera del lugar o de la historia implícita.
Hijos de un país sin nave, añorando la sierpe y el remolino de la costa,
la simbología del faro y la húmeda estrategia de su cintura,
cristales al sol y galerías blancas que se reflejan en un cielo
sin escaparates ni relámpagos. Al fin nos descubrimos
en las agujas tardías de un tren, la noche finge un abrazo de almas,
después las palabras descubren otras rodillas y agonizan los pasos al final
del último baile. Pero, sabes, aunque el presente de tu rostro sea un ángel
que recorre un nuevo hogar que le perturba, hay en tu memoria
huellas de lacre azul. Y si allí no vive el mar, tú serás mar, si la playa
añora tu cuerpo microscópicas arenas invocarán la altura
de tu nombre; y en el eco de los ríos, las estatuas, los palacios
y los mercados aún escucharás el reverbero de la ola
como una lengua bífida que lame tu oído de sirena varada.


martes, 14 de abril de 2020

El espejo de piedra

Invierto la caricia del espejo para ver la luz.
Ahora dibujo flores en un vaso de líquido virginal,
es cristalino y no hay peces, nada un cuerpo confundido,
siempre de noche, aunque busque inútilmente el amanecer.
Oigo una voz jamás oída que se parece a la mía,
inventa un poema en un papel de humo,
no hay recuerdos si es todo un rebumbio de visiones,
un huracán de tejas sin casa. Y otra vez
un reconocerse inventado sobre la misma piel,
las arrugas de seda y músculo, el color igual que un invierno
que muere al invocar el arco iris. Pero el azogue es el mismo,
la vieja cornucopia sigue fiel como un perro castrado,
nunca me habló de las hojas caídas ni de cómo a la raíz
la carcome un agua estancada. Por última vez miro el rictus,
lo anclo, fotografía de un instante, trece de abril de dos mil veinte.
Sueño con que se haga piedra el tiempo imaginario. Pronto
descubriré qué significa el olor acre de la mies marchita.

domingo, 12 de abril de 2020

La experiencia mística de un ateo



Y qué me llevo hasta allí, si no fue mirar mi lluvia entre sombras.
¿Alejarme de un sol taciturno? La desesperación es un alambre muy fino,
tiene hilos arácnidos que depositan sus huevos en la sed del primate,
en su orgullo de horas breves y gloria ambivalente.
Qué es lo que me trae hasta el monstruo de piedra,
su ceniza gris platino la acarrean los cuervos que ahora vigilan la plaza.
Iglesia o trono de biblias nacaradas, iglesia de agujas frágiles,
de musgo verdeado sobre los cálices que el invierno mancilla.
Nunca entré en el quejido de su vientre, pero es el rayo una pregunta
y es la curiosidad una sinrazón que obliga a los músculos
a ignorar sus principios. Chapoteo grises nubes
mientras me acerco a su nuez arcada-sin microscopio
logro ver la imperturbable canción de las manos,
el bello cincelado, la oportuna sonrisa de la deidad-.
Me hablaron siendo niño de un pórtico celestial,
con sus profetas y sus fieles apóstoles como una corona
alrededor del cristo infantil. ¿Es un cuento, papá?
Me tiembla un párpado cerca de la lisura del volumen recogido,
cerca de la sombra que seduce al aire con híbridos gestos de bienvenida.
Lo primero es un olor, olor de almas, olor de púrpura,
olor que viste de mujer a las sandalias, los hábitos,
los cayados y el misterio de la pobreza que no huele más que a lumbre ciega.
Regurgita el dorado y los altos pilares rememoran el tallo virginal
que se alza hacia la luz (capiteles sobrios como una pestaña moribunda),
el mármol se acostumbró al eco de los monjes y suena a letanía triste
socavada por un destino. ¡Qué oropel y a la vez qué maderas de confesionario,
tan labradas de culpa al contraluz de la tarde! En los bancos
el rezo parece una blanca paloma, los cuernos del órgano
embisten la huella del botafumeiro como arcángeles de humo
contra la fe despoblada. Yo sé que el apóstol brilla como el espolón
de un barco que se dirige a la infinitud y veo rubís y jade,
gemas que relumbran en su desnudez, mantos recamados,
incienso febril que penetra la sonoridad de las capillas
y remoza la sonrisa de las vírgenes con el perfume vacío
de un falso sándalo. ¿Cómo llegué aquí desde mi cáliz invertido,
desde la hora del silencio y la negación, desde la ropa
empapada de sequedad, anfibia como la muerte?
Me quedaré, sí, unos minutos más y sentiré la voz sagrada
antes de que vuelva a habitar en mí el monótono latido
de los que solo saben encender sus sueños con la oración
de los bosques que, ilógicamente, pueblan sus almas.






sábado, 11 de abril de 2020

La misma lluvia

Eran tiempos de gomina y trajes oscuros,
de fajas de nailon y medias negras.
Fue en abril de mil novecientos sesenta y ocho,
mi padre llamaba a un taxi, mientras mi madre
iba al mercado con dos bolsas de hule.
En el tocadiscos sonaba Serrat con historias de payés.
La misma lluvia veo hoy en el cristal,
aunque ya no suene Serrat, ni tú te asomes al balcón
de aquella casa que derribó la excavadora.

viernes, 10 de abril de 2020

Nostalgia

Y si Dylan ya no escucha a Mr Tambourine Man
o Moustaki deja de ser le meteque?
¿Todavía sonarán las canciones de Aute a las cuatro y diez?
¿En qué lugar Silvio se negará a decir ojalá
en un óleo de mujer con sombrero?
¿Violeta conseguirá, al fin, volver a los diecisiete
o Alfonsina escuchará la voz pura de Mercedes junto al mar?
-tal vez, entonces, no se suicide-.
¿Sonará Stan Getz, con su jazz, afinado?
¿Zeca Afonso clamará de nuevo
por una fraternal Grandola, Vila Morena?
¿Y la bossa nova, tan dulce y tan triste,
humedecerá, otra vez, mis ojos?
¿Quién cantará a los poetas andaluces de ahora?

jueves, 9 de abril de 2020

Oda



Sal de la jaula, pájaro, pájaro.
Sal al cielo que no conociste.
Sal a la luz que llora por ti.
Vuela, pájaro, como si fueras un pájaro.
Sueña, pájaro, que eres un alma libre
y no un pájaro cautivo.


Lo siento, pero no sois diferentes

Me refiero a los próceres, teatrillo de palacios,
piscinas, automóviles, dueños del mercado,
vestidos con trajes sin rubor como la mentira.

Pensaron que su escudo refractaba la voz pura de los profetas,
no se creían iguales porque defecaban en váteres de oro.

Pero ahora es el tiempo de lo humano, ahora la desnudez
es la misma para todos, y ya no valen la ambición
ni el latrocinio ni la fosa con la que ellos nos martirizan.

Ahora solo sirven la máscara, el plástico
y un miedo en que reconocerse.

Tus secretos

Te escribiría en una rosa,
en un viento,
en una nube.

Porque hay lluvias invisibles en los ovarios de tu luz
humedeces la quietud de los páramos
fertilizas el corazón
para que el perfil donde se recorta la ciudad
imagine columpios y floresta en el jardín de mi ventisca.

El búho está alegre, la mujer que limpia el portal me ha sonreído,
la niña desdentada juega en el atrio de la casa azul
y ve amapolas
y siente un rumor de pájaros
y escucha la memoria del manantial
y revive el candor que fluye de las hojas caídas,
aún enamoradas del agua
y de los hemisferios del bosque.

Todos los silencios me acompañan
y es un ronquido de mar la pausa de esta tarde
en que lloran los puentes
y el clamor de un coro
advierte
que la paz está en tus ojos de mandorla,
en tus mejillas de primavera.

Yo quería invocar a los cuerpos
igual que el tragaluz se abre
-ojo infantil-
hacia los pámpanos del día,
como la celeste cruz que emigra
dibuja un poliedro de cigüeñas,
allá a los lejos
en la duna que sabe
de tu álgido desliz.

Tras los años ya no busco el horóscopo que miente,
me basta un diálogo de palabras frágiles,
temblorosas,
primigenias
en su capullo de mármol.

Que digan mil países mi nombre,
que inventen para mí dos rodillas paralelas,
que dibujen en mi piel
los mapas que ningún meridiano logró atravesar,
que no sean historia tus secretos
sino el lugar donde pudo nacer la raíz de todos los veranos,
la eternidad que viaja en una elipse,
impertérrita.

martes, 7 de abril de 2020

Poema infantil

Así es el miedo, una habitación cerrada
donde acecha el dragón.
Repite una y otra vez la letanía
-un elefante se balanceaba…-
quizá duermas al dragón
que acecha.

Es el amanecer que vuelve a besar mi casa

¿Por qué me sonreís rostros infinitos de bóvedas tristes?

En la habitación los murciélagos atisban mi soliloquio,
en las ventanas, como película inversa,
se repiten recuerdos que rebobinan mis cenizas de ámbar.

A las seis llega la luz y es un pronombre perdido,
el gallo que soñé dejó su canto en la almohada,
si buscas el perfume de las margaritas
no sé en qué lugar habrás dormido.

Vienen los ejércitos que te acompañaron
- simples sombras-
y te hablan desde la butaca vacía
o desde el espejo en que, obstinada, miras la luz.

Ahora que los pisos son un vientre oculto de voces y mar
tu color de hembra inunda los tímpanos
y grita felicidad entre las cortinas opacas,
el adiós de los insectos
que no saben
cuán azules son los destinos.

Hablo con quién fui, a través de las constelaciones
-el cielo dibuja lámparas y cuerpos-
la prisión de los labios añora la música de mil gramófonos,
el órgano que sufre y la gárgola de fauces y néctar,
lluvia herida por el canal donde muere el resplandor.

¡hola, fantasma!, ¿cuál es la sigla de tu edad?,
¡hola! hermano, hijo, esposa que dudas en mostrarte
como si solo vivieras en el ayer y nunca en el aire,
la densidad, la piel que revolotea como un verso inaudible.

Horas de humo,
un reloj que invierte sus agujas,
tormentas en la sangre
y fluidos que no fluyen tras los marcos de un ventanal
que anuncia el día.

¿Vendrá, al fin, el hada de los cuentos,
llegará un absurdo príncipe a decirnos
que la luz se esconde, sin pudor, en tus bolsillos?

Sí, juntos podemos acariciar las calles,
morir en las plazas,
ver esa película procaz,
alejarnos de los metros cuadrados de este nido
que nos acoge
y nos devora
como si en realidad ya no fuera más que una pared diamantina.










lunes, 6 de abril de 2020

Dedicado a los cantautores de los 70(para Aute y otros)



Uno siente la vejez
cuando se muere la gente que admiró.
Algún día vendrá la hora de mi parca,
vosotros me acompañareis
y será vuestra eternidad un consuelo
para esta pobre vida
que se acaba.

domingo, 5 de abril de 2020

El pozo

Tú no sabías de la caída, solo escuchabas el eco
que una piedra deja sobre el agua.

Te divertía tocar los muros, tan húmedos,
y la oscuridad como un manto de liquen.

Arriba el brocal resplandeciente,
el cubo que tapa la luna y un ave rondando
el excremento de las ratas.

La cuerda es un hilo, broma de Ariadna
en este laberinto vertical,
agujero donde levemente caemos,
con tu cabo de vela en la testuz
que nos permite ver los jeroglíficos
que alguien escribió sobre la roca.







Biografía de un delirio



Habitan pájaros en las colinas ciegas,
el mar es un signo o una llaga en el rumor del cielo.

Morí en una isa de ceniza, carbón y verde,
banderas de azul en los olivos
y el acento de los cactus,
tan virginal, tan exhausto.

Trompetas de viento surcan las nubes,
veo los paisajes de la infancia mientras el músculo del avión
incendia los mapas, hiere a los albatros
que regresan desde la infinitud del océano.

Soy un cuerpo sin victorias, joven aún,
en este hemisferio que roza las serpentinas del hastío,
que me marca con cicatrices viejas
de huestes ambiguas o cohortes de esparto.

Y vi, la garza entre la niebla,
y sentí desde mi periscopio de plata la lenta armonía del infinito,
y fue la orilla que borbotea el eco de tus pies,
entrelazados con el abismo.

A veces los automóviles mueren de amor
y hay gnomos bajo las duchas que cantan historias de maldad
que en sus labios fulgen y se vuelven arpegios,
rosas de alcanfor en mi corazón agreste.

¿Quién eres? Niña que recorre las almenas de un ventanal,
la muralla atónita vestida de escarcha,
un campanario que sufre por su aguja triste,
la luz de una tasca que invita a la sed
y dona la alegría del sudor y la nieve.

Me soñarás cada día como el peluche que envolviste en celofán,
pensarás en los ríos y en las catedrales,
en cómo una mano dibuja tu felicidad;
y serán las estatuas la carne de tu bienvenida,
junto a mí que me desvisto bajo las hojas del antiguo roble,
ese que al pie de tu casa da sombra a los ancianos
y finge que vuelan los vencejos para que escuches
como la vida engaña a sus acólitos,
como el futuro es la cáscara que una vez dibujaste
con tu verdad de ojos azules y tu perdón
que es un galgo que corre tras el tricornio del vendaval,
el alfil con el que sueña tu huida.

viernes, 3 de abril de 2020

Y tú me preguntas

Y tú me preguntas qué es el alma.
Quizá un pensamiento furtivo
o el sentir que permanece en el corazón como un oráculo.
Tal vez el alma sea un nombre o el sesgo de la luz,
el color que brilla en la memoria al cerrar un párpado,
la palabra que recuerdas porque fue la revelación de tu destino.
El alma escribe en el aire rosas puras, el alma es un ángel
que ríe al volar desde su nube y te mira, buscándote.
La voz que te susurra aliento es el alma
como lo es paz en el jardín que sueñas.
Mi alma se parece a una sombra, me sigue, me persigue
entre los abalorios del día. Jamás he visto su perfil
ni imaginé su densidad, nunca la presentí en una oración
ni noté su huella en la vejez de mi piel rota.
Tu alma la llevo dentro, la conozco, tú me la diste,
como yo te di la mía para que una luz creciera.
Somos un alma en dos cuerpos sin fe, somos
la fe de dos cuerpos que se asombran de vivir.

jueves, 2 de abril de 2020

Ojos míos

Cuál fue la primera luz, ojos sin parir, pichones del alba.
Fueron islas de fulgor los años de la infancia,
el descubrimiento es un árbol de navidad siempre vivo.
Allí creció la casa, los lazos de la familia
se acurrucaron en mi iris como un palmeral en flor,
imágenes de mar y pinos frotándose bajo la cadencia del viento,
la escuela retoma su identidad en la piel de la pizarra,
el viejo profesor explica los laberintos del saber, el fruto sin hojas.
Y el misterio como un zafiro en mi hombro, y las letras,
invencibles letras en la retina, héroes y aventura,
la similitud que los nombres dejan en una raíz que nace.
Recuperad, ojos míos, los momentos del amor,
dejad que el olvido esconda bajo su seno la tristeza,
la frustración hostil que puso su marca en la noche.
Sois oscuros, ojos míos, como una pantera que duerme,
os protegen las pestañas que la vejez mengua, tan vil.
Ya solo parpadeáis para escuchar la voz amable del cariño,
ojos míos, sin sed. Pero no temáis, hay tanta luz en lo vivido,
tanto color que aún suda fuego, tantas atmósferas donde
respiro quietud, que podéis dormir en el sueño del futuro
para descubrir, una y otra vez, las mil historias del pasado.


miércoles, 1 de abril de 2020

Corazón amigo

Sale de ti la vida o llega a ti.
Lates con cromosomas azules
y la memoria circular de otros cuerpos en mí.
Tu rocío recorre las cavidades de la penumbra,
incendia la melancolía de los poros,
viaja tu magma hacia las islas primigenias de la densidad.
Hay en ti nautas que son algodón blanco
o rojas sirenas ateridas que surfean la corriente inaccesible del tiempo,
alud rotatorio, germen cíclico que impele la floración
y niega el miasma, que rompe en olas de éxtasis
o se amansa con la tibia placidez del niño que observa el mar callado,
el cielo tan de oro como las canicas que brillan sin futuro,
las barcas en un puerto recogido y blanco,
dulce y tembloroso, crías de un sol lánguido,
amable nimbo en el atardecer.
Pero tú bombeas historias sin regreso,
te sabes motor de las acequias que humedecen mis noches,
insistes con tu terquedad de años impares
para que mi razón te siga: segundos,
horas, siglos que vendrán bajo mis dudas.
Bendito corazón, músculo que me besa cada día,
hay en ti una locura de ángeles proscritos,
hay en tu sueño una herida que a mí me muestras sin llagas,
paciente tu serenidad si me adentro
y te busco para no sentirme solo.
Cuando dialogas con las huellas que ambos concebimos,
sin querer, al azar de una vida como cualquier otra vida;
yo te nombro porque quiero dejarme llevar por tu río
hacia la desembocadura de un crepúsculo que tú reconocerás
cuando el destino nos llame, a los dos, juntos.

martes, 31 de marzo de 2020

Canta

Si no habitas en un sueño, dime qué forma le darás al silencio.
Si no ves el territorio de la luz, ni amas ni te entregas,
ni sufres por el dolor de los otros qué canción escucharás
cuando la luna llegue. Deja que vuelen los pájaros
sobre tu piel y canta, canta para que el olvido muera.

Ante el espejo

Ir adentro de las pupilas, surco abajo,
hacia el país invencible de la infancia,
alta la mirada del descubrimiento,
el mundo como una ola de amor
y el don de la claridad y la risa,
los juegos sin fin en las alfombras que vuelan,
la rubia sed de la inocencia, entregándose,
limpia como agua de manantial, flor imberbe,
capullo vivo. Sube del estanque de los diez años,
escala las paredes de la juventud, te herirá el deseo
con su voz de plata, no entenderás el porqué
se vive entre las sombras, se adula al dinero,
se corrompe la ilusión. Será tu descanso
-esta línea no tiene riscos ni peldaños
ni recónditos espejos donde la vida te fustiga-
el labio que ahora besas, el cuerpo que se mece al son del tuyo,
el grito que destruye la realidad o el orden.
Prosigue la singladura, ya eres maduro, procreas,
trabajas sin preguntar, la costumbre te hace viejo
antes de ser viejo, y callas, resistes, piensas en el hijo
que pondrá sus alas en tu raíz marchita. Has salido del espejo,
de la sima a la cumbre la aventura es antigua,
tan antigua como la especie en que cicatrizas.
Pasaron, quizá tres minutos, y sigues aquí ante el azogue
recordando tus días y tus noches, tus noches y tus días.
Cuando al fin elevas el rostro solo ves un testamento
que no te gustaría firmar. Si apagaras la luz comprenderías
que tu destino es esa imagen que de pronto, ennegrece.



domingo, 29 de marzo de 2020

El tiempo gime y tú lo oyes

Es horrible el silencio.

Habla con las aguamarinas de mi frente,
confíame el rincón de tu suburbio,
el frenesí y las aceras rotas
-quién apagó el candil que iluminaba la insolencia-
cuéntame porqué la lluvia no amaneció en tus ojos
ni abril en tu memoria,
ni los linces en el sueño salvaje del amor.

Ahora dibujas corazones en los párpados
y un hospicio verde puebla tus pupilas,
inventarás un dulzor en la palabra
y dirás solo adjetivos pletóricos de senectud,
hojas verdecidas por el rocío de la ausencia.

¿Recuerdas el automóvil que envolvía los kilómetros en un sudario alegre?
El calor del verano se escapaba por las ventanillas
y las camisas azules refulgían al sol
como banderas de la luz.

Era la cal en las fachadas una piel de mar,
espuma breve en la comisura de tus labios,
ola que viste el hastío de la lengua
y le da color,
escamas
y sirenas fugaces.

Solo la sombra de tu cuerpo en el blancor fugitivo,
la toalla húmeda sobre el vientre
y un paso frío
alejándote del cristal,
próxima a mí como un felino en armas.

Compartimos una vez el púlpito de lo efímero,
cada bar con su látigo de pudor
dejaba cicatrices de pecado en los hombros
-la noche vibró igual que un músculo de metal,
obstinada en su insistencia por descubrir
el símil de tu voz-.

Hoy
el tiempo gime y tú lo oyes,
los minutos escapan ávidos de muerte,
proscritos de felicidad.

Y son las horas este viento que no cesa de marchitar el coloquio que inventamos,
en aquel oasis sin nombre al que te aferras
cuando vuelve a ti el deseo
como un resplandor estéril
en el mismo centro de tu ceniza.

viernes, 27 de marzo de 2020

Maldita tristeza

Fuiste tú la que puso un velo a mi rostro.
Fugaz amante de la niñez inhóspita,
voz que escucha el solitario en su orgía insomne.
Amiga que has llorado nieve en mis ojos,
confidente de la luna, arpía que canta en silencio
un réquiem sin música. Solo para mi sombra
que irá tras de ti, conjuro amargo, elixir,
pócima de verso triste en mi boca cerrada.
Apellido que nadie dice en la algarabía feliz
de la celebración, gritos y carcajadas y párpados
sedientos de luz y oasis en la blancura que odias.
Tú permaneces como un diamante, tan pulido,
tan yermo en su brillo opaco. Te desvistes junto a mí,
cada noche envidias en mi memoria la flor blanca de la risa.
Crees que me conoces, piensas que soy un soldado de tu latitud,
sientes el pulso del dolor, aquel que te encumbra hacia otro día,
un nuevo día sin mañana, con pesadas rocas en los hombros.
Entiende, de una vez, que mi nombre no es un fruto agrio,
que mi nombre lo tallé, al nacer, en el árbol de la alegría.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Esperando la salida de este tren que ha sido mi casa



¿A quién llama este tren si está dormido?
Osario de metal que supura una luz,
arcón sobrehumano donde el destino es un águila vieja
que recorre la mies con sus dientes de acero.
Tren que olvida la quietud, los hierros crujen antes del estertor,
la bruma es una lengua infinita en el ojo pálido de la locomotora,
chirrían los ejes del orbe y hay pájaros bajo las vías,
huéspedes de su aliento de humo y candelas blancas.
Tren que me llevas a una isla imposible, tren de adagios
y canciones sin idioma. Tren que inventas paisajes,
tren insomne que te citas con el espanto,
tren en mí que no soy tren ni mañana.
Recorro tus lunas y me veo transparente en el cristal,
duermo en tu llaga, percibo los latidos de las vías
-fuertes y proscritos como carroña-, huelo el licor
de las fotografías sin presente, el ritmo arcaico de un vals inacabable.
Tren donde he volado, deja que el fiel vagón
que me llevó a la ciudad maldita me acompañe otra vez,
déjame pintar en tu vientre una ecuación no resuelta,
déjame sentir que hay un destino que se parece a mí
cuando te sueño.





La casa viva

Tan ambarina la luz y tan próxima tu ceniza.

El hogar es un monstruo que ríe,
su vientre plácido,
mil ojos en la pared
y esa pátina de tiempo
donde viven las historias no dichas.

Qué susurro de voz, armas de cristal,
caobas y perfumes, el óxido virgen en los postigos
y el aroma de las palabras cruzando el fiel de las habitaciones.

Todos los azules de la infancia son un mar brillante,
en un jersey perdido hay ríos de sudor y olores de naftalina,
las fotografías igual que una cicatriz de oro gris
que fija su mirada en el adiós.

Pero hay también sombras que acicalan su misterio
y el grafiti de una ventana oscura
que esconde el marfil de los secretos tras un cedazo de virtud.

Altas las filigranas- gotelé, yeso, acantos-
infinitas las grecas de un mosaico vivaz.

Y los sábados de invierno, la dalia impertinente de la lluvia,
esa lluvia que golpea mi testuz,
esa lluvia como canción que llora,
esa lluvia que me recuerda a un equinoccio de alcantarillas
o al hilo de agua de una acequia que estalla en sunamis de dolor,
en huidas bajo la catarata que cae hacia el lugar
donde ya no estoy
y moja el silencio
y moja mi razón
y te moja con el resplandor de las urbes soñadas;
y nos elige, líquida sed, manantial que fluye
como un narciso en la corriente,
savia que algún día se volverá ámbar
para ser eternidad de nuestro árbol.


lunes, 23 de marzo de 2020

Soy árbol

Al amanecer llovía dentro de mí,
llovía como una plegaria,
llovía como un mar de colinas de agua,
llovía como un rocío sobre mi voz de náufrago.

Al despertar vi la sombra de un ángel en una chimenea blanca
y acudí a la memoria con el sudor frío de la edad
retándome
y sentí la caricia de una mano en tránsito
hacia otra mano que huye.

El día recordó mis huellas,
esta habitación es de mimbre y cristal,
saldré vestido de árbol
y tendré pájaros en las cejas
y robaré al sol su epidermis infinita;
y vendrás tú,
rubia
o trigueña,
en tu boca un tren de cercanías,
en tu pecho la raíz de la mandrágora,
el ojo triste de los números que te alejan de mí,
sucesión del vacío como interminables dijes en la nieve
o films entre tus párpados que yo adivino más allá del miedo
y de las pérgolas de tu casa.

También en el óvalo del soportal
la lluvia duerme como un río sin patria,
quizá octubre escriba en el cielo rompeolas de olvido,
quizá el musgo ya no crezca en mi cintura
-soy árbol lo recuerdas-
tal vez un parterre busque tu rosa en los suburbios,
allí donde las heridas renacen y descubren otra ciudad y otro país,
tan mío,
tan único
que ya ni tú lo reconoces.



domingo, 22 de marzo de 2020

Tu secreto

Hay símbolos tempranos,
hojas verdes en otoño,
rieles de óxido bajo el calor de las estaciones,
un colibrí sin alas
que, inesperadamente, se suicida.

Son presagios que luchan por ser tiempo,
eternidad que reluce en el ojo del amigo
o círculos que no acaban de pisar tus huellas,
relámpagos sin conciencia
que caen
y caen
como un signo.

En un día claro la nube baja
y rompe su aliento sobre ti
para que la luz vibre
y la semilla de todos los futuros escriba en tu piel
el rombo exacto que serás.

Desconoces por qué una palabra a gritos no la oyes,
te sorprende un cuerpo que soñaste inerte
y que hoy son huesos,
piel,
sonrisa
y desnudez.

Como si llevaras un hilo invisible entre las ingles
tira de ti la voracidad del águila;
el deseo que late entre las sombras,
la envidia que agita el puñal de su venganza
son reflejos en el perfil de tu locura.

Es extraño reconocer en cada ciudad que visitaste
un eclipse,
el que tú callas
como un secreto que jamás compartirás conmigo.

Hasta aquí los caminos azules de un solo trazo,
el nuestro, la conciencia de envejecer entre los árboles que nunca envejecen,
el canto del pájaro, sutil como un globo de helio
que viaja lejos,
viaja hacia el frío de los lugares que tanto temes
cuando te miras a solas en el silencio de la noche.



jueves, 19 de marzo de 2020

Poema de agradecimiento

* A todo el personal sanitario en estos difíciles momentos

Porque no me dejas sentirme solo,
porque en el interior de ese plástico que te oculta
se adivina la bondad.
Porque una lágrima cae de tu párpado sin querer,
porque te entregas y salvas la luz
y hay una sonrisa que imagino dulce
cuando te hablo de esperanza.
Porque tu dignidad es hermosa y así haces que sea hermosa la vida,
porque me curas sin conocerme
y vive en ti la humana fe.
Porque solo quiero darte las gracias en nombre de todos los nombres,
porque sin vosotros el futuro moriría.


La eternidad de un encuentro

Ahora que al fin nos vemos la palabra se vuelve ciega.

En el bar el humo es azul como un océano turbio.

El café y su espiral engullen mi razón,
yo escribo un horizonte y tú me devuelves la muerte de la luna.

Los adjetivos son así,
se cansan de flotar mientras el sustantivo dormita en una voz
que jamás se exhibe.

Es una pena compartir las horas de la melancolía,
encontrarse en las rutas inefables,
ser el candil que ilumina tus pasos
igual que un foco perdido.

En la ruleta del hoy este lunes sobrevive,
un himen que recordaré y que tu olvidarás,
bajo el mantel a cuadros mi fémur juega
con las golondrinas que rozan el espectro de una duda.

¿Qué segundo imagina un cosmos?
Si lo piensas bien el televisor es el mismo en todas partes,
el cansancio del camarero te hostiga,
los últimos africanos extienden en las barras su mercancía
de abalorios y néctar.

Escuché una vez que existen los instantes perfectos
y yo reí. Existen en la memoria como jardines cerrados
a la inclemencia de la vida.

Tú no volverás a este sueño que te enmarca,
yo regresaré porque aún eres mi manantial,
aunque te hayas ido, sin despedirte,
hacia las flores del silencio.







miércoles, 18 de marzo de 2020

Benditos ángeles

Benditos ángeles que pobláis los espejos,
salid como pájaros de un nido antiguo,
convertid vuestra forma en la forma de un hombre,
sed la palabra que susurra la verdad escondida.
Benditos ángeles sin dueño
es mi rostro el altar donde las máscaras sobran.
Desnudaros, ángeles míos, pues en la piel desnuda los ojos existen,
habladme del tiempo pasado que ya no crece en los jardines.
Tú, madre azabache, todavía riela tu voz de trino feliz
en los balcones. Tú, padre, encorvado en tu estatura,
docto como un dios altivo, ágil para no estar de nuevo
entre las sombras. Hermana que eres amor de cejijunta bondad,
te abres como una dulce caja de mármol, sensible a la ausencia
de las aves cantoras. Hermano yo sigo aquí para verte,
sales y en tu viento hay lágrimas de augurio, en otra estación
lloran los números que no consiguieron la luna.
Ángeles de la noche, vampiros azules que voláis como islas insólitas,
dejadme sentir todo el silencio que depositáis en estas manos
que os visten, para siempre, de fábulas y luz eterna.