domingo, 15 de julio de 2018

Sofonisba



Un león en la entraña del vientre. Guarda el lazo
la plenitud del sol, mis ojos oscuros alcanzan
la luz. Sacrifiqué el jugo sediento de la ternura
por un espacio donde se alzara terrible el nombre
del imperio. A lo lejos los pájaros esperan, un rey
de leopardo clava su ansia en mis senos de niña.
Trae hacia mí la copa de alabastro, que sea dulce
el camino que me devuelva a los dioses. Para qué
el resplandor, si ya muere conmigo la eternidad.

Remanso

Espadaña que ensombrece la cal.

El grillo y la canícula,
la espiga madre y el grano virgen.

Juego de peces en los recodos del río.

Bajo las hojas el picaflor canta.

La playa

No sé qué árboles crecen cerca del espigón.
El mar oscuro, tranquilo, lame las rocas irregulares.
La bahía es una lengua combada que se arrima
al arenal con flujos de gata. Sobre las dunas
los cuerpos descansan como animales extintos.
Han derruido el dique donde el embate del mar
se detenía, recuerdo las charcas y su increíble
vida secreta de seres acuáticos acosados
por la crueldad de los niños. Huele a sal húmeda,
a yodo, a algas en descomposición. En el paseo
se cruzan las bicicletas, bañistas que llegan,
ancianos en los bancos. La vida como un palimpsesto
escribe capas de realidad indescifrables. Sin pausa
hablo con las olas y al cerrar los ojos regreso
a aquella playa donde aún sigue mi infancia.

Llagas

Antes de que tú nacieras ya existía el mar
-pero no las esmeraldas o el futuro-.
Hubo lugares teñidos de luz y árboles
con su color y su jazmín. Tengo,
tú lo sabes, mil refugios de sol
y no ansío los caminos de la nieve,
ni tampoco los eclipses que el jazz piensa
en tu deseo núbil. Aprendimos como pájaros
la melancólica senda de los vientos, aquí
el azul, allí mis amapolas que aún espían
tu sed. Columpié mi llave y se abrieron
los murciélagos como hemisferios rojos.
¿Dónde empezó el viaje? Quizá en las lágrimas
del sur, en el río sin fiebre, en tu boca
que confunde mi corazón con mi noche.
En los intersticios de la memoria
tu cuerpo vuelve como un disfraz
sin equipaje ni abril. No hay regreso
ni oasis mientras sudan los collares
tu alba. Nunca temí el fondo oculto del rocío,
jamás pensé en la crisálida rota. Soy como soy.
A mi pesar.

viernes, 13 de julio de 2018

De viaje con la diosa

La oscuridad de los pájaros acecha al metal,
tu águila estéril en el dormitorio de la palidez,
un libro en la sien y dóciles pámpanos en la frente.

Acostumbrada a los círculos
tu virtud son ropajes de antaño,
sibilina, fiel a los abalorios, enciendes el prisma
con las hormigas de la quietud.

Alzas los hombros hacia la duda de las mariposas.
¿Hay lóbulos en los parajes, mercurio en la venas,
enjambres de domingo que auscultan la ceniza?

Dama o raíz de los pulpos en éxtasis,
ocres los apriscos de las enredaderas,
carmín en las llagas del vagón,
músculos sin plumaje, desnudos,
enhiestos como un suspirar de sirenas.

Ah! de los híbridos que buscan sangre
y a la vez mienten a lo oscuro
con historias de labios
que se asoman al recuerdo de la infancia.

Sigue, prosigue la ruta de los espejos,
ambiciona el búcaro donde dormirá la flor perfecta
duele la luz de los faros que se cruzan,
anuncia el olvido una cola de serpientes azules.

Me atosiga la penumbra
porque la infinitud del viaje es crepitar y estallido,
me arrastra el pálpito del deseo hacia la fuente seca.

Vive en mí la semilla que no soñé,
morirá la vid sin fermento
en los columpios que la nieve cubre
con hojas de escarcha y viejas promesas
de trineos rojos.

jueves, 12 de julio de 2018

Las ruinas de la memoria

El recuerdo despliega sus alas en cualquier esquina y no miente.
Allí está tu canción, el incendio de los martes,
ese ojo que palpita en tu diadema nocturna.

Oh fuego sin memoria, piedra que se barnizó en agua.
Tu traje azul en el cromosoma del viento,
los pasos como un árbol de largas espigas que llueven.
¿Dónde vi tu espejo?¿ o fue ventana la armonía de tus pulgares,
corazón de ramas en la música que se arrodilla tras el vientre occipital?

Tenemos un territorio común, un lecho de arena parda,
el huir de los trenes cuando los portales son aire.

Tu nombre es una bandera, en él viven leopardos
y anguilas, la suerte del río te aprieta el labio
como si no fuera muerte.

¿Sabes acaso a qué flor el sol elige?
Llego tarde a la mano que grita,
en el verbo cientos de olas arman la frase,
jardín que crece en mi pregunta para ser raíz de viento,
margen de niebla.

Cuando vuelvo a la ciudad
las fachadas bajan hasta tu ombligo de piel inacabada,
eres la voz sin oráculo, la llave que el pintor encerró
en un molino dibujado por manos celestes.

Aún espío tu cansancio, mientras la rotonda de los paisajes
te marca como un misterio de acequias invisibles.

Tu genealogía es para mí alambre,
buscas el cuerpo que se sostenga en la vertical del día,
con tu alma políglota achicas el espacio de los muros sin cal.

Si fueras vena correría como leño suicidado por tu río.

¿Recuerdas el restaurante viejo, tu barniz de deseo,
mi hambre sin hojas, nuestro ámbar como cópula
de aquel ruiseñor blanco?.

Nos queda el mar como una señal o un silencio de pájaros.

Ni aquel trabajo ni tú

¿Quién sabe si todo comienza con un roce,
una mirada, un lento vuelo de pájaros?

Compartir las horas que no pasan,
la luz sobre la yerba,
el color de abril en el parque.

La gran ciudad es un murmullo de voces, tráfico y delirio.

Hay un pacto entre nosotros.
Mientras, nos exploramos el alma y los huesos.
Mientras, el mañana desconoce si nos encontrará juntos.

El día que vendrá es el más importante de una vida,
aquel que decidirá la suerte que me aguarda.

Voy al cine, ceno un menú barato,
escribo estas letras en el dorso de una nota.

Todavía no sé que he perdido la partida.

Y si hoy vuelvo a este inútil poema
es para recordar quién no fui
o quién pude ser.