miércoles, 18 de julio de 2018

El adiós

La casa es un vientre amable. No hay pudor, ni voces
ni ojos que transcurran. No hay densidad de pasos
ni orden ni persianas bajadas. No hay salida vertical
ni vestíbulos oscuros. Solo hay objetos que guardan
un pasado de tactos e imágenes, de memoria fluida
y cuerpos sin vestir. Mi habitación duerme, eternamente
duerme. El dibujo enmarcado vela el olvido y su rostro
se diluye entre la des-mirada y la ausencia. Hace tiempo
que le di la vuelta al espejo, hace más tiempo que no
busco en los cajones del armario mi ropa adolescente
de holgada quietud. Lo que escribí yace entre las hojas
de un cuaderno amarillo, la tinta desvaída en renglones
desiguales. La soledad ama así, añora los paraísos vacíos
y desdeña el nido que tiernamente abriga. Pronto llegará
la noche de los mirlos blancos y la vida se volverá resplandor.
Adiós infancia, adiós adolescencia, adiós juventud,
al fin sois recuerdo.

La inocencia

La voz dulce de la maestra aún me acompaña.
He visto un ángel de luz.

Juegos ante el mar,
en la deriva de los crustáceos
hay una epifanía roja.

Viene el amor con el vestido de la lluvia,
un tren es la llama de la sinrazón,
la apuesta que finge.

Lloro por el padre que no lloró por mí,
ahora tendré en mis manos la luna creciente.

Disculpo el error de no sentir la niebla,
me dirijo a las islas
como un pájaro de azufre.

Volveré a los árboles del bosque,
a tu lujuria de limo y ciénaga,
a espiar al ciervo que tanto se parece a mí
o a la inocencia.

Recorriendo calles

Salí muchas veces y nunca conté los pasos,
me daba un margen, a la izquierda los colores del mar,
a la derecha el ombligo absorbente de los bares
y siempre un eclipse acodado en mis ojos
como ventanas de antracita roja.

Nunca se piensa en los dormitorios que acechan,
tengo quince minutos de espuma en las venas
y flores en el vientre que han de ser regadas,
multiplico el desorden de un vestuario roto,
la senectud de los vaqueros,
la insolencia de una camisa rayada,
los goznes de la ausencia
forjando brillos de plata en las ingles,
y luego el acecho de los metros sin punta,
la infinitud de los portales,
la línea imperfecta de los globos de metano.

Es mi ciudad,
su boca presume de sal en los pechos
y yo soy un meteoro que surca su paciencia de niña,
empiezo el viaje por la memoria de los pulpos
cuando el amarillo escribe líneas sobre vasos de claroscuro,
los decorados del alcohol poniendo persianas en las risas,
la ruta de los despertadores marinos
que han desahuciado
tu sílaba de agu

domingo, 15 de julio de 2018

Sofonisba



Un león en la entraña del vientre. Guarda el lazo
la plenitud del sol, mis ojos oscuros alcanzan
la luz. Sacrifiqué el jugo sediento de la ternura
por un espacio donde se alzara terrible el nombre
del imperio. A lo lejos los pájaros esperan, un rey
de leopardo clava su ansia en mis senos de niña.
Trae hacia mí la copa de alabastro, que sea dulce
el camino que me devuelva a los dioses. Para qué
el resplandor, si ya muere conmigo la eternidad.

Remanso

Espadaña que ensombrece la cal.

El grillo y la canícula,
la espiga madre y el grano virgen.

Juego de peces en los recodos del río.

Bajo las hojas el picaflor canta.

La playa

No sé qué árboles crecen cerca del espigón.
El mar oscuro, tranquilo, lame las rocas irregulares.
La bahía es una lengua combada que se arrima
al arenal con flujos de gata. Sobre las dunas
los cuerpos descansan como animales extintos.
Han derruido el dique donde el embate del mar
se detenía, recuerdo las charcas y su increíble
vida secreta de seres acuáticos acosados
por la crueldad de los niños. Huele a sal húmeda,
a yodo, a algas en descomposición. En el paseo
se cruzan las bicicletas, bañistas que llegan,
ancianos en los bancos. La vida como un palimpsesto
escribe capas de realidad indescifrables. Sin pausa
hablo con las olas y al cerrar los ojos regreso
a aquella playa donde aún sigue mi infancia.

Llagas

Antes de que tú nacieras ya existía el mar
-pero no las esmeraldas o el futuro-.
Hubo lugares teñidos de luz y árboles
con su color y su jazmín. Tengo,
tú lo sabes, mil refugios de sol
y no ansío los caminos de la nieve,
ni tampoco los eclipses que el jazz piensa
en tu deseo núbil. Aprendimos como pájaros
la melancólica senda de los vientos, aquí
el azul, allí mis amapolas que aún espían
tu sed. Columpié mi llave y se abrieron
los murciélagos como hemisferios rojos.
¿Dónde empezó el viaje? Quizá en las lágrimas
del sur, en el río sin fiebre, en tu boca
que confunde mi corazón con mi noche.
En los intersticios de la memoria
tu cuerpo vuelve como un disfraz
sin equipaje ni abril. No hay regreso
ni oasis mientras sudan los collares
tu alba. Nunca temí el fondo oculto del rocío,
jamás pensé en la crisálida rota. Soy como soy.
A mi pesar.