viernes, 21 de abril de 2017

Este poema te recuerda

Nada importa si un sueño tiene alas, alas adormecidas
como un arco iris de nieve. Porque el horizonte es hermoso
y no hay silencios de infertilidad, porque cada palabra
es un eje en el que el mundo se mira para no volver a la sed.
Abrázame con la calidez de tu nombre, ocupa este espacio
que convertiremos en paraíso, habla como si un símbolo
fuera táctil y cien mil espectros transitaran nuestras manos
en un carrusel multicolor. Así es la juventud cuando no existen
espejos ni tampoco la ignota mirada del futuro. No permitas
que el tiempo mate el estallido de tu voz, mi orilla sigue seca,
tu rostro amaga cada vez que pienso en lo que no dijimos,
en ese astro que jamás ejerció su vocación de luna.
Creo que existen caminos entre la plenitud y la rosa vieja
del olvido. Son mi amparo, más allá de la cruel vigilia
de los días que nunca vuelven al sol de un mar sin islas,
porque temen su quemazón, la herida de las luces muertas,
la falsa quietud que sobrevive en el reverso de un poema.

miércoles, 19 de abril de 2017

El tiempo de la posibilidad es el tiempo de la nada

Sí, porque nadie escuchó esta voz tan limpia,
la voz del niño que jugaba entre cartones sin saber
que el tiempo es una oración inversa, un cartabón
que no traza lineas blancas, una cruz donde viven
los juguetes perdidos, el ángel terrestre que maquilla
su bondad con girasoles prestados por un desliz,
la alcoba sin mar, el oscuro pálpito de las golondrinas
cuando sueñan cielos ocres y se abalanzan hacia el desdén,
casi muertas, como un catafalco vacío o una singladura
extraña, loca, herida por el recuerdo de no haber sido.

lunes, 17 de abril de 2017

Los desastres de la guerra



Entre cáñamos el aullido surge.

Una boca en silencio, las casas sin pretil,
el ejemplo de un hombre que no cree en el futuro,
la cruz indivisa de un epitafio.

¡El color, sí, el color vive en el ocre!
tú llamas a los corazones heridos por el llanto
y yo llego a la pantomima de los relojes que no callan,
al bies de un ejército vestido de nubes
o a un recuerdo entre fusiles
como nieve sin alma.

Y dentro una vena o la caries de los gusanos.

El sol retorna al abismo
y encuentra la sed de los infantes,
el soliloquio amargo de los puentes invisibles,
la caída de un obús entre el odio y la penumbra.

¿Y la noche, cuando los niños se aventuran
y las iglesias invocan podredumbre,
cantos prohibidos bajo el furor de las banderas?

Son diez metros hasta la fuente,
son palabras que no quieres decir
porque los pájaros celebran el convite de los nidos aciagos
mientras las fachadas del dolor
se encumbran hacia los ecos que invaden la sierra,
los campos, las memorias que sufrirán.

En lo lejano una colina escupe el dinástico desdén
con su metralla inconmovible,
objetos cuya lluvia de polvo enferma pieles blancas,
rojos gritos de sangre.

Dicen que los fantasmas asoman bajo el ladrillo ausente,
no es ausente la palabra que se escribe como una flor inversa
a la sazón de un tiempo sin paz.

He visto brezos colorearse como cirios
que atesoran una luz de cometas.

La vida muda más allá de la vida,
cualquier paraíso es un devenir al antes del ser.
Allí todos somos iguales,
tu Adán es el mío, tu Eva es la mía,
gloria a esa edad neutra
donde se alzan las margaritas que una vez compartimos bajo un sol feliz.

sábado, 15 de abril de 2017

Los paisajes

Como venas de un cuerpo que no es el mío.
Como pústulas de color o retales que se cosen
a una piel huérfana. En el silencio de los pájaros
que cruzan colinas, lomas, barrancos sin voz.
Con la estrategia del agua cuando en filo se alza
y cae con su cabellera plomiza sin ver la múltiple
sed de los insectos, ni sentir la locura de un árbol
que va perdiendo la fértil faz de las horas. Sin
el bucle de la vid ni el zarcillo blanco en flor,
sin la roca que ya es un espejo en la lejanía
o un vestido ocre y duro como una verdad.
Así la luz que me habita, el tránsito de un río
ajeno al dolor, a la ceniza y a la noche. Todos
los paisajes acaban y empiezan en mí.

viernes, 14 de abril de 2017

Pequeña oda a la paz

Si hablar fuese un perdón
qué de muertos no existirían.
Hágase palabra la paz, una frase
de sol y luna. Un tiempo en el que vivir
sea la magia de entenderse, rostro a rostro
igual que las piezas un perdido puzle
sin patria.

El accidente

Todavía las luces se están quemando en mis pupilas.
La noche de piedra me habla y estás tú, que ya no
eres pretérito sino un puente de marfil hacia la locura.
Apareciste como bosque de espejos,
ciega, insolente, anónima fue la primera palabra,
después los escarceos de un duende con mallas rojas
y pirañas que salían de libros para amanecer cotidianas en tus pechos.
¿Por qué recuerdo esa noche de cristales, de ciclones y teatros erguidos?
La felicidad es un meteoro, guiña los ojos, maneja ardides de vieja
y me enseña flores en huecos blancos como un mago el racimo de tu carne roja.

Es tarde, siempre es tarde cuando hablas y yo estoy aquí asegurándote
que el magnolio se revuelca entre deseos,
que aquellas bocas regresan de una batalla de sueños,
que por un momento los búhos recitan tu nombre
y ese ulular cae como lluvia en mis manos abiertas.
No recuerdo bien los números, los lugares son amarillos,
imagino el humo vertiéndose en el halo de un faro ausente,
hay un punto de orgullo mas allá de las mesas de mármol
cuando me dices que no soportas los cantos de guerra ,
que estás harta de huir de los vértices de tu cuerpo.

Salir, retornar, vivir, tocar la rugosa piel de un árbol
del que ignoras su memoria, huir de la voz de los muertos(todo está muerto,
las pisadas hacen el camino de vuelta, el mar es un ojo seco, gelatinoso, inútil),
cinco güisquis, tres oportos, sólo para pronunciar ese arlequín de letras
que nos lleva a la herencia indómita de una chispa de fuego.
Volveremos, no lo dudes, a la piel lisa de los días perfectos,
pero no ahora que bajamos por calles de inmundicia,
comercios pequeños como pupilas de invierno,
letras en los rótulos(enfermas, demacradas),
orín en las cerraduras, arañas comiéndose el tiempo
y el mar haciendo su nido de azabache en el ángulo obtuso de tus senos.

Ahí está nuestro coche, amor, subamos al ruido de dos cuerpos que se hieren,
abre tus párpados, muerde en el centro, en la espina dorsal de mis miedos,
condúceme al odio, dame vida, ¿qué pasa en los cristales?,
dragones mueven mis brazos, tú me preguntas por aquel sueño
que se levanta intacto en los labios, iremos al teatro, lo juro, como lobos
iremos, porque la vida real sólo quiere rosas de ceniza en las venas,
un golpe de tiniebla, miríadas de lágrimas cristalinas golpean tus mejillas,
qué miseria de jardines, qué dolor de preguntas si es la sangre
una moneda de garfios relucientes, y ese cuerpo anónimo tendido en la niebla,
y nosotros llorando, y esta mierda de azar que se vuelve oscuro
en la lengua.