jueves, 17 de enero de 2019

Lo que guardo para mí

Lo que escondí es un corazón.
Mi raíz, mi tiempo, mi vértebra azul.
No te diré- ni tú a mí- el porqué de una huella,
quizá el misterio como un oráculo nunca dicho,
tal vez la luz infantil de mi risa
o el dolor infinito que traspasa la piel de las horas
se oculten bajo un himen de aparente realidad.
Como el talismán secreto que imagina el surco de un seno
o la penúltima palabra que aprieta mi puño
antes de ser molécula de aire,
así el silencio que no quiero compartir
en el día de los días que fueron.

martes, 15 de enero de 2019

Nuestra casa

Ha sido, es cáscara de ti-de mí-.
Un ovillo donde creció el deseo-alfombras blancas, plenitud solar-.
La habitación en que guardaste todas las palabras,
los ejércitos de tu iris, el oro simple de lo cotidiano.
Has poblado la luz que, pudorosa, se desliza por tu vientre,
has roto las ventanas con un suspiro de madrugada.
Tú y los espejos, tú la madre y la noche,
yo el delfín amado por tu khol herido.
No imagines la hidra-los pasillos son niebla y duendes,
lugares donde sobreviven los mapamundis, arcilla y tiempo-.
Ha nacido tu sed en el desamparo de cien metros cuadrados.
Me llaman las vocales de tu nombre mientras el teléfono recita la duda,
el ansia, el olvido. Hoy el hogar es un abrazo,
el amor que al regreso te rodea con el insípido desliz de la costumbre.
Ya no sé si me desnudo de cosas que habité
cuando quiero un porvenir de margaritas azules
o ángeles sobre un cielo que no me dibuja.
Esta casa, todas las casas tienen tu rostro.
No huyas. Al entrar invita a la memoria y escúchame
como si un trino desollara tu piel calcárea.
Ten en cuenta que aún nos hablamos en susurros
y que aunque las paredes nos conozcan
siempre habrá un aire limpio, tuyo y mío,
que se vuelva luz o mensaje, eternidad en los ojos
que antes del sueño se aquietan

domingo, 13 de enero de 2019

La rodilla de Clara



En su rodilla el lapislázuli, el águila y el rombo
que desnuda la jauría. Es la gota y la nieve,
el párpado en un ojal inverso,
la elipse-de aquí para allá el extravío-de la noria
o el ejemplo de un eje y su locura.
Ríe con el desparpajo de los osos-niños,
se exhibe en el círculo de la luz,
roza el canesú, la lana, el tejido de los sueños.
Y vibra como un portal iluminado por los espejos
o gatea sobre la tierra blanca de los insomnios.
Se recoge en los brazos con la piedad de las brujas,
torpemente agita sus huesos de esperanza
contra la distancia que hiere. Salta sin querer,
anuncia un espejismo en las azuladas calles del encuentro
y gime con la edad tardía
como una plañidera
que no se resigna al silencio.

jueves, 10 de enero de 2019

Como Robinson

Plantas tropicales habitan la isla.

He visto rubís blancos en la arena,
desde el talud todo es mar o sueño de mar en el corazón cautivo.
¿Y el vergel de las ondas azules o las galaxias de la noche?
¿Dónde las perlas y el cenotafio que amparó lunas y espejos?

Se desploma la calima como un animal herido,
veo la bruma que cubre el atardecer del volcán
y pienso en el origen del tiempo,
su invisible canción de astrolabios, raíces, primaveras encendidas.

Soy un pájaro joven que vuela entre la cal oscura y el palmar,
soy el asfalto que cubrirá el trasluz de las horas diáfanas.

Sin voz, sin penumbra, desnudo ante los viejos árboles que no mueren,
el acantilado que fue frente de un dios sobre los círculos de la leyenda
escribe episodios salvajes de lamentos y locura.

He perdido mil insignias, a cambio conocí la amistad:
una rama que se entrega a otra rama sin preguntar por su caída.

Lo demás, pechos que vislumbré entre el napalm de la Ginebra,
playas en invierno, mudos aullidos al caer del cenit de una ola,
la tristeza astral de saberme lágrima en la infinitud
o presagio de una lucidez sin ventanas.

martes, 8 de enero de 2019

La caricia en el recuerdo

Te escribo desde el colibrí que matamos.
Toda la ternura fue una hoja que habitó la noche de las noches.
Pétalos de azúcar en los labios
y un roce de músculos y un éxtasis que negó su luna.
¿Cómo se almacenan los relámpagos que no existen?
La memoria es luz entre las sombras,
un círculo invertebrado que retorna al silencio de las máscaras.
El capullo de una flor se alza contra el miedo,
pero luce breve como la nube o el fósforo
que ya no alumbra en el desliz de un sueño.
Yo sé que la caricia es un pájaro que lame impertérrito
la oscuridad que nos viste.
Confía en el que fui al verter mi infinitud
en la piel que se dibuja ausente cada vez que se asoma a los espejos.
Allí sorprenderás a la lágrima que cae tierna
en los abismos.

lunes, 7 de enero de 2019

Somos pasado

Me vestí de infancia, de juventud, de claveles rojos.
Luego pensé en ti y en qué encrucijada dejamos de ser nosotros.
Quien escribe ahora es un sueño que no te conoce,
que no se reconoce.
¿En qué extraño jardín floreció una vida en común?
Solo la ausencia guarda memoria
de la rutina que sobrevive al silencio.

domingo, 6 de enero de 2019

La ciudad

Todas las calles relampaguean de humo.

A tu lado no puedo ver los pájaros
que siembran de cláxones las aceras.

Subo o regreso al parque habitado por los niños,
los saltimbanquis, las estrafalarias máscaras
de la pantomima.

Es un día de magulladuras invisibles,
de sombras alargadas como un ciprés encinto.

Me gusta descubrir el delirio sin identidad
de los cuerpos pasajeros,
los cruces ausentes de horizonte,
el asfalto gris de la desesperanza.

Una moneda, señor, para que mi hija pueda comer.
El túnel o pasadizo con hombres y mujeres sin alma,
desnudos por dentro como una fotografía inversa.

Despedazado el aire cae igual que llovizna de azufre
o gas inhóspito sobre los labios hirsutos.

Empiezan a brillar los rótulos en esta ciudad de fantasía,
putas de maquillaje barato,
ajadas antes de que su edad sea su edad,
fuman Chesterfield, exhiben sus belfos leporinos de color sangre
como tótems de algún paraíso lejano.

Es la comunidad y el abrigo,
el necesario sudor de la multitud.

Los perros son perros, los gatos no son gatos
sino brujas negras que miran sin fe
desde los alféizares.

Y yo, qué soy yo en este exilio,
en esta extrañeza que me hostiga.

Imagino la luna en el hueco que dejan los tejados,
siempre retorno a las plazas,
a dar vueltas hasta sentir el arrullo de la música febril
que gorjean las palomas
o quizá el canto de los últimos juglares
en las esquinas meadas por la desgracia.