viernes, 23 de agosto de 2019

La inmortalidad de la piedra



Su dureza se ancla a la carcoma de los días.
Edificios sacrales donde resuenan los coros
y las altas palabras del perdón o el martirio,
torres de cuadratura enhiesta, cónicas
como un canalón de ensimismados sueños,
sillares laberínticos con un equilibrio de humus y cal,
banderas en sus cimas de renombrado fortín,
palacios de mármol o amatista, rectangulares
como lenguas de cristal, con pilares jónicos
en su rostro de altiva memoria, humildes piedras,
guijarros danzarines en el lecho del río,
adobe que protege la casa del labrador, pajizos tejados
o pizarra en el ángulo agudo donde cae el agua,
lápidas de muertos, adoquines que se arrojan
contra las barricadas, granito veteado que brilla
en el crepúsculo, arenisca que la lluvia inmola en barro,
piedra de los arcos, puentes, iglesias, adustos acantilados
que un mar bravío roe como si fuera un viejo mito
de dioses febriles. Feldespato noble en la fachada
del muladar, cuarzo tras el vientre más oculto de la tierra,
mineral que admira el geólogo bajo una lupa cetrina,
piedras que el polvo del camino ha convertido
en pesos del alma. Todas ellas sostienen el humano
devenir, todas ellas resisten el eterno ciclo de la carne
y de la vida.

jueves, 22 de agosto de 2019

Observando a una joven que lee en el Café-bar

Lentamente ondea el pelo como un ave que retoza
en su nido. Recostada, la blancura del cuello,
delgado, frágil carne contra la luz, alza el esculpido
rombo del mentón. El perfil se insinúa en efigie de color,
la esbeltez de una callada pierna se cruza con la otra
en displicente gesto de caricia. Fuma un cigarrillo
negro que se hunde en el labio de rojez infinita,
las mejillas se pliegan en un misterio incandescente,
sonríe para sí hechizada por un poema de amor,
sus ojos inclinados sobre la pátina del papel,
las cejas finas levemente elevadas como dos
arco iris oscuros. En su voz la memoria de los ritos
y el fragor infantil de un aire sin paz. Sufre el pecho
la prisión de la tela, el vientre suda el perfume añejo
de la atracción y de la perpetuidad de la vida. Hay
en su mirada un idilio de mares que va mojando
el tiempo compartido. Se irá con un rumor verde
en la pupila a entregar su don a otra piel y a otro
nombre. Quedará su fantasma en esa silla.

miércoles, 21 de agosto de 2019

La pregunta

A veces converso con un ángel oscuro.
Otras veces un chivo me mira con los ojos rojizos
y un rictus de asco en las barbas.
Mi hogar es un cenotafio eternamente iluminado:
luz de transparencia, luz húmeda y añeja,
luz iridiscente, pútrida luz o luz flamígera,
luz entreverada, artificial, lengua de luz
que me carcome. Pero yo soy sombra,
sombra espesa y fláccida, sombra de árbol
en un yermo, sombra ensombrecida por la sombra
de todas las sombras que me habitan, sombra lunar
bajo un orificio de luz. Yo le pregunto al ángel
cuando vendrá, me oculto del chivo en la doblez
del cristal, me alejo de la luz porque una sombra
solo puede abrazar otra sombra,
y así, en la oscuridad de mi noche surge
una duda: ¿esto es vivir?

martes, 20 de agosto de 2019

El beso de la muerte

Hay espejos que son catafalcos transparentes,
en su raíz la historia de una rendición,
las cenizas invisibles como signos que nadie ve,
símil de futuro en el azogue.

Si te arrodillas tiembla la curva del misterio,
el grosor de los tulipanes en el estuco blanco,
un ejército de hormigas desorientadas por la luz.

Vive dentro de los cromosomas que te alientan,
en los suburbios más profundos de tu ser
un rincón de aspas incandescentes acuna el viento del éxtasis.

Altos alambres en los labios y una razón en la mirada.

Ya ves, a la vieja nunca le sonrió la suerte
-sobrevivía como un gorrión herido
entre losas húmedas y huesos de santo-
arrastraba el humus o el carrito de metal
que entretiene la vida,
aquí y allí como un sonajero triste.

Deja un salario de humo en su testuz,
deja el tacto del papel
en los bolsillos sin fanal de la penuria,
que toquen los perfiles del cobre
las manos ajadas de la sinrazón.

Y llora, sí, llora como el monstruo de ojos suaves,
de piel suave, de rubor suave
que eres;
pon tu óbolo oscuro
en las mejillas de la parca
y recibe la noche igual que un pan recibe el alma del fuego.

Esconde tu sed en los nidos de esparto
porque hay rasguños que te besan como sonrisas de arcángel,
apenas un rocío de luz en la siniestra exactitud del tiempo,
una flor que en el incendio flamígero
escucha el suspiro amable del adiós.






sábado, 17 de agosto de 2019

Canción de invierno

El clamor de la lluvia se arracima en el cristal.

La casa supura un halo húmedo,
un aire plomizo, inmóvil sobre los muebles sin voz.

Este invierno es pálido y no hay en él
el corazón de otros inviernos.

Bajo los paraguas
descarnadas gabardinas transitan el río de las calles,
se alían como banderas que buscan la piedad de un soportal
o el limpio pasillo de las cornisas más altas.

Apenas la luz se posa alicaída en la tierra,
en los tejados, en los laberintos de las avenidas,
en los huertos, en los arrabales,
en la terraza que se inunda de un gris ciego.

En algún lugar la nieve flotará con su volátil precipicio de agua,
blanda como un beso de humedad y vida,
dejando un paisaje de blancor en los iris.

Diciembre de labios agrietados por la escarcha,
diciembre de mistral sonoro en los intersticios de la memoria.

Otra vez el rito de los músculos que se contraen en las mañanas oscuras,
y las luces de navidad
y la ilusión en la voz de los niños
y el lento declinar de los años
sobre esta pluma que hoy escribe en silencio.







viernes, 16 de agosto de 2019

Canción de verano

Ha crecido la luz y el mar se amansa
como un cristal durmiente.

El aire cae lento
con alas de sudor y un aroma a cenizas.

Caminamos hacia el espigón,
los farolillos contra el cielo, es el día de los pescadores,
olor a yodo y a sal, los jóvenes se lanzan desde la escollera
y penetran las aguas como cristos desnudos.

El verano es un abrazo de calor que asfixia los nombres.

Fue en agosto cuando vimos el azul de una playa infinita,
el pulcro bruñir de las chabolas encaladas;
en el primer viaje, recuerdas, hacia el sur,
hasta un horizonte sin final.

Se excitan los pájaros con el regreso de las barcas,
en la dársena el color agreste de los esquifes.

Pasará el tiempo de la luz,
la canícula, de pronto, recogerá su blanca hoguera
y en los ojos de los hombres una mota de labor,
una húmeda canción de despedida
vestirá de gris
el mañana.

jueves, 15 de agosto de 2019

El vástago

Tú quisieras el abrazo infinito del lloro,
besar la piel arrugada, sentir el desvalido germen
contra tu pecho de progenitor nonato.

Lo sientes como pluma, delicada forma
que abre sus ojos hacia la luz blanca.

Lo cuidarás tú, lo cuidará la madre
con la ternura del pezón en sus labios,
lo arroparás dulcemente,
lo pasearás sin importar el color de las ropas,
le enseñarás el mar y la montaña,
el tráfico de las avenidas, el jolgorio de los parques,
las estaciones que cambian el aire y la luz,
le susurrarás palabras que desde tu hombría nunca dijiste,
le cantarás canciones de niñez que el recuerdo trae para ti.

En la noche, en la medianoche, en la madrugada
se despertará porque su voz es un mandato de cariño,
de hambre y de miedo. Mirarás a tu mujer
y ella sonreirá mientras los dos os abrazáis
como si para vosotros en ese momento empezara el mundo.

Y un día y otro día y otro lo verás crecer,
es un adolescente extraño, es un joven perdido,
es un hombre responsable de su vida,
tendrá hijos o no, tendrá amor o no,
solo ansías que sea feliz, que no sufra,
que encuentre un lugar donde pueda conseguir sus sueños.