domingo, 19 de febrero de 2017

Un día cualquiera

Un convite de voces habla sin querer. Tú y el ladrido
de ese perro nuestro, la sílaba y su mueca, el pronombre
que imagina ayeres perdidos, juegos que comulgan con la luz,
chistes o anécdotas que diluvian como labios. Hoy vendrá papá
con su mecánica sin flor, después caerá la cicatriz de un día
en la llaga azul de los cantos fríos. Él te verá y yo veré al fin
los ecos. El salón que a menudo miente, los dormitorios
como jaulas breves del cansancio. Y la cautividad
de las fechas dormidas con sus sonajeros tristes
de bienaventuranza y pájaros rotos. Aún recuerdo
los horarios que fingen un redoble en mis nalgas,
también el desliz o el abrazo de una lluvia cálida.
Todos son vagos trasluces que tejen su telaraña
en los huesos de la memoria, para existir en el rebumbio
de la dulzura o en el pánico que me nombra cuando
el pensamiento se desnuda y tan solo queda
el visaje amargo del adiós.

sábado, 18 de febrero de 2017

La memoria de piedra

Es difícil asumir que los abrazos mueren.

O que el beso escribe otro signo
y no retorna al sol.

Sin embargo,
tras la huella que ha sido una,
tras el suburbio de los cuerpos en éxtasis,
después de la meditación de las palabras
un grácil oasis persiste.

¿Será la desnudez de la noche
o los cánticos que irrumpen en la piel
como felices golondrinas
para no oír los silencios
que crecen entre nosotros?

Mi incógnita se desdobla en la tuya,
ambas existen porque nos miramos.

Ayer se durmió tu nube perdida,
el cansancio que vuela como un pájaro exhausto.

Son los copos de la edad que me vencen
o el azul sin regreso que apacigua el mar
cuando las olas dibujan una memoria de piedra
en la que habitamos como niños heridos
que ya no comprenden el lienzo que cubre la sima,
el resplandor alado de los misterios,
la voz innoble de las denuncias.

jueves, 16 de febrero de 2017

La súplica

No me basta tu imagen
cuando el aire te columpia.

No me basta el susurro que llega extraño
entre la claridad y los pronombres
que nunca dije.

Quisiera poblarte con las lámparas de la noche,
tú junto a mí o yo junto a ti,
en ese vagón de cristales
donde los licores tiemblan y las sonrisas se elevan
con sus alas de murciélago
hacia los prismas
que derrotan la luz.

Ven a mi orilla,
ven si tus rodillas pueden sucumbir
al espacio de los cometas,
al viaje y al adiós,
a la cúpula de un mar en invierno.

Se agitan volcanes y en los labios llora la duda,
yo te imploro que estés conmigo,
que la música sea unísono grito de bienvenida
mientras libamos el silencio
y entre los dos crece la planta de la felicidad.

No es una invitación hacia el devenir,
es tan solo el reflejo de una arcadia
que simpatiza contigo.

Si la respuesta finge un arrullo inanimado
olvida los prejuicios y entrégate a la verdad
que en tus tobillos crece.

Quizá en la dormida esencia de los años
nos encontremos con las ajadas pieles del sinsabor,
ejerce entonces tu encanto,
silabea esa palabra que nunca oí
aunque sea mentira
y los dos, como las heridas de un río,
no encontremos un delta
ni una mueca ni un coro
que nos salve.


martes, 14 de febrero de 2017

Un joven al que nadie recuerda



Es la palabra que escoge otro rumbo,
un ojo que mira más allá de la huella.
Cuando eres nadie regresas al ayer
y se abren ventanas donde ya no existes.
Si el ayer dibujó un jardín oscuro, en él nunca
vivió tu flor, si un pensamiento se instaló allí
como un barco insomne no fue en tu rostro ni
en tu memoria ni en tu alud perdido. Desde
siempre ha sido así, los juegos presintieron
el paso que no dabas, en las clases tu boca
se encogía sin ver la luz ni el asombro. En el amor
la equis de la duda, la margarita del azar describieron
un pétalo rojo en una piel desconocida. Si hoy le hablas
a la oscuridad, la respuesta fingirá una armonía inútil.
El desprecio te toca y tú sueñas con ser tú, quizá el azul
pueble de luces la verdad que fuiste y regale a las sombras
este olvido que huye de ti como un disfraz sin alma.

domingo, 12 de febrero de 2017

Eternamente niño



Me acompaña la lluvia inmóvil, porque aún soy niño
y quiero encender un sueño. La mano de la tata,
los miedos tras las puertas pobladas de voces
cuando los mayores hablan de sus cosas, quizá
de las roturas que los días engendraron en los párpados
alegres. Vendrá la profesora-niña con sus vocales azules
y me cantará los cuentos del invierno, a mí, que no sé
de las heridas ni quiero otro jardín que mi silencio.
¿Tú quién eres, caricia que rocía los lunares de mil
pasillos inacabados, tú que en los alfiles de tus dedos
dejas un polvo de cánticos sobre las paredes dormidas?
Jugaré con las historias del abuelo, un balón rodará
hasta las mejillas de mis años, querrá lamerme los pies
como un gato que amara la fugacidad de la noche. Nada
volverá como nada vuelve al nacimiento de una sonrisa,
solo mis huellas infantiles dibujan hoy el ocaso del tiempo
con sus flores sin aroma o sus fantasmas desnudos.

viernes, 10 de febrero de 2017

Las vivencias

En la cruz de los espacios cerrados
viven cien incógnitas
baldías.

Lo que yo digo,
lo que calla el aire,
una voz en los cristales,
la conciencia de ser tiempo
en los ojos de una araña que cuelga
son preguntas sin patria.

Allí estamos
con los pensamientos y las tareas,
con el ocio y la calígine,
con los sueños que nos acompañan
en las horas del dulzor.

Hablamos del hoy y del ayer,
de las anécdotas que muerden la luz
al vibrar los hombros de la melancolía.

También de las historias mínimas
que encendimos sin querer
al abrazar la niebla
nuestro río de paz.

¿Cuántos son los círculos, las llaves,
el éxtasis de conocer países
que nos abrieron su vientre
en los veranos más dulces?

Se mueren, se mueren los recuerdos febriles
y queda el mosaico de la vida hostil.

¡No claudiques, amor,
aunque el refugio sea de espinas
o la sombra nos amanezca sobre el rostro
o los tambores suenen a letanía
en las orillas de la quietud!

Siempre existirá una vivencia,
una llama, una cicatriz
que escriba sobre los días
su canción sempiterna
de ecos y puentes
junto al confín del olvido.