lunes, 19 de noviembre de 2018

El camino inverso de los elefantes

Los recuerdos campan entre horarios vacíos
o visitan el agosto donde renace la luz.
Para mí los juegos de la escuela, para ti las calcomanías bajo el agua,
las estampas de universos en un álbum dorado.
Mil y una canicas suenan en el rubor del día,
el balón cruza relámpagos de algodón dulce.
Mira como avanza el tren eléctrico hacia la aurora,
su elipse es un don de mariposas ardientes.
Todo era música sin querer,
la navidad que irrumpía lejos de la nieve entre salmodias y pajaritos,
portales y arena, camellos ocres de ojos lánguidos.
Hay rodillas que son arpegios infinitos,
la voz que callas y los céspedes que lucen amapolas inmortales.
Al morir el deseo surge la ceniza,
en los horóscopos la tinta negra ya no escribe
cuando la aguja del reloj inclina su testuz hacia el miedo.
¿No ves la hondura de su tajo rebanar el silencio que una vez fue paraíso?
Hacia atrás caminan los elefantes cuando quieren conocer la noche.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Nuestros viajes fueron ráfagas de tiempo



La huella del viaje es la huella de la vida.

Espada de metal en un país del sur,
de nombre como uvas en sazón,
líquenes quemados por la luz.

Pueblos de casas blancas y fruta en los márgenes de los baldíos ,
parrales polvorientos y la sed del alcornocal sangrando corteza y tiempo.

Y allí el mar de plata, el faro, las arenas calcáreas ,
la música como un aire de guirnaldas o fuego.

En otro país de nieve un río recita la verdad de sus días,
-ya te dije que los puentes son cinturones de olvido
y las agujas de los campanarios un punzón destetado y febril-.

Ciudad donde cruje la historia y sobrevive la carcajada de la guerra,
la identidad perdida por ser eje de multitud.

Pero habitamos también la calidez de las rosas
y el acento suave de los mercados.

El perfume de las flores baja como un trino de parterres encantados
hacia los peces de bronce que adornan el estuario.

Quisiste embriagarte con el eco del amor,
murmullos al borde del Sena,
una canción al pisar la magia de las calles
y la cúpula blanca del misterio igual que un tótem de mármol.

Y, al fin, el músculo del idioma en la pulcritud insomne de los autobuses rojos,
la secuencia de un castillo negro,
aquella noria sobre el vientre de las aguas como la dentellada de un dios inútil.

Son viajes dentro de ti
porque tú ya sabias que la alegría habitaba el sueño
antes de atisbar el tacto simple,
la quietud de los ojos que contemplan el frenesí de vestir por un segundo las ciudades
con la memoria que fueron y nunca han dejado de ser.

viernes, 16 de noviembre de 2018

Como un pájaro



Recordaré el mar, el mar en mí.
Y la línea última de los cipreses bajo la bruma.
A menudo la luz se refugia en tu axila.
Un tren con alas vuela incansable hacia el horizonte.
Todos los pájaros regresan del sur para regresar al sur.
Me preguntas si te quiero, si te querré siempre.
Siempre es una palabra que no conocen los pájaros.

martes, 13 de noviembre de 2018

El espejo

Otra vez estoy ante ti, pulido eje del tiempo.
Es curioso tu don de infinita verdad, fotografía que huye de sí,
cosmos que vive en el cuadrángulo o en el círculo de tu pureza.
Ayer te vi o me vi a la hora en que sucedo,
la misma hora que se columpia entre los días y camina hacia la muerte.
Tu perfil de cornucopia y la luz amarilla,
la lisura de tu cara que es un reflejo de paz,
el orden estático del encuentro
-que yo busco como un alevín de la nada-.
Han venido los años supurando arenas y mercurio,
vuelvo a tu hogar de azogue, ciego y mudo por no hablarte.
Puedes ver que aún soy yo el que finge esta mueca del pasado
ante tu oro sempiterno que jamás se apiada.
Te guardaré junto al sueño, allí donde se pose mi rostro
y serás testigo de este silencio opaco
que es solo una forma de no volver a ti,
de ausentarme para siempre del mañana.


domingo, 11 de noviembre de 2018

El abrazo de otro

Una cicatriz ríe en el misterio.
Símbolos que nunca amanecen,
latidos perpetuos que son lágrimas de invierno.
Es como sobrescribir la luz en un nombre,
la imagen de una playa inhóspita,
el fragor infinito de los suburbios.
Aquella tarde húmeda solo éramos tiempo
-un cauce verde en la tiniebla llora la juventud de los diecisiete-.
Hembra fúlgida de luna, igual que yo y mi verso amargo,
lo mismo que el arpegio de la música en las galerías del humo.
Te acercas y siento el vértigo de la quimera.
Un fluido de canciones, de desnudez y palabras
invade el pensamiento y es la ciudad un libro de sombras
bajo el crepúsculo que viene.
¿Qué canción parpadea en ti, qué lees, cómo se nombra el signo que nos une,
en qué plaza un ruiseñor existe para nosotros?
Me anticipo a ti que no sucedes
o solo en el músculo de un río a la deriva cuando escoges el ardid de la fuga.
Quizá en el relámpago de conocerse vivió la incertidumbre del futuro.
Lo comprendo, comprendo que la llama del deseo
caduca cuando el abrazo de otro finge ser el mío.
¿Qué vendrá ahora que los mundos no giran?
Solo las estaciones, el rubor de la incógnita
y los cielos invertebrados que ensombrecen el corazón de los amantes.

viernes, 9 de noviembre de 2018

El pasado huérfano

Hasta el hueso tu amor.
Diez palabras tuyas vibran en mi memoria.
El ansia bajo los párpados de no sé qué invierno.
La piel contra la piel en un hostal sin nombre.
Dos manos entrelazadas como palomas heridas.
La ciudad desconocida que muere en tu iris.
Una cicatriz que se perpetúa en los ecos.
Y tú que no recuerdas lo mismo que yo.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Hijo del otoño

Un vendaval de hojas caducas llega a mi corazón.
El pálpito del frío en la piel y los ojos blancos
de preguntar, inútilmente, por la luz.
El ocre y la verdad de los números, el agua arrebatada
por la escarcha indómita, un sueño de humus en el vientre.
En el sur de los otoños vive la canción de los amantes
-niebla sobre los puentes, farolas de un amarillo sin color-
les vieux amants ,quizá, al recordar el verso de un acordeón sobre el río.
Mi voluntad en noviembre es un árbol dormido en abril,
mi cartografía la floración del bosque en la frágil madurez del helecho.
Otoño en las pupilas viejas, rotundidad de frutos en el amanecer de la bruma
silencio de ramas rotas junto a un cauce que brilla hasta morir.
Abrazo el tronco de muescas invisibles, aún le debo el orgullo
de saberme gloria húmeda de un confín perdido, fuente
que en su misma savia reluce como una lágrima de miel.