A la velocidad de mil kilómetros surca el deseo los paisajes
que nombramos, calla agosto mientras el sol guía al caparazón
gris donde medio desnudos con el sudor naciente que vela
los cuerpos ya no somos más que un pálpito que asume
su don de fértil ansia bajo las olas del éxtasis; se abren
las pancartas de un río que nos dirige a un sur de cal
y frutos rojos, y en tu frente la senda del agua es un lago
sin orillas que cae por los surcos de la piel como un riego
de paz cae por la alegría de vivir; un soliloquio de cigarras
muere en la luna del automóvil, yacen los árboles del estío
con el velo del polvo en la desnuda corteza y un pájaro
te nombra bajo el azul de la distancia que se aproxima al coche
como un hogar con ventanas de colores que dibujan mundos.
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