miércoles, 20 de septiembre de 2017

Un ejercicio de nostalgia

Tal vez el aire rote como un misterio y la playa
pronuncie el estertor de la infantil argucia de querernos.
Dos pasos hacia atrás son el símbolo de mi nostalgia,
los cristales se arrojan a la luz, quizá la mancha del frenesí
o la paupérrima sombra que nos aleja estalle en el azul
como un vientre perfecto de melancolía y nieve. Es posible
que bulla el cansancio bajo el sicomoro que plantaste, también
que giren los enjambres dolientes por haber perdido un ayer
que se enroscaba como la infinitud en arabescos miopes.
Es nostalgia el tañido de la campana cuando los cuerpos
amagan, y es laúd el solsticio en que las alas encuentran
el río astuto donde quemarse a solas y no por ello
derivar en el afluente amigo. Al final son juegos sin alma,
caleidoscopios que susurran la edad, el ojo impertérrito
poblado de escamas en su océano de quietud y duermevela.
Quien roza el nombre de una estrella solo quiere un rostro
que se acerque, que parpadee en su mejilla, que llore
como una rama que no cesa de arrimarse al único silencio
que conoce; tan herido, tan tenue, tan en deriva sin pretérito,
condenado a una muerte sin memoria ni luces ni ansiedad,
en la estación donde los planetas eligen el círculo o la
llaga imberbe que nunca deja de supurar cantos de cigüeña.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Los recuerdos

Alas de pájaro en la memoria,
un cisne verde
y el arco iris de la pérdida.
Tres razones que me invitan a ser,
a vivir o a morir.

"La deriva". Novela corta.

TITULO: LA DERIVA

BERTA

Berta sostenía un cigarrillo entre el dedo índice y el corazón de su mano derecha. Su muñeca se apoyaba mansamente sobre la mesa forrada de hule; llevaba así cinco minutos, mirando cómo se consumía: dio una primera calada profunda, y después la brasa enrojeció todavía un instante para convertirse en ceniza que avanzó todo a lo largo del cilindro, pausadamente, ganando terreno, aproximándose a los dedos nudosos como si les fuera a dar un beso. Berta no movió un músculo cuando notó la quemazón, en realidad era lo que estaba esperando desde hacia cuatro minutos y medio, desde que comprendió que tenía que aprender a aguantar el dolor de una vez, porque ya era hora se dijo, porque a los treinta y dos años no se podía andar con remilgos como si fuera una adolescente que cree en cuentos de hadas, porque estaba sola y la soledad duele más que un millón de brasas asesinas. Berta decidió como cada mañana de las últimas mañanas que su vida empezaba hoy, con ese sol que iluminaba la cocina de su apartamento y ese café que humeaba en una taza demasiado grande colocada sobre un platillo demasiado pequeño. Era un sábado de Agosto en plena canícula. Madrid estaba desierto. Berta se levantó para abrir la ventana, y un aire húmedo le refrescó la cara. Miró hacia abajo y vio como el camión del Ayuntamiento acababa de pasar regando la calle, era un vehículo verde con dos aspersores a ambos lados de la cabina del conductor que rociaban el asfalto con precisión de computadora, el ruido a turbina de su motor se iba apagando a medida que se alejaba traqueteando por una vía invisible hacia el corazón de la ciudad. Berta vivía en el cuarto piso de un edificio como hay muchos otros en Madrid, de fachada de ladrillo y terrazas con toldillos verdes para protegerse del sol, las ventanas se acompañaban de viejos aparatos de aire acondicionado que hacia mucho tiempo que habían dejado de funcionar y estaban cubiertos de polvo y suciedad; era un misterio porqué no se quitaban. A Berta le gustaba pensar que el suyo era una escultura anónima que el paso del tiempo había cruelmente convertido en ruina, un pedazo de capitel o un friso del que solo ella era capaz de apreciar su singularidad en medio de los demás, una ficción. Como ella, que en ese instante se sentía tan extraña que fue a buscarse al espejo del pasillo, su espejo, su cómplice, el que le devolvía una imagen y la convertía en más guapa de lo que era, por un efecto de la luz artificial, que era necesario encender, porque el pasillo parecía un túnel, con las puertas siempre cerradas, como le gustaban desde niña, puertas de roble macizas, sin cristales, ni siquiera la de la sala, tal y como había pedido expresamente cuando compró el piso a pie de obra, y allí, en la pared de frente a la entrada, lo había colocado para verse y animarse nada más llegar de la calle. Un espejo rectangular, con un marco dorado como de cuadro antiguo, una cornucopia que hacia juego con la lámpara de tres pétalos que acababa de encender. Se situó en medio del pasillo , se vio, se miró y se observó: “ treinta y dos años”-susurró, “tú tienes treinta y dos años”, dijo apuntándose como si llevara una pistola, “tú eres Berta y tienes treinta y dos años”, dijo en voz más alta, casi gritando. Y pensó que se lo decía a una desconocida, que qué intimidades eran esas, qué familiaridad de trato fuera de lugar hacia esa mujer delgada que apenas va vestida con una camiseta blanca y larga que le queda a media pierna , dos bastones con calcetines gorditos color de rosa, que sostienen su cuerpo huesudo. Se aproxima a reconocer sus facciones, su rostro esférico, sus labios finos ,sus cejas perfiladas sobre dos ojos pardos, de pintas marrones sobre iris verde, la nariz mínima, respingona y el pelo castaño muy corto, por comodidad y porque sí ,porque le apetecía llevarlo como un hombre, y además le decían que le quedaba bien ya desde jovencita, cuando a los dieciocho años en rebeldía hacia su padre, el coronel, decidió cortárselo casi al cero, todavía más que la protagonista de al final de la escapada, la película que le dio la idea y que había ido a ver con su primer novio, Amancio, muy buen chico pero algo corto, y aún recuerda cómo la interrogó al salir del cine, diciéndole:
-pero ¿tú has entendido algo?
-si, está perfectamente claro, es una historia de amor entre un delincuente y una turista norteamericana en el París de los años cincuenta-le contestó Berta.
-pues no parecía una película-dijo Amancio- parecía más bien un documental, además en blanco y negro, como en el Nodo.
-era una forma nueva de rodar con la cámara en la calle, y si es en blanco y negro es para darle un toque de cine noir.
-cine ¿qué? cuando me dijiste que fuéramos a ver esta película ya pensé que no me iba a gustar-dijo él fastidiado.
Pobre Amancio, su noviazgo duró lo que tardó en cortarse el pelo, aquello no lo pudo soportar, una novia tan poco femenina dijo irritado a su amigo Pedro, que a su vez se lo dijo a Berta, que a su vez no se lo dijo a nadie. Y Berta cree que Amancio está detrás de ella en ese ángulo ciego del espejo que nunca ve, ofreciéndole una peluca de rubia de bote, pidiéndole que vuelva con él que aún no es tarde; pero si lo es, es inexorablemente tarde, no hay vuelta atrás, dice convencida, dirigiéndose a ese espectro que imagina a su espalda, ahora soy otra Berta, razona con él, ya no soy la que conociste hace quince años. Es verdad , aquella esta sepultada por otras Bertas que han ido posándose sobre ella como capas de un terreno, y si Amancio se presentara en persona, ya no podría reconocerla, ni ella a él, por eso, en un arrebato, abre todas las puertas que dan al pasillo para que la luz de fuera penetre y se confundan en la superficie del espejo los tres globos amarillentos, uno de los cuales se ha instalado en la esquina superior, desdoblándose, con la claridad ennegrecida que penetra como un viento suave y se apodera de la densidad del pasillo, mientras ella sigue allí ocupando un espacio, inmóvil. Se vuelve a sentir sola, sin nadie real o imaginario que la perturbe. Tiene que enfrentarse al día que la reclama, ha de ducharse, vestirse, arreglarse, salir, regresar; ha de retomar los hábitos que no lo parecen, debe olvidar el trance que aún la angustia, recuperar las fuerzas gastadas por el desgarro moral de ese aborto que ya es pasado; físicamente se encuentra bien, fue una experiencia íntima, no comunicada, nadie supo, nadie pudo adivinar que estaba embarazada. Ni siquiera Jaime, tan encerrado en sí mismo, logró sospechar nada; llevó dentro de sí el secreto de ese embrión confidente, sentía vergüenza, se decía cómo podía haber sido tan idiota para que le sucediera esto, cómo podía haber fallado la maldita píldora; estaba decidida, lo tenia claro y se lo había dicho a sus amigas muchas veces: “si esto me ocurriera a mí, sabría perfectamente lo que hacer”, pero no era tan fácil, no cuando se despertaba angustiada por las noches con la sensación de que había hablado con él y le decía “mamá” y ella tenía que volver la cara para no mirarlo ni decirle nada, y se sentía culpable, aún cuando pensaba que ese minúsculo ser no era persona humana. Le entraron las prisas,”si lo he decidido tengo que hacerlo ya”, se inventó un viaje de trabajo a Londres y contrató los servicios de una clínica privada, muy limpia y muy eficaz, según sabia por lo que le había contado Isabel, su excompañera de piso, que vivió la misma situación y lo contaba sin rubor y con total naturalidad; fue una semana de nervios y clandestinidad, de soledad y de miedos, pero todo salió bien, haberlo hecho fuera de su entorno la ayudó; al volver y durante unos días logró olvidar lo sucedido. Pero hoy, esta mañana luminosa de Agosto ,después de un sueño poco reparador, el vacío había vuelto para decirle, estoy aquí, seré tu compañía, lo quieras o no, no sientas la pérdida, no es una pérdida, lo que no se tuvo no se pierde, no te arrepientas, es un ejercicio de libertad lo que has hecho, una de las pocas decisiones que dependen de ti y lo has meditado, no te engañes con eso, no creas que has sido egoísta , no estabas preparada , no le sabrías dar cariño, no era el momento, no era el hijo programado, no cabía en el proyecto por construir que eres tú, además, a qué mundo lo ibas a mandar, menuda putada le ibas a hacer; pero eso no lo dice el vacío, es su voz lo que escucha. Se ha sorprendido otra vez hablándole al espejo, a su confidente, es el desahogo el que habla, es la justificación que quisiera escribir sobre la superficie del espejo, para tenerla ahí, como recordatorio, como prueba de su inocencia, pero no puede, el espejo no está en el lugar adecuado, debería acudir a ese otro que tiene en el baño, ese mueble al que siempre ha tenido manía, que compró Jaime por su cuenta, sin consultarle, diciéndole que era el colmo del buen gusto, con sus dos pilas de reducido tamaño encastradas en madera de castaño envejecido, los grifos cromados, el espejo diseñado especialmente para estilizar la figura, y cuatro focos halógenos, estudiados para dar la mayor intensidad posible al rostro de una persona de estatura media , dos para hombre y dos para mujer , paritarios; y esos seis estantes, a la vista, que nunca le gustaron, en los que tenía que poner-en los tres de la izquierda- todas sus cremas, perfumes, desodorantes y demás accesorios de higiene y estética personal que no le cabían, mientras él, a su vez, colocaba de su lado la maquinilla de afeitar, la espuma, el aftershave, un peine con rastros de caspa y su cepillo de dientes a pilas; y en ese era en el que tendría que confesar sus sentimientos, justo después de que la ducha hubiera empañado el liso cristal, entonces con el dedo podría escribir lo que quisiera y esa inscripción húmeda permanecería indeleble, se mostraría cada vez que el agua caliente depositara su vaho sobre el espejo, como el estribillo de una canción que vuelve una y otra vez para meterle en el centro de su conciencia la palabra olvido, la que no quiere decir, la que no logra asimilar, la que debería explicar a alguien para que ese alguien la interrogara y por fin sacara de sí misma este peso que la está hundiendo; cree que se ha equivocado que debió contarlo desde el principio, que el apoyo de tus seres queridos es lo importante, que hay que compartir lo que duele, que la comprensión es la salvación, que ya son las diez y tiene que ir al mercado a comprar, si quiere comer pescado fresco.




























GABRIEL


¿Cuántas veces pensó en cambiarse de nombre? Unas cuantas. Él era ateo o agnóstico, no lo tenía demasiado claro, pero desde luego lo que no era es creyente. Le fastidiaba llevar el nombre de un arcángel. Ni más ni menos el ángel del señor que anunció a María la inmaculada concepción. Él se enorgullecía de ser consecuente. “Soy un hombre de principios, si no te quedan principios ¿qué eres? Nada”. Al final no se lo cambió y eso que anunciaron a bombo y platillo la posibilidad de hacerlo con la nueva normativa del Registro civil. Eso es, que cada uno se ponga el nombre que le de la gana. Pero lo cierto es que lo dejó como estaba, total para qué si le llamaban gabi o gabri o gabo y si eligiera otro nombre le llamarían por algún diminutivo repelente al que tendría que corresponder porque se trata de un cariño, un código de afectos en el que hay que entrar, una ridícula complicidad que no indica intimidad por mucho que se empeñen, y precisamente lo va a comprobar ahora que Martín, el camarero, se acerca:
-¿Qué, gabo, otra cañita?
y Gabriel se le queda mirando y le dice:
-tú por qué me llamas gabo, ¿ te has creído que soy Garcia Márquez?, anda que hay que aguantar cada cosa
-has oído al señor, ahora hay que tratarle de usted-dice Martín, dirigiéndose a su compañero de servicio.
Pepe que lleva mucho tiempo en el oficio, tercia, y le pone otra cerveza con unas quisquillas. Gabriel acepta la disculpa encubierta y se pone a desmenuzar las cáscaras de los minúsculos crustáceos operando sobre ellos con la facilidad que le otorgan unas uñas demasiado largas. Busca y encuentra la carne blanca que parece una larva de gusano, con agilidad se la lleva a la boca y la degusta con manifiesto placer. “Están de muerte, Pepe”- le dice chupándose los dedos pringosos. Doce años, uno detrás de otro, acudiendo a este bar. Gabriel, además de tener sólidos principios, es hombre de costumbres, y otra costumbre dicta su ley a la una y media de la tarde: es la hora de recoger a gabi a la salida del colegio. Si, porque él, que reniega de su nombre, resulta que a su hijo le ha puesto Gabriel , a sabiendas, como él mismo dice, de que le llamarán gabito, gabin o gabete, para diferenciarlo de su padre ,y es que en algo hay que diferenciarlo ya que el niño es clavado a él: robusto, moreno, pelo negro rizado, zambo. Quizá de ahí le venga esa manía de querer cambiarse el nombre porque lo puede jurar cuando Gabriel junior nació se parecía más a su madre, o por lo menos tenia esa indefinición en el físico propia de cualquier bebé, su piel era sonrosada como la de un cerdito recién nacido, el pelo incipiente tendía al rubio ceniza, sus cejas eran dos líneas punteadas, sus ojos apenas se podían entrever bajo dos rayas protectoras, aunque él por pura curiosidad paternal lo había puesto más de una mañana en la claridad de la ventana y opinaba, con más deseo que fundamento, que no serían oscuros; se equivocaba, a medida que iban pasando los meses el rostro y el cuerpo de este segundo Gabriel reproducía la apariencia de su progenitor masculino, incluido el color marrón de sus ojos, ya empezaba a oír por todas partes: “desde luego, no puedes negar que es hijo tuyo” y no podía negarlo, solo faltaría, además, ¡que caray!, estaba orgulloso de que se pareciera a él, no porque fuera más guapo o más inteligente que su madre-más bien al contrario-sino porque no había remedio y cuando no hay remedio es mejor aceptar las cosas como son, sin más. Es la hora, por tanto, de recoger a gabi, así le llamaremos a partir de ahora. Gabriel paga la consumición y se despide de Pepe:”adiós, Pepe, me espera el chaval”. Pepe le hace un gesto con la mano. Gabriel tiene mucho tiempo libre, el horario en la Academia donde imparte clases de francés le permite atender algunas de sus aficiones, como leer o ir al cine, precisamente mientras espera la salida de gabi suele sentarse en los bancos del parque que están enfrente del colegio y lee el periódico que compra cinco minutos antes en el quiosco de Manuel que queda de camino. Se sienta y espera a que suene el timbre, después una de las maestras hace girar la llave y los niños salen en estampida, mezclados los mayores con los pequeños, lo que motiva, de continuo, la queja de algunos padres que penetran en el interior contra corriente, en busca de sus retoños desperdigados por todo el patio. Gabriel deja que la avalancha decrezca, seguro de que gabi, que está bien entrenado, le esperará en el sitio indicado, al pie de la escaleras que dan acceso a las clases de primaria. Mira el reloj: la una y treinta y dos, un minuto más y entrará a por gabi. Es tan metódico que tienen que pasar tres minutos, exactamente. Gabi sabe que su padre es de los últimos en entrar, por eso no se acerca a las escaleras hasta que pasa un rato, mientras tanto, juega a las chapas con David y Samuel a los que sus padres recogen siempre tarde. Gabi tiene seis años y está en tercero de infantil. Es un niño despierto, muy activo, con algunos problemas de concentración. A Gabriel, que tiene cuarenta años, le exaspera esa actividad frenética que demuestran los niños a esta edad: saltos, requiebros, idas y venidas, golpes, pedorretas. Pero a gabi hay que perdonárselo todo porque es muy cariñoso y a su padre se le alegra el día cuando le ve venir corriendo a darle una abrazo como si llevaran siglos sin verse y se aprieta contra sus piernas como si quisiera fundirse con él. Luego vuelven a casa de la mano, el padre amaina su larga zancada para que el niño pueda seguirle, eligen la ruta del paseo marítimo cuando, como hoy, el día esta claro y pica el sol. Gabi no puede reprimirse en dar el parte:
-¿sabes qué, papa?
-no, dime
- a Pablo le castigo la profe porque le dio una patada a Marta
-¿no estarías tú por el medio?
-¿yo?, noo
-porque ya sabes que hay que portarse bien y decir toda la verdad
-si ,ya lo sé ,papá
-¿seguro?
-bueno, hay una cosita que tengo que decirte
-haber ¿que pasó?-Gabriel se lo temía
-es que me castigo a mí también, pero un poquito nada más
-¿que hiciste?
-fue culpa de Joaquín, que me perseguía
-cuantas veces te tengo dicho que en clase hay que estarse quietecito y atender a la profesora
-ya lo sé, papá, pero es que ese niño es un pesado
-mira, si ese u otro niño te molestan, se lo dices a la profe
-si se lo digo, pero no me hace caso-protesta gabi
Gabriel hace el gesto de resignación que repite todos los días, pero valora la honradez de su hijo al decirle la verdad: “éste es como yo, va a tener principios”-se dice orgulloso, y le hace una caricia a gabi mientras envara el torso para dar mayor dignidad a su caminar pausado. Su casa no está lejos del colegio, precisamente eligieron ese por la proximidad al domicilio. Es el colegio público donde estudió la madre de gabi: Laura. Laura estará terminando de preparar la comida. Cuando lleguen, a las dos en punto, gabi ya tendrá el plato de puré preparado; ella intenta, como una buena madre, que la dieta de su hijo sea equilibrada: verduras, carne, huevos, leche, hidratos, cereales; no lo tiene difícil ya que gabi es un comilón y nada más llegar, después de lavarse las manos, empezará a comer, demasiado deprisa según su madre, y en poco mas de quince minutos acabará con los dos platos y el postre; Laura está satisfecha y repite con frecuencia que es una suerte que el niño tenga ese apetito, lo dice porque ella de niña era un desastre y solo comía huevo frito y leche, nada más. Gabriel asiente, son dos padres entregados, protectores, cuya vida propia se ha anulado para construir entre los dos la de su hijo, han renunciado a su libertad individual y se han instalado en la rutina, Gabriel, a veces, protesta: ¿por qué no salimos alguna noche? ¿Y si hiciéramos una viaje a…..? Es inútil, para Laura lo mejor que se le puede ofrecer a un niño es seguridad, y la seguridad pasa por lo inmutable, lo programado, lo que el niño espera cada día de los días que se suceden, iguales unos a otros, y lo peor es el abotargamiento, la incomunicación y la falta de alicientes, que Gabriel combate con calculados desahogos, como ese partidillo de fútbol sala con los amigos donde a base de pelotazos descarga toda la tensión acumulada, y esas cañas que se toman después ,antes de volver a casa, y tener que escuchar los reproches de sus respectivas esposas, porque el aliento les huele a cerveza y ellas se preguntan qué han ido a hacer, si deporte o juerga, y ellos se justifican diciendo que hay que charlar un poco con los amigos y que los sudores dan mucha sed y que ahora están mejor, más relajados y hasta hay alguno, como Gabriel, que se pone juguetón con su mujer, aunque sea lunes y al día siguiente tenga que ir a trabajar, pero enseguida ella se lo recuerda y le dice que está cansada de arreglar la casa, cuidar al niño mientras tú te diviertes y atender a su madre que llama todas las noches para preguntar por su nieto y lo único que hace es desbaratarle el programa y más de una vez ha tenido que colgarle el teléfono porque el niño se ha metido no sabe dónde y ha oído un ruido raro o se ha puesto a llorar y que lo siente, que tiene que salir pitando a ver lo que ha hecho y que adiós, luego su suegra se enfada y le da las quejas a él, que si es desagradable, que ella cuido a dos niños y siempre tenia una sonrisa en la boca y que además vivió con sus suegros y se llevaban perfectamente, así que ella está de mal humor y el intento habrá que dejarlo para otra ocasión y sí ,tiene razón, hay que irse a dormir que, la verdad, él también está cansado, casi no se mueve durante seis días y llega el lunes y corre como si tuviera veinte años, luego lo paga con las agujetas, cualquier día le va a dar un infarto, tendría que hacer un poco de footing a diario pero le da pereza, en fin, mañana será otro día ; los dos se van a dormir temprano, primero uno y luego el otro, ocupando cada cuál su lado de la cama, espalda contra espalda., en ese hueco completamente definido, una especie de molde en el que sus cuerpos encajan a la perfección, dos cuencas vacías que rellenan cada noche, deformando el colchón que, justo en su medio, exhibe una protuberancia , un símbolo que ellos no parecen percibir, pues hace mucho que en sus sueños ya actúan como si fueran únicos y no lo son, se dan cuenta, cuando gabi, a las tres, a las cuatro y a las cinco de la madrugada les despierta con sus pesadillas de juegos de niños que discuten entre sí, hasta que llama a Laura, primero a su madre, que se levanta y le da de beber de la botella de agua mineral y le manda dormir, así tres veces, a la cuarta le toca a Gabriel, al que le pide hacer pis, y el niño hace pis por fuera de la taza del váter, porque está tan dormido que no atina, gabi por fin recupera el sosiego y duerme placidamente, pero ya son las seis de la mañana y tanto él como ella se concentran en aprovechar esos sesenta minutos que restan para que suene el despertador, lo que conseguirán, él cuando falten veinte minutos y ella cuando falten cinco minutos, y como siempre Gabriel le dirá a Laura que se quede un poco más, total no tiene que ir a trabajar hasta la tarde, que ya se ocupa él de gabi. Son las siete y el despertador suena como una batería de timbres insolentes, se inicia un nuevo día.



JOSÉ

Está saliendo de la oficina de la mutualidad judicial. Después de cuarenta y cinco años de entregado servicio, José se ha jubilado. En su mano lleva el certificado que acredita que con fecha de 1 de Junio de 2.004 pasa a la situación de jubilación forzosa. José ha sido juez desde que tiene memoria; aunque no es gallego ha desarrollado su carrera en Galicia, primero como modesto juez en diferentes localidades y al final como magistrado en la Audiencia provincial de A Coruña. Mientras dobla cuidadosamente el certificado y lo guarda en su cartera, le viene a la mente el primer destino que tuvo. Fue en un pueblo del interior de la provincia de Lugo, él era casi un muchacho, tenia veinticinco años y un aspecto juvenil que acentuaba aún más la impresión de inexperiencia. Corría el año mil novecientos sesenta y dos, José, por aquel entonces ya estaba casado con Pepita y tenía una hija de tres años: Esperanza; era el momento en que tenían que dejar Madrid con toda la incertidumbre que ese radical cambio de vida suponía. Le parece estar viendo a Pepita mirando en el mapa de Galicia, el más grande y detallado que José había podido conseguir, dónde se encontraba aquel pueblo llamado Chancera, menudo nombre le había dicho Pepita, y él le había contestado que el nombre era lo de menos, que en Galicia la gente era muy hospitalaria y que se iban a encontrar muy a gusto. Pepita no estaba tan convencida, señalaba con el dedo un punto en el mapa, casi en el mismo centro de la región:
-es aquí-dijo
José se puso las gafas, y señaló, a su vez, una estrecha vena azul
-mira, esto es el rio sil,
a Pepita le importaba menos el río que las carreteras
-esta línea verde ¿Qué indica?
- a ver, creo que es una vía comarcal
-estupendo, no hay ni una carretera decente que pase por ese lugar
-no seas tan negativa mujer. Yo también me he informado. Es un pueblo de cinco mil habitantes que viven del campo, de las cosechas de vino y del comercio. Agustín conoce a un juez que tuvo destino allí y dice que el juzgado es tranquilo, aunque está un poco atrasado.
-Dios santo, a saber donde nos metemos, lo peor de esta profesión es que no sabes adonde vas a ir a parar, en fin, habrá que aguantar unos años hasta que te vayas situando. ¡Con lo bien que estábamos en Madrid!.
Pepita suspiró. José sonríe ahora cuando evoca ese suspiro de resignación y lo compara con la expresión triste de Pepita pasados dos años de vivir en Chancera . Fue una época singular e irrepetible, no ya solo porque entonces eran jóvenes y todo les hubiera parecido único, sino por las amistades entrañables que hicieron, empezando por el boticario, Eusebio, un anticlerical vividor, aficionado, como no podía ser menos por su profesión, a los potingues, y cuando José habla de potingues se esta refiriendo a los más deliciosos cócteles que jamás haya probado, desde los clásicos, como el bloody mary o el daiquiri, hasta brebajes exquisitos que nacían del talento de Eusebio para mezclar licores y crear néctares de dioses que te ponían en la gloria. Se acuerda de Isabel, una viuda rica y culta, que les invitaba todos los martes y jueves a una especie de tertulia que organizaba con las fuerzas vivas de Chancera: el maestro, el cura, el ingeniero Alfonso, el profesor jubilado Ventura, su amiga Paquita, lectora impenitente, su otra amiga, Antoñita, casada con el tratante de vinos don Manuel ,también solía asistir Emilio Charlín el abogado más influyente de chancera, que trataba a José con la condescendencia propia de un padre hacia su hijo, y otros más, que él ahora no recuerda. Pepita e Isabel se hicieron grandes amigas, fue ésta quien les alquiló la casa nada más llegar a Chancera, un caserón de dos plantas, todavía en buen estado, situado en la Plaza Mayor, junto al ayuntamiento y el juzgado,”el mejor sitio del pueblo”-les dijo. La viuda era una mujer que rebasaba ampliamente la treintena, su marido había sido alcalde de Chancera durante dos lustros, hasta que un fatal accidente de caza lo mando al otro barrio. Isabel había heredado un patrimonio solvente, lo que unido a su gracia y elegantes maneras, la convertían en uno de los mejores partidos del pueblo. La amistad entre Pepita e Isabel sufrió un grave descalabro cuando la primera enfermó de fiebres reumáticas y quiso volver con la niña a Madrid, para recuperarse. Durante los dos meses que estuvo ausente, le llegaron a Pepita rumores “bien intencionados” que decían que a José y a Isabel se les veía mucho tiempo juntos, a veces paseando por la calle principal, ella cogida de su brazo, como dos tortolitos. Pepita, aunque no se había repuesto del todo, tomó el primer tren a Lugo y el inmediato autobús a Chancera y se presentó para cantarle las cuarenta a su marido: “o ella o yo” dicen que le dijo. José lo tenia claro y le escribió una carta a Isabel donde, entre otras consideraciones, le manifestaba que: “ por razones que sin duda ella sabría comprender, no seria posible en un futuro su asistencia a….” y las aguas volvieron a su cauce. Otro de los personajes con los que trabó amistad José fue con el padre Luis, este cura, que en aquel entonces ya había cumplido los sesenta, era un hombre de sólida fe pero al mismo tiempo tolerante con quien pensara diferente; se podía hablar con él desde posiciones cristianas muy particulares y admitía las críticas a la iglesia católica siempre que estuvieran basadas en la dialéctica de la razón, en realidad profesaba una suerte de humanismo que le aproximaba a las ideas del juez. Pasaban juntos algunas tardes, jugando al ajedrez y charlando sobre los más variados temas. José era un trabajador nato y enseguida puso al día el juzgado, resolvía asuntos de todo tipo, pero en especial de materia civil. Fue entonces cuando empezó a interesarse por el derecho foral de Galicia, la personalidad del paisano gallego le asombraba: era gente apegada a su terruño, con un orgullo peculiar y un proceder taimado. Muchos pleitos eran por cuestiones de lindes, de servidumbres o de disputas por la posesión de las fincas. Empezó a conocer instituciones jurídicas propias de aquella tierra, implantadas en el inconsciente colectivo por siglos de aplicación consuetudinaria; en sus resoluciones aparecían términos jurídicos gallegos como millorado, serventía, monte en man común, muiños de herdeiros lugar acasarado y sus sentencias se basaban más en ese derecho costumbrista que en el propio derecho civil español. Algo le llamaba la atención por encima de todo de aquella gente, y era lo mal que se llevaban entre si. Las relaciones de vecindad más parecían las de dos enemigos irreconciliables, que defendían en pie de guerra una frontera común impuesta y no deseada, que las de personas civilizadas que intentaran llevarse bien. Esto a veces repercutía en supuestas “recomendaciones” que llegaban por diferentes vías, casi siempre a través de Pepita y que José no admitía de ninguna manera. Sin embargo, y aunque no aprobaba esta forma de proceder, creía que no lo hacían por mal, sino que simplemente era otra costumbre asimilada por años y años de práctica. Para algunos, la resolución de un pleito a su favor, suponía poco menos que un compromiso de sangre, le regalaban lacones, chorizos, grelos, quesos, vino tinto de amandi, aguardiente blanco, y le rendían pleitesía como el vasallo a su señor. A José le incomodaba ese servilismo, cuando él pensaba que solo hacía su trabajo, pero tuvo que acabar por asumirlo como algo que formaba parte del carácter gallego, además-se decía- si ellos eran felices así, para qué defraudarlos. Quien estaba contenta con esas prebendas era pepita y aunque no lo decía abiertamente se le notaba en cómo presumía de lo que disponía en su despensa. Fueron dos años en los que José aprendió casi más de la naturaleza humana que de su propio oficio, o quizá ambas cosas iban unidas, y no se podría hacer verdadera justicia sin conocer debidamente la psicología de las personas. Más de una vez le había dicho a su compañero de sala, Antonio: “ahora los jueces no se preparan adecuadamente, enseguida llegan a las ciudades grandes y se convierten en funcionarios recluidos en sus torres de marfil. No tienen la experiencia suficiente y se les pide eficacia por encima de todo, por eso cometen más fallos de los deseables. ¿Te acuerdas cuánto tardábamos nosotros en tener destino en una ciudad? Por el camino quedaban muchas sentencias y muchas historias humanas”. Después de Chancera vinieron otros lugares: Navia. en Asturias, donde estuvo seis meses, solo, porque pepita se negó a vivir en aquel pueblo minero, justo cuando acababa de nacer el segundo hijo: Gabriel; Betanzos, Ferrol , y finalmente, Coruña.




SOFÍA

No ha dormido. Acaba de romper con su novio. El muy imbécil se ha liado con su amiga Bea. Que más da. Si lo piensa bien no se podría decir que fuera su novio, salieron tres veces y se dieron tres besos. A Sofía le gustaría vivir una pasión intensa, como en una película o en una novela rosa, aunque supiera que ambas eran mentira, le gustaría que un chico le dijera dulcemente:”te quiero”, aunque también fuera mentira, le gustaría ser cenicienta aunque solo fuera por una noche para conocer al príncipe azul y que este le mintiera diciéndole: “eres mi princesa”. A Sofía le fascinan los cuentos con final feliz, en realidad le gustan todos los cuentos porque no hay cuento que no tenga un final feliz, pero Sofía tiene un problema: no sabe que los cuentos son mentira, y vive su vida como si fuera un cuento, es decir, miente. Le miente a su madre cuando le dice que va a clase y lo que hace es trabajar en un bar para ganar algo de dinero, le miente a su jefe cuando le dice que no puede hacer horas extras porque tiene un padre inválido al que atender, se miente a si misma creyendo que va a conocer a un extranjero rubio y de ojos azules que la lleve con él a Paris o a Roma para vivir una aventura romántica. Sofía sueña despierta, lo que no es tan extraño si tenemos en cuenta que tiene veinte años. Ahora a Sofía la reclaman deberes más terrenales, a las siete y media entra a trabajar, y Segismundo, el dueño del bar, que es inflexible con los horarios, le ha dicho: “la primera vez que llegues tarde te pongo de patitas en la calle”. Segismundo es buena persona, si no lo fuera, no le habría permitido trabajar sin hacer horas extras. Su mujer, Maruja, ya es otra cosa, está siempre metida en la cocina del bar, por la mañana preparando las tapas, al mediodía la comida de los obreros y por la tarde la masa de los churros para el desayuno del día siguiente, será por eso que siempre está de un humor de perros y por no tenerla con su marido, la toma con Sofía. Sofía le tiene algo de miedo, porque Maruja es inmensa como una ogra de cuento, y cuando le riñe, las paredes del bar trepidan cual si soportaran el epicentro de un terremoto. En el bar, además de Sofía, trabaja otro camarero: Ismael o Isma, como le gusta que le llamen. Isma tiene veintiocho años y está separado, una cicatriz le cruza la cara desde el pómulo derecho a la comisura de la boca, cuando sonríe luce un colmillo en el que se hizo poner una funda de oro y lo hizo a propósito para, según él, “parecer un pirata”. Isma y Sofía no se llevan demasiado bien, el motivo es que Isma tiene que cubrir el horario que no cubre Sofía y eso no le hace ninguna gracia, más de una vez la ha seguido para averiguar si es verdad que tiene un padre inválido, pero Isma, que también es buena persona, no ha querido continuar con sus pesquisas para no tener que descubrir nada. Volvamos con Sofía: se ha despertado a las seis sin necesidad de que sonara el despertador, se ha duchado, se ha preparado un café solo y una tostada con mantequilla, se ha puesto una camiseta negra y una falda vaquera y se ha marchado sin despedirse de sus padres que todavía duermen. Diez minutos andando la separan del trabajo, la ida es cuesta abajo, desde la calle Barcelona hasta Médico Rodríguez bajando por la avenida de Finisterre. Son las siete y cuarto, en el cruce con la ronda de nelle estará el semáforo en rojo, esperará y enfrente esperará a su vez , como todas las mañanas, un joven estudiante con una mochila azul, cuando se ponga en verde continuará su camino y llegará a la altura del parque de santa margarita, poco antes, a cincuenta metros de la entrada, se cruzará, como todas las mañanas, con un anciano que sube la cuesta muy despacito, apoyado en un bastón plateado, hablando solo; un poco más abajo, en la parada del bus escolar, reconocerá a las madres con sus hijos pequeños, charlando mientras esperan, como todas las mañanas, que llegue el vehículo que las libere durante unas horas de la pesada carga maternal; por fin, a las siete y veintinueve, como todas la mañanas, Sofía acabará de traspasar la puerta acristalada y Segismundo la recibirá, como todas las mañanas, con un “anda nena que llegas tarde, atiende ya las mesas”. Las mesas son blancas, de formica, se acompañan de cuatro sillas metálicas, con respaldo y asientos almohadillados, forrados en negro. Están ocupadas por los clientes más fieles. Jacinto, por ejemplo, empleado en la sucursal del BBV que esta pegada al bar. Jacinto no puede pasar sin su media docena de churros y su taza de chocolate antes de empezar la jornada, o Juana, la encargada del supermercado, que desayuna con dos de las empleadas: Rosaura y Maria, que siempre están de buen humor, comentando los últimos chismes del programa de cotilleos de la tele. Sofía, precisamente, las está atendiendo en este momento.
-que mala cara tienes, hija-le dice Maria-, no se puede ir de jarana cuando hay que trabajar al día siguiente. Te lo digo por experiencia
-pero si no he salido, es que he pasado una mala noche
-a esta la ha dejado el novio
-no, no es eso. Me sentó mal la cena
-ya, ya
-no les hagas caso -interviene Juana- siempre están con sus tonterías. Anda, a comer, que tenemos que irnos a preparar las cosas
Ni Rosaura ni Maria saben si Sofía tiene novio o no, pero les haría gracia que les contara porque la ha dejado su novio. No les importa que este triste o no, o que no pueda conciliar el sueño por las noches, solo quieren saber por quién la dejo, qué le dijo, como se justificó, como es la otra chica, si es mas mona que ella, si tiene más dinero, si la conocen; es su forma de actuar, una estrategia ante la vida que han aprendido de las revistas del corazón, tan legítima como cualquier otra. Sofía recoge las mesas, pone las tazas en la bandeja redonda, los platos unos encima de otros para dejar sitio, colocando las sobras en el de arriba, con habilidad, las cucharas a un lado, las coge con cuidado para no mancharse, piensa que esto mismo lo ha hecho ¿Cuántas veces? realiza un cálculo matemático rápido, trescientos días, si ,trescientas veces, pasa un trapo por la superficie de las mesas, es la trescientas vez que lo hace, mira el trapo, no, no es el mismo trapo, es imposible, o no, por lo sucio y gastado bien podría ser, está a punto de preguntárselo a Segismundo, pero él ya la esta mirando mal, porque se demora en acudir a la barra para atender a Ramiro, que la esta reclamando. “como esta mi mora”, le dice ,lo aclaramos, Sofía es morena, muy morena, el pelo lacio , las cejas marcadas y unos ojos negros que tienen cautivado a Ramiro, que la llama mi reina mora como si fuera un personaje de las mil y una noches, y a Sofía le gusta, aunque no se lo puede decir. Ramiro es un cincuentón con familia numerosa y debilidad por las jovencitas, le ha advertido Maruja; así que de confianzas, nada, si Ramiro supiera cuanto disfruta con los cuentos podría explotarlo, porque él es director de una pequeña editorial de libros infantiles en gallego, pequerrecho se llama y hasta le podría contar historias de Cunqueiro o de Fernández florez, para enamorarla y fugarse con ella un fin de semana a Granada, donde le diría palabras de amor bajo un tilo encantado, con sonar de dulzainas y rumores de fuentes, y gitanas en ciernes que les confirmarían en el rayar de sus manos una pasión total y eterna. Ramiro sueña, claro está, y se consuela con el perfume que deja Sofía al pasar cerca de él, y con su imagen que le acompañara el resto del día ,y eso le salvará, pero ¿quién salvara a Sofía?, a la que quedan ocho horas mas de trabajo, de poner una y otra vez cristalería y vajilla sobre la barra de acero, de recoger y devolver monedas, de repetir qué desea tomar, gracias, de tapa tenemos, de primero hay, de segundo hay, la bebida esta incluida, es un euro diez, son ochenta céntimos, es un código que no impide que este pensando en cómo convencer a Marga para que se vaya con ella a Paris, aunque sea sin príncipe azul, para conocer la ciudad de la luz, los puentes del sena, el sagrado corazón, el louvre, montparnasse, el barrio latino, montmartre, el barrio judío, la plaza de los vosgos,los jardines del Luxemburgo; los recita de memoria, de tan gastada como tiene la guía que compro en una tienda de artículos de segunda mano, con los subrayados y los comentarios en los márgenes del antiguo propietario, sensaciones, emociones acotadas en un lenguaje sencillo y conmovedor, la grafía rasgada de enamorado, y Sofía imagina a un chico callado, sensible, que deambula por Paris , traspasado por la belleza de la ciudad eterna, es tal su entusiasmo que las palabras que escribe en su guía secreta se vuelven impresiones sin nexo gramatical, difíciles de encuadrar en la sintaxis ortodoxa de una frase, son visiones tamizadas por la emoción, que Sofía reconoce como las claves propias de su misma sensibilidad, hasta la letra se parece a la suya, inclinada ,con las eles como velas al viento y las vocales comprimidas, comparte con él su intimidad, sin conocerlo físicamente reconoce sus sentimientos como suyos, una identidad que le aproxima a su ser, dos almas gemelas, dijo marga cuando le contó por qué quería ir a Paris y le enseño el diario-guía que lleva en el bolso cual relicario . Sofía vuelve a la realidad, la jornada avanza hacia el mediodía, las mesas se cubren de manteles de tela estampada, las servilletas a juego, las doce mesas las va vistiendo una a una, sin cariño, con una simetría de artesano, pone en su sitio los dos platos, el llano y el hondo, las dos copas, la de agua, más grande y la de vino que tiene forma de huevo, a la derecha el cuchillo de sierra, made in china, y la cuchara , a la izquierda el tenedor, el que tiene en la mano exhibe un tridente deformado, con dos puntas en triángulo torcidas. Son mesas cuadradas, para cuatro comensales, aunque casi nunca comen cuatro a la vez, lo más corriente es que sean uno o dos los que se sientan en ángulo recto , comen con prisa el menú del día, que verdaderamente es diferente cada día e igual cada semana, dos platos, bebida y postre a seis euros, recoge, la tarde se hace cansina, vuelve el olor a café y el crujir de los churros, que no son los mismos que los de la mañana, estos son más gruesos y más cortos, mientras que los de la mañana son delgados y se enroscan como lazos en el pelo de una quinceañera, es que hay que mantener el prestigio, dice Maruja, la jornada termina para Sofía, que se irá a casa subiendo la avenida de finisterre con un ligero aroma a churros pegado a su ropa.




















AURORA


Su marido ronca con la pesadez de un motor trabado, justo él que es mecánico podría arreglarse el tubo de escape. Aurora sonríe, pese a que lleva cuatro horas sin pegar ojo, dando vueltas en la cama. Primero se desveló por los dolores de espalda, unas molestias crónicas que se extienden a las cervicales, para las cuales, según el especialista, no hay cura, “deje su trabajo” le dijo, como si fuera tan fácil dejar el servicio doméstico por horas cuando se tienen cincuenta años y no se sabe hacer otra cosa, con qué iban a pagar la hipoteca del piso y sobre todo los caprichos de Manolo, empeñado en tener un coche de alta cilindrada, ,nuevo, porque no le vale de segunda mano y que, además, cambia cada dos años, porque enseguida se pasan de moda, según dice; y si solo fuera eso, es que es un comprador compulsivo, especialmente de equipos de electrónica: televisor de plasma cuarenta y dos pulgadas para ver los partidos de fútbol, deuvedé grabador y no de cualquier marca, tiene que ser sony, sony es su marca favorita, sony es el ordenador portátil que le regalo a Sofía por su cumpleaños, el más caro que encontró , Manolo es de los que piensa que solo lo caro es bueno, lo de la relación calidad-precio se la suda, con procesador mobile y nosecuántos megas de ram, lo último del mercado le dijo el de la tienda, como si eso significara algo para ella, esa vez tuvieron una buena pelotera, Aurora se enfadó porque se había gastado mil quinientos euros, haber si te crees que somos ricos, mira que eres inconsciente, lo tuyo ya es de psicólogo, desde luego es una enfermedad, de eso no me cabe duda-le espetó a ráfagas de metralleta, es para las clases de la niña, se justificó manolo, si no lo necesito, papá; al fin convenció a Manolo para que lo devolvieran y Aurora respiró porque esos mil quinientos euros eran una puñalada a su economía, que cruz, dios mío, a ver si le ascienden de una vez a mecánico jefe, o mejor no, cuanto más tiene más gasta, lleva diecisiete años en el taller oficial de Citroen, con el sueldo congelado y gracias que no lo echan¿Cómo puede cobrar solo setecientos euros después de tanto tiempo? sí ,chata, y menos mal que tengo antigüedad, donde vamos a parar, se queja Aurora, que divide su semana entre la casa de don José, un hombre divorciado, encantador, que vive en el piso dieciséis de torre Coruña, es porque me gusta ver el mar le dijo en una ocasión, don José tiene muchos libros y ella por curiosidad, cuando les pasa una bayeta, se fija en los títulos que figuran en los lomos, hay novelas de autores españoles y extranjeros que aurora no conoce, antologías de poetas como Garcia Lorca que era gay, según le dijo Sofía, enciclopedias, y por supuesto, textos jurídicos: legislación, jurisprudencia, doctrina ,esto le explico don josé es la opinión de los que se creen expertos en alguna materia, qué engreídos le contestó Aurora, y don José que tenia razón, que seguro que eran personas insoportables; a la casa de don José va a limpiar hora y media las tardes de los lunes, miércoles y viernes; y a la de su hijo, Gabriel, dos horas, los jueves y los martes por la mañana; la verdad es que ha tenido suerte porque todos son educados con ella y la tratan bien, laura la mujer de Gabriel es un poco obsesiva, siempre le está dando instrucciones: haga esto, haga lo otro, como si ella después de tantos años no supiera donde ni como limpiar, su marido es más tranquilo y a veces en plan de broma le habla en francés, comansavá,trebian, contesta Aurora, que fue emigrante en Paris durante cinco años, atendiendo a una madame de la que recuerda su cara acartonada por el maquillaje, con dos coloretes como soles crepusculares en las mejillas , las pestañas postizas y los labios delgados, pintados de violeta , fumaba gitanes en boquilla de marfil y echaba las cartas en un apartamento que tenia cerca del teatro de la Opera, hasta que un día se la encontró muerta en la bañera, con el agua sucia y helada, los brazos colgando y los ojos abiertos; nunca la había visto sin maquillar y le pareció que debía tener por lo menos noventa años al ver su piel cuadriculada, con las arrugas tan definidas que creía estar viéndolas a través de un microscopio, como cuando en los documentales de la BBC enfocan al mosquito nosequé chupando la sangre en el dorso de una mano peluda; desde entonces siempre utilizó la ducha, claro que esa historia nunca se la contó a Gabriel, enamorado de lo gabacho desde niño, porque su padre le inscribió en el liceo francés y aprendió los rudimentos del idioma vecino, y los aprendió tan bien que gangueaba con la erre igual que los nativos de ese país cuando hablan español, después estudió filología francesa y al concluir la carrera se empeño en realizar estudios de postgrado en la Sorbona, ni más ni menos , y eso gracias a una beca que pudo conseguir por su brillante expediente y las influencias de don José, muy amigo de Pierre, el cónsul francés en Coruña, que a su vez mantenía una estupenda relación con el embajador de Francia en Madrid ,que a su vez escribió muy elogiosamente al director de tan ilustre institución para que tuviera a bien admitir a un español de provincias, con talento y buen gusto, así que Gabriel se paso tres años en Paris, que no dos como debiera si hubiera sido aplicado, porque se dedicó también a vivir un poco, quien podría sustraerse a los encantos de la ciudad eterna, oh la la, dice imitando malamente a Maurice Chevalier; tuvo una novia francesa , bailarina en el Moulin Rouge, de la que Laura no sabe nada, es tan francófilo que a su hijo quería ponerle luis, pero Laura se negó porque conocía a un Luis que se portó como un capullo con ella y por extensión le cogió manía al nombre; Gabriel como a su padre le pusieron, José no, es un nombre anticuado- protestó Laura cuando lo sugirió su marido, Servando tampoco, como el padre de la madre de Gabriel hijo, pues como dijo Gabriel padre si te niegas a ponerle José por antiguo ya me dirás de Servando, Aurora que estaba delante cuando lo soltó no pudo reprimir una carcajada que a la señora le sentó fatal y la mandó a limpiar los baños in-me-dia-ta-men-te; Aurora se lleva estupendamente con gabi, al que tiene mucho cariño, a veces gabi le enseña las cartas de pokemon y le explica los poderes de cada bicho, ella le pregunta, como si le interesara, aunque en realidad no entiende nada, lo que menos le gusta de cómo educan a gabi es que se pase tantas horas delante del televisor, o con los videojuegos en el ordenador, qué bien le vendría un hermanito le comentó a Manolo; lo mismo piensa su abuelo José, que no hace más que repetir que estos niños no van a leer un libro ni por causalidad y eso que él insiste comprándole cuentos, con preciosas ilustraciones que el niño apenas mira, ay¡ si los viera Sofía que tiene dos estanterías llenas de ellos, Sofía que está muy ocupada últimamente, su horario es un poco extraño, se ha empeñado en comer en la facultad, dice que con un bocadillo le llega, esta misma mañana la ha oído levantarse a las seis y media, como siempre, ¿para qué se irá tan temprano? Para estudiar dice, en fin, si va sacando la carrera, historia del arte, cinco años, esta en primero, no se lo ha dicho pero esta contenta de que estudie, a ella le hubiera gustado terminar magisterio, como su tía generosa, que dio clase en la aldea hasta que se jubiló hace un año y le hicieron un homenaje con fuegos artificiales y todo, pero no pudo ser ,enseguida se puso a trabajar, da tiempo a repasar tu vida cuando no se puede dormir, Manolo se estira, deben ser las ocho, a esa hora coloca los brazos debajo de la nuca y da un gran bostezo ¿qué hora es ,Aurora?,son las ocho, Manolo, ella querría decirle que es su hora, que es la hora de la aurora, que gire la cabeza hacia la ventana y vea como se filtran los primeros rayos de la mañana entre las rendijas de la persiana, que ella es esa luz que dentro de poco acariciará su cuerpo, pero un poco antes, cuando esto ocurría, él estaba en pleno apogeo de ronquidos wagnerianos y toda la poesía se rompía por ese estrépito de caballos desbocados que entraban y salían de su boca como una marea de jinetes apiñados en un hipódromo cóncavo, del cual no lograban salir mas que montados unos sobre los otros en completa confusión sonora. Manolo, como un atlante, mastica la carne musculosa de los equinos con sus mandíbulas de fiera y escupe los huesos machacados que se cuelan entre las líneas abiertas de sus dientes imperfectos, aire cargado de ecos de batalla , partículas de polvo que el estruendo de sus procesos pulmonares convierten en torbellino, polvos mágicos de campanilla, como diría Sofía.








EL DESENGAÑO


-Yo sé que has sufrido, se te nota en la cara. Puedes contármelo si quieres-él aprieta levemente la mano de Berta
-no hay nada que contar Jaime, son problemas del trabajo, en el departamento hay unos celos insoportables
-¿seguro que es eso?, ya no estamos juntos pero sigues siendo mi mejor amiga, me gustaría que me contaras lo que te preocupa
-si no es nada, tuve un bajón estos días
-ya se te ve, has perdido mucho peso
-si, lo se, son los nervios, pero ya estoy mejor
-recuerdas los batidos que te hacia por las mañanas, eran pura vitamina ¿a qué si?
-claro, eran intragables
-si, pero bien fuerte que estabas
-es cierto, me cuidabas mucho
-estoy dispuesto a cuidarte otra vez, tu lo sabes
-ya es tarde, Jaime
Berta le mira y se pregunta si el niño se parecería a él, si tendría esos parpados caídos y esos ojos huidizos, si su voz, cuando fuera mayor seria tan dulce como la de Jaime. Él también la mira y no entiende qué les ha pasado. Eran felices o al menos él lo era, no había notado nada extraño en Berta, nada les distanciaba, un día ella le dijo que no podía seguir con él, que no era feliz, fue un palo, se separaron. Berta se quedó el apartamento que habían comprado a medias en el norte de Madrid, después fue un suplicio, tenían que verse casi a diario en la facultad de periodismo, pertenecían a diferentes especialidades pero era inevitable encontrarse en la cafetería o cruzarse en los pasillos, como estás, bien y tú, también bien, me alegro, yo también, no había rencor en su ánimo, solo tristeza y nostalgia, una nostalgia que no se la pudo quitar de encima por mucho que intentara olvidar, cambiar de hábitos, recuperar las amistades que dejó cuando conoció a Berta, volver a frecuentar bares, restaurantes a los que nunca había ido con ella, ver películas de vaqueros o de ciencia ficción, géneros que Berta odiaba, no ir al teatro ni al rastro las mañanas de domingo, ni al Retiro ni a la cuesta de San Bernardo, no repetir nada de lo que hacían juntos; supongo que la quería, en eso se resumía todo y en que la echaba de menos, y le dolía saber que algo le ocurría y que no quería contárselo, cuando el había sido su confidente, y precisamente esa era una de las cosas que mas añoraba, la unión que existía entre ellos , sin hablarse, con la complicidad de una mirada o hablándose, contándose sus sentimientos, sus preocupaciones, sus anhelos, quizá ella fingía y no sentía nada hacia él, puede ser que nunca hubiera sentido nada, ni al principio ,cuando manifestaban su amor en los parques como dos adolescentes, y caminaban cogidos de la mano, dándose besos, ella apoyando la cabeza en su hombro, él cogiéndola por la cintura y ambos diciéndose: cariño, nenita, mi nene, amor mío y esas cursilerías que se susurran los enamorados para que su pareja crea que lo están; si, se sentía como si le hubieran expulsado del paraíso por segunda vez, para qué, para verla así, hecha un esqueleto, con ese pelo corto que acentuaba todavía mas su imagen de campo de concentración, abatida; y ese escuchar ¿ qué le ocurre?¿está enferma? ¿Tendrá cáncer? que le preguntaban los conocidos continuamente. ¿Será eso?¿será que tiene cáncer? Estuvo a punto de preguntárselo, tenia ganas de decirle que la querría más, que lucharían los dos contra la enfermedad, que no le dejara por eso, que al contrario, que él la ayudaría, que entre los dos vencerían, pero se echó atrás cuando una tarde, tomando un café ,decidió tantearla, contándole lo de su prima Blanca, a la que acababan de diagnosticar un cáncer de mama, él, que la conocía tan bien, no vio ninguna reacción que le confirmara sus sospechas, se convenció de que no era ese el motivo y volvió la oscuridad, la incertidumbre , el no saber por qué.
-¿Cuándo te vas?
-el jueves, a las diez de la mañana.
-¿vas en tren?
-si, en el TALGO
-siempre te gusto más viajar en tren que en coche
-si, pero en el nocturno no vuelvo, en los coches cama ponen el aire acondicionado tan alto que acabo resfriada y en litera no sabes quién te puede tocar arriba o abajo. Una vez coincidí con un matrimonio que viajaba con dos bebés. Se pasaron la noche compitiendo a ver quien lloraba más fuerte, era insoportable.
-es una pena que no te gusten los aviones, ahora llegas enseguida a cualquier parte, a Coruña no deben ser más de cuarenta y cinco minutos
Coruña es un recuerdo, una Atlántida perdida que quiere recuperar. Dieciséis años sin volver. Quería ser periodista y no cejó hasta que convenció a su familia para que la dejara irse a Madrid, porque en Galicia no existía facultad de periodismo. A Laura le sentó fatal, pero ella no tenia la culpa de que no hubiera querido estudiar, le llamaba la preferida de papá y estuvo seis meses sin hablarle, justo hasta que murió su padre y se reconciliaron; ella tuvo que buscarse la vida en Madrid para pagarse la carrera, hizo de todo: canguro, repartidora de telepizza, dio clases particulares, sirvió copas, vivía en una buhardilla de Lavapiés, de veinticinco metros cuadrados, sin calefacción ni ascensor, en invierno una nevera y en verano una caldera, tenia un solo tragaluz, grande, eso si, para lo que era la buhardilla, desde el que podía contemplar, en la cuadratura favorable, la luna llena como si fuera su lámpara particular, los gatos maullaban sus penas y Berta que era una sentimental adoptó a uno negro de ojos azules y la punta de la cola blanca, lo vio una tarde, su figura recortada en el vano del tragaluz, tan escuálido le pareció que abrió una lata de atún que tenia en la despensa para dársela, desmenuzó los trozos en un plato y los depositó a su lado con algo de miedo, el gatito se lanzó con desesperación hacia el suculento manjar y se lo comió en dos segundos, tanta gracia le hizo que se quedó con él y el animal enseguida se acostumbró a su nueva y complaciente vida, a veces respondía con maullidos solidarios a los otros gatos y Berta le decía: “les vamos a dejar las sobras, ya verás”, y salía a la terracita donde con sumo cuidado les ponía en una pota: macarrones, pescado, arroz, cualquier cosa que le hubiera sobrado, y su gatito, Rafael, maullaba complacido viendo a sus familiares comer. “¿Estás contento?”,le preguntaba Berta y él como si la entendiera, daba un salto y se rozaba dando vueltas alrededor de sus piernas. Fueron cinco años duros, terminó la carrera con excelentes notas, no tenia muy claro lo que hacer, algunos profesores la animaron para que se presentara a los exámenes de profesora adjunta, lo hizo, aprobó y entró en el departamento de Actualidad, para dar clases donde hasta hacia muy poco las había recibido. Pero todo eso había terminado, estaba decidida a abandonar Madrid, no le dijo a Jaime cuales eran sus verdaderas intenciones, no le comentó la oferta que había recibido de un periódico de Coruña para ser reportera, ni le dijo que había aceptado sin apenas pensarlo
-¿Qué vas a hacer este verano?-le preguntó Jaime
-seguramente me quede en Coruña ¿y tu?
-tengo dos proyectos, Manuel y Adelaida me han invitado a pasar con ellos unos días en Aguadulce, ya sabes que tienen allí un apartamento, después quizá me vaya una semana a Praga.

Jaime se ha inventado una parte y la otra no. Es cierto que se irá a Almería, pero no es cierto que vaya a ir a Praga, ha sido un guiño inútil, lo ha soltado como el último y desesperado intento por recuperarla. Praga es la ciudad favorita de ambos, fueron nada más hacerse novios, la etapa más intensa de su amor la vivieron allí, esperaba que le preguntara con quién iba a ir, para decirle: contigo, solo podría ir contigo, pero no preguntó, el silencio fue su único comentario, ya no había nada que hacer
-nos llamamos, vale-dijo él
-si, llámame al móvil, mejor
-de acuerdo. Bueno, ya nos veremos
-adiós, Jaime-dijo ella mirando hacia otra parte
Él se levanto y antes de marcharse pensó en darle un beso de despedida, pero no lo hizo.







LA INMOBILIARIA


-Me ha escrito Berta, dice que se viene a vivir a Coruña, le han ofrecido un trabajo en la voz de galicia
-Ah¡ si, es una buena noticia, no. ¿Cuanto hace que no os veis?
-cinco años, la última vez fue en el entierro de tío salvador
-entonces viene para quedarse
-eso parece
-y ¿cuando llega?
-pronto, me dijo que en cuanto estuviera instalada nos llamaría
-oye, no crees que deberíamos decirle que se venga aquí hasta que encuentre algo
-no tenemos sitio, gabri, están todas las habitaciones ocupadas, no la vamos a hacer dormir en el sofá de la sala
-no sé, no me parece muy correcto de nuestra parte ¿ por qué no le buscas tu algo?
-porque no me lo ha pedido
Gabi se acerca a preguntar ¿qué pasa mamá? Es tu tía Berta, ahora la vamos a ver mucho, no sé quién es mamá, ya la conocerás hijo, la última vez que la viste eras muy pequeñito, y por qué la vamos a ver mucho, porque es mi hermana y tu tía, es muy buena, ya verás, seguro que te lleva al parque, al cine y a esos sitios que tanto te gustan ¿y me comprará gusanitos y chapas? ¡Ay¡, no sé, pero tú no la marees pidiéndole cosas, es de mala educación, vale mamá, pero a lo mejor ella me las compra sin que se las pida, verdad papá, qué pillo es mi niño dice Gabriel dándole un apretón. Laura está apunto de irse, se ha arreglado cuidadosamente, el traje de chaqueta granate, unos toques de colorete, los pendientes rojos de acibro. Se ha peinado y ha pensado que mañana irá a la peluquería, a ponerse unas mechas rubias y a retocarse la media melena, se ha pintado con un lápiz negro el contorno de los ojos verdes y finalmente, con la barra de carmín, ha marcado el dibujo de sus labios en un tono fucsia suave, ya está lista, a las cinco tiene que abrir la inmobiliaria, y ella es puntual como el que más, la puntualidad es síntoma de seriedad, qué va a pensar un cliente si le citas a las cinco en punto y ve que no has llegado justamente a esa hora, pensará que no es una empresa seria y tendrá toda la razón, es más, laura tiene calculado el trayecto a la décima de segundo, y a las cinco menos cinco está en la puerta de la oficina levantando la cortina metálica, justo antes de agacharse comprueba en su reloj digital de alta precisión que efectivamente son las cinco menos cinco y al mismo tiempo, sin intervalo posible, confirma la hora en el reloj de la fabrica de tabacos . Hoy tiene tres citas, primero don Esteban que viene dos veces a la semana, es un anciano de unos ochenta años, viudo, médico militar retirado, tiene en oferta un piso antiguo de ciento cincuenta metros, como se ha gastado un dinero en mejorarlo pide por él lo mismo que si fuera nuevo, se enfada porque no se acaba de vender ,don Esteban tal vez debería ajustar un poco más el precio, quiere usted decir señorita que mi piso no vale lo que vale, no don Esteban no es eso, lo que pasa es que no es obra nueva, obra nueva, obra nueva, bah bah, qué pisos en obra nueva tienen ciento cincuenta metros útiles, eso es verdad, pero cuatrocientos mil euros en la calle Nicaragua me parece mucho pedir, y el barrio qué ,es el mejor barrio de Coruña, bueno, si usted lo dice, en fin, sigo intentándolo, el otro día lo vio una pareja, les gustó, pero claro, es lo de siempre, el precio les tira para atrás, otra vez señorita, el precio es el que es y punto, el que lo quiera que lo pague y sino no se vende y santas pascuas, como si necesitara yo el dinero; este diálogo, con ligeras variantes, se repite dos veces a la semana, laura está un poco harta, este don Esteban es un terco , en esas condiciones no lo venderá y a ella le ocupa tiempo y el tiempo es dinero, si esto sigue así le dirá que lo ponga a la venta en otra inmobiliaria. La segunda cita es con un hombre soltero de mediana edad, compra piso por primera vez, ha vivido hasta ahora con su padre y ha ahorrado, ha ahorrado mucho, empleado de banca, quiere un apartamento de dos habitaciones, zona centro, en la primera entrevista Laura le ha dicho precios altos con la idea de que enseguida bajaría de nivel, este treinta y dos millones, en pesetas se entiende, muy bien, me interesa, es sin garaje, bien no importa, son sesenta metros, correcto, encaja en lo que busco, Laura toma carrerilla, en cuatro caminos éste por treinta y ocho, con garaje, vale, habrá que verlo y también tengo aquí uno, calle Juan Florez, seminuevo cuarenta millones, pero son setenta y dos metros, está muy bien, con plaza de garaje amplia, también me puede valer, aunque el garaje como ya le he dicho no es indispensable, bueno, y ya si se anima, tengo éste en la ciudad vieja, un lujo de ático, en la plaza de Azcarraga, con vistas a la dársena del puerto, cuarenta y cinco millones, ¿se podrán ver todos el mismo día?, si viene temprano por la mañana, si, por la mañana no puede ser ,si es por la tarde, a primera hora, a las cinco y media, de acuerdo, aquí, aquí. La tercera cita es a las seis y medida, con dos estudiantes, para ellos existen pisos específicos en alquiler, son pisos bastante deteriorados pero tienen precios asequibles, les ha gustado uno en la calle Barcelona, de cuatro habitaciones, y esta tarde firmaran el contrato si Maria, la dueña, se decide, le ha dicho que se está pensando mucho si volver a alquilar a estudiantes, después de que los últimos le levantaran el parqué, le pintarrajearan las paredes y se llevaran los electrodomésticos. Laura se pone a revisar su agenda por si se le ha pasado alguna otra cita, son las cinco y media en punto y en ese momento llega Lourdes que es la encargada de enseñar los pisos, hola, laura, hola, todavía no han llegado, por qué no vas un momento aquí al lado a la panadería y les pides la llave del piso de enfrente, hay que enseñarlo esta tarde, vale, ahora vuelvo. Lourdes es soltera y acaba de tener un niña, que deja con su madre para atender al trabajo, es una experta en equivocarse con las llaves, algo que pone de los nervios a Laura, porque como ella dice: quedas muy mal con los clientes, como si fuéramos descuidados y no lo somos, para desplazarse utiliza una lambretta, que conduce sin respetar las más mínimas normas de circulación, te vas a matar un día o te van a poner una multa , ni que fueras de seur, hija, Lourdes habla demasiado, a veces no se centra en lo que tiene que hacer y en vez de glosar las ventajas del inmueble de turno termina hablando de su niña o de cualquier tema político de actualidad, lo que le digo, es una vergüenza que el gobierno quiera quitar la desgravación de los pisos, y de las guarderías mejor no hablar, como no estés forrado y te pagues una privada vas listo y que me dice de los contratos basura, usted porque trabaja en un Banco, pero los hay que no pueden alquilar ni un apartamento de doscientos euros, y las ayudas por hijo qué, se lo puedo decir con fundamento, una miseria, luego quieren que la gente tenga niños, que den facilidades, hombre, en otros países como Dinamarca las madres están un año de permiso cobrando el sueldo y se les reserva el puesto de trabajo, aquí en España dieciséis semanas, cuando te incorporas todavía te duelen los puntos de la cesárea, yo tengo que recurrir a mi madre, si no fuera por ella a ver que hacia con la niña, oiga, si me enseña el piso, es que tengo un poco de prisa sabe, ah! si , venga conmigo, este es el salón ,cuadradito como ve, doble ventanal lacado, suelo de roble, persianas automáticas, aquí, la cocina, vea que azulejos, son de primera calidad, ocho metros cuadrados, es como la mía, igualita ,en una cocina como ésta le caliento el biberón a mi nena, cada cuatro horas, sabe y luego hervirlo para que no coja gérmenes, oiga, por favor, si, perdone, estos son los muebles, como ve le cabe todo, platos, vasos, fuentes, tres estantes en cada uno que puede regular, nevera combi, campana extractora, lavavajillas integrado y tendedero con una pila para lavar la ropa, no vea que necesario es ,yo en mi casa puse una porque tengo que lavar continuamente la ropa de la nena y si no sería poner la lavadora medio vacía cada dos por tres, continuamos, si no es mucha molestia, perdone, hombre, vamos por aquí, la habitación principal con su armario empotrado totalmente dividido y forrado, tiene espacio más que suficiente para una cama de matrimonio , el baño con bañera de hidromasaje y mampara, alicatado hasta el techo en gres de primera calidad, la otra habitación, un poco más pequeña, ideal para un niño, soy soltero, ya me lo parecía, allí, el otro baño con plato de ducha, fíjese en las molduras de escayola del pasillo, son bonitas, verdad, es un pisito muy majo, luminoso, bien situado, lo pensaré, no lo piense mucho que se lo rifan, ¿de verdad?, valiente imbécil, piensa Lourdes, no me extraña que viva solo, seguro que no hay quien le aguante, como dice Laura, hay que tener educación, sin educación y respeto a los demás no se puede convivir, aunque luego le pongas a parir por detrás, pero por delante buenas formas ante todo, somos civilizados, personas del primer mundo, este tío se cree que porque trabaja en un banco y lleva traje de marca está por encima de mi, que se habrá creído, ¿cómo estará mi nena?, tengo unas ganas de verla, seguro que no se toma el biberón de las seis, y mamá¿ sabrá darle esos golpecitos en la espalda para que eche los gases? , seguro que no le duerme, supongo que se dará cuenta de mirar si tiene que cambiarle los pañales, la voy a llamar por el móvil, mierda, me he quedado sin batería.


EL VIAJE


Es como poner la marcha atrás, recorrer el túnel del tiempo a la inversa, creer que tiene quince años menos, que puede rehacer su vida, rescribirla , es el convencimiento de que el destino no existe, que siempre se puede volver y ser otro, borrar los sucesos, extirparlos como si fueran amígdalas. Faltan diez minutos para que llame al taxi que la lleve a la estación del tren, ha cerrado el gas y la luz, lo ha comprobado dos veces, ha corrido las cortinas y ha bajado a medias las persianas pues no quiere dejar señales de que la casa está deshabitada, ha encargado a su vecino, Pablo, que riegue las plantas cada tres días y le recoja el correo, ha desconectado el teléfono, ha cortado el agua y además lo ha comprobado científicamente dejando los grifos abiertos durante treinta segundos, ha desenchufado los aparatos eléctricos, incluido el aire acondicionado. Se lleva ropa interior en una maleta pequeña de color negro que cierra cuidadosamente con una llave que parece la misma que la del candado de la bicicleta que ya no usa , deja la ropa de calle en los armarios bajo fundas de plástico, introduce el ordenador portátil en su maletín y coge un libro de la estantería al azar, que pone en la maleta sobre la ropa interior, cierra maleta y cierra bolsa, se sienta en el sillón y coloca a un lado la maleta, en sus rodillas el maletín y al otro lado la bolsa, tiene que volver a conectar el teléfono porque no se ha dado cuenta de que ha de llamar al taxi, busca en su libreta de direcciones el número de teletaxi, presiona con el dedo índice, uno detrás de otro, los botones del aparato siguiendo el orden correcto de los dígitos, cada presión se acompaña de un pitido que ella escucha con claridad porque ya tiene el auricular próximo a la oreja derecha, el teléfono da señal de llamada, una, dos y tres, diga , buenos días, me puede mandar un taxi a la calle Orense, número veintiuno, en cinco minutos señorita lo tiene ahí, gracias, se levanta, echa un último vistazo, cierra la puerta blindada, doble vuelta abajo, doble vuelta arriba, le entra la duda de si le dejó las otras llaves del apartamento a Pablo, baja al tercero, dindón, hola Berta, me voy ya, te dejé una copia de las llaves de mi casa, verdad, si, mujer, puedes irte tranquila que ya me ocupo yo de todo, adiós, pablo, adiós y buen viaje, el claxon del taxi la reclama, se mete en el ascensor y le da al cero, ya está en el portal, el maletín del portátil que se ha puesto en bandolera le va dando molestos golpes en la cadera, permita que la ayude dice el taxista, el maletín lo llevo yo, el taxista es igualito que Vázquez Montalbán, la calva le reluce por el sudor y tiene la patilla izquierda de la gafa arreglada con un esparadrapo que le da un aspecto desubicado, como de personaje de un mundo feliz, dentro del vehículo huele a ambientador barato, un aroma indefinible que mezcla efluvios primaverales con los gases y humos propios de la ciudad, en la radio se escucha uno de esos magazines matinales donde gente sin rostro habla por turnos, una figurita de Elvis se menea al ritmo que le marcan los avatares acelerador-marcha-freno-marcha-acelerador-freno o similares, Madrid es engullido por el tráfico incesante de coches que adelantan o son adelantados, autobuses que incordian, motos que incordian más todavía, ciclistas suicidas, semáforos interminables, atascos más o menos momentáneos, poco a poco el taxi avanza sin que el taxista haya abierto la boca, salvo para inquirirle a donde va , de vez en cuando, lo ha notado, los ojos de Pepe Carvallo la observan por el espejo retrovisor, el contador sigue sumando, por cada euro que suma hace un clac , Pepe Carvallo abre la boca para preguntarle si le molesta que fume, Berta dice que no, si quiere dice pepe enseñándole un paquete de winston que ha sacado del bolsillo de su camisa a cuadros, Berta acepta y fuman los dos, calmosamente, en medio de la enésima retención se comportan como dos veteranos, ¿va bien de tiempo?, si ,ya me temía esto y he salido dos horas antes, contesta Berta, algunos conductores se impacientan y hacen sonar las bocinas, por fin se reanuda la marcha, la llegada a la estación coincide con la última chupada que da Berta al cigarrillo, lo intenta apagar en el cenicero de la puerta pero no puede porque esta repleto de colillas que despiden un olor a tabaco rancio que se suma al ambientador barato, a los gases y a los humos, qué le debo, son dieciocho euros, aquí tiene, pepe carvallo abre el maletero y le entrega la maleta y la bolsa, no se olvide del maletín, Berta se lo dejaba en el asiento trasero, gracias; queda media hora para que salga el TALGO, un mozo de edad indefinible con uniforme y gorra azules se aproxima, necesita servicio señorita, si me las lleva al rías altas por favor dice Berta señalando las maletas, ¿va a Coruña? pregunta con marcado acento gallego, si, yo soy de Lugo, dice con una sonrisa, ah! muy bien, ¿va de vacaciones o para quedarse?, no lo sé todavía, el mozo coloca en su carrito los bártulos de Berta y pasan entre transeúntes que sacan billetes, miran los paneles, esperan en los bancos la hora de salida o de llegada; bajan la escalera mecánica que les deja en los andenes, hay siete terminales con trenes a punto de partir, es por aquí dice el lucense, la enorme marquesina traslúcida genera una luz caliente de microondas, por la megafonía se anuncia con voz neutra destinos a cualquiera de los cuales Berta quisiera ir, puede esperar un momento le dice al mozo, entra en el Bar y se compra una botella de agua mineral y un bocadillo de jamón y queso, el movimiento de gente es incesante y a Berta le agobia un poco, está deseando ocupar su asiento, ¿sabe que coche es?, primera clase vagón b2, entonces debe estar por el medio, si aquí está, qué le debo, nada señorita, a una paisana no le cobro , tenga esta propina por lo menos, gracias, que tenga buen viaje, Berta se acomoda en su asiento, pegado a la ventana de cristal blindado, donde se puede leer en un blanco desvaído salida de emergencia, nada que ver con aquellas ventanillas del expreso que había que sujetar con fuerza, haciendo presión con todo el cuerpo para conseguir que bajaran y poder así recibir la brisa que aliviara la tórrida jornada, algunas veces era imposible conseguirlo , se resistían como si estuvieran enclavadas con cemento ,y algún amable pasajero aprovechaba la ocasión para quedar como un caballero, e iniciar una conversación que con un poco de suerte podía acabar en ligue ferroviario. Berta tenia unos amigos que se habían conocido en un viaje en tren a San Sebastián, cuando ella se quedó encerrada en el servicio y él, que pasaba por allí ,la oyó pedir ayuda y de un empujón a la puerta atrancada logró abrirla, esto puede ser el comienzo de una buena amistad, le dijo él en plan Casablanca, ahora las ventanas son de una sola pieza, los vagones están climatizados, en el respaldo que tienes delante dispones de una pantallita en color con unos auriculares en los que puedes ver una película si lo deseas, o reclinar el asiento espacioso y mullido para dormitar con comodidad. Berta mueve el pestillo que se resiste, hasta que finalmente cede, quiere abatir la tabla que tiene en el respaldo frontero para colocar sobre ella la botella de agua y el libro que ha sacado previamente de la maleta, oye el último aviso de partida de su tren, son las diez menos un minuto, un joven zanquilargo con una mochila parda pasa raudo y la saluda sin saber por qué, el tren arranca y Berta siente un leve retroceso, avanzan entre un mercancías y el AVE con destino a Bilbao, la figura del tren de alta velocidad emerge orgullosa por encima de los demás trenes, poco a poco se alejan de la estación, ahora solo se ven vagones cisterna abandonados en vías muertas, edificios de todos los tamaños y colores se elevan entre calles y carreteras repletas de vehículos, se cruzan con otro TALGO que esta a punto de llegar a su destino, Berta quiere salir de la ciudad, desea ver los campos amarillentos, la línea inmóvil del horizonte, las dispersas encinas, los matorrales, el inmenso cielo azul, el sol abrasando la tierra polvorienta, las imágenes pasan sin que pueda retenerlas, colonias ocres de chales adosados con piscinas comunitarias conviven junto a grupos de casas que no consiguen dar apariencia de núcleo urbano, el paisaje ahora es de lomas onduladas, matojos y hierbas requemadas, pedregales, caminos apenas asfaltados, pistas que inician su ramal en carreteras secundarias que enlazan con carreteras terciarias para rematar por el otro extremo en la verja de entrada de cualquier urbanización con nombres como “sol de castilla”,“el refugio o “los madroños”; unos kilómetros más adelante empiezan a escasear las edificaciones y el campo se abre como una flor vencida, el silencio más que percibirse se presiente y el aire amenaza con volverse sólido. En un tractor oxidado, abandonado al pie de un camino, juegan unos niños con pistolas de agua que rellenan en un caño deforme del que sale con fuerza un líquido marrón, los postes de la luz, separados por cien metros de vacío, unen dos interminables cables de alambre en los que se posan grupos de cornejas . Berta empieza a adormecerse, reclina ligeramente su asiento y se acomoda para dejarse vencer por el sueño, dormita durante una hora, a intervalos apenas distingue con los parpados entrecerrados las cumbres de Navacerrada quedando atrás, al despertarse nota que tiene hambre, el asiento contiguo sigue libre, de su bolso saca el bocadillo y se dispone a comer, justo en este momento del viaje si un viajero pudiera situarse en el lugar del maquinista vería que los raíles forman dos líneas rectas que se unen en algún punto inconcreto de la lejanía y que el tren por un efecto óptico parece no avanzar , desde el lugar en que está ella el cuadro también es invariable: una base plana de tierra negruzca se confunde con un cielo cuyas nubes de estratos han mimetizado ese color ceniciento. Ante la monotonía del paisaje decide leer un poco, toma el libro que ha traído, es una edición en pastas satinadas de mi familia y otros animales de Gerald Durrell, se acuerda de él, lo ha leído hace ya años, es una historia de recuerdos familiares en la isla griega de Corfú, una visión naturalista e irónica, en especial sobre la figura de su hermano, el también escritor Lawrence Durrell, lee durante un buen rato hasta que el TALGO se detiene en la estación de Medina del Campo, se suben nuevos pasajeros y una joven pelirroja con estatura de jugadora de baloncesto se sitúa en el asiento delantero al de ella, su cabeza sobresale completa por encima de la cabecera, tiene un pelo rizo tan abundante que le entran deseos de tirar de él para comprobar si es una peluca. Berta mira su reloj, han pasado tres horas y diez minutos desde que partieron de Madrid, el revisor anuncia que el tren realizará una parada de veinte minutos, le pregunta si se permite bajar y le contesta afirmativamente, decide estirar las piernas, se apea en el andén y camina treinta pasos y vuelta, así repetidas veces como si estuviera en el patio de una cárcel, lo hace porque no quiere perder de vista su lugar en el tren, teme que le puedan robar las maletas, pero su labor de vigilancia se ve alterada porque no tiene tabaco y necesita fumar, se desvía de su ruta de centinela hacia un puesto de revistas donde compra una cajetilla de Camel, se pone la chaqueta, que lleva colgada del bolso, ya que ha notado una sensación de frialdad en la piel, se adivina hacia el noroeste un cielo gris que promete lluvia, vuelve a su puesto , el tren reanuda la marcha y ella continua su lectura hasta que se da cuenta de que no comprende lo que lee, no entiende el sentido de las frases, se le escapa el hilo de la narración, no reconoce a los personajes, está en la página ciento cinco de doscientas tres, debería estar completamente metida en la novela, relee los mismos párrafos varias veces , no hay significado, el mensaje no puede ser captado, las palabras la abandonan, el lenguaje ya no es esa maravillosa arma que le descifra el mundo, cierra con impotencia el libro, los trigales se cimbrean con las caricias del viento, el paisaje empieza a cambiar, el verdor asoma entre colinas que crecen a cada momento, han pasado Zamora sin detenerse, permanece con la vista fija, sin que las imágenes puedan traspasar el dique de sus ojos, no sabe cuanto tiempo ha estado así, paralizada, cuando reacciona siente un dolor intenso en las sienes, pinchazos de conciencia que activan los sentidos, Galicia esta presente con su verde imparable, el tren reduce marcha, juega como en un parque de atracciones a entrar y salir de túneles, de sombras y luces entreveradas, transitan por una comarca montañosa, con las laderas que caen en vertical sobre las vías, a la salida de los túneles asoman valles con casas dispersas, algunas sin recebar, hombres y mujeres bajo enormes sombreros de paja trabajan los campos como cuervos laboriosos, la siega, las mallas como le llamaban en su aldea, son una fiesta de vecindades en el recuerdo, huertos mínimos, cuadriculares, patatales, maizales, berzales, ganado en procesión hacia los pastos, riachuelos múltiples que apenas se distinguen, castaños, freixos ,nogueiras, bidueiros, carballos, los árboles autóctonos pierden terreno ante las repoblaciones de pinos y eucaliptos que afean el paisaje, los viñedos empiezan a mostrarse, entran en la provincia de Orense, son las cuatro y media de la tarde en el reloj de Berta, el vicio de la siesta vespertina la invade, cabecea y duerme más de lo que esperaba, cuando despierta están camino de Santiago y de Santiago a Coruña no hay más que un paso, una lluvia gruesa se pega al cristal y de cada letra parece que cayera una lágrima, son lágrimas cuyo eco tiene identidad sonora, una frase, tres palabras que quieren ser como un consejo de amigo: salida de emergencia.















EL PLACER DE JUGAR


Si tuviera que definir con una palabra sus sensaciones ante el hecho inevitable de la jubilación, utilizaría sin la menor duda la siguiente: incertidumbre. No sabia como iba a reaccionar ante la cantidad de tiempo libre que se le venia encima, a él le gustaba su trabajo de juez, en eso era un privilegiado, pero poco a poco se había concienciado de que esa parte de su vida llegaba a su fin, y a medida que se aproximaba, esperaba la hora de jubilarse con total tranquilidad, y con las ideas bastante claras sobre lo que haría: dormir, pasear, leer, ver a su nieto, tal vez viajar. Sin embargo, estas expectativas se vieron truncadas justo en el momento en que la jubilación se hizo efectiva. José atribuyo el desasosiego que le invadía a que por primera vez en años notaba la ausencia de Pepita como un vacío que no podía llenar, le gustaría tenerla ahora a su lado para compartir con ella los recuerdos y las experiencias vividas en común, una añoranza imposible de satisfacer. Fue un error que pagó muy caro aquel amorío con la secretaria del juzgado, qué estupidez. Sara era una mujer atractiva, soltera, que desde el principio le hizo insinuaciones o eso interpretó, a las cuales él cedió como un colegial, sin medir las consecuencias. Tenia cincuenta y dos años y estaba en una edad en que empiezas a sentirte viejo y eso asusta, quizá para volver a recuperar el impulso de la juventud sucumbió a los encantos de Sara, dos meses de relación hasta que Pepita se enteró, siempre había tenido un sexto sentido para estos asuntos y su instinto le decía que algo le pasaba a José, que su comportamiento no era el habitual, que tenia compromisos que antes no existían y que ciertos detalles de coquetería masculina que observó en su indumentaria solamente podían tener un significado ,y acertó, vaya si acertó, tan segura estaba que se lo soltó a quemarropa, tu me engañas, verdad. José estaba convencido de que ella lo averiguaría tarde o temprano y no intento disimularlo, es cierto, dijo sin mirarle a la cara, después trató de explicarle que había sido una chiquillada, que Sara no significaba nada para él, lo que se suele decir en estos casos y que daría igual no decir. Pepita aún se sentía humillada por aquel asunto de Isabel que llevaba dentro como un tizón que nunca había dejado de arder, por eso le dijo: te lo he pasado una vez pero por la segunda no paso, vete buscando abogado para el divorcio. José se temía que reaccionaria de esa manera, le parecía que en realidad estaba esperando que le diera un motivo para cobrarse la deuda, lo pasó mal porque además, lo de Sara fue una aventura efímera que había terminado antes incluso de que Pepita lo descubriera. Los términos del divorcio fueron amistosos, el piso se vendió y se repartieron el dinero, el coche fue para ella y las cuentas del banco se dividieron por mitad como es de ley en el sistema de gananciales, se estableció una pensión compensatoria para Pepita, que representaba aproximadamente el veinticinco por ciento de su sueldo, en cuanto a la situación de los hijos, ambos eran mayores de edad, Esperanza ya estaba trabajando en Madrid y a Gabriel lo mantendría José hasta que terminara sus estudios y se colocara. Como consecuencia de los pactos, Pepita se instalo en Madrid con su hija y Gabriel se quedó en Coruña, con su padre. Fue muy duro el primer año, pero José acabó por acostumbrarse, ¿Por qué volvía ahora precisamente esa sensación de soledad? los días iniciales intentó organizarse, anotó en una libreta el programa a seguir pero era incapaz de cumplirlo, tienes libertad, qué mas se puede pedir, se decía, funcionaba por arrebatos, de pronto, si la mañana le animaba ,salía a pasear sin rumbo fijo, unas veces hacia el dique de abrigo, atravesando los Cantones, la Marina y la Dársena, sentándose en los bancos del jardín de San Carlos, a la sombra de los árboles, si el día era caluroso, al rato continuaba dejando atrás el castillo de San Antón pera enfilar finalmente el camino del dique; otras veces hacia los Castros, por Juan Florez hasta la fuente de Cuatro Caminos, General Sanjurjo, o bien bordeando la ruta del mar por el cinturón del paseo para llegar al pie de la torre de Hércules y volver, o quizás confundiendo itinerarios, descubriendo barriadas que no tenían un atractivo especial salvo el del desconocimiento, y no era extraño porque la mayor parte de ellas estaban entregadas al abandono, semiocultas, con viviendas irregulares y descuidadas, con calles mal asfaltadas o llenas de baches y con una vida más hacia fuera, más comunal o populachera que en los barrios céntricos. Cinco días a la semana comía en casa de su hijo, incluidos sábados y domingos, los otros dos en el bar de Paco, que tenia un menú económico y variado. Por las tardes, después de dormir una larga siesta, iba a la misa de siete en los franciscanos, llegaba con diez minutos de antelación y se colocaba en el tercer banco a la izquierda del altar, le acompañaba un coro de mujeres y de hombres tan solitarios como él ,que ocupaban diariamente los mismo sitios. José no participaba en la misa, si por participar se entiende la respuesta a las oraciones y el entonar de cantos cuando era requerido. No, José iba para recibir espiritualidad, para oír las palabras salvación, perdón y redención, no para entonar el mea culpa, seguramente mantenía la misma actitud que podría haber mostrado en cualquier otro lugar, por ejemplo, en un Café, escuchando los rumores de conversaciones o el sonido de fondo del hilo musical o el mismo silencio, el padre Damián se había fijado en ese detalle y se lo dijo, pero hombre de dios porque no reza, si que rezo padre, rezo por dentro, si hijo pero la misa es una comunión y debemos manifestar nuestro amor a Cristo mediante la oración, es preciso que los demás le oigan, que le sientan próximo a ellos, esta bien, padre, pero José seguía si articular las palabras.
Se encontraba bien dentro de la iglesia, entre los muros de piedra, era la atmósfera de entrega y recogimiento lo que le gustaba, el olor a incienso, la luz tenue de los cirios, los arreglos florales, la liturgia, los ornamentos del sacerdote, con la casulla blanca e impoluta, el simbolismo de los sacramentos, la voz monótona del padre Damián que mezclaba canto y oración en una salmodia que apaciguaba el ánimo, el tono elevado de su compañera de banco que respondía por él y por todos, el cantar alegre del hombre que se sentaba detrás, el cálido apretón de manos que se daba con ellos deseándose paz, esa armonía se rompía con ocasión de alguna conmemoración o recordatorio, esos días no entraba, no por desprecio, más bien por lo contrario, por un respeto máximo al dolor de los familiares, se sentía un intruso, tampoco asistía a misa los domingos ni las festividades, como el Viernes Santo o la Inmaculada Concepción, eran demasiado multitudinarias, no sentidas, percibía que en la concurrencia había una parte de los asistentes que iban por rutina, por cumplir, porque era domingo o festivo y tocaba ¿ ocurría lo mismo con José? no, él no acudía porque sí, lo probaba su estado de ánimo al acabar el ritual, salía contento, como si le hubieran dado una buena noticia, con el espíritu en calma, se podría decir, y el alma sosegada, los días impares dejaba limosna en el cepillo, una dádiva generosa, billetes de cinco o diez euros. De la celebración, con lo que más disfrutaba, era con la lectura de los evangelios, esos pasajes de humanismo desbordado hacían revivir su vocación cristiana, aparcada durante mucho tiempo por los problemas más inmediatos de su profesión; y con las homilías del padre Damián, encendidas diatribas contra la relajación moral y el culto al nuevo-viejo becerro de oro: el dinero. Era ese tono encendido, esa pasión arrebatada que ponía en su discurso lo que más admiraba a José, y no tanto el contenido de sus mensajes, con los que a menudo no estaba de acuerdo. Fuera del púlpito el padre Damián se convertía en otra persona, amable y caritativa, siempre sonriente y hasta más comprensiva de lo que sus homilías dejaban entrever. Fue el padre Damián quien le metió el gusanillo de un vicio que acabó por traerle dolorosas secuelas. Todos los lunes organizaba en la parroquia un bingo con el que obtenía fondos para las obras de caridad , invitó a José a que fuera, ganar no va a ganar le dijo(al afortunado se le comunicaba que consideraban el importe del premio como un generoso donativo)pero es por una buena causa, y él, por curiosidad ,se presentó el segundo lunes de julio en el refectorio, donde habían montado un tenderete con su mesa rectangular y su bombo del tamaño de una esfera del mundo de las de decorar, las bolitas de pino giraban con un ruido sordo de anticipo de tsunami y hasta tenían una pantalla electrónica, donde bajo el rótulo del numero de cartón y de serie, se iluminaban los números que iban saliendo consecutivamente; el padre Damián dirigía las operaciones como un capitán de barco y fue la casualidad que José en su debú estuviera tocado por la diosa fortuna, ya que canto línea, línea y bingo dos veces en un intervalo de treinta y cinco minutos, trescientos euros se habría embolsado de no haber mediado la caridad forzosa; el padre Damián le dio un golpecito en la espalda, hoy ha hecho una buena obra, ya lo creo, en el empeño se había dejado mil duros, treinta euros, no estaba mal la contribución. Los mismos fieles que le acompañaban en misa se sentaban a su mesa en el bingo, cuatro puestos, cada uno ocupando un lado de la mesa, el jubiloso cantarín a su derecha , la mujer estentórea de frente, y a su izquierda el diácono Marcial, exento de aportaciones monetarias; todos vinieron a felicitarle como si realmente hubiera ganado el premio, y en su pensamiento así era, interiorizo esa racha de buena suerte diciéndose: si estoy en racha por qué no juego en otro sitio donde pueda ganar dinero para mí, fueron las tentaciones de San Antonio aplicadas a su persona, pero él fue más débil que el santo y comenzó por probar en un bingo que había visto, de pasada, en la ronda de Outeiro, y fuera por casualidad o porque realmente estaba tocado por la fortuna, ocurrió que cantó bingo tres veces seguidas, seiscientos euros en total, además, era entretenido, las horas se pasaban en un suspiro y empezó a sentir el placer de jugar por jugar. A los dos meses estaba totalmente enganchado, no había día que no probara suerte, lo peor es que la cosa no quedó solamente en el bingo, se aventuró a probar en el casino: black jack, ruleta, backgamon, la consecuencia de todo esto es que a José no le duraba la pensión más allá de veinte días, llevaba el vicio tan metido en la sangre que era como si le faltara el aire, necesitaba apostar como quien necesita comer, pocas soluciones le quedaban, pedir dinero a Gabriel sería la última cosa que haría, se preguntaría para qué lo quería, investigaría y acabaría por descubrir la verdad, le quedaba la opción de los prestamos personales, contactó con una de esas empresas que se anuncian en televisión en horario matutino, les llamo por teléfono y lo citaron en una oficina que tenían frente al puerto,¿en qué le puedo servir? ,le preguntó una amable señorita medio oculta por la pantalla del ordenador, verá, necesito un préstamo, ¿de cuanto lo querría usted?, no sé, creo que con dos mil euros me arreglaría, ¿nos puede decir el motivo de solicitar nuestros servicios?, es para comprarle un detalle a mi mujer, una pulsera, sabe, es nuestro cincuenta aniversario, las bodas de oro, y quisiera hacerle un buen regalo, claro, lo entiendo, ¿tiene usted recursos propios, rentas o una pensión, quizá?, si, tengo una pensión de jubilación, necesitaríamos que nos trajera un fotocopia de los tres últimos recibos de pago, una vez que los tengamos redactaremos un documento de concesión de crédito, ¿cuanto puede tardar?, poco, si usted nos trae esa documentación mañana, el viernes podría tener en sus manos el dinero, muy bien ,así lo haré, gracias ,señorita, gracias a usted, buenos días. Mala idea tuvo José, se embarcó en un viaje de difícil retorno, volvió una segunda vez y una tercera, pidiendo en cada ocasión cantidades mayores, hasta cinco mil euros le dieron la postrera, pero no pudo devolverlos y ya no hubo más prestamos; acudió a otra compañía del ramo, le denegaron el crédito, sin duda tenían las bases de datos interconectadas y en ellas figuraba como moroso. ¿Qué le quedaba por hacer?. Naturalmente, la peor de las salidas: hipotecar la casa. Lo hizo siendo perfectamente consciente del paso que daba, aunque engañado como todos los ludópatas por el convencimiento ilusorio de que la suerte cambiaría y que un buen premio podría resarcirle de las múltiples deudas contraídas. Ese premio no llegó y su vida personal empezó a verse gravemente afectada. ¿te ocurre algo, papá? te noto muy distraído últimamente, le preguntó con preocupación Gabriel un sábado en que no había probado bocado , no es nada, pensaba en mis cosas, ¿de verdad se encuentra bien? insistió Laura, si, si, tengo algunos achaques, un poco de ciática, pero nada importante, tienes que cuidarte papá, te pegas unas caminatas demasiado largas, a tu edad uno se fatiga más, es cierto, tienes razón, hijo.


LA FALSA MEMORIA


Si a Berta le hubieran enseñado unas fotografías de Coruña y le hubieran asegurado que esta era la ciudad donde paso su infancia hubiera dicho que se confundían, que si, que tenia un ligero parecido, pero que era imposible que hubiera cambiado tanto, claro que dieciséis años dan para mucho, por ejemplo, el actual paseo marítimo no tiene nada que ver con el que recordaba, el de ahora esta sembrado de farolas rojas y tiene una uniformidad de la que el de antaño carecía. Una balaustrada cierra el acceso a la playa en todo su contorno, se ha respetado la ubicación de las escaleras para bajar al arenal y se ha ampliado la anchura del paseo, sin embargo ha perdido cierto aire agreste que tenia en el pasado, como de escultura tallada por el mar, a cambio se ha implantado una racionalidad artificiosa de urbanismo moderno, decoración de manual incapaz de entregarse con pasión a los dominios de Neptuno. Berta recordaba como, para ella, cuando era niña, el paseo que discurría pegado a la línea de playa era una aventura. Partiendo de Riazor, donde se circulaba casi a ras de suelo, se hacia parada obligada en el espigón , un mirador contra el que las olas batían con ira; la franja irregular del paseo presentaba en todo su recorrido: requiebros, cambios de nivel, partes que habían sucumbido al embate del océano, bancos derribados por la fuerza conjunta de viento y oleaje; a la altura del matadero, el camino se rompía en dos, si se quería continuar tenias que hacerlo bajando a las rocas, sorteando charcos, evitando resbalones, guardando el equilibrio como buenamente podías, esperando la bajamar para no ser arrastrado por alguna ola hambrienta. Si querías continuar hasta la torre aumentaban las dificultades, por lo que Berta rara vez se atrevía a ir más lejos; tampoco en sentido contrario existía el tramo que ahora parte de Labañou, donde un monolito puntiagudo, de vidrios policromados, marca, por ese lado, el inicio del paseo que en esa dirección finaliza en el Portiño . Antiguamente, este territorio era monte enfrentado al mar, con senderos angostos, buenos para excursionistas solitarios como lo había sido Berta a los catorce años, con su uniforme de boy scout , camisa beige, pantalones cortos de tirolesa con bolsillos cubriendo toda la pernera, un pañuelo azul al cuello, la navaja suiza multiusos, los calcetines gruesos, para que no se le formaran ampollas en los pies,chirucas para andar por el monte y la cantimplora de fieltro verde rellena de agua a la que añadía unos polvillos de sobre que vendían en los quioscos, agitaba la cantimplora y ya tenia naranjada para toda la jornada, tan contenta se iba caminando por el terreno pedregoso, propiedad exclusiva de lagartijas, liebres, gaviotas o cormoranes, llevándose a casa, en un zurrón, las flores amarillas de los toxos, otras violetas o rojas de plantas cuyo nombre desconocía. Esta ampliación del paseo había sido más respetuosa con el entorno, con detalles hacia la flora y fauna autóctona que intentaban que el impacto ambiental fuera el menor posible , un nivel para peatones y otro nivel superior, adoquinado, para vehículos. Las farolas eran de menor tamaño y más discretas que las rojas, el ancho se había reducido a la mitad y la agresión se había contenido. Aquí, el horizonte todavía era mar completamente abierto, imponente, con espectaculares puestas de sol o inclemencia constante de viento y agua, según la época del año.
Berta guardaba en la memoria otras imágenes diferentes a las actuales, los limites de la ciudad por esta parte terminaban en los alrededores del estadio de fútbol, concretamente la última zona urbanizada que recordaba en esa dirección era el barrio donde vivía su amiga Cuca. Desde la casa de Berta a la de Cuca todo era terreno abierto, ningún edificio mediaba entre las fachadas de ambas casas; aunque distaban algo más de un kilómetro habían establecido una forma de comunicación a través del uso de linternas, realmente no tenían un código de señales, simplemente a una hora de la noche ,convenida previamente, se saludaban mediante tres destellos de luz, secretamente espaciados, una noche le tocaba a Berta y era Cuca la que contestaba agitando la linterna de derecha a izquierda y de izquierda a derecha durante quince segundos, esto significaba que el mensaje había sido recibido, a la siguiente le tocaba a Cuca hacer las tres señales, y a Berta mover la linterna. Cuca fue su mejor amiga, era una chica rara, con aficiones clandestinas que fascinaban a Berta. En una ocasión la convenció para que se comprara una escopeta de aire comprimido. Cuca ya tenía una que había adquirido de segunda mano sin que lo supieran sus padres, más que escopeta parecía un fusil, con un mango tipo metralleta, por lo que podía cumplir la doble función de largo y corto alcance, carabina de asalto y rifle; convirtió la buhardilla de su casa en campo de tiro, se hizo con unas dianas en una tienda de deportes y las colocaba sobre una viga a media altura, retrocedía ocho pasos y se posicionaba, apoyando la rodilla izquierda en el suelo , la mano del mismo lado sujetando fuertemente el cañón del arma y el codo bien firme sobre el muslo derecho para hacer blanco, esperaba cinco segundos manteniendo el pulso lo más estable que podía y disparaba, una vez hecho el disparo apretaba la culata de la escopeta contra su estómago, con las dos manos cogía el cañón y hacia fuerza para doblarlo hacia dentro, plegada el arma colocaba el balín que previamente había guardado en su boca, en el molde correspondiente y volvía a cerrar, la escopeta ya estaba cargada para un nuevo disparo. La verdad es que Cuca no era una gran tiradora, rara vez daba en el centro de la diana ,aunque ella le echaba la culpa a que la mirilla estaba desajustada por un defecto de fabricación. Berta le pidió probar y, curiosamente, el defecto de fabricación desaparecía cuando quien disparaba era ella, conseguía nueves y dieces con suma facilidad, lo que hacia enfadar a Cuca que la llamaba tramposa y chorruda. Berta le tomó gusto a la fusilería y ahorró para adquirir una bonita carabina que había visto en el escaparate de la misma tienda de deportes que surtía a cuca de dianas, casi todos los días pasaba por delante del comercio para admirarla con codicia, por fin reunió el dinero suficiente y la compró. Era una escopeta más elegante y de menor peso que la de cuca, con la que, por cierto, conseguía peores resultados que con la de su amiga. Una vez que se sintieron bien entrenadas, Cuca puso imaginación y se le ocurrió hacer caza de ratas en las rocas de la playa, le dijo a Berta que había visto como al anochecer, entre los resquicios que dejaban las grandes piedras amontonadas en torno al dique abandonado, ratas enormes se movían buscando alimento, y le propuso el juego de abatirlas. Cuca estaba entusiasmada con la idea que se le había ocurrido, Berta no lo estaba tanto, ya que los roedores en general le daban un poco de miedo, no obstante la convenció y ambas, pertrechadas como si fueran a la caza del gran león africano, con las escopetas enfundadas para disimular, salían cada atardecer a probar suerte. La estrategia era sencilla, llevaban un pedazo de manteca o de tocino con el que untaban las rocas formando un perímetro de tiro, seguidamente se apostaban en un lugar desde el que creían tener una buena posición y esperaban a que el olor atrajera a la pieza, enseguida el aroma de la manteca despertaba el sentido olfativo de las ratas y empezaban a asomar, primero la más valiente, a la que habían puesto el nombre de kamikaze, una rata gorda y sucia con una mancha negra en el lomo, que enseñaba su hociquillo y movía los bigotitos como si estuviera a punto de estornudar, “es kamikaze” le preguntaba Berta en un susurro y la otra, que tenia muy buena vista, decía que si con la cabeza. Se aproximaba la gulosa kamikaze hacia el punto trampa, “no te precipites” le aconsejaba Berta, “espera a que esté donde queremos”, con paciencia seguían sus movimientos, sigilosos, porque kamikaze tenia tanto de astuta como de valiente, cuando finalmente se había colocado en el lugar deseado, Cuca daba la orden de disparo, “ahora” decía y las dos, al unísono, apretaban el gatillo de sus armas. Ninguna acertaba, Cuca porque tenia una puntería horrible y Berta porque se ponía tan nerviosa que le temblaba la escopeta, los balines rebotaban en las rocas y kamikaze ,asustada, volvía rápidamente a su guarida, el fallo ponía en alerta al resto de roedores y las dos amigas no tenían mas remedio que esperar un rato largo con la esperanza de que se atrevieran de nuevo a salir. Por fin, una tarde calurosa de septiembre, después de una veintena de intentos infructuosos ,consiguieron cazar a kamikaze. Un balín con mortal acierto le entró por el ojo derecho y la rata, entre estertores de agonía, murió. Triste recuerdo para Berta, más triste todavía la realidad de cuca, recluida en una clínica siquiátrica desde los dieciocho años. Tenia episodios delirantes que la volvían agresiva, durante sus crisis creía que su madre quería hacerle daño, en una de ellas la atacó con un cuchillo de cocina, causándole profundos cortes en el cuello y los brazos. No hubo más remedio que internarla, cinco años atrás Berta fue a visitarla a Lugo donde estaba la clínica, le llevó los veinte poemas de amor y una canción desesperada de Pablo Neruda, en una edición encuadernada en tafilete con filigrana de oro. Cuca pasaba en aquel momento una fase tranquila, aunque permanecía en la sección de sicóticos agudos, bajo vigilancia continua.
-¿Cómo está? le preguntó al psiquiatra que la trataba, un hombre que daba la imagen típica del gremio: chaqueta de mezclilla, gafas de pasta, pelo entrecano, barba cuidadosamente recortada y cachimba de caoba
-dentro de la gravedad de su estado, bien, estos días esta consciente y no tiene delirios-le contestó
-¿podría verla?
-si, desde luego. Además ha venido en buen momento, aún estamos dentro del horario de visita, hable con esa enfermera para que la vayan a buscar-le dijo señalando a una enfermera joven a la que el uniforme le quedaba algo apretado
-desearía ver a Francisca López, por favor
La enfermera, que estaba tomando notas en un estadillo, levantó la vista y la miró con curiosidad
-¿es usted familiar?
-no, soy una amiga
-¿de parte de quién le digo?
-de Berta sanmartín
-puede sentarse ahí a esperarla, si quiere-dijo señalándole unos sillones de cuero negro- Berta eligió uno tan gastado que mostraba una raja por la que sobresalía un pedazo de gomaespuma. La enfermera guardó en un cajón el papel que estaba cubriendo y se acercó al fondo de la sala, donde había una puerta de hierro con un volante en su centro como tienen algunas cajas de caudales, apretó un timbre a la derecha de la puerta y desde dentro una voz masculina, que hablaba a través de un micrófono, preguntó quién era
-deja salir a francisca, tiene visita- le ordenó la enfermera.
Habían pasado escasamente tres minutos cuando se oyó el chirrido de la rueda al girar, la puerta se entreabrió y Cuca salió acompañada de un enfermero musculoso. Su aspecto sumió a Berta en una profunda tristeza, la notó enflaquecida, avejentada, llevaba una bata marrón por encima de la camisa de la clínica, bajo los ojos hinchados dos ojeras violáceas de insomnio perpetuo, el cabello parecía no habérselo lavado en días, estaba revuelto y apelmazado, la piel extraordinariamente seca y con arrugas prematuras conformaban la imagen final de un espectro de treinta y dos años. Berta se acercó y le dio un beso en la mejilla
-cuca, ¿me recuerdas?, soy yo, Berta,
Ella la miró sin reconocerla al principio, hasta que su semblante cambió y una sonrisa asomo por la comisura de los labios
-Berta, mi amiga querida- dijo sin poder contener la emoción, abrazándola
-Ven, siéntate aquí conmigo- le dijo Berta, ¿Qué tal estás? ¿te tratan bien?
-oh ¡si ,muy bien-contestó Cuca con voz pastosa ¿y tú,?, cuéntame
- Estoy en Madrid, estudiando periodismo
-¡qué bien!, siempre quisiste ser periodista, recuerdas aquel diario que escribías, una vez te lo cogí para leerlo y te pusiste hecha una furia
-si, es verdad, ya no me acordaba-dijo Berta riendo,¡que locuras hacíamos!. Éramos dos niñas muy raras. ¿Sabes lo que guardo en casa?
-no
-Uno de aquellos tornillos oxidados que estaban tirados al lado de las vías del tren
-En serio, los recogíamos para venderlos, verdad
-Si, para chatarra, lo mismo que los periódicos viejos
-Los llevábamos en las bicicletas, ¡qué pinta debíamos de tener!. Seguro que pensaban que éramos dos vagabundas
-o dos traperas
-total no nos daban casi nada por tanto trabajo
-lo suficiente para ir luego a la palloza y tomarnos una fanta y unas patatas fritas recién hechas ¿te acuerdas?
-como no me voy a acordar, en que te crees que pienso, aquí tengo tanto tiempo que no paro de pensar, ya solo me quedan los recuerdos
-no digas eso cuca, pronto te dejarán salir, ya verás
- he salido dos veces y las dos veces me han tenido que volver a ingresar, no se que me pasa, ahí fuera me vuelvo medio loca, creo que todo el mundo me odia
-no seas tonta, es al revés, te echamos de menos
El enfermero musculoso se acerca y le entrega tres pastillas, dos azules y una roja, con un vaso de plástico que contiene agua
-Vamos, francisca, es la hora de la medicación
Cuca, obediente, se traga sucesivamente las tres pastillas: azul, roja, azul. Con cada pastilla un trago de agua
-buena chica- dice el enfermero. Le quedan cinco minutos de visita, ahora tienen que cenar.
-está bien-le responde Berta
-¿volverás?, casi no tengo visitas
-desde luego que si-ahora es Berta quien la abraza- te he traído esto-le entrega el libro que saca del bolso
-gracias Berta, espero que me lo dejen leer, tengo que pedir permiso, sabes
-¿porque no te lo van a dejar leer?, son solo poemas de amor
Cuca se acerca más a Berta y le dice muy bajo
-Para ellos el amor es lo más peligroso que existe
El amor es peligroso, pero la falta de amor lo es más. Berta, como su amiga, ya no tenia afectos. Se sentía vacía, una sonámbula que no reconocía nada, desorientada en medio de esta ciudad a la que había llegado a las seis de la tarde, justo cuando el sol encontró un claro entre las nubes y la iluminó como un gran foco de teatro a la salida de la estación, otro taxi para ir al hotel, me puede recomendar uno le pregunta al taxista, depende de lo que quiera pagar , un precio medio, hay uno nuevo al lado de la plaza de Pontevedra que creo que esta bien y no es muy caro, lléveme allí, por favor


SOFIA CONOCE A CARLOS

Los jueves toca salida. Sofía se esta poniendo muy guapa porque le gusta el chico que va a venir con Marga esta noche. Sabe como hacer que luzcan sus ojos negros, un toque de rimel en las pestañas con el pincel para que cojan curvatura, una rayita bajo cada ojo para que contraste con el blanco perfecto de sus globos oculares, el iris azabache recreara el misterio cuando mire de esa forma insinuante que fulmina voluntades, luego se cepillara su largo cabello, con mimo, una y otra vez hasta que adquiera la ondulación que ella desea, el óvalo de la cara se inclinará graciosamente para que sus dedos jueguen con el pelo que cae sobre el hombro amancebado. Su piel no necesita maquillaje, es suave y cálida , brilla como el diamante cuando la luz cenital la ilumina y palidece si la luna no la llama, ella podría ser Maria Antonieta si quisiera o madame de Pompadour , una cortesana de novela , ella no necesita un Richeleu que la proteja, solo quiere creer que no existen imposibles, que entregara su alma por cumplir un sueño y para ello se prepara. El vestido que ahora se pone es su armadura, no lo parece porque se trata de una falda de encaje, con vuelo, que le llega hasta debajo de la rodilla. Sofía no lleva medias, es verano, por la misma razón usa sandalias completamente abiertas , sujetas con dos tiras de cuero entrelazadas sobre su empeine que parten de la caperuza que cubre el dedo gordo del pie , una hebilla de acero en el talón completa la sujeción del calzado, demasiado ventiladas, vas a pasar frío, niña, le diría Aurora, pero hoy el calor aprieta, es de esos cinco días al año en los que la temperatura supera los treinta grados. La falda se acompaña de una camisa blanca sin mangas que compró en uno de los puestos que los hippies tienen en la calle Agar. Allí compró también los pendientes de fantasía que completan la vestimenta con la que saldrá a batirse, sus armas son sus atributos físicos: sus pechos firmes que usa como arietes que abrirán la jaula del deseo, sus largas piernas que hechizarán miradas. En otros tiempos a Sofía se la asociaría con las ocultas artes de la brujería, su vida estaría en peligro, porque el temor a ser poseído se transforma en un sentimiento universal de odio, pero ella vive en una época de tolerancia moral, en la que las brujas pueden reinar, y esta noche en que el aire trae presagios de conquista va a desplegar el ejercito de sus encantos. Su enemigo es el mundo mismo que la desafía. Cuando considera que esta preparada, hincha las velas e inicia la travesía con la seguridad de un murciélago que escucha la voz de su amiga hablándole al chico que la espera. A las doce en punto está en la Calle Real, ya no oye la voz de Marga, un músico itinerante interpone los acordes de un violín maltratado entre su pensamiento y el de ella. Está segura de que hay miradas que se vuelven a su paso, forman parte de la sumisión inconsciente del vecindario y de la entrega más consciente de los que salen de aventura dispuestos a ofrecer las rebajas de sus cuerpos viciados. Ha llegado a su destino: la tienda de ropa que son los bajos de la casa de Marga. El cristal del comercio absorbe las sombras y las convierte en una tiniebla deforme de maniquís emboscados, si se apartara un poco vería la bombilla de la lámpara de la galería que se le insinúa con frivolidad atrevida, es el faro que le iluminará la entrada. Llama al primero, sin pregunta ni respuesta la puerta cede ante la clave secreta de un timbrazo prolongado, está subiendo las escaleras de madera que crujen como ataúdes mal rematados, el pasamanos consigue que sus dedos tarden un instante en desprenderse de la superficie costrosa, huele a espacio cerrado, y las paredes enseñan desconchados como tripas de muerto. No es agradable subir a la casa de Marga, de hecho no le gusta nada pasar esa prueba, franquear la segunda puerta es otra cosa, se la ha encontrado entreabierta, aquí se respira el aroma dulce del sándalo humeante, Sofía ¿eres tú?, si, pasa, estamos en la salita. Recorre el pasillo hasta el fondo, Marga y Carlos fuman sentados a la mesa redonda sobre la que hay restos de comida: jamón asado, ensalada y pan, una botella de vino tinto casi llena media entre los dos, ¿quieres cenar?- le pregunta Marga, no, he comido un poco de fruta antes de salir y no tengo hambre, a un vaso de vino no te puedes negar. Carlos coge una copa sin esperar la contestación de Sofía y le sirve. El vino está caliente y Sofía casi no lo prueba. Carlos la mira, ¿qué tal si salimos?, dice dirigiéndose a ella, por mi de acuerdo salta Marga que tiene ganas de divertirse, si, vamos, esta muy buena noche, dice Sofía. Los tres se levantan de la mesa al mismo tiempo, Marga se ha teñido el pelo de color zanahoria, lo lleva anudado en una coleta, a Carlos solo lo conoce de vista, es muy alto, se peina hacia atrás y usa gomina, debe tener unos treinta años, el traje de lino con que se ha disfrazado esta pasado de moda y los zapatos marrones tipo mocasín son de marca, tiene un cierto aire de macarra italiano con la camisa abierta y la cadena de oro al cuello, salen a la calle, que ahora vuelve a estar concurrida, ¿adonde os apetece ir? pregunta Carlos, que tal al lautrec, esta noche hay actuación, sugiere Marga. El lautrec es un pub para amantes del jazz que a Sofía no le gusta especialmente, no por la música en sí que sabe apreciar, es por el ambiente de falsa superioridad artística e intelectual que allí se respira. Cuando llegan el local está abarrotado, la actuación ya ha empezado, un trío segundón formado por piano, saxo y batería interpreta jazz libre, ellos buscan sitio en la barra, Juan el barman los conoce , esta a tope le dice Marga apartando una consumición anterior, si ,hoy es demasiado, ¿que queréis tomar?, tres cervezas dice Carlos, Juan les pone tres Spaten en vaso largo¿ a qué te dedicas? la pregunta tópica a Sofía, soy camarera y estudiante, ¿estudias informática como Marga?, te parece que tiene pinta de informática, interviene ésta, estudio historia del arte, lo de trabajar que es ¿para pagarte la carrera?, algo así dice Sofía, dile la verdad, esta ahorrando para irse a París, de veras, yo estuve varias veces, comenta Carlos, no me extraña que te haga ilusión, es una maravilla. Mientras charlan, una rubia teñida, enfundada en un vestido negro ajustado, se acerca a Carlos y le roza la mejilla con los labios encarnados, hola cariño, hola Sandra. Carlos se aparta un poco para hablar con ella, ¿es su novia?, pregunta Sofía, no exactamente, pues parece muy cariñosa con él, eso es normal, Carlos conoce a muchas mujeres, es guapo, verdad, si ,no está mal, y ¿qué es lo que hace?, negocios, creo, al menos eso es lo que él dice, ¿cómo lo conociste?, ligamos una noche en el Peris, yo me había quedado sola porque había reñido con Ángel , estaba sentada en un taburete, maldiciéndolo entre dientes, con el cigarrillo en la mano. Carlos se acercó y me ofreció fuego, luego empezamos a hablar. Marga no sigue con la historia porque ve que Carlos regresa, es una amiga que necesitaba un favor, dice a modo de excusa. Carlos lleva más joyas de las que vió Sofía en un principio, aparte del colgante, en su dedo corazón porta un zafiro y en el lóbulo de la oreja un brillante muy pequeño ,seguro que en alguna parte de su cuerpo tiene un tatuaje, piensa Sofía que pierde el sentido por los hombres como éste . Carlos tiene el atractivo del instinto primario de un semental, si no estuviera Marga, la noche seria movidita. Sofía lo presiente y Carlos, experto, hace como si olfateara el ácido perfume de su sexo, Juan se acerca y le comenta que preguntaron por él dos individuos, si quieren verme saben a que hora encontrarme , que se informen bien , coño, dice Carlos con cierta chulería, cambia de registro cuando se da cuenta de que está acompañado, son asuntos de trabajo que me fastidian los momentos de placer, dice con la mas seductora de sus sonrisas. Sofía también coquetea con su pelo, con la forma en que se lleva el vaso a la boca y con el mover rítmico de las caderas, porque no vamos a otro sitio más tranquilo, sugiere Marga, que empieza a olerse que entre Carlos y Sofía hay química, yo estoy bien aquí, ¿y tu Sofía? yo también, os estáis poniendo un poco bordes, vamos, no te enfades, es que acabamos de llegar. Sofía no quiere molestar a su amiga, mira, queda una mesa libre dice señalando una tabla atornillada a la pared que esta bajo una foto de Louis Armstrong- esa en la que abre tanto los ojos con la trompeta pegada a los labios y los carrillos como globos a punto de reventar- dos sofás biplazas de color morado a cada lado de la mesa y una lamparita oblonga con pantalla en tono crema completan la decoración. Carlos y Sofía se sientan de frente, Marga junto a Sofía, sobre la cabeza de Carlos hay una caricatura de Benny Goodman, en el pedazo de pared que le toca a Sofía, un disco de platino de imitación. ¿vienes mucho por aquí?, a veces , el calor es tan intenso que hace llorar el escote de Sofía, la chaqueta de Carlos tiene manchas húmedas bajo los sobacos y el cabello le brilla más intensamente, por la mezcla de sudor y brillantina, aquí nos vamos a cocer, estaríamos mejor fuera en alguna terraza, dice Marga abanicándose con la lista de precios que hay sobre la mesa. Carlos mira su reloj, lo siento chicas pero tengo que dejaros, un asunto me reclama ¿Por qué no me dejas tu teléfono? le pide a Sofía, sí ¿por qué no?, contesta ésta, te lo digo, si, es el 665435262, os llamaré, dice levantándose,¿ no lo vas a anotar?, no es necesario ,para las chicas guapas tengo buena memoria. Marga está que trina, sabes lo que te digo, que yo también me voy, mañana tengo clase a primera hora, las dos salen juntas, pero enseguida toman caminos diferentes.











UNA VIDA COMO LAS DEMÁS


Manolo ¿ te parece que estoy un poco gruesa?, no mujer, estas igual que el año pasado. Con eso manolo no quiere decir nada, es más ni la ha mirado, esta viendo el partido de fútbol que ponen en la tele, Deportivo-Real Madrid. Aurora esta fastidiada, cada año un kilo más, ya no me sirve este vestido, con lo bonito que era ,si sigo así me voy a tener que vestir en las tiendas de tallas especiales. Aurora esta pensando en empezar el enésimo régimen, ha seguido el del melocotón, uno de verduritas hervidas, el de comer a poquitos varias veces al día, nada, todo es inútil, no es que haya engordado a lo bestia y de repente ,ha sido algo lento y progresivo, con la figura que tenia ella de joven, bien se ve ahora en Sofía, a Manolo parece que le da igual, pero en realidad, si me decido a hacer régimen, es por mí no por él, todavía me gusta verme atractiva, probaré con pescaditos a la plancha, nada de vino, nada de pan, nada de chocolate, para fuerza de voluntad la mía y si no al nutricionista, a Juli le fue estupendamente, no conseguía bajar de peso de ninguna forma, le dijeron que un tal doctor Suárez hacia milagros , se decidió a consultarle y le puso una dieta a base de arroz y verdura, en unos meses ha bajado veinte quilos, me la encontré por la calle y casi ni la reconozco, además lo mío ya es una cuestión de salud, estos dolores de espalda seguro que tienen que ver con el peso, vaya que si. Todo esto lo esta pensando Aurora mientras prepara la cena de Manolo, ese si que tiene suerte, su cervecita, sus aceitunitas y no engorda un gramo, para cenar le ha pedido sardinas en aceite, ni mas ni menos, menuda bomba, y también lo que sobró del mediodía: riñones al jerez, te va sentar mal, Manolo, calla mujer que vamos ganando y eso me da un hambre que no veas. Ellos viven a su manera y disfrutan con lo que disfruta la mayoría, les gusta comer, les gustan los placeres sencillos, a él las partidas de mus con los amigos , los chistes verdes que cuenta Andrés y fumarse un puro después de las comidas, a ella salir por las mañanas a comprar a la plaza, saludar a las vecinas, preguntarles por sus cosas, enterarse de lo que ocurre en el barrio para luego comentárselo a Manolo y que éste se limite a contestar con monosílabos, regatear en los puestos el precio del pescado o de la carne, los viernes hacer la compra en el hipermercado, le encanta pasearse con su carrito, comparar precios, ofertas, atender a las chicas que le ofrecen alguna muestra de un producto en promoción, que si las judías están cincuenta céntimos más caras que en la frutería de Aníbal, que si ha visto una lubina hermosísima, fresca como si la hubieran sacado allí mismo de entre las redes, y a qué precio manolo, nos vamos a chupar los dedos, lubina a la espalda que ni en el mejor restaurante, y de las bandejas para estofado que te voy a contar, me las quitaban de las manos ,y para rematar avisaron de que en el pasillo central junto a la bollería, los quesos de Castilla a mitad de precio, con lo que a ti te gustan, no pude resistirme y me traje dos, ¿sabes que se pueden congelar?, hay que saber comprar Manolo, te lo digo yo, y hay que saber cocinar, porque ella es una gran cocinera y si no puede disfrutar de la comida siempre le quedará el prurito de ser una aventajada en este no suficiente valorado arte. Conoce infinidad de recetas, ve los programas de Arguiñano , tiene libros para dar y tomar: Simone ortega, arzak, adriá, lo que haga falta, y a ella por su parte no le falta iniciativa, experimenta con gran éxito, no con Manolo, que es de comida tradicional, y no hay quién le saque del plato de cuchara, del cocido y del pescado frito. Sus creaciones las deja para el circulo de artesanos, donde se hizo una reputación con su ya famosa semana de las setas, hasta una vez le hicieron una entrevista en la radio , boletus, cantarellus, níscalos o tricolomas no tienen secreto para ella como condimento de los mas variados menús, en este sentido su habilidad culinaria es una derivación de su afición a la micología, la madre de Aurora es de un pueblo de la rioja, un valle rodeado de bosques de hayedos y robledales. Aurora, de niña, salía a coger setas con ella. Las dos, pertrechadas con botas, impermeable, sombrero, y sendos cuchillitos para cortar con precisión el tallo del hongo, volvían de sus excursiones con la cesta de mimbre repleta hasta los bordes, ninguna venenosa, todas seguras, en eso le insistía mucho su madre, tú solo coges esta, esta y esta, entiendes, que son las que se pueden comer, las otras, para mirarlas.
Por las tardes, la cosa cambia, toca trabajar, no será porque no haga ejercicio, con tanto limpiar ya podría quemar grasas, se dice, encima va andando al trabajo, pero ni con esas. Por la noche es cuando ve a su hija que no para en casa, llama con los nudillos a la puerta de su habitación, estás ahí cariño, si mamá, pasa. Sofía está sentada delante del espejito que ha puesto en la ventana, dándose los últimos retoques en las pestañas, otra vez vas a salir, si mamá, que tal te ha ido en la facultad, bien ,he aprobado un examen con buena nota, el catedrático me ha felicitado, caramba dice Aurora con expresión satisfecha. Sofía le recuerda tanto a ella a su edad, no le faltaron pretendientes, desde luego. Estuvo a punto de casarse con aquel farmacéutico tan fino y elegante, era hijo de indianos que tenían un palacete cerca de Ribadeo, habían sido ocho los años de relaciones hasta que él de forma inesperada y cuando ya hablaban de boda cortó por lo sano. A ella se le vino el mundo encima, era la oportunidad de su vida, más tarde se enteró que fue la madre la que tomó cartas en el asunto, quería casarlo con una chica diez años menor que él, casi un niña, hija de un acaudalado comerciante de la calle San Andrés, mucho más feúcha que ella pero de sólida posición económica, que era lo que interesaba, ya que él, si bien farmacéutico con titulo, necesitaba capital para comprar farmacia. Lo de los indianos, luego se descubrió, era pura fachada, el palacete pertenecía al banco que lo había embargado por múltiples impagos y ellos vivían alquilados en un piso del Orzán que pagaban a duras penas con una escueta pensión que cobraba su padre del gobierno venezolano, no tenían por tanto grandes medios económicos, algo que, por otra parte, habían conseguido ocultar con mucha habilidad, tanto al comerciante como a Aurora, que nunca llegó a sospechar nada por lo bien que guardaban las apariencias. Sea como fuere, Agustín, que así se llamaba el pretendiente, cedió a los deseos de su madre y a la posibilidad de tener el sustento asegurado,¿Qué es lo que ofrecía Agustín? Como dijo el padre de Joquinita, su futura mujer, buena facha y negocio próspero. Dos meses después de anunciarse el casamiento en las páginas de sociedad del periódico local, Agustín le escribió una carta disculpándose por su proceder y contándole, con extemporáneos tintes melodramáticos, que todavía estaba enamorado de ella. Aurora no le contestó. Un año después de la ruptura se lo encontró paseando solo por los jardines de Méndez Núñez, cabizbajo. Aurora quería pasar de largo, pero él la vio y la llamó, la invitó a un café y Aurora por compasión o por curiosidad, aceptó. Agustín no la había podido olvidar, le dijo que estaba arrepentido, si entonces hubiera existido el divorcio quizá aún hubieran tenido un futuro juntos, pero él era débil y aunque infeliz le decía que ganaba bastante dinero con la farmacia que había puesto en Sagrada Familia, le insinuó que se vieran de vez en cuando, pero Aurora no quiso saber nada. Solo le faltaba convertirse en la fulana de otro, aquello fue una gran decepción para ella, que decidió marcharse a París, donde una prima suya que se volvía a España le ofrecía el empleo que ella dejaba.


EL PRIMER DÍA EN CORUÑA


Lo mejor que puede hacer es incorporarse de inmediato, lo ha pensado, no mucho, enseguida se dio cuenta de que es lo más conveniente. Tiene en sus manos la tarjeta del director de La voz de Galicia y en un papel doblado su número particular, pero no lo va llamar a su domicilio , no le parece correcto, marcará el número de la centralita del periódico y ni siquiera pedirá que le pongan con el director, preguntará por el jefe de personal, se presentará y esperará a que le señalen fecha y hora para la cita, es más, ahora mismo va a llamar, qué mejor momento, es media tarde, la redacción estará a pleno rendimiento y no molestará más de lo debido, porque quién la va a atender no es el que hace las crónicas, tampoco el que tiene que salir a patearse la calle, ni el que estará escribiendo el articulo del día, ni siquiera es el encargado de hacer el montaje de la edición que saldrá a la venta ni ,eso es seguro, es quién atiende la centralita, no, el jefe de personal no tiene urgencias que cubrir ,seguramente se hallará en su despacho redactando un informe o hablando por teléfono o estudiando la estadística de bajas laborales o planificando el próximo proceso de selección , nada que no pueda interrumpir una breve llamada, vamos a ver, aquí esta el número, diga, quisiera hablar con don Manuel Ribera, ¿de parte de quién?, de Berta Sanmartín, un momento, por favor, le paso, Berta, si, ¿cómo no has venido directamente?, no me apetecía aparecer de improviso, pero si tu ya eres de plantilla, entonces supongo que puedo incorporarme mañana, por supuesto, cuando tú quieras, te parece bien a las diez , si, perfecto te estaré esperando, hasta mañana , hasta luego. Hay palabras que se dicen con el corazón y otras que forman parte de los convencionalismos sociales, las primeras se escogen, se bucea en la memoria de los significados aprendidos para decirlas con la mayor precisión posible, queremos que la persona a la que van dirigidas nos comprenda y comparta ese sentimiento tan difícil de describir con silabas nunca perfectas, las segundas se dicen maquinalmente siguiendo el mismo proceso con que realizaríamos cualquiera de las actividades rutinarias: vestirse, lavarse, sentarse en una silla o mover las piernas al caminar, las del corazón se buscan eternamente y nunca se encuentran, para las otras sobran sustantivos y adjetivos, sus ecos rebotan en el aire y lo único que tenemos que hacer es escuchar y repetir, repetir y escuchar, jugar con ellas como quien juega al tenis, ahora las uso yo, te las paso que ahora las usas tú, es la manera de entenderse, de rendirse a la utilidad que es lo verdaderamente importante ¿ no es el lenguaje un patrimonio común que hay que compartir? usemos pues las palabras necesarias, ni una más, traslademos a nuestra intimidad esa reducción victoriosa, aprendamos a vivir en sociedad , sin individualismos, sin extravagancias, sin la petulancia de las palabras caducas, ensalcemos los nuevos vocablos, los que vencen en la calle, aquellos que se construyen entre todos a partir de un exabrupto o de una onomatopeya que ha adquirido patente en el diccionario de la lengua, olvidemos que las palabras tienen etimología, vulgaricemos, huyamos de cultismos , volvamos al mono si es posible. Berta está divagando, son los efectos del tiempo muerto, el peso plomizo de la habitación 42 de este hotel recién construido, su habitación, su casa, su cripta. Ella es un cuerpo que adolece, está tan cansada que tiene que tumbarse en la cama, sus sensaciones son de decaimiento y pesadez, tiene miedo a perder la conciencia, es un subterfugio de su naturaleza, ante el pánico no reacciona, su organismo claudica, es incapaz de hacer funcionar los músculos, respira por pura inercia, está perdida ,invadida por un liquido ilusorio que la paraliza, completamente vencida, cordero de sacrificio, degollada por su hijo no nacido, ve un pequeño Nerón ante el cadáver de Agripina, la venganza de un caníbal que la come por dentro y por fuera, y ella quiere que eso suceda, condenarse para redimirse, lo único que pide a cambio es que se apague la luz de los sentidos, que ni vista ni oído, ni gusto ni nada le hagan sentir el hecho consumado de esa inmolación consentida, que sea carne yaciente, insensible al dolor. Eso es muy cómodo Berta, eso no es sufrir ¿ por qué es necesario sufrir?, una quiebra, una cuerda se ha roto, no hay armonía, solo caos y estruendo ¿ quién esta libre de la caída? Su vida era regular, controlada, como la de cualquier persona equilibrada, sabores y sinsabores alternaban, placeres pequeños, contratiempos afrontados con serenidad, no sabe qué le ha pasado, un desacuerdo sordo, una nota discordante, una duda que crece hasta convertirse en obsesión, un cortocircuito neuronal, algo no funciona Berta, hay algo en ti que te desagrada, no eres peor ni mejor que cualquiera, lo que te ocurre es que das más importancia a tus errores y a tus carencias que a tus plenitudes, pero aun estás a tiempo, concedamos que te has equivocado de camino, lo único que tienes que hacer es desandarlo, volver a la encrucijada y escoger cualquiera de los otros caminos, cualquiera, me entiendes, es fácil, no puedes mirar hacia delante porque delante tienes el abismo, debes dar la vuelta, un giro de ciento ochenta grados. Has hecho lo correcto al cambiar de vida, solo falta que ese mecanismo interior al que estas dando cuerda se pare de una vez, no insistas en darle cuerda, Berta, que se ahogue, olvida, deja que los resortes de la autodefensa hagan su trabajo, quiérete, no te rebeles contra ti misma, de esa forma no ganarás nada y lo perderás todo, tienes un trabajo nuevo, te rodearas de gente que no podrá herirte, porque no conocen los recuerdos que a ti te duelen, no podrán mencionarlos ni sugerirlos ni provocarlos, estás a salvo de los demás, salva también tu alma, date un futuro, entierra la culpa, empieza por ser honesta contigo, no conviertas tu psiquis parapléjica en objeto de culto, niégala, múdala , metamorfoséala, permite que crezca dentro de ti otra vez el orgullo, vive.


















EL SUSTO

Le dolía la barriga y acabó por escupir moco verde. Nada serio, “otra vez la adenitis”-dijo Laura. Al pobre Gabi ,con reiteración cíclica, se le inflaman los ganglios abdominales, empieza por quejarse del estómago, pierde apetito y a los pocos días llega su amigo, el vómito.
-me duele, papá
-ya lo sé, hijo. No quieres desayunar, verdad
-No , papá
-Bueno, vas a beber aquarius a poquitos
-es que no me gusta nada, ¿no podría beber agua?
-Si es con azúcar, sí
Gabi se lo piensa un momento.
-agua con una cucharada de azúcar-dice con gesto serio.
-Vale, te lo voy a preparar, y no te eches en el sofá, mejor te quedas sentado

Hoy no podrá ir al colegio, es la cuarta vez en los últimos cuatro meses, a vómito por mes, es un incordio y encima no hay forma de prevenirlo, “le pasara a medida que se vaya haciendo mayor”-dijo el pediatra , mientras tanto pierde peso con la dieta blanda y las pocas ganas de comer, y pierde clases ,eso es lo que menos le gusta a Laura. Gabriel la tranquiliza diciéndole que a estas edades no tiene importancia que falte algo al colegio, y debe ser cierto porque Gabi hace progresos él solo con la lectura y los números , es muy listo dice su madre. Gabriel piensa que el niño no tiene nada de tonto pero que Laura exagera, pasión de madre, sin duda. A él lo que le fastidia es ver así a su hijo, sin ganas de hablar, pálido como papel de fumar, con lo alegre que es, en fin, va a darle las cucharaditas de agua con azúcar, primero una cada cinco minutos, si las tolera, podrá tomar algo sólido, arroz hervido y pechuga de pollo a la plancha, pero de eso mejor que se encargue Laura, cuando llegue. Tendrá que avisar a la Academia, don Anselmo se va a enfadar, se está ausentando demasiado, es una mala temporada, don Anselmo, si, Gabriel, pero esto no es la enseñanza pública, aquí los alumnos pagan y no les hace gracia que faltes tanto, recuperaré las horas, don Anselmo, se lo prometo, hablaré con ellos ,si es necesario vendré el sábado . Don Anselmo ha sido padre de tres niños y de tres niñas, sabe perfectamente lo que pasa con los críos, cuando no tienen un virus, tienen la gripe y cuando no, varicela o bronquitis, lo que ocurre es que es el dueño de la academia y el negocio está por encima de todo, seguro que no es grave, además, que se arregle con Laura que debe pensarse que esto de la Academia es jauja, vamos hombre. Hoy la pediatra de Gabi no tiene consulta, qué casualidad, habrá que llevarlo al Materno como las últimas veces, es una lata porque siempre le toca uno diferente, a ver quien está de guardia, como sea el cubano mejor no se lo digo a Laura, no lo traga desde que la llamo histérica tras llevarlo a urgencias por un simple catarro.
A la media hora decide que tienen que mirarlo, no hace más que devolver los líquidos, vamos Gabi, no puedo moverme, papá, anda, ven- le pone los zapatos- colabora, hombre. Gabi estira los dedos y los zapatos encajan en sus pies chupando aire como si fueran dos envases al vacío, ponte esta chaqueta, Gabi casi no se sostiene, su padre le da una bolsa de Carrefour en previsión de una nueva oleada de vómitos, bajan al garaje, cuando salen del ascensor las luces se encienden automáticamente, su coche es como un perrillo que cuando los ve amaga una sonrisa. Gabriel acomoda a su hijo en la sillita de atrás, le cruza el cinturón de seguridad de arriba abajo y lo bloquea en el anclaje, mira, hijo, si te dan ganas de escupir usas esta bolsa, la pones así ves. Gabriel hace un gesto como de meter la cabeza en la bolsa, y lo echas ahí dentro, no te lo tragues que es peor, me has entendido, si, papá, dice Gabi con voz desmayada. El coche diesel arranca con ronroneo de camioneta asmática, giro a la izquierda sorteando columnas, sigue la flecha que indica la salida, los faros iluminan las franjas amarillas y rojas de las paredes, antes de llegar a la primera rampa vuelve a tener la impresión de que hay una persona que se interpone en su trayecto, una sombra que se desplaza, no es más que una ilusión óptica que se repite continuamente, segunda rampa sin apariciones, parada para utilizar el mando, apunta, presiona el botón, mala suerte, la puerta no responde, lo que faltaba, sale del auto y abre manualmente, me duele mucho, papá. Gabriel esta empezando a ponerse nervioso, enseguida llegamos, ya verás, el coche circula con agilidad porque el tráfico no es denso, ya están a las puertas del hospital, lo malo es aparcar, mira hacia atrás, tiene mal aspecto, es igual, aparcará en doble fila, es una emergencia, justo en el momento en que va a liberarlo del cinturón, Gabi no puede más y escupe una catarata de agua amarillenta, su padre lo toma en brazos y se olvida de cerrar con llave el coche, el niño no ha perdido el sentido pero se queja de fuertes dolores en el abdomen y en la nuca, en la consulta no hay nadie esperando, la enfermera nada más verlo le ordena que pase, quítele la ropa y que se tienda ahí, dice señalando una camilla, es el médico cubano el que está de guardia, lo explora, esto es apendicitis aguda, que lo internen de inmediato, daré orden para que llamen al cirujano inmediatamente, llámenlo a su teléfono particular si hace falta, esto no puede esperar, si no es peritonitis debe faltar poco.






UNA PROPUESTA


¿Cómo es posible que haya caído tan bajo? Se podría esperar de otra persona, de alguien más apegado a los bajos instintos, de uno que hubiera convivido con la miseria y el dinero fácil, alguien, tal vez, sin arraigo, un mercenario que se hubiera vendido al mejor postor, un hombre sin escrúpulos, sin creencias profundas, un escéptico que despreciara la naturaleza humana, un arribista, un mal bicho. Nada de esto era José, sus apegos naturales se inclinaban hacia conceptos tan loables como bondad y justicia, tenia defectos, desde luego, aunque él siempre los había considerado meras debilidades que se vencen con tesón y rectitud ¿por qué entonces en el ocaso de su vida estaba al borde del precipicio?, un ser que toma distancia, que razona antes de actuar, que está de vuelta, que ha aprendido a medir las consecuencias de sus actos, esto era el santo y seña de su proceder. Su profesión y su conciencia eran uno, se sabia más admirado que repudiado y eso era por virtudes tan difíciles de conquistar como la templanza, la equidad y la ponderación. Filones de metal precioso que solo unos pocos logran pulir con su inteligencia, su completa formación humana y su experiencia vital. Llegados a este punto podríamos afirmar que el individuo que menos se ajusta al perfil del jugador compulsivo es precisamente José, modelo a seguir, y, sin embargo, aquí le tenemos, atrapado como un insecto en la tela de araña del impulso suicida que le lleva a la consunción económica y moral, ¿Cómo explicárselo a su hijo, a su nuera, a su propio nieto, a los jueces más jóvenes que le miran con respeto? No puede permitir que esto se sepa, tiene que corregir la deriva, es posible que lo que necesite sea un oyente, un psicólogo comprensivo o mejor un confesor, si, seguro que confesando el pecado podrá vencerlo, porque estamos hablando de pecados, él sufre una fantasía desde niño, se cree de la estirpe de Caín, solo porque su madre se llamaba Ada, que tontería, hijo del doble pecado, el del árbol de la ciencia y el de la quijada asesina, maldita condena. Naturalmente, estas aprensiones son miedos no superados, demonios infantiles con los que hay que convivir ¿Por qué se rebelan ahora?¿será porque esta próxima la vejez que según dicen es la edad más semejante a la infancia?, ¿será que la vida es un círculo formado por dos mitades que se pliegan lentamente una sobre la otra, al inicio en las antípodas y después aproximándose como imanes hasta confundirse en el nacimiento y la muerte?. Él, visto así está en la antesala de la confusión, se siente como si tuviera pegado a su rostro una máscara de doble faz, mitad anciano, mitad niño, son las caras de juno o el eterno retorno hecho carne, lo que le pasa ,en definitiva, es que se pierde en especulaciones poco prácticas para sus fines de salvación, sería más útil que se lo contara al padre Damián
-Padre, necesito hablarle
-¿de qué se trata, José?
-usted y yo nos conocemos desde hace mucho
-así es
-usted sabe que he tratado de ser, dentro de mis limitaciones, un modesto ejemplo para mis hijos
- por supuesto, eres un buen hombre, me lo has demostrado muchas veces
-hay algo, no sé por donde empezar, me da vergüenza decírselo
-escucha, José, no solo soy tu párroco, soy también tu amigo
- por eso estoy aquí, verá, todo empezó con ese bingo que organiza usted
-¿el de la parroquia?
-si, no se si recuerda, pero yo no tenia ningunas ganas de ir. Estos juegos de azar me parecen una especie de engañabobos, pero quise complacerle, total no me costaba nada. El caso es que me gustó, sentía un cosquilleo por dentro cuando estaba a punto de obtener el premio, después de dos o tres veces acabé completamente enganchado, necesitaba más, me pasaba el día pensando en apostar, empecé a frecuentar otros bingos, el Casino…,¡hasta me envicié con las máquinas tragaperras!, perdí mucho dinero, Padre, tengo la casa hipotecada y debo a un prestamista más de seis mil euros
-dios mío, José, nunca me hubiera podido imaginar que te pasara esto a ti, precisamente
-yo tampoco, padre, hay enfermedades que no se manifiestan nunca porque no han tenido las circunstancias favorables para hacerlo, desgraciadamente, yo se las he dado
- no sé, hijo, no sé que consejo darte, me siento en parte culpable
-no, padre, no es culpa suya, usted no me pone las fichas en la mano
-ahora mismo, lo único que se me ocurre, es ese viejo dicho de que si evitas la tentación evitarás el deseo
-¿que quiere decir padre?,
-¿Qué es lo que más deseamos?, lo que está más próximo, lo que vemos a diario. Quizá si te ausentas una temporada logres superar tu adicción, si te vas a un lugar recogido, aislado, una aldea, por ejemplo, donde la única tentación sea el goce pleno de la naturaleza. Si, podría ser una buena solución, yo mismo tengo una casa que te podría prestar, es un sitio ideal para reflexionar y recuperar el pulso, está en un valle rodeado de montañas, un lugar con pocos vecinos que no molestan a nadie, y si esto no funciona , José, entonces me temo que tendrás que buscar ayuda especializada, ya me entiendes, aunque espero de corazón que no sea necesario.

A José le gusto la idea del padre Damián, salir de aquella atmósfera asfixiante de juego y corrupción, volver al buen salvaje, a los instintos más puros, al trato más noble con gente que entendía la amistad de frente, con el corazón en la mano, sin tapujos, amantes de las cosas simples, la comida sobre la mesa, la huerta, el granar de las espigas en verano, el valor de una buena cosecha, el fruto maduro de los árboles pródigos, el rezo nocturno agradeciendo a dios el pan de cada día ,una cura de humildad para reconducir su destino.


BERTA SE PONE EN SITUACIÓN



Al final se desperezó y salió a la calle para alquilar un coche. Si iba a estar una temporada en Coruña lo más práctico es que se hiciera con un automóvil, el trabajo quedaba en las afueras, en un polígono industrial, a unos tres kilómetros de la ciudad, al que era imposible acceder mediante transporte público. Preguntó en la recepción del hotel por alguna empresa de renting, le indicaron una que quedaba no lejos de allí, en unos bajos comerciales próximos al estadio. La tarde decaía y se acercó al paseo a ver como el sol se acostaba en el poniente, algunos jóvenes, en parejas o en grupos, apuraban los últimos rayos del atardecer, embebidos de sal y sudor ponían sus cuerpos en el escaparate de los deseos manifiestos, entre fulgores dorados de impaciencia se acosaban como perros en celo, desplegando la eterna danza de doncellas y sátiros sobre la arena aún caliente, o saltando sobre las crestas de las olas tardías como oficiantes de una bacanal de gritos y mestizajes ,de sexos despiertos y goces animales, copulando felices en pensamiento y en obra, exhibiendo dotes de juvenil concupiscencia, sin el menor pudor ni el más mínimo recato, actuando con libertad omnipotente, sin importarles lo que puedan pensar las mentes estrechas de sus mayores, que los miran escandalizados ,asomados a las barandas del paseo, o desde la atalaya de los pisos con vistas a la playa, apuntándoles con dedos deformados por la artrosis, cuchicheando a ras de suelo, pues no se atreven a levantar las voces ante la imperial exhibición de unos cuerpos insultantemente plenos, envidia de esplendores perdidos sin provecho, quieren ponerse en su lugar pero no pueden, es demasiado tarde, su época era mojigata y esta es impúdica, ¡qué le vamos a hacer, si no se puede volver atrás¡. A Berta no la podemos clasificar, es un espécimen único, no se la puede incluir en ninguna de las tipologías de paseantes, no es componente de grupo familiar con uno o dos niños, no pertenece a la tercera edad que se solaza en el tiempo distendido, por supuesto, no es bañista, ni parada de larga duración que ha aprendido a observar distraída y pacientemente la diversión ajena, ni lectora que pasa las páginas de un libro con deleite. Eso si, se ha detenido por un momento, como muchos otros, para sentarse. Su cuerpo ocupa medio banco, mientras en el otro medio la vecindad es transitoria y variada: uno que se limpia los pies de arena con una toalla mojada, otra que se sienta inerte durante veinte minutos, un joven en camiseta, pantalón corto y gafas de sol que apoya la bicicleta en la parte libre del banco, se sienta, bebe de un bidón naranja, se levanta y prosigue su pedaleo.
Será que ella no pasea, transita hacia un objetivo y eso no la une a la mayoría, tiene la impresión de que es la única que sigue esa dirección, que los demás son una marea imparable que la va a anegar, acelera el paso para salir de ese maremoto de vitalidades variopintas, ya está ante la oficina de renting. Tras un mostrador, parapetado, un hombre aparentemente desocupado lee una revista de motos, al verla se levanta, ¿en qué puedo servirla?, quisiera alquilar un coche, ¿durante cuánto tiempo?, seis meses, ¿ha pensado en que tipo de coche necesita?, si, un utilitario, es para desplazamientos cortos, tengo aquí un ibiza en muy buen estado y a un precio estupendo, es un automóvil con cinco años de antigüedad que acaba de pasar la itv, ¿de qué color es?, rojo, ¿para cuando podría tenerlo?, si usted nos trae una copia de su última nómina o un aval bancario, o nos da permiso para que su banco acredite que no tiene problemas de liquidez lo tendrá inmediatamente, creo que llevo encima un extracto de mi cuenta, déjeme ver , si ,esto puede servir, si me deja su carné de identidad y su permiso de conducir le voy tomando los datos, una vez firmado el contrato puede llevarse el coche cuando quiera, los tenemos aparcados a pocos metros de aquí, casi preferiría venir mañana, como guste, ¿a qué hora abren?,vamos a ver, mañana es viernes, a las ocho esta abierto.
Berta ya tiene coche, primer asunto arreglado, segundo, necesita ropa, se ha venido con lo puesto, debe comprar, cuando menos, un vestido, unos pantalones vaqueros , una camiseta y una chaqueta o algo que la abrigue, pero de eso puede ocuparse el fin de semana, tercero, va a llamar a su hermana, eso lo hará el sábado, no sabe si pedirle que le busque un apartamento, seguramente se lo diga sino se enfadará, no soporta que se la ignore, se pondrá en sus manos como buena hermana pequeña, se dejará aconsejar y Laura se hinchará como un pavo real. Berta se ríe sola, al imaginársela con el cuello estirado, el rostro picudo con penacho coronado , la cola irisada extendida en abanico, con vestido de seda verde apretándole las carnes, igualito que en el video clip de Maria Jiménez, moviéndose con sensual sapiencia, cloqueando consejos admonitorios como una gallina vieja y resabia. ¡Qué diferentes son!, ella sería incapaz de darse esos aires de superioridad, es tímida , no tanto como de niña cuando parecía un pajarito asustado, ahora la timidez se manifiesta más por dentro que por fuera, hacia el exterior ha aprendido las fórmulas del disimulo, una batería de gestos que encubren las emociones, una modulación de la voz constante, neutra, opaca, un muro de cortesías fugaces, esperables, un mirar controlado, impasible a las reacciones del contrario, pero hay signos que delatan un velo de inseguridades, como ese ligero temblor de los labios cuando la tensión la supera o el jugueteo inconsciente de saca-mete con el anillo que lleva en el dedo corazón de su mano izquierda, o el guiño de los ojos que con los nervios se le disparan, poniéndola en la situación apurada de una mala interpretación. Vemos, por tanto, que su nivel de autodominio, en cuanto a la imagen que presenta ante los demás, es alto, pero no absoluto. Otra cosa es su interior, allí hay un volcán activo que, con furor indómito, asola sin piedad su ánimo. Su voluntad férrea en mostrar un trabajado carácter, de apariencia tranquilo y sosegado, añade una dificultad mayor al control de esos arrebatos de pesadumbre o de exaltación que nacen con los bríos de un caballo salvaje al que hay que domesticar, un esfuerzo agotador para hacer frente a esas vacilaciones que le ponen un nudo en el estomago, a los gritos incontrolados, voces altisonantes que oye por todas partes y que le hacen perder el dominio de la situación, a la insolencia de hombres y mujeres que creen que el mundo les pertenece, a las cosas fuera de sitio , a los espacios nuevos y por lo tanto desconocidos, en resumen, a todo lo que perturbe el orden natural de su entorno. En eso no es diferente a nadie, lo que se está contando aquí le pasa a mucha gente, son actitudes que definen la timidez como lo hace, por ejemplo, el diccionario de anaya es decir: sensación de vergüenza e inseguridad que una persona siente ante algunas situaciones sociales que pueden impedir o dificultar el trato con los demás.
Laura es su antónimo, en las situaciones nuevas se crece, se envalentona, saca lo mejor de sí; en los espacios regulados, los hechos programados y la seguridad de los actos triviales se marchita como una flor sin agua. La rutina la pone de los nervios, según ella misma dice, lo que más teme es el aburrimiento de los días iguales, ver siempre las mismas caras y no dar ocasión a la sorpresa. Tiene vocación de reina de la fiesta, lee biografías de heroínas como Juana de arco , madame Curie o Marylin monroe, admira a cualquier personaje que arrastre multitudes: sea deportista, político o artista. Le gustaría, aunque no lo confiesa abiertamente, ser popular entre populares. Pagaría cualquier precio por un momento de gloria, sería famosa sin mérito porque es de las que piensa que el mérito está en la propia fama, desprecia en cambio a los que teniendo méritos no saben explotarlos lo suficiente: los escritores retraídos, los actores que no actúan fuera del escenario, los creadores en general que no se preocupan de vender sus creaciones, esperando que estas se vendan solas, sin mimar a su público, sin exhibir la aureola de su personalidad, que interesa tanto o más que su obra. Califica de cenutrios a los que Gabriel llama personas de prestigio y con cierta clase que van a lo suyo , odia lo francés por su pedantería inútil, ama más el folclore del sur que el de su propia tierra, cree que la muñeira y las pandereteiras son cosa de paletos y no se da cuenta de que también son arte. Se pondría un vestido blanco de lunares rojos con faralaes para bailar sevillanas, de hecho, lo hace en la casa de Andalucía cuando llegan a Coruña los ecos de la feria de abril. No se pondría el llamado traje regional porque considera que no favorece. Está orgullosa de su ciudad , que en su opinión no es la mejor del mundo, pero , desde luego, si es la mejor de Galicia, eso nadie lo puede discutir. La verdad es que hay que tener mucha paciencia con ella, como Gabriel sin duda la tiene ¿ como es su cuñado?. De él solo conoce detalles, ha sido un víva-la-vida, ahora es un padre responsable, ha sido un idealista y ahora tiene los pies en la tierra, ha sido joven y ahora ya no lo es. Ha sido otro del que es hoy, igual que ella, igual que Laura ,igual que cualquiera.
Cuando regresa, camino del hotel , pasa por delante de su antigua casa y oye, como cuando era niña, la risa de su hermana, que está burlándose de los chichos que le ha puesto su madre, bien apretados, con dos gomas de colores, del mandilón de las monjitas porque le queda enorme y está lleno de manchas , del ligero tartamudeo que todavía no ha logrado superar. Se está viendo, sofocada por la rabia contenida, derrotada por la impotencia de sus pocos años, los puños apretados llamándole mala, y Laura haciendo el simio, subiéndose a la cama, con la complacencia de mamá, que le ríe la gracia mientras le pone un remiendo en el mandilón y le manda tajantemente que se este quieta, que deje de lloriquear como una tonta. Las protestas de su padre desde el despacho por el jaleo que arman, el corpachón del coronel que hace chirriar el picaporte antes de entrar como un basilisco en la habitación revuelta. Está a punto de salir hacia el cuartel, le impresiona su uniforme inmaculado, la casaca caqui ajustada al tronco, resaltando la prominencia de su pecho de nadador, los botones dorados a punto de saltar, las condecoraciones de los días de desfile ,el prendedor de oro en la corbata tiesa, el bigote cuidadosamente recortado, sus ojos oscuros y su mirar frío, las manos de gigante que podrían quebrar sin esfuerzo su minúscula cabeza. Le tiene un poco de miedo, no lo puede evitar, hasta hay noches en las que está presente en sus pesadillas o ,más bien, es él la pesadilla. No puede decírselo, no se lo dijo ni de mayor, ni en los últimos instantes, cuando su cuerpo había enflaquecido tanto por la enfermedad que ella misma, siendo tan poca cosa, podría haberlo levantado en brazos para arrullarlo como a un bebé. Impresiones que tornan por la proximidad de la fachada ennegrecida de la casa familiar, cuatro pisos, el tercero, el suyo, el único que conserva los ventanales verdes de madera, que ya desde aquí abajo se aprecian carcomidos, agrietados, mordidos por la erosión de un viento que hace tamborilear los cristales de esa esquina, que es la más expuesta, por la proximidad del mar y por la ausencia de edificaciones que mitiguen las acometidas del viento del norte, ¿quién vivirá ahí, ahora?. Una sombra descorre imperceptiblemente los visillos para observar sin ser vista, hay alguien que la esta mirando sin querer mostrarse, es una figura que le resulta conocida, una mujer delgada, de pelo corto, algo más joven que ella. Quiere que esa sombra asome en el espacio mínimo de la rendija la pupila de su ojo derecho, una lente circular que le permitiría ver en la distancia como si estuviera a escasos centímetros de Berta. Es un espectro de sus querencias íntimas, que después de la presunta chiquillada vuelve a ocupar el nido de su memoria. Cuando levanta de nuevo la cabeza la sombra ya no está. Tiene la sensación de que ha sido como un desdoblamiento de su ser, un espejismo provocado por una cuarta dimensión desconocida que le ha devuelto parte de su yo, un pedazo de su alma que abandonó con dolor, y que hoy, por fin, ha conseguido recuperar.




UNA EXPERIENCIA DE PADRE Y OTRA DE MADRE


Gabriel duda si lo pasa peor en una iglesia o en un hospital. Es cierto que en una iglesia no esta obligado a entrar, en cambio en un hospital se suele ingresar por necesidad, en una iglesia puede salir en cualquier momento, aunque sea en mitad de una misa, en el hospital ha de esperar el alta, de las iglesias puede librarse, basta con no acudir, pero de los hospitales no, está en juego su salud o la de alguien querido. Así que para Gabriel hay al menos una diferencia evidente entre una iglesia y un hospital, esa diferencia radica en el poder de decisión, en tus relaciones con la primera eres libre de decidir el modo y la forma, en tus relaciones con el segundo eres un simple paciente, es decir, el que espera que otros(médicos)decidan lo que hacer contigo. La distinción es sustancial porque esa situación de sujeto pasivo puede afectar gravemente al estado de ánimo si lo que valoramos por encima de todo es nuestra libertad. No es de extrañar, entonces, que a ciertas personas, especialmente necesitadas de espacios abiertos y libres, les produzca una sensación carcelaria la atmósfera aséptica de un hospital, y añadan a la dolencia física que ha motivado su ingreso, una dosis mayor o menor de melancolía, angustia o simple incomodidad mal llevada. Gabriel, para su desgracia, es de estos últimos. En esta ocasión no tiene que preocuparse de su propio dolor, algo que sería preferible si aquel fuera tolerable, ya que concentraría su atención y le alejaría de divagaciones inútiles y gratuitas. Esta vez tiene que preocuparse del dolor de su hijo, la duda conceptual que se planteó al principio desaparece: lo pasara mucho peor en el hospital. Dos horas de penuria, ese es el lapso de tiempo que va a transcurrir entre la llegada y la intervención. El tiempo, en estas circunstancias, se interioriza. Dos horas no son dos horas, son la eternidad. Los sentidos se embotan y la mente no rige como debiera,¿cómo se enfrenta un problema de este tipo? hay quién reacciona mejor y quien reacciona peor ante estas situaciones que podríamos llamar “límite”. Ni Gabriel ni Laura son ejemplos de encomiable serenidad, Laura se olvida del niño y se ocupa, con nerviosa actitud, de ordenar el entorno, vamos, que la toma con los médicos, las enfermeras y cualquiera que se ponga por delante, Gabriel se concentra en el niño y no ve más allá, parece autista, si los dos fueran uno se complementarían a la perfección , pero no es así, cada cual es esclavo de sus carencias y eso no les ayuda, la naturaleza impone unas reglas en completo desacuerdo con lo que seria procedente, afortunadamente para ellos dependen de profesionales que conocen bien su trabajo y están acostumbrados a tratar estos casos como es debido. El cirujano, en particular, es un hombre con experiencia, un buen médico, por eso el resultado de la operación quirúrgica ha sido el deseable. A las dos en punto se les avisa para que bajen a quirófano. Entre madres a punto de parir o recién paridas, Gabi parece un fenómeno extraño, fruto de una extraterrestre que triplicara en tamaño a la hembra media de nuestro planeta, un bebé enorme que por alguna descompensación- instrumental no adecuado a su tamaño-padeciera las consecuencias de un mal nacimiento y sufriera más que un neonato terrícola la brutal adaptación a nuestro medio. A Gabi se le nota que siente mucho dolor, señala con su dedo el apósito bajo el cual se esconde una herida abierta y suturada que aún no conoce, y si somos consecuentes con lo anterior ,podríamos decir que su dolor se triplica , sea porque la anestesia la ponen tan ajustada que la convierte en ineficaz en lo que a su fin principal se refiere o porque, automatizados por el triple quilo, le han suministrado una medida de sedantes inadecuada para su peso. El caso es que los efectos narcóticos desparecen como si fueran efluvios volátiles nada más cruzar las puertas batientes de la sala de operaciones. Gabi está asustado, como todos los niños que no entienden lo que les pasa. No tanto como los recién nacidos, claro está, pero es que, además, está confundido y resentido porque sus padres le dijeron que no se iba a enterar, que seria como cuando le pusieron la inyección, un pinchacito, el beso de un mosquito, él que iba tan contento, diciéndole a Gabriel, vuelvo ahora papá, y a Laura, dame un beso, mamá. Tan ingenuo que no notó el extremo cariño de sus padres ni su comportamiento inusual, ni nada que le pusiera en alerta, un corderito inocente que va a ser restaurado como si fuera un muñeco de trapo en manos de Gepetto, y bien pensado, el cirujano tiene un parecido más que ligero con el bondadoso anciano que fabricó al niño de madera, el pelo completamente blanco se le encrespa en un flequillo falso de cabellos ralos, débiles, que han perdido compañía y se asientan sobre oasis enfermos que producen parches de calvicie creciente, la nariz chata, redonda , los anteojos metálicos, circulares, clavados en el puente del apéndice nasal, las patillas dieciochescas de los lentes que hay que ajustar con los dedos al contorno de las orejas. Son gafas de tipógrafo o de luthier, sus labios son finos y su voz es suave, aterciopelada, incapaz de asustar a un niño, su figura es corpulenta y por las muchas horas de quirófano algo cargada de espaldas. Tiene la apariencia del abuelo de Heidi, que debía ser primo hermano de Gepetto, solo que sin gafas. Con alguien así nada puede salir mal, con la sombra de estos dos árboles centenarios proyectada sobre la cama en la que ahora reposa Gabi el sol ardiente del mal tiene que dejar de quemar. Son dos ángeles robustos que velan su sueño, dos pastores que le devuelven al redil, a su pesebre secreto donde le esperan sus padres, aliviados porque el drama solo les ha rozado dejándoles, únicamente, su tarjeta de visita. Les ha anunciado la obra pero no la ha representado y eso es como ver la tormenta desde la ventana o el huracán destructor desde la comodidad de la butaca de un cine. Ya pueden expulsar el aire que han retenido en los pulmones, expeler el miedo, aposentarse como José-pobre Gabriel- y María a cada lado de su niño, que ha vuelto a nacer con la epifanía de las enfermeras y la santísima trinidad del cirujano que ha hecho de rey mago obrando el milagro, y en esta habitación, especie de portal de Belén, dejarán que pasen los días del postoperatorio, adorando a su criatura, su único hijo que se ha librado de esta agresión traicionera que quería perforarle los intestinos. Duerme con la decadente claridad de la tarde cerrándole amorosamente los párpados, con el respirar cadencioso de un organismo agotado y el rictus victorioso de una felicidad recobrada, es el vencedor que se repone de la lucha, el torero que exhibe el trofeo de su apéndice, con el brazo en alto, sin tendido que le aclame.
Gabriel, que lo mira con ternura, no sabia donde se metía cuando pensó en tener un niño. Se lo propuso a Laura y ésta, como si lo estuviera esperando, se adelantó a decirle si, si y si, aún antes de que acabara la frase declaratoria. Enseguida se quedó embarazada, la gestación transcurrió sin problemas, casi agotó los nueve meses de rigor, justo el día anterior a salir de cuentas iban a ir a cenar al asador argentino que estaba próximo a su casa. No fue posible, a Laura le llegaron las contracciones que anunciaban la buena nueva, ingresó en el materno a las seis de la tarde, esperó pacientemente tres horas con el gotero a cuestas y las visitas periódicas de la comadrona y el ginecólogo, a las nueve estaba a punto, la llevaron a quirófano donde le pusieron la epidural, veinte minutos después nacía Gabi. Su padre, entretanto, se había quedado en la habitación dando pasos de impaciencia de un lado para otro. Aquí tiene a su hijo, qué tal ha ido, bien, y la madre, está perfectamente. Gabi se tiraba de los inexistentes pelos de la cabeza, retorcía sus manitas intentando rascarse el cuero cabelludo, parecía un embrión de loco en estado catatónico. No se hará daño verdad, no ,es un gesto nervioso, no se preocupe. Gabi era un bebé ni grande ni pequeño, cuarenta y ocho centímetros y tres quilos quinientos, déle ese biberón, ¿yo?, si hombre tiene que ir practicando, ¿qué es?, es una solución, una especie de suero con nutrientes. Gabriel tiene miedo de coger a esa cosita entre sus brazos, no sabe cómo sostenerlo, lo posa en la concavidad que crea la flexión de su codo izquierdo, Gabi llora con brío, como una horda al ataque, con mucho cuidado intenta meterle la tetina en la boca, no puede, no sabe, ande déjeme a mi, la comadrona es una artista en estos menesteres, el bebé comienza a chupar con fruición, se calma, ve cómo se hace, si pero no sé si se me dará bien, enseguida se aprende, Gabi intenta abrir sus ojos de boxeador después del combate, con dificultad la rayita se entreabre, sus deditos prensiles se aferran al dedo índice de Gabriel, su madre entra en el momento en que él le acaricia la mejilla, ¿Cómo estás?, bien, pero me tiran un montón los puntos, el ginecólogo viene detrás, le da la mano a Gabriel, enhorabuena, gracias, se acerca a Laura, ahora a descansar, mañana me pasaré temprano a ver como estás, gracias doctor, Laura quiere poner al niño junto a su pecho, no puede contener la caída de un lágrima, es una imagen tan tierna, como de madona renacentista, habría que enmarcarla, así, madre e hijo recordarían para siempre los lazos de sangre que les unen, carne de su carne, vísceras de sus vísceras, células madre en células hijo, un código genético en el que se desconoce si pesará más el idealismo de Gabriel o el pragmatismo de Laura o puede que dando un rodeo adopte el pesimismo de Berta o la vena justicialista de su abuelo, una mezcla de sus padres convertiría a Gabi en el perfecto realista capaz de asumir con objetividad los sucesos que le aflijan o le emocionen. No da síntomas de ello, desde los primeros meses se inclina del lado de Laura, su carácter parece ser práctico, egocéntrico, impone la esclavitud de sus necesidades, fuera y dentro de hora, amaga para no cumplir, llora su ración de leche materna para rechazarla, no duerme un sueño prolongado, viciado de colo por la inexperiencia de sus padres no admite la cuna como tálamo, prefiere la cadencia de los paseos, el contacto directo que le permite escuchar los latidos del corazón de su madre, el abrazo paternal de Gabriel que le coge por la nuca y coloca su pequeña cabeza, ligeramente ladeada, apoyada en la clavícula que le sirve de almohada. Para que dormite mientras le canta las nanas que aprendió recientemente de un cedé que compró en el Corte inglés, o canciones infantiles como la del barquito chiquitito o la del elefante que se balanceaba sobre la tela de una araña, que tenía casi olvidadas, reiterativas, obsesivas, perennes.

El objetivo es que Gabi, bajo la monótona salmodia de las estrofas recurrentes, entre en una somnolencia cada vez más profunda, pero ésta ese vuelve discontinua, alterada cada vez que su padre deja de entonar la cancioncita, cansado, agotado, él sí vencido por el sueño, con la garganta seca de tanto cantarle, con el frío colándose por los poros de su cuerpo, del que solo se salva aquella zona de su costado izquierdo que abriga a su propio hijo, perfectamente arropado por una manta de gruesa lana. Él, en cambio, no tuvo la precaución de ponerse algo encima del pijama, que por una de esas manías suyas es de verano cuando estamos en pleno invierno, no pensó que fuera a durar tanto este baile, además, está descalzo y los pies se le entumecen, se resfriará seguro, pero es que no puede hacer nada porque si cambia de posición Gabi lo notará y empezará a llorar quejándose de mal trato. En tanto ,desde la habitación de matrimonio le llega la respiración entrecortada de Laura, que emite silbidos cuando aspira/expele el aire, tres seguidos in crescendo, que rematan en un ronquido que amenaza con ser estentóreo y es prácticamente imperceptible. Gabriel la dejará dormir porque pronto le va a tocar darle el pecho y bastante tiene, entonces sonará el despertador y él podrá descansar un poco, quedan quince minutos para las cuatro de la madrugada, la hora del relevo. Para entretener el tiempo, se asoma a la ventana, es una noche entre semana y la calle está desierta, dentro de cinco minutos pasará el camión de la basura, ha llovido y el asfalto brilla con los reflejos de las luces amarillentas, la mayor parte de las casas, que trepan escalonadas a ambos lados de la vía empinada, son antiguas edificaciones de los años cincuenta, de tres o cuatro pisos sin ascensor , con escaleras estrechas, de altos peldaños, incómodas para personas de edad avanzada, edificios a los que parece que se les ha cortado la cabeza porque no muestran techumbre , solo una línea rasa y brusca, como si se les hubiera hecho un corte que seccionara a la mitad su estructura, dando una apariencia de cuerpo mutilado que a Gabriel le resulta estéticamente desagradable. La suya es una casa más moderna, con ascensor, calefacción central y portero de pago, con techo de tejas anaranjadas, ligeramente picudo. Por fin, suena el despertador y Laura enciende la lámpara de la mesilla, Gabriel, estás ahí, si, aquí estoy, ahora te lo llevo. Pone con cuidado a Gabi en los brazos de su madre que ya se ha incorporado apoyando la espalda sobre los almohadones del cabezal, Laura desabotona el camisón y con la mano saca su pecho izquierdo, el niño chupa del pezón, aparentemente dormido. Es un momento de tranquilidad y de dicha para Laura que disfruta intensamente su maternidad, “hay que vivirlo para saber lo que es”, “Créeme, se trata de una experiencia que no te puedes perder”, estas son sus expresiones favoritas, las suelta con convicción, pese al agotamiento que le producen estos primeros meses en los que el bebé absorbe el cien por cien de su tiempo , y a que ella paga el precio de un desgaste físico del que le va a costar recuperarse, le parece una suerte no estar trabajando en éste momento, qué bien engañó a Gabriel, qué inocente el pobre, se cree que lo del niño fue idea suya, le conoce tanto que esperó pacientemente a que lo soltara, enseguida adivinó que iba a suceder, cuando lo hicieron fijo en la academia ya estaba segura de que cualquier día se lo propondría, estabilidad económica igual a quiero tener un hijo, ella ya se había preocupado de insinuárselo en alguna ocasión, qué niño tan mono, me encantan los niños, etc., picó como el más tonto de los tontos.
A Laura le preocupa un poco que Gabriel se vea superado por las circunstancias, ha perdido peso y su aspecto es de secuestrado de zulo. La intimidad entre ellos se ha perdido ante la presencia centrifuga del bebé, no te dejes barba que te envejece, es que estoy tan cansado que ni me apetece afeitarme, tenemos que hacer algo, voy como un zombi al trabajo, hay que encontrar una solución para que Gabi duerma en la cuna, que tal si probamos con el libro de estivill, me han dicho que funciona, esta bien, lo compramos y a ver que pasa, y funcionó, naturalmente que funcionó, vaya si funcionó, estuvo por escribirle al tal estivill para darle las gracias, le salvo la vida. Por fin podía dormir ocho horas seguidas después de nueve meses de insomnio forzoso, a partir de ahí todo fue más fácil.









EL TRABAJO


El recepcionista le está mostrando un plano de la ciudad. Traza con su dedo la ruta que deberá seguir Berta. “Estamos aquí, ve. Ésta es la plaza de Pontevedra, usted tiene que salir por la avenida de Finisterre, siempre recto, al principio es subida, luego se cruza con la ronda de Outeiro, a la izquierda verá un Polígono, ese no es, tiene que continuar, siempre por la misma carretera, pasará por delante de Genosa, la empresa de grafitos, más tarde Meirama y Pastoriza , finalmente saldrá a una rotonda donde a mano derecha verá el Polígono de Sabón”. Mientras habla, levanta la vista de vez en cuando, para comprobar que Berta le está entendiendo. Ella asiente con la cabeza. No tiene perdida, es el camino que recorría con Cuca y sus padres cuando iban a la playa de Barrañán. Ignora como seguirá en la actualidad, pero en aquel tiempo en lo que ahora hay un Polígono apenas existían un par de fabricas pegadas a la costa, dos moles de cemento armado que exhibían chimeneas cónicas con franjas blancas y rojas, una especie de crematorios gigantes o de faros indios cuya manera de avisar a los barcos de la proximidad del litoral era crear esas nubes artificiales de C02 que formaban una capa gris visible a larga distancia en los días calmos del verano. Berta recuerda que, cuando circulaban a la altura de estas industrias, el padre de Cuca se quejaba del mal olor y ordenaba cerrar las ventanillas del coche durante un rato. Lo tenia tan controlado que, al abrirlas de nuevo, justo cuando se cruzaban con el sendero que iba a la cantera, el olor pestilente había quedado atrás y se volvía a respirar el aire aventado cargado de salitre. En la misma dirección, adentrándose en el monte, se hallaba el matadero de Frigsa. Era el lugar fetiche de Cuca, le encantaba asustar a Berta con historias que se inventaba, como aquella sobre terneros desollados por matarifes sádicos que cortaban la yugular de las reses para beberse su sangre en aquelarres nocturnos bajo la luz del plenilunio, mientras los oficiantes invocaban al demonio ante piras fantasmales recitando con voces de ultratumba las palabras arcanas de misteriosos ritos satánicos. No te creo nada, le decía Berta riéndose, es la pura verdad, te lo juro, me lo contaron los vecinos más ancianos del lugar, uno de ellos, Remigio Caracortada, es miembro de una sociedad secreta que practica la magia negra, una vez quiso iniciarme, sabes, pero yo sospechaba que querían utilizarme para el sacrificio, para abrirme en canal, así que los mande a paseo, eso sí, me entere de unas cosas que ponen los pelos de punta, si quieres te las cuento, no, Cuca. Mira, dice Cuca cambiando bruscamente de asunto ante el desinterés de su amiga, hay marea baja y la bandera está verde, hoy nos podremos bañar. La playa de Barrañan se sitúa frente al mar abierto, las olas cogen fuerza impulsándose por el viento, se las ve crecer en altura, aumentar de tamaño, hasta que estallan con ímpetu sobre la arena, derramándose con artificios de espuma blanca y sonidos de pastilla efervescente. Es una playa peligrosa, donde la resaca absorbe a los bañistas descuidados que se meten más de lo debido en las entrañas del mar. Aquí los ahogados abundan, por eso los padres de Cuca solo las dejan bañarse en las lagunas que se forman cuando baja la marea, allí pueden nadar sin problemas porque el agua no les llega más arriba del pecho. Cuca, a sus doce años, es una gran nadadora, no se puede decir otro tanto de Berta, que se limita a flotar como un tablón de madera sobre el agua estancada, su especialidad es hacer el muerto. Después del baño se secan la una a la otra, entre risas se ponen las camisetas y se van a comer con los padres de Cuca al restaurante que queda en lo alto de la colina. En una ocasión, el padre de su amiga, las invitó a percebes porque Berta le dijo que nunca los había probado, aún se acuerda de la ingrata impresión visual que le causaron aquellos crustáceos que le parecían los dedos de los pies de un mandinga, cogió uno de los racimos que le puso Cuca en el plato y al tacto le dio asco, comérselo ya fue tarea imposible, tocan a más dijo la madre de Cuca llevándose a la boca el fruto hermafrodita con evidente goce gustativo. Al cabo de unos años, no sin recelo, consiguió probarlos cuando Jaime la convenció para que fueran a una marisquería de la plaza de Santa Ana en Madrid , quiero esos le dijo Jaime al camarero, señalando una bandeja repleta de percebes que por su exhuberancia habían puesto en exposición permanente. Le gustaron tanto que ahora cuando le preguntan por su manjar favorito, ella dice sin dudar: mandinga. Estos son recuerdos que evoca mientras se dirige hacia el periódico, su Ibiza rojo cabecea con las marchas cortas que Berta mete con dificultad, el tráfico por la avenida de Finisterre forma una cola que avanza como una caravana de camellos, lenta y armoniosamente, dirigidos por un guardia en prácticas que efectúa remolinos con sus brazos, bajo el scalextric de la ronda de Nelle. A las diez en punto se encuentra delante del edificio de La Voz de Galicia, es una construcción de planta rectangular, de tres pisos lineales, cuadriculados, donde el cristal y el acero predominan en la estructura. Enormes letras rojas, con los mismos caracteres góticos que se utilizan en la portada del periódico, se sostienen en lo alto sobre pilares de hierro. Berta no encuentra plaza en el aparcamiento, multitud de coches en batería no dejan ni el más mínimo hueco libre, decide salir de nuevo y aparcar en el arcén de la carretera. Tiene que andar unos trescientos metros hasta la entrada, cruza la puerta giratoria, el vigilante jurado le indica que pase por el detector de metales, se dirige hacia la derecha, donde la chica de información está atendiendo a un hombre empeñado en entregar en mano una carta , no, mire, no puede ser, ese no es el procedimiento, usted tiene que remitirnos la carta por correo a esta dirección, concretamente a la sección de cartas al director, lo que quiero es asegurarme de que se va a publicar , eso no se lo puedo decir yo, por eso he venido ,para hablar con el responsable de la sección, ya le he dicho que no es posible, no concede entrevistas, pues no me voy a mover de aquí hasta que hable con esa persona, como quiera pero deje sitio por favor, el hombre se aparta y se sienta, con fastidio, en uno de los sillones de la sala de espera, parece tenso mientras aprieta con las dos manos los folios que tiene sobre las rodillas, en qué la puedo ayudar, tengo una cita con don Manuel Ribera , cuál es su nombre, Berta Sanmartín, ah! si la estábamos esperando, don Manuel me dijo que cuando llegara subiera directamente a su despacho, es por ahí dijo señalando de frente, coja el ascensor hasta la primera planta, nada más salir verá la sala de redacción, a la izquierda está su despacho, es el primero, no tiene perdida, el nombre de don Manuel figura en la puerta, muchas gracias, espere que le doy esta acreditación, la chica le pone en la solapa una cartulina de visitante sujeta con un prendedor rojo. Berta sigue las instrucciones que le han dado, al salir del ascensor alguien la llama, Berta eres tú, ella se da la vuelta, ¿no me conoces?, soy Felipe, si claro, ya me dijeron que venias a trabajar aquí, caramba, nunca creí verte en activo, siempre pensé que lo tuyo era la docencia, yo también lo pensaba, pero ya ves. Felipe ha sido uno de sus alumnos en la Facultad de periodismo, no le gusta encontrarse con exalumnos y menos trabajar con ellos, cree que van a juzgar su trabajo con mayor rigor , que esperarán seguir aprendiendo a su lado, teme la decepción que generará. Tal como le han dicho, al llegar ante la puerta de cristal esmerilado, puede leer el nombre que está buscando y debajo todas las letras del cargo que ostenta, excepto la j: efe de personal. Es el primer despacho de una serie de cinco exactamente iguales, peceras con las persianas bajadas y las mismas puertas solo que con diferentes nombres y puestos. Berta llama dos veces, una voz desde dentro le dice que pase, hola, soy Berta, hombre, bienvenida , Manuel le da la mano, delante de ella ve a un individuo con una camisa azul desabrochada en el primer botón que lleva remangada hasta los codos, la corbata es verde limón, con el nudo a medio deshacer, el pantalón de tergal azul oscuro pierde la horizontal a la altura del ombligo ante la presión de una barriga más que incipiente, su expresión es amable, el cabello cuidadosamente recortado a navaja, las canas se las ha dejado en las patillas y se ha teñido el resto de un castaño claro un tanto artificial, está acostumbrado a sonreír y se le forman unas graciosas patas de gallo en las sienes, en conjunto parece un hombre agradable, perdona si me he retrasado un poco, me ha costado aparcar, dímelo a mi, estamos a punto de comprar otra parcela para hacer un parking, pero siéntate, gracias, espera que voy a mirar en el ordenador si figuran tus papeles en regla, vamos a ver, contrato, seguridad social, te dimos copia de todo, verdad, si ya las tengo, supongo que estarás deseando conocer a tus compañeros, me encantaría, te voy a presentar a tu jefa, tenemos que subir, la sección de local está en el tercer piso, ven conmigo por favor, salen al vestíbulo , hay varias personas esperando los ascensores, Manuel se desvía hacia las escaleras, a Berta le da por contarlas mientras sube, veintidós peldaños, el vestíbulo superior es igual al inferior pero la sala no, aquí la tienen dividida en cuatro partes por unos paneles en cruz. En uno de los pedazos de la tarta , Luisa, la jefa de local, da instrucciones a un joven con aspecto de becario, te lo pedí a tres columnas, Mario, tienes que reducirlo, céntrate en la noticia, hablas de un incendio no de la comunidad de vecinos, búscale un buen titular, a veces el titular es la mitad de la noticia, Luisa, si, te presento a Berta, Luisa ensaya la mejor de sus sonrisas, mostrando dos paletillas ligeramente separadas, tenia muchas ganas de conocerte, ven a mi despacho y hablamos, bueno, yo os dejo, dice Manuel, hasta luego, el despacho de Luisa es más pequeño que el de Manuel, tiene una silla tipo directivo, de skai negro con respaldo alto, la mesa resulta aparente, de algún conglomerado que imita madera, encima de ella la pantalla de un ordenador, teclado ergonómico, ratón óptico, unas bandejas portafolios y un cubilete con utensilios para escritura, a su derecha un mueble con archivadores, en la pared del fondo, detrás de ella, cuelgan en marcos cuadrados de acero varios títulos y algunos certificados de asistencia a cursillos y congresos, en una esquina dos o tres plantas, en la pared izquierda un póster de las cataratas de Iguazú, bajo el póster una mesita con una cafetera , justo enfrente, al mismo nivel, el cartel de la película Primera Plana con Jack Lemon y Walter Mathau. Berta se sienta en una de las dos sillas fijas que hay delante de la mesa de Luisa
-debería empezar por ponerte en situación-dice Luisa mirándola con sus ojos saltones- cuál es nuestro cometido dentro del periódico y todo eso, pero en tu caso me parece innecesario
-no te creas, trátame como a una novata, te lo agradecería-le sugirió Berta
-muy bien, como sabes, en local nos ocupamos básicamente de cosas como sucesos, información municipal, problemas en los barrios, obras, espectáculos, juicios, no es un periodismo de altura, es más bien un tipo de trabajo que nos obliga a estar a pié de calle, supongo que eso no te importa
-al contrario, era lo que más me atraía de vuestra oferta
-tenemos dos fotógrafos a nuestra disposición-continuó Luisa-, Ángel y Martina, ya los conocerás, cuando surge una noticia mandamos al reportero y al fotógrafo , nos traen la primera información y sobre eso juzgamos su importancia , cómo lo vamos a cubrir , el enfoque y la extensión del artículo. Naturalmente, para todo esto dependemos del visto bueno de dirección
-supongo que tenéis contactos en la policía municipal, bomberos, ayuntamiento y todos estos sitios, ¿no?-preguntó Berta
-por supuesto, ellos nos informan enseguida de cualquier suceso, la inmediatez es importante, por cierto,¿sabes andar en moto?
-no-dijo Berta algo sorprendida
-es que es la forma más rápida de desplazamiento, la que solemos utilizar, de todas maneras nuestros fotógrafos son moteros y en caso de urgencia te podrían llevar de paquete
-no me hace mucha ilusión eso de ir de paquete, pero, bueno, si son gajes del oficio…
-solo será en casos especiales. Coche si tienes ¿ no?
-si, tengo un Ibiza alquilado
-bien, un coche si es necesario, no podemos depender de autobuses o de taxis-dijo Luisa como si le hiciera un reproche
-entiendo, me gustaría preguntarte como funcionáis, me refiero a si cada uno tiene asignados unos temas determinados, por ejemplo, uno se ocupa de sucesos, otro del ayuntamiento y así, o se decide sobre la marcha
-normalmente soy yo quién decide, depende de la importancia de la noticia y de lo ocupado que esté cada cual en ese momento-puntualizó Luisa.
-bien, creo que más o menos me hago una idea, ya solo falta ponerse manos a la obra
-vale, te voy a enseñar tu puesto-dijo Luisa levantándose
Berta y Luisa salen del despacho y se dirigen hacia dos mesas prácticamente pegadas, una está ocupada por Mario, la otra está libre
-ésta es la tuya-dice Laura retirando la silla. Vas a estar bien aquí, ya verás. Sé que no es una sección que permita mucho lucimiento, pero es de las más leídas. Tengo dudas de que sea lo más adecuado para ti, ya sabes que en local se suele poner a la gente que empieza, pero, en fin, tú lo solicitaste
-me apetecía empezar por abajo, el periodismo de Facultad es otro mundo, se teoriza y al teorizar se pierde el contacto con la realidad.
-te voy a asignar tu primer trabajo, es un derrumbe que se produjo esta madrugada en la calle Orillamar, falleció un joven y el edificio quedó destrozado, vete hasta allí y habla con los bomberos, los técnicos del ayuntamiento, la policía y los vecinos, a ver lo que sacas
-de acuerdo
-ah, otra cosa, recoge en Secretaría la tarjeta de acreditación, me dijeron que ya estaba lista
Berta pregunta en Secretaria y le dan una tarjeta plastificada con su foto, su nombre y el anagrama del periódico: una uve superpuesta a una ele. Se nota algo aturdida, como le ocurre siempre que tiene que adaptarse a un cambio brusco, a un nuevo escenario que pronto le resultará familiar. Un deseo repentino, que la ha asaltado como un fogonazo, pone a Jaime en el centro de su mente, quiere llamarle ,contarle sus primeras impresiones, duda en hacerlo cuando ya tiene el móvil en la mano, para qué, mejor le escribe un correo electrónico, no quiere escuchar su voz, ni que él escuche la suya, sobre todo que él no pueda adivinar, tras el velo de las palabras, el desasosiego de su corazón, esa arritmia que ella nota como una bola en la garganta y que no es más que miedo y soledad . No puede exponerse a eso, porque Jaime tiene ramalazos heroicos que le harán decir, voy a verte enseguida, por no decir “te salvaré” que es lo que querría decir para salvarse él, salvar un amor que ha perdido su objeto por la sola voluntad de ella, eso le haría sentirse un imán invencible capaz de inmovilizar a Berta para siempre, para que no se escape más, aunque Berta quiera, la necesita, poseerla es darse vida. Es como un vampiro que busca en la noche su cuello lánguido para inocularle de una vez por todas el deseo perdido, el filtro de amor que la embrujará y la hará caer en sus brazos, desmayada sobre su pecho, donde podrá descansar eternamente con el arrullo de su voz y el calor de sus besos. Berta sigue con el móvil en la mano, apretándolo con fuerza, de repente el sonido de una llamada la despierta de sus cavilaciones, mira en la pantalla, es el número de Jaime, lo apaga.













EL HECHIZO

“Es un bombón. Yo me encargo. No me será difícil embaucarla. Ya me he fijado en como me mira. Tú déjamela a mí”-así le ha dicho en confidencia a su colega Mauro. Carlos, alias Carlito, reconoce enseguida a su presa, es un cazador, un halcón de la noche. Carlos, alias Carlito, no necesita hacer teatro para seducir a una mujer, le basta con el sudor de su piel, ese olor a macho que las vuelve locas, es un triunfador, el primer sexo en estado puro. Carlos, alias Carlito, se sabe irresistible y no se molesta en disimularlo, usa pantalones ajustados de cuero que marcan sus atributos viriles, camisetas transparentes sin mangas que se pegan a sus pectorales como una segunda epidermis , los brazos deformados por bíceps inhumanos le cuelgan desnudos como jamones pata negra, el vientre plano tiene arrugas de tensión contenida por intensas sesiones de abdominales, todo en él es brillo, en su interior se cree una estrella que ilumina el eterno femenino y le da sentido. Carlos, como buen superhombre, es vanidoso, no es de los que dicen piropos a las mujeres: él no tiene más remedio que recibirlos . No ha leído mucho y es una pena, porque en la historia, en la mitología o en la literatura tendría modelos en los que poder fijarse, podría elegir al efebo Antinoo, a Narciso el que se mira en el estanque, quizás le fuera más simpático Hércules o puede ser que quedara prendado por el magnetismo de Dorian Gray o de Tazio , en su defecto, tiene buenos ejemplos en otras artes, ahí está el cine con las películas de acción de Stallone o Swarzenegger , aunque a él, la verdad, le van más los que tienen cierto estilo , mafiosos con carácter como Pacino, del que imita ese mirar intenso , esos gestos displicentes como de perdona vidas y ese aire de macarra italiano, sin duda de estos remedos le viene el mote que le puso Mauro. Carlos se ha encaprichado con Sofía, hemos dicho encaprichado que no enamorado, son cosas diferentes, un capricho es un deseo inflado que estallara como una pompa de jabón cuando se cumpla, el amor es el propio deseo que no se cumplirá jamás. Carlos no puede permitirse el lujo de enamorarse, él lo que hace con el amor es ponerlo a su servicio. A Cupido, su socio predilecto, le ha pedido que dirija el hechizo de sus flechas hacia el inocente corazón de Sofía, el pequeño querubín está tensando el arco, la flecha certera penetrará el sueño de su víctima y hendirá su carne, abrirá la cueva secreta sin que ella se dé cuenta y el sexo de Sofía se derretirá como si fuera mantequilla caliente. Las humedades íntimas son el arma favorita de Carlos, se cuela entre los labios ardientes como un súcubo sonriente, aterriza sobre las ingles de su amante con la suavidad de un rocío tibio, ejercita vientre contra vientre la danza de la cópula perfecta, es completamente natural en sus movimientos y encuentra cumplida respuesta en la cadencia de unas caderas siempre despiertas a las sugerencias de sus diecinueve centímetros, te quiero, no puedo vivir sin ti, la voz de Sofía se desnuda ante su señor, en la cama ,abrazada a su cuerpo musculoso, se siente salvada, protegida y consolada, su mejilla duerme sobre el pecho protector de su amo

-quiero que hagas algo por mí-le dice Carlos besándole el cabello
- lo que tú me pidas, amor
-nos ha fallado una chica en el Samarcanda
-¿eso que es?-pregunta Sofía
-un local que tenemos en la ciudad vieja, te necesito allí
-pero yo ya tengo trabajo
-ese trabajo no es digno de ti, esto es mucho mejor. Tú has nacido para seducir a los hombres, no para servir cafés y menús baratos
-me das miedo Carlos, ¿qué es lo que quieres de mi?-dijo ella mirándole a la cara
-quiero que me ayudes, por ese sitio pasan hombres con los que hacemos negocios importantes. Para que todo salga bien tienen que sentirse a gusto, creamos el ambiente propicio, ya sabes. Algunos son árabes, estos son los que llevamos al Samarcanda, alguien como tú les encantaría, te harían regalos, pasarías noches maravillosas con todo el lujo que te puedas imaginar
- no me gusta, Carlos, yo quiero estar contigo y con nadie más, no me pidas eso
-si vas a estar conmigo, tonta, es solo trabajo, yo voy a estar allí, piensa que será como un juego

Jugar es lo que hacen los niños y algunos mayores, aquellos que no pueden dejar de ser niños. Carlos disfruta con el juego, luego por un simple silogismo diríamos que es un niño, ya saben a Carlos le gusta jugar, jugar es de niños, luego Carlos es un niño. En ese sentido no es de extrañar que se haya prendado de Sofía, por dentro y por fuera, por fuera porque su belleza es evidente y por dentro porque un niño-adulto reconoce enseguida a una niña-adulta y cuando es así lo primero que hacen es ponerse a jugar. Pero el juego que plantea Carlos no convence del todo a Sofía, ella es de muñecas y él es de policías y ladrones, Carlos quiere jugar a ser delincuente y a escapar de la policía en un Ferrari amarillo y la verdad, esto lo asegura Sofía, es que es imposible huir con muñecas, se les mancharían los vestiditos o se perderían por el camino. Son dos niños demasiado marcados por su sexo para poder jugar juntos, ella quisiera contarle una historia de príncipes y princesas y él enseñarle a disparar su bonita metralleta, ella en su historia heredaría por azar de una tía solterona un conjunto de joyas preciosas, él las robaría de una joyería a punta de pistola. Quizá, si jugaran a los médicos lo podrían arreglar pero aunque también juegan a eso, ellos, no se sabe por qué, no lo consideran un juego de niños. Por si esto no fuera argumento suficiente, Sofía tiene una buena disculpa para no jugar ya como una niña: ha dejado los cuentos definitivamente y se ha pasado a la novela romántica. Es la consecuencia lógica de la intensidad del momento. Ha crecido mental y físicamente, de niña a mujer como dice la canción, las heroínas del amor no juegan, se toman todo muy en serio, empezando por sus amantes, y si Carlos se lo pide tendrá que hacerse a la idea de que van a ser muchos, tal vez haya nacido para ser amada, para ser el refugio de esas almas descarriadas que huyen del vacío de sus tristes vidas, teme la desesperación de esos náufragos que arribaran a su orilla esperando el maná de sus dulces ojos, la caricia de su voz grave, la plenitud de un cuerpo firme contra el deterioro de sus carnes colgantes, intercambiaran con ella palabras sobadas por la mentira, gozaran con el desconocimiento simulado que ella aparenta tener de sus vicios, apaciguaran la ira y el hastío en un manantial de besos púberes, se sentirán jóvenes y poderosos. Sofía va a descubrir dentro de si un don, una gracia de la naturaleza. Lo presentía y lo tiene que reconocer, cada uno es como es y ella asume el oropel que la pondrá en manos de la fantasía con total naturalidad, quiere darle a su imaginación un resquicio de realidad, lo que no pudo conseguir con los cuentos infantiles lo quiere conquistar con esta nueva arma, es la colmada madurez de una hembra. Dejará atrás los convencionalismos, las falsas apariencias, se entregará a la pasión de los otros, la utilizará en su provecho, será inteligente como solo lo puede ser quien está por encima de la moral al uso. Carlos le va a enseñar su territorio, y ella dará rienda suelta a sus encantos. Su territorio es su palacio, la Ciudad Vieja. Carlos se la ha pintado como su Medina-zahara y el Samarcanda como su alcoba real, le ha dado consejos prácticos: sé recatada e insinuante a la vez, ponte perfume de lilas o de azahar, coquetea, usa el damasco o la seda, saborea el té como si fuera un licor celestial, dales de comer de tu mano, rózate con ellos disimuladamente , aprende la sensualidad de las danzas orientales, remarca en negro el contorno de tus ojos, utiliza el rojo carmín para los labios, píntate las uñas de los pies de azul turquesa y las de las manos de verde esmeralda, realza tus pechos con escotes generosos, camina con la armoniosa cadencia de una hetaira , cuando los recibas en la intimidad de tu lecho perfuma previamente la habitación, si estas desnuda ponte un velo que te oculte el rostro, hazles sentir con tu sola presencia el misterio de las mil y una noches. Sofía escucha embelesada las palabras cuidadosamente escogidas por Carlos, no pensemos que es la primera vez que las dice, las recita como si fueran poemas de amor mientras besa el cuello de sus amantes y éstas, como ahora Sofía, rinden sus torres bajo el embrujo que envenena su libido con los tósigos de miel y los aromas de menta hervida que Carlos inocula en el tremor de sus labios. El veneno de la seducción tiene la eficacia de una cobra reina, transforma el alma en un depredador voraz e insaciable que busca sus víctimas entre las miserias humanas, no es admirable aprovecharse de la lascivia de un viejo mercader ni tampoco lo es satisfacer las perversiones de un sucio padre de familia por muy adinerado que éste sea, ni es menos reprobable emplear las artes amatorias para ganar influencias o para viles chantajes, pero hay un placer extraño en esa sensación de poder que es capaz de embriagar los corazones mas nobles o los más ingenuos
-¿me amas?
-te quiero tanto que me duele pensar en ti, y tú ¿me quieres?
-más que a mi vida
-lo harás entonces
-lo haré

Mentir forma parte de las argucias de Carlos para conseguir sus objetivos, mentir puede parecer injusto para el mentido pero no siempre es así ¿debería él decirle la verdad en este momento en el que el goce es tan espiritual como físico? seguramente no, rompería la magia, haría que los anhelos de Sofía se quebraran para convertirse en fragmentos de un espejo roto. Es mucho más lo que les une que lo que les separa, se ha mencionado la querencia de ella por la mentira, se acaba de mencionar la de él, se ha intentado describir la belleza de Sofía, se ha descrito la de él, si pusiéramos sobre la mesa los rasgos físicos y mentales de cada uno, cualquier persona con cierta capacidad deductiva apostaría a que más que amantes son hermanos, hijos de un dios ambiguo.




















HAY OTRA VIDA

-¡hola, campeón!
-hola ,abuelo ¿qué me traes?
-toma.- José le entrega un paquete de considerables dimensiones, empapelado en azul, con figuritas de payasos
-no puedo abuelo, me ayudas-dice Gabi después de intentar abrirlo
-claro, déjame a mí. José rasga el papel por uno de los extremos y tirando descubre parte del juego
-ya puedo yo, abuelo-Gabi impaciente le quita el juguete de las manos y tira del papel con fuerza - ahí va, un coche de carreras teledirigido, el de Fernando Alonso que sale en la tele. Gracias abuelo-dice Gabi dándole un beso
-¿Cómo se encuentra?- José se da la vuelta para dirigirse a su hijo, que está sentado en el sofá-cama del fondo
-Bien. Muy bien, todo salió estupendamente. Está algo dolorido, pero es normal
-si, abuelo, me duele mucho aquí, dice Gabi señalando con el dedo donde tiene el esparadrapo
-os ha dado un buen susto
-ya lo creo, creíamos que era la adenitis como las otras veces pero mira tú se trataba de apendicitis, la verdad es que ya venia avisando, parece que estaba condenado a que le extirparan el apéndice, te acuerdas la vez anterior ,el cirujano quería operarle, esperamos un poco y resulto una falsa alarma, esta vez, no
- mira, ahora por lo menos ya sabéis que esto no se le va a volver a repetir, tendrá otros problemas pero de esto se ha librado. ¿qué tal pasó la noche?
-regular, tenia dolores y se despertó varias veces, tuvimos que insistir para que le pusieran unos calmantes, el servicio aquí ha empeorado de lo lindo, no se que pasa, la otra vez nos atendieron mucho mejor, falta personal y el que viene o se olvida de las cosas o está de mal humor
-debe ser por el cambio de propietario, se comenta que han hecho reducción de plantilla y que han bajado los sueldos, el personal no debe de estar contento
-ya, pero eso no debe repercutir en el trato a los pacientes y más si son niños, no crees-se quejó Gabriel
-desde luego
-abuelo ¿sabes cómo se llama ese?- Dice Gabi refiriéndose a la maquina portátil a la que está enganchado
-no tengo ni idea
-Manolito
-encantado de conocerte Manolito-dice José haciendo como que le da la mano. Yo lo veo bien Gabriel, esta pálido y delgadito, pero ya se recuperará.¿Le han dado algo de comer?
-todavía no, creo que al mediodía podrá tomar alguna cosa ligera
-si, si, comida ¡tengo un hambre!-dice Gabi haciendo como que se come el aire
- ¿Cuánto tiempo tiene que estar aquí?
-en principio dos días
-¿os organizáis bien? Si es necesario puedo echaros una mano-se ofrece José
-no gracias, papá, Laura y yo hacemos turnos y de momento nos vamos arreglando
-mejor, porque tenia otros planes
-¿a qué te refieres?
-a que me voy unos días
-¿te vas? ¿Adónde?-pregunta extrañado Gabriel
-el padre Damián me deja una casa que tiene en su aldea, me apetece mucho estar tranquilo, caminar, rodearme de naturaleza, escapar un tiempo de tanto tráfico y tanta gente
-pero ¿cuánto tiempo vas a estar fuera?
-no lo sé, una semana, quince días, ya veremos, de todas maneras si me necesitáis aquí lo puedo aplazar
-no, no ya te he dicho que nos arreglamos, además Aurora también se ha ofrecido a ayudarnos, aquí en el hospital solo son dos días y en casa es más fácil organizarse
-muy bien, me pasaré por la tarde a ver como sigue el niño
-¿ya te vas abuelo?
- si, campeón, tengo que hacer unos recados pero vuelvo luego, dentro de poco, cuando estés mejor, vamos a ir al parque a jugar con el coche ¿qué te parece?
-bien, abuelo
-dame un beso, anda

El padre Damián se ha ofrecido a llevarle. Parten el lunes, muy temprano, a las ocho de la mañana. José ha metido ropa de verano y artículos de higiene personal en la vieja maleta samsonite. El peugeot 205 del padre Damián tiene trece años de vida, pero se comporta como si tuviera cinco, circulan con calma apreciando el paisaje
-¿ dónde queda exactamente su aldea, padre?-le pregunta josé
- a unos veinte kilómetros de As Pontes ,en dirección a Viveiro . Mi aldea está en un valle y es el mayor núcleo de población del municipio, lo demás son lugares desperdigados a lo largo de la sierra
-¿cuántos habitantes tiene?,
-no sé exactamente, ahora quizá doscientos, en agosto vienen algunos veraneantes, gente que vive en las ciudades y pasa un mes o dos de vacaciones , disponen de casas que han heredado de sus padres o de otros familiares, la mayoría cuidadas y en buenas condiciones. Allí, como puedes suponer, nos conocemos todos. Por lo demás, es un sitio muy agradable, un poco más arriba del pueblo nace el rio Eume, a su paso por Suras todavía no es muy caudaloso y menos en esta época , pero si lo suficiente para poder darse un baño en la curva o bajo el puente. No hay nada mas refrescante que un baño en el río¿ lo has probado alguna vez?,
- si, una vez de joven me caí en el río Mandeo durante unos caneiros, estaba helada
- bueno, eso no cuenta-dice el padre Damián esbozando una sonrisa- junto al río, más abajo del puente, esta la veiga, un paraje arbolado con un merendero, muy bonito, ya verás
-¿y para dar paseos? ¿Hay buenos sitios?-preguntó José
- por supuesto, aunque para pasear, te lo advierto, hay que tener buenas piernas, José. El valle es pequeño y enseguida comienzan las subidas, tanto hacia la Vuelta como al oeste por Paralar , de todas maneras lo que es el pueblo está en llano y se puede andar perfectamente sin fatigarse ¿has pensado cuanto tiempo te vas a quedar?,
- no lo sé, voy a probar unos días a ver que tal me encuentro
-mira, si decides quedarte una semana o más, avisamos a mi prima Eulalia para que te vaya a limpiar la casa. En cuanto a la comida, tienen supermercado y hay un bar , el de Suso ,que da comidas, y creo que hasta las tiene para llevar .
-eso no es problema, padre, una de la ventajas de vivir solo es que aprendes a valerte por ti mismo, con la cocina me defiendo
-igual que yo, qué remedio, verdad. También tienes una bombona de butano que está llena, luego lo comprobamos, ropa de cama, teléfono y, en fin, todo lo necesario para pasar un tiempo
Los días transcurrieron plácidos, casinos, como en un sueño. La casa del cura dejaba bastante que desear, constaba de dos plantas, en la de abajo la cocina, pequeña, cuadrada, con doble puerta , una de ellas ciega, entre las dos puertas una alacena años sesenta, de cajones con tiradores en forma de campanilla y anaqueles desgastados que mostraban los artículos más básicos: vasos , platos y tazas de vidrio, una jarra de agua con la boca cascada, un azucarero con azúcar petrificado, un paquete de café todavía en buen estado, otro de sal igualmente solidificada, aceite de girasol turbio, una caja de galletas danesas sin abrir, en departamentos separados cubertería de lo más variado :cuchillos de sierra, otros que parecían de alpaca, unos finos y delgados como estiletes, otros pesados y romos, de cachas nacaradas o comidos por la herrumbre, los había portugueses con mango de madera, minúsculos made in liliput o de hojas enormes como aparejos de matarife , una falsa navaja suiza de color azul ,cucharas de todos los tamaños, unas trabajadas, otras lisas, tenedores como arpones , otros alargados como pinchos morunos, algunos cubiertos estaban mutilados, los había sorprendentemente relucientes y los había que tenían una pátina pegajosa, en el techo de la alacena una palmatoria con un vela a medio consumir y a su lado dos cajas de cerillas tamaño gigante para no desesperarse con el calentador, en los estantes bajeros ,los que tenían más espacio, un par de sartenes con costra y una cazuela en buen estado. La mesa, alargada, de pino macizo, estaba cubierta por un mantel plastificado clavado a la madera con chinchetas de diversos colores. José se fijo en que seguían un patrón :amarillo-azul-rojo-amarillo-azul-rojo, así hasta completar una serie de veintisiete chinchetas, en los lados más extensos de la mesa dos bancadas exactamente iguales; la cocina era de gas butano, de los cuatro fuegos funcionaban dos, el horno inutilizado, la encimera de mármol blanco cumplía su cometido, aunque resultaba un poco corta para manejarse adecuadamente, a la izquierda de la cocina el fregadero, no apto para personas altas, adaptado a la estatura media de los de aquella época, uno setenta a lo más, si superabas ampliamente esa talla tenias que inclinarte hacia delante de una forma bastante incómoda hasta que acababan por dolerte los riñones, junto al fregadero una nevera con el asa rota, no había lavadora; el suelo, tanto en la sala como en la cocina de baldosa, la dos estancias eran frías y húmedas, según el padre Damián eso se debía a que se había construido la casa sobre un manantial; el salón escasamente decorado, algunas fotos de familia, un par de figuras votivas de la virgen , un cuadro anónimo con paisaje difuminado, un corazón de Jesús que brillaba en la oscuridad y un diploma conmemorativo de una visita que el cura había hecho a Juan Pablo primero muchos años atrás. Pegado a la pared del fondo surgía, como una torre, un aparador de castaño con un espejo ennegrecido y vitrina en su parte superior, era quizá el mueble más destacado, la decoración se completaba con una mesa que tomaba como base la rueda de un carro del país, acompañada por dos sofás de tela estampada muy deteriorados, otra mesa camilla para comer y tres o cuatro sillas de madera poco fiables, una lámpara de cuatro brazos colgaba pesadamente del techo, entre la cocina y la sala. Bajo la escalera de acceso al piso superior había una despensa bien trabajada por las arañas, arriba cuatro habitaciones y el baño, la principal con cama de matrimonio de castaño, como el aparador, artística, con dosel, el somier era de los de ñic-ñic , junto a la pared un espejo de pié, estrecho , de los que adelgazan la figura, el armario de roble con dos puertas , cerradura en ambas, una con llave la otra sin él, en las demás habitaciones, camas metálicas, angostas, solo la del fondo tenía otro armario, éste mucho más moderno, de los de montar, comprado en un hipermercado, dentro de éste una colección de camisas gastadas y un par de pantalones vaqueros, en los bajos la ropa de cama, el suelo en el piso superior era de pino, como el techo, cruzado por vigas al descubierto que desprendían polvillo, ya que estaban siendo devoradas por la carcoma, el baño estaba en buenas condiciones, remozado, tenía plato de ducha con mampara y un váter nuevo. José no había premeditado inspeccionar la casa tan en detalle pero la minuciosidad era una de sus manías. Cuando redactaba sus sentencias, siempre manuscritas ,se esforzaba en realizar un prolijo relato de los hechos, su exposición era sincrética, diáfana, concatenada, quien lo leía se quedaba con una sensación de perfecta puesta en escena. Sobre las cuartillas de papel grueso y áspero ejercitaba su estrategia, primero dejaba que la pluma corriera con libertad, después aplicaba dosis de método: rescribía y corregía una y otra vez hasta quedar satisfecho; con tanto retocar, la gracia de su caligrafía dejaba de ser letra para convertirse en esbozos de imágenes, signos, anagramas; combinaba la facilidad de trazo , su condición natural para el dibujo, con la ortodoxa aplicación de la ortografía, el resultado eran cuadritos, sentencias que más que textos eran poligrafías, caligramas, bocetos, pictogramas, extraños arabescos que solo él sabia interpretar. Algunas veces, sobre todo al principio, Pepita le preguntaba que era aquello que estaba haciendo, cuando le decía que era una sentencia ella se asombraba de que pudiera entender algo de lo que allí ponía, para él era como un mensaje cifrado de alto secreto, una pequeña obra de arte que desvelaría al mundo en el momento en que decidiera hacerlo público, entonces se comprobaría que las frases de contenido jurídico estaban escondidas bajo aquellas filigranas, que sus sentencias eran fábulas, cuentos, relatos, hasta poesías con moralejas y epílogos consecuentes al desarrollo de la narración ,que el esquema era didáctico, aventurero y romántico, que por eso tenían la dulzura, el poso de humanidad que las hacia comprensibles y apreciadas, que no eran frías, doctorales ni legalistas, al contrario ,el lenguaje que empleaba reducía los tecnicismos y se expandía en vericuetos morales y filosóficos con un estilo literario que hacia que la lectura fuera armoniosa y agradable , en resumen, pretendía hacer justicia agarrándose al principio de flexibilidad de la Ley con cierto gusto estético. A Gabriel le gustaban mucho sus sentencias, a través de un amigo editor consiguió publicarle en una edición reducida una antología escogida por el propio José . Gabriel estaba seguro que de ponerse a la venta en una librería se vendería tanto como cualquier novela de moda. Esa minuciosidad era un rasgo del carácter de José que le imponía otros tics: los grifos por ejemplo, antes de dormir tenia que estar completamente seguro de que quedaban bien cerrados, los abría y cerraba varias veces, no menos de seis, la primera más suave, las siguientes en progresión de fuerza hasta la última en la que con creciente ánimo apretaba tanto la rosca que al día siguiente le costaba dios y ayuda volverlo a abrir, si eran de mando el procedimiento para dejarlo seguro consistía en presionarlo con el índice, rítmicamente, en cinco ocasiones bien contadas, lo mismo le ocurría con la puerta de la calle, no podía dormir tranquilo si no comprobaba mediante tres empujoncitos con la palma de la mano que estaba correctamente cerrada; en más de una ocasión se levantó, inseguro, nada más acostarse, para comprobar sucesivamente grifo y puerta, en fin, síntomas de que José empezaba a no fiarse de su memoria. El primer día , para completar su opinión de la casa, salió al exterior, los muros eran de piedra, recebados de cal, las contraventanas verdes, de madera, tenían dibujos en forma de zeta blanca, el tejado acababa de ser cambiado y lucía pizarra nueva, en la parte trasera el conjunto de la hacienda se completaba con una finca en pendiente, con tres variedades de frutales: ciruelos, perales y manzanos. Mientras empezaba a dudar si sería el sitio más adecuado para descansar vio acercarse a una mujer de edad indefinida, el pelo corto, la nariz ganchuda, lentes de concha, que cojeaba ligeramente. Se presentó como Eulalia y se ofreció a “todo lo que el señor necesite”. José, queriendo ser amable, la interrogó sobre lo indispensable: las cosas de la casa, el supermercado, la furgoneta del pan, donde lavar la ropa. Ella contestaba con seguridad, casi anticipándose, de repente le preguntó, extrañamente, fuera de contexto, si era creyente, el le contesto que si, es por los muertos sabe, qué tienen que ver los muertos, ve el cementerio, si, lo veo, está ahí pegado a la iglesia, tienen suerte los muertos aquí, mire, no entiendo porque dice eso, no importa, perdone, son cosas mías. José se encogió de hombros y se despidió diciéndole que iba a dar una vuelta. La casa del padre Damián estaba en la parte baja del pueblo, José tenia que subir una pequeña cuesta para llegar a lo que podríamos llamar el centro de la urbe, éste lo formaban el edificio del ayuntamiento, un bloque de granito con apariencia de fortaleza, de ventanas estrechas como troneras y dos mástiles con sendas banderas descoloridas que escoltaban a un rótulo cincelado en la piedra que ponía Concello de Suras. Según le había informado el padre Damián el alcalde era extranjero, algo infrecuente no solo aquí sino en cualquier otro sitio de la península, éste alcalde era árabe, concretamente sirio, probablemente de aquellos que se vinieron a estudiar medicina a Santiago y acabaron por establecerse en estas tierras casándose con nativas. Porque efectivamente, Assam , que así se llamaba, cumplía los requisitos: se había casado con Lola, natural de Suras, y era médico general, compaginando sus tareas de edil con la atención sanitaria en el centro de salud. Pertenecía a un partido de derechas y su forma de ejercer el cargo público, aún siendo otra su procedencia, o quizá por ello, no se alejaba mucho de las costumbres caciquiles que todavía perduran en las aldeas y los pueblos del interior de Galicia.
Frente al ayuntamiento, dividido por una carretera mal asfaltada, se alzaba la plaza, bordeada en todo su contorno por nogales, el piso era de tierra compacta y maciza. En una esquina se había acotado una zona para juegos infantiles, con unos columpios y un tobogán. En medio de la plaza una fuente redonda exhibía cuatro cabezas de animales, posiblemente caballos, con pitorros oxidados en sus bocas abiertas y el aspecto de no haber funcionado nunca, una placa en la base de la fuente atribuía la construcción al inefable alcalde. El padre Damián, con ironía, llamaba a esta plaza “el patio de los leones”. El camino continuaba en descenso, trazando una ligera curva hacia la derecha, en esta parte estaban las mejores casas del pueblo, casonas señoriales con amplios terrenos para pasto o destinados a huerto; el supermercado y el bar, contiguos, rompían la armonía solariega y se hallaban al final del corto paseo. Antes de que diera comienzo el descenso hacia el río quedaba la última casa, o la primera, según se entraba en la aldea. Era la que llamaban de gato, haciendo referencia al mote del dueño actual, la única, por cierto, que tenía jardín delantero. Este jardín era principalmente una rosaleda con arriates en los muros. Reclinada, cortando unas rosas con una tijera de podar, vio a una mujer que llevaba un vestido blanco y una pamela del mismo color, el perfil le pareció conocido. Se detuvo a contemplarla delante de la verja, al poco ella pareció notarlo y se dio la vuelta para mirarle. José había ensayado, mentalmente, una excusa: comentarle lo hermosas que estaban las rosas. Fue una sorpresa para ambos reconocerse, no porque se conocieran realmente, la impresión que tenia José era la de haber visto esa cara en alguna parte, el famoso deja vú, una sensación difusa, perdida en la memoria. Su cuerpo reaccionó con impaciencia, un hormigueo juvenil y alocado le estaba haciendo temblar como un adolescente. Será posible, se dijo, que una mujer todavía despierte en mí estos impulsos incontrolados. Ella le miraba como si estuviera viendo a un aparecido. José sintió que esa mirada le traspasaba, que buceaba en su interior, que no miraba su cáscara física sino el pozo de sus vivencias, que las comprendía y las reconocía, sin necesidad de haberlas vivido o viviéndolas de otra manera. Ella adivinaba, sabia, que la vida de José podía haber sido la suya, que de hecho, de alguna manera, lo había sido. Era esa luz centelleante que llaman destino lo que les cegaba a la vez, el reconocimiento de esa ósmosis les paralizaba y así estuvieron unos instantes, tránsidos por ese fogonazo de pasión. Porque era pasión al fin y al cabo lo que se había despertado en el corazón de José, la misma pasión que hallaba eco en los ojos oscuros de aquella mujer, que devolvía sin necesidad de palabras esa llamada de auxilio . José se sintió joven, ya no era ese hombre cansado, hundido por la edad, que arrastraba los pies al caminar, como si llevara cadenas, y agachaba la cabeza rebuscando su espacio en la tierra. Esa mujer le acompaño todos y cada uno de los días que paso en Suras, empezando por aquel en que se conocieron y hasta ese otro en que se despidieron, el treinta y uno de agosto, San Ramón nonato, patrono de esta aldea perdida en la geografía del mundo, en que oyó voces, gente pasando a su espalda con espíritu gozoso, pura solemnidad, la fecha esperada, marcada en sus carnes con el hierro ardiente y orgulloso del tiempo gastado. No importaba que se repitieran los actos con insistencia secular, les gustaba que fuera así, querían que fuera así, era su seña de identidad, querían su Veiga con guirnaldas y farolillos de múltiples colores, sentían el rumor del río , alegre cada treinta y uno de agosto. Era mentira que fuera siempre el mismo, las aguas cantaban diferentes, el murmullo, para aquellos oídos sensibles, tenia una cadencia única, los cantos de las piedras al golpear el agua creaban una sinfonía sorda, de canción de cuna o de réquiem, a cada uno de los llamados le sonaba distinto, pero a todos les susurraba : ven, quédate conmigo, es amor ésta música que oyes, goza de este fluir como si fuera la sangre que lleva hasta ti el cordón umbilical, es tu madre quien te habla, podéis entreteneros con manifestaciones festivas, podéis volveros ebrios como cubas andantes, pero venís aquí por otro motivo ,son estos árboles añosos, sus ramas, las que os acarician, el verde de los prados el que os acuna o el que os amortaja, es la exaltación de la vida y de la muerte lo que cada treinta y uno de agosto celebráis. Ella le mostró el camino que serpentea junto al río y una noche en que las luciérnagas ponían llamas de esperanza en los bordes del sendero se citaron como dos amantes impacientes bajo el roble centenario que abre el paso de la Veiga, grabaron sus nombres en el tronco acuchillado y se dieron el beso profundo de la despedida, ella le cogió de la mano y le llevó al puente de piedra donde al agua del río negrea. José respiro profundo, se sentía libre y dichoso. En sus pupilas, el reflejo ceniciento de la luna proclamaba un deseo de paz y de entrega. Una quietud, como si el mundo se hubiera parado, se posaba sobre las aguas para él ya eternamente estancadas. El olor a musgo mojado se pegaba a los pulmones para dejar un sello sombrío. Se sonrieron y la mujer desprendió de su pelo una flor madura que José guardo amorosamente junto a su pecho, en el silencio de esa noche perfecta, con las estrellas por testigo, un alma intranquila halló por fin reposo.



















EL ACCIDENTE

-¿Ahogado? No es posible. Mi padre sabía nadar. No puede haberse ahogado.
Gabriel no sale de su estupor. No lo cree, piensa que tiene que ser una confusión, que se trata de otra persona
-Es su padre, no hay la menor duda, llevaba encima la documentación-dice el policía al otro lado de la línea
-pero ¿cómo es posible?-dijo Gabriel con la voz quebrada
-parece ser que se cayó desde un puente al río. Fue en la madrugada del jueves, creemos que pudo tropezar con el pretil del puente o resbalar, por lo que ha dicho el forense ocurrió de madrugada, en esa zona casi no hay luz, lo descubrió el panadero a las seis de la mañana cuando iba a hacer el reparto-comentó el policía como si le estuviera leyendo el informe
-no lo entiendo ¿qué hacia mi padre de madrugada en ese sitio?
-a nosotros nos ha extrañado tanto como a usted. Perdone que se lo pregunte pero tenia su padre motivos para suicidarse
-ninguno, absolutamente ninguno, se lo puedo asegurar. Era una persona equilibrada, sin grandes problemas en la vida, no salgo de mi asombro, de verdad que me parece increíble
-estamos realizando la investigación, nuestra primera hipótesis es que se trata de un desgraciado accidente, se golpeó en la cabeza con una piedra al caer, debió de perder el conocimiento y al quedar boca abajo en el agua se ahogó. A esas horas nadie le pudo socorrer. Necesitamos que se desplace lo antes posible al juzgado de Villalba para identificar el cadáver.
-si, si, desde luego

Gabriel colgó el teléfono, quedándose con la sensación de que le estaban gastando una broma pesada. Su padre se había marchado a disfrutar unas tranquilas vacaciones, nada más inocente que unos días en el campo, ¿lo habría decidido así como parte de un plan cuyo objetivo final era el suicidio?, le conocía demasiado bien para creer en esa posibilidad, alguna vez le había escuchado comentar que el suicidio era una cobardía, que había que tener dignidad ante el sufrimiento. El policía no habló de asesinato y no lo hizo, sencillamente, porque era imposible que alguien pudiera albergar la intención de matarle ¿qué enemigos tenia su padre? Que él supiera no los tenia, tuvo que haber sido un accidente, esa maldita manía de pasear a todas horas, de día y de noche, de noche también y eso que le atracaron dos veces, ¡dios mío, que forma tan absurda de morirse!. Gabriel se quedó un rato con la cabeza entre las manos, aturdido por la sorpresa. Llamó a Laura para contárselo, Gabi acababa de terminar el desayuno y estaba jugando en su habitación
-¿qué te ocurre, papá?
-nada hijo, ven -dijo Gabriel estrechándolo entre sus brazos, dentro de un poquito va a venir mama y te vas a quedar con ella,
-vale, puedo jugar a la gameboy,
-ahora no, Gabi,
-entonces, puedo ver la tele
-bueno, pero solo hasta que venga tu madre
Gabi camina encogido, tiene pavor a que le toquen la cicatriz de la barriga, coge el mando y pone canal disney. Gabriel piensa en cómo se lo va a decir, será mejor esperar a que él pregunte por su abuelo, cuando lo haga le dará una versión suave, que subió al cielo y esas cosas. Laura acaba de llegar, se abrazan, ella es de esas personas que no reprimen sus sentimientos y que a la vez están acostumbradas a mostrar las actitudes más acordes a cada situación. En el caso de Laura hay una mezcla de las dos inclinaciones, su educación sentimental y su educación social van de la mano, llora porque es lo que procede y llora porque lo siente, son dos afluentes que, uniéndose, hacen que llore mucho, tanto que el paquete de kleenex se agota, formando una montaña de papeles arrugados sobre la mesita de la sala
-me voy ahora mismo Laura, cuanto antes se resuelvan estos trámites mejor
-está bien, no te preocupes que yo me encargo de Gabi-dice Laura ensayando una caricia en el rostro de su marido.
El viaje a Villalba lo hizo como un autómata, buscando en su interior una explicación racional, necesitaba darle sentido a ésta muerte. Si de cualquier suceso quería saber la causa, el porqué, si esa era su forma de enfocar los hechos más triviales ¿Cómo no iba a estrujarse el cerebro con un hecho tan inusual, extraño y sorprendente? Del juzgado le mandaron a la comisaría, que era donde estaba el depósito de cadáveres. Allí le recibió el teniente Gutiérrez que le dio el pésame, en el sótano, en una cámara lúgubre iluminada por tubos de neón, les atendió un individuo con bata, delgado como un palo de béisbol ,de espaldas cargadas y expresión siniestra, un remedo de Fagín(ese repulsivo personaje de Dickens) que contestó con un gruñido a las indicaciones del teniente . Aquel habitante de los bajos fondos se dirigió maquinalmente hacia la izquierda, buscando entre los nichos de acero el número ocho, los fue palpando como si fuera ciego, hasta que dio con el que supuestamente contenía el cuerpo de su padre. El subordinado manipuló el picaporte que cedió con facilidad, como si no fuera necesario accionarlo. Repitió la operación, esta vez tirando de una especie de camilla móvil en la que se posaba un cuerpo cubierto por una sábana, el teniente levantó la sábana y sin preguntarle nada miró a Gabriel, éste asintió con un gesto. Era su padre, estaba desnudo, tenía la cara hinchada y la piel blanquecina, los labios y los párpados tumefactos. Gabriel se puso pálido y sintió que se mareaba, ¿se encuentra bien? le preguntó Gutiérrez, que al mismo tiempo ordenó con un movimiento de cabeza al otro, que devolviera el cuerpo a las sombras. Venga conmigo, le dijo a Gabriel, agarrándole por el codo. Se metieron en el montacargas y subieron al primer piso. Gutiérrez le llevó a un despacho insonorizado por acolchados grises, le invitó a sentarse, después, con mucha calma, se sirvió un café y ofreció otro a Gabriel, que rehusó. Seguidamente se acomodó con parsimonia en el sillón que estaba detrás de una mesa de melamima y sacó un paquete de Ducados del bolsillo de la americana. Descabezó la envoltura de plástico, retiró el papel plateado y, tras quitarle el filtro, ofreció un cigarrillo a Gabriel, que igualmente rechazó. Se encogió de hombros, llevó el pitillo a sus labios y lo encendió, indolente, con un zippo plateado. Gutiérrez tenia aspecto de policía de mediados del siglo pasado, el traje le quedaba corto, las perneras se le pegaban a las piernas como si tuvieran imán, la chaqueta, del mismo color marrón que los pantalones, no alcanzaba a cubrirle las muñecas, la camisa, que alguna vez había sido blanca, tenía el cuello sucio y desgastado. Su rostro enjuto parecía atacado de viruela, sin embargo Gabriel tuvo la impresión de que como policía era competente
-no le vamos a entretener mucho-dijo por fin parándose a chupar el cigarrillo- para nosotros está muy claro, ha sido un accidente lamentable. Son cosas que pasan, mala suerte
-¿se le va a hacer autopsia?-preguntó Gabriel
- no lo estimamos necesario -respondió Gutiérrez
-¿puedo llevármelo entonces?
-si, por supuesto, solamente tiene que firmar unos papeles
-¿Cuándo puedo firmarlos?
-nos falta la autorización del juez y del médico forense, pero puede usted volver a Coruña y arreglar los trámites allí, mañana estará todo listo
.-de acuerdo, gracias por facilitarnos las cosas-dijo Gabriel dándole la mano
-lo sentimos, no nos agrada dar estas noticias

Los días posteriores fueron una caja de sorpresas, las exequias se celebraron en la intimidad, se cumplieron con los ritos de rigor: velatorio, entierro y funeral. Como suele suceder en estos casos aparecieron amigos y conocidos, familiares cercanos y lejanos, se recibieron cartas y telegramas dando las condolencias. El funeral fue especialmente emotivo, el padre Damián realizó un panegírico de la figura de su padre, hablo de él más como amigo que como feligrés, su voz expresaba la emoción que sentía. Hasta aquí todo transcurrió según el guión previsto, pero donde verdaderamente comenzaron las sorpresas fue con el testamento. No porque en su redacción José hubiera introducido cláusulas inesperadas, era un testamento usual en el que dejaba todos sus bienes a partes iguales a sus dos hijos: Esperanza y Gabriel. El problema era que el pasivo del patrimonio superaba con creces al activo, dicho de otra manera que tenia muchas más deudas que bienes. La explicación se la dio el padre Damián cuando les comentó la adicción al juego de José que le había precipitado a un abismo sin freno durante los últimos meses, todo había sido tan rápido que él no había podido alertarles. Gabriel se quedó de piedra: no les dejaba más que deudas. En esa situación y previo acuerdo con su hermana se vieron obligados a repudiar la herencia ante notario. Fue triste, Gabriel sentía como si a quién estuviera repudiando fuera a su propio padre, pero no le dejaba salida, la hipoteca de la casa suponía una carga que no podían asumir, además existía un pagaré a nombre de un tal Carlos Encinas por valor de diez mil euros. Por la mente de Gabriel volvió a rondar la idea del suicidio de su padre. Posiblemente nunca sabría con certeza si lo había hecho o no. Pero lo cierto es que ahora si podría existir un motivo.

Berta deseaba tener el primer contacto con su hermana cuando ya estuviera instalada, pero al leer en el periódico la noticia de la muerte de José no tuvo más remedio que hacer acto de presencia en el tanatorio. Previamente llamó a Juana, la redactora de local en la zona de a terra chá, para preguntarle por el caso “muy extraño-le dijo, o accidente o suicidio, la versión oficial será accidente”. La versión oficial siempre es accidente, la sociedad es pudorosa, los familiares no admiten fácilmente una hipótesis que les haría sentirse culpables, no soportamos el remordimiento, queremos pensar que las desgracias son golpes del azar, que la muerte puede presentarse de múltiples formas pero que no la buscamos ni la provocamos. Es una certeza en la que no se debe pensar y cuando fatalmente llega la hora es….un accidente. Las dudas, si existen, quedan para la conciencia de cada uno, el suicidio es la peste moderna, los que han tenido contacto con el suicida se convierten en apestados o lo que es peor son juzgados como instigadores o verdugos. No es de extrañar que Gabriel y Laura se aferren a la explicación accidental, es lo que haría cualquiera, si no hay evidencias claras ,como una nota de despedida o la aún más incuestionable del medio de ejecución: sea pistola, pastillas o veneno. Berta no se proponía mencionar o sugerir nada de esto, le bastaba con su propio caos, primero tenia que resolver su vida, esa era su prioridad.
Cuando llegó a la funeraria de Cuatro Caminos empezaba a caer un aguacero, corrió hasta la puerta de entrada donde se habían refugiado los dos o tres pequeños grupos que hacia un momento estaban charlando en el exterior, no reconoció a nadie, tras bajar unas escaleras preguntó en una oficina acristalada por la salita donde estaba el cuerpo amortajado de José, es esa que tiene enfrente le dijo un hombre de aire tristón como correspondía a sus funciones, cruzó el vestíbulo que estaba atestado de gente y entró en una sala cuadrada, apenas iluminada, en la que sillones verdes pegados unos a otros formaban diferentes alineaciones, cuatro seguidos, tres por dos en ángulo recto, tres por tres en el centro de la habitación, respaldo contra respaldo, todos ocupados, en uno de estos vio a Laura, se besaron con cierta frialdad. Berta buscó a Gabriel, lo encontró ante el cristal que cerraba la estancia climatizada donde exponían el féretro de su padre. Lo habían dispuesto con la tapa abierta y el rostro maquillado y apacible. Junto al féretro habían colocado dos coronas muy vistosas sobre caballetes de madera. Gabriel miraba a su padre en silencio, con las manos unidas a la espalda
-lo siento mucho, Gabriel
-gracias Berta, ¿desde cuando estás en Coruña?
-llegué hace seis días, no, siete –dijo Berta dudando
-¿ya has encontrado casa?
-si, he alquilado un piso en la ciudad vieja, ¿cómo está Gabi? tengo muchas ganas de verlo
-ahora bien, se está recuperando de una operación de apendicitis
-¿no me digas?, no sabia nada
Un matrimonio mayor pide disculpas por interrumpir la conversación y le dan el pésame a Gabriel. Berta aprovecha para retirase discretamente, antes de salir le dice a Laura que la llamará en cuanto pueda.





















UNA PRUEBA DE AMOR


Sin saber que el destino las iba a unir, Berta y Sofía se convirtieron en vecinas. Fue primero Sofía quien se prendó de aquella casa aristocrática que doblaba en esquina, frontera por uno de sus lados a su nuevo tabernáculo, el Samarcanda, y por el otro a la colegiata de Santa Maria del Campo. Era una casa orgullosa, de piedra clara, que daba la falsa sensación de tener pocos años y de ser dos casas en una. La edificación constaba de dos pisos con habitaciones amplias, de zócalos lineales y techos altos con preciosas molduras en las cornisas, las ventanas eran muy grandes, con balconcitos de madera que permitían asomarse a la calle en las noches calurosas. Sofía había alquilado el segundo ,dejó su trabajo en el bar y se independizó definitivamente de sus padres, a los que dijo que había aceptado la oferta de una amiga que quería compartir piso. No fue necesaria mudanza ya que el alquiler se contrató con los muebles que había dejado el propietario. La mayor parte del mobiliario era de estilo modernista, de gusto refinado con algunos toques orientales como unas suntuosas alfombras persas o unos tapices púrpura con bordados de hilo de oro que colgaban de las paredes del salón, ideal para nuestro fines solo faltas tú para hacerlo mágico, le había dicho Carlos nada más verlo. Ella también lo sintió así, éste será mi hogar- dijo satisfecha, nuestro nido de amor ¿el de quién? el de Sofía seguro, pero ¿quién será el amante que arrullará sus sueños? ¿Quién el bálsamo dulce que la invitará al goce? ella deseaba, esperaba, creía que el amor desprendía filtros de ensueño, que Carlos había bebido en sus fuentes intimas para quedar prendado y su corazón rendido, pero el corazón de Carlos tiene mas hierro que víscera, es más espada que lecho, en él no podrá acomodarse la entrega de Sofía, no es la almohada que acogerá su comunión, no hallará en ese músculo indiferente el eco de su amor. Sofía no merece ese trato egoísta, ella es la esencia del ideal inalcanzable, lo tiene todo para que la felicidad haga nido en su inmenso abrazo, no hay generosidad que rivalice con la suya, no es mensurable, sería capaz de dar su vida de estrella por un planeta sórdido e inhabitable que le permitiera lucir sus ansias de mimoso invernadero, Sofía ilumina la mezquindad de Carlos con su vesania inútil, ella no lo sabe pero asoman visos de locura en sus bellos impulsos animales, su rostro claudica en rictus de desesperación porque comienza a atisbar su derrota , lucha a la desesperada con sus armas soñadoras, en su batalla postrera idealiza el presente, todavía se engaña creyendo que hay algo que les une en un destino sobrenatural, algo que no es sustancia, ajeno a la materia, un espíritu juguetón que les lleva de la mano hacia arcadias luminosas.
El romanticismo es peligroso, deja agujeros en el alma que no se pueden llenar con caricias ni con besos, no hay suficientes cariños para saciar el éxtasis que vive Sofía, está tan poseída que no tiene voluntad propia, su voluntad es la de su amado. Carlos lo sabe y tensa la cuerda del servilismo absoluto poniendo su pensamiento en el pensamiento de Sofía, tiene que hacer la prueba que confirme su dominio, el gordo Mauro le está metiendo prisa
-Carlito, cómo está tu niña,-le pregunta el gordo- Ahmed viene está noche, ya sabes que le van las moras
-se va a poner cachondo en cuanto la vea-dice Carlito- si sale bien le hacemos firmar los ochenta kilos de hachís, cítale para hoy, Sofía está a punto de caramelo, yo la engalano, se va a correr de gusto el moro
-entonces me lo llevo al Samarcanda a las doce-dice el gordo, satisfecho
Carlito sonríe con mueca de sátiro cutre, para Sofía es día de estreno, va a ser prima donna, para serlo no necesita entrenamiento, eso lo saben ambos, sus dones son regalos de la naturaleza, no son adquiridos por imitación, son capullos que se abren sin esfuerzo para mostrar su belleza. Carlito solo tiene que recordarle que sea amable ,que haga lo que le dijo, que piense en él cuando Ahmed la sobe con sus manos enjoyadas y la rocíe con su aliento lascivo, que se deje querer. Sofía asiente, está contenta porque la ceguera del enamorado se satisface con la dicha del amado, casi es la hora de ir al Samarcanda, él se lo ha enseñado a media tarde cuando el local estaba vacío y solamente Lucas ,el barman. restregaba con una escoba raída el suelo ya limpio, ahora parece un antro le dijo Carlos pero por la noche es un templo, ya lo creo que lo era, a las once ,cuando bajaron juntos, anudados, con el brazo de Carlos rodeando amorosamente la cintura de Sofía, el Samarcanda lucia sus mejores galas, rivalizaba con ella que vestía gasas de lino blanco. El local tenia forma ovalada, rodeado en su contorno por columnas de mármol rosa con capiteles de acantos dobles, el techo era de bóveda, donde un mural representaba escenas de harenes, con odaliscas, huríes y sultanes en plena orgía, las mesas también eran redondas, circunvaladas por sofás de terciopelo rojo. Sobre las mesas, brillantes lamparitas de cobre, compradas en algún zoco de Marruecos, contenían llamas encendidas que proyectaban luces y sombras a la vez, las paredes, ricamente cubiertas de mosaicos, mareaban con figuras geométricas de calidoscopio. En el centro de la sala, una tarima servia para las actuaciones en directo, en aquel momento un grupo de músicos interpretaba ritmos orientales con sonar de laúdes, neys y panderetas . Un olor intenso y perfumado se mezclaba con el humo azulado que se condensaba en el aire. La mesa de Sofía estaba preparada: dátiles, pasteles de miel, granos de gacela, uvas pasas y ghoriba con almendras rebosaban en fuentes y cuencos de cristal bellamente trabajados, una licorera transparente contenía un liquido amarillento que brillaba como un sol agónico. Ahmed, llegó a eso de las doce y cuarto, era un tunecino de estatura mediana, tirando a grueso, su tez aceitunada y sus ojos de roedor hacían intuir una astucia innata, rodeaba su cabeza con un turbante de color azul con una perla de enorme tamaño en el frente, llevaba un traje blanco muy elegante y un fajín carmesí que le contenía la tripa, saludó cortésmente y besó la mano de Sofía con refinamiento. Ahmed era un hombre de exquisitos gustos, culto, hablaba castellano con estudiada lentitud, como masticando las frases. Su personalidad cosmopolita fascinó enseguida a Sofía, ella se dejaba llevar, el licor que bebía en un dedal de plata se le estaba subiendo a la cabeza, apenas comía escuchando los relatos maravillosos de Ahmed que la tenían encandilada. Es una pena que no fuera al revés, que ella no fuera Sherezade y le contara esos cuentos maravillosos que la salvaron. Las horas pasaron como minutos. Cuando se dio cuenta estaba sola con Ahmed, entonces él le pidió que le contara algo de sus sueños. Sofía le habló de Paris como de un anhelo oculto e inalcanzable, una quimera que todavía llevaba en su interior. Ahmed vivió en Paris y le contó historias de la ciudad que nunca duerme, esa que vive de leyendas de las que cualquiera puede apropiarse. La tenia embrujada , rendida a sus encantos cosmopolitas. Carlos la observaba acodado en la barra, estaba satisfecho ,solo faltaba la escena final. Se acercó a Ahmed y le susurró algo al oído, éste asintió, luego se dirigió a Sofía y le dijo que Ahmed quería pasar la noche con ella. A Sofía ,por un momento, le tembló todo el cuerpo, pero era su amado el que se lo pedía, por favor- le dijo dulcemente al oído. Ahmed le volvió a besar la mano y se levantó sin soltársela, suplicando con un gesto mudo que la acompañara. Carlos les guió hasta una puerta secreta escondida tras los cortinajes de la entrada, recorrieron un pasillo apenas iluminado y Carlos abrió una segunda puerta que daba a una alcoba ricamente decorada. El intenso perfume del sándalo dejaba un olor dulzón en el ambiente, las paredes y el techo estaban cubiertos de espejos, la habitación se iluminaba con velas rechonchas. Carlos se marchó cerrando la puerta , Ahmed con delicadeza la desvistió . Sobre la cama espaciosa sus imágenes desnudas se multiplicaban en aquel prisma indecente de espejos refractarios. Sofía notaba la presión del cuerpo de Ahmed, sus jadeos gimnásticos, su excitación creciente, sus gemidos histéricos, su tremendo horror cuando se sintió penetrada por alguien cuyo rostro reflejado no reconocía. Para ella fue el principio y fue el fin, después de Ahmed aguantó a otros tres más, parecidos a él porque era con los que tenia más éxito y le estaban asignados, el prototipo se repetía con ligeras variantes: más delgados, más altos, más bajos, más gruesos, más generosos o menos. Sofía observó que había otras dos chicas que realizaban funciones similares a la suya: una era rubia, alta, de ojos azules, estilo nórdico; la otra tenía el pelo castaño, aparentaba ser algo mayor que ellas, fumaba en boquilla y vestía como si estuviéramos en los locos años veinte. Las dos trabajaban para Carlos, eso era indudable, a él le veía coquetear, mariposeando entre las mesas como un engreído alcahuete. Sofía recibía su ración de afectos como las demás, seguro que esperaban que fuera una perra complaciente y a ella lo que le pasaba es que empezaba a descubrir lo que realmente era Carlos : el anfitrión manipulador de aquel prostíbulo infecto en el que los clientes reían sus gracias y se dejaban agasajar por mujeres dulces y sumisas. La mayoría eran árabes adinerados, pero también había supuestos hombres de negocios del sur de Galicia, en realidad traficantes de droga que aparcaban sus mercedes negros o sus deportivos rojos a las puertas del Samarcanda, era gente sin escrúpulos, sin educación, mal hablados, rudos, que las manoseaban, codiciosos, y se las entregaban a sus chulos cuando se cansaban de ellas. A esos y a sus matones los odiaba, se creían que era de su propiedad, se equivocaban, ella era propiedad de Carlos, de quien esperaba el momento en que le contestara a la pregunta que ya le había hecho: por cuánto la vende, qué precio pone a su amor. Seis días promiscuos bastaron para destruir un sueño. Son más que suficientes. Hay sueños que se destruyen en décimas de segundo.
Ese mismo día seis, Berta alquilaba el primer piso y se instalaba ,sin pausa, con una urgencia insana, en ese mimético apartamento ,idéntico mobiliario colocado en idéntico sitio, clones primero y segundo por el gusto concentrado del dueño, que obviamente era el mismo. Aquel neurótico-obsesivo que compró por duplicado cada mueble, cada objeto, fuera lámpara, cortinas, cuadros o cenicero, en un dos por uno enfermizo, simplista, cómodo y minimalista, la sola diferencia entre los dos pisos era la perspectiva, desde su ventana, en plano horizontal, Berta creía ver el cruceiro en movimiento ,trepando la escalinata, sus cinco peldaños eran el pedestal de un pilar cuadrado, sobre el pilar cuadrado el envés de un Cristo escuálido, sin rostro, sin dibujo y sin máscara, bajo él, dos figuras dolientes, dos mujeres que son todo piedra gastada, se adivinan menos sus figuras que los pliegues de la túnica que las viste. Cristo y mujeres son anonimato, en el reverso del cruceiro una virgen con el niño en el regazo, vida y muerte de Jesús sobre esa burda columna descompensada. Berta sigue la caída de la luz, con la aparición de las sombras no son menos difusas las anatomías, parece que ahora ve los rostros, esa virgen le está enseñando el niño, y el niño llora su desamparo porque él es de carne y su madre es de piedra. Berta es conquistada por una dulzura desconocida, sus pechos se rebelan en un arrebato de confusión mística, le da espanto y se aparta de la ventana.
En igual posición, un piso arriba, Sofía toma el relevo de su mirar en la mirada de Berta, lo que ella ve en ese monumento son lágrimas cayendo sobre la corona de espinas del Cristo inanimado, la perspectiva de Sofía es celestial, cualquiera lo diría, pues no se siente precisamente en la gloria. Berta era infierno que miraba hacia el cielo, Sofía es cielo que mira al infierno, si alternaran sus posiciones podrían salvarse las dos, porque la dinámica ahora es la de Arquímedes y Sofía es el peso que cae para elevar las esperanzas de Berta, que crecen empujadas por el agua de sus miedos. Lo que aquella pierde es su ganancia, son vasos comunicantes, su dependencia es un hilo invisible que el destino balancea incesante, es la cuerda que deben saltar para sobrevivir, la comba que solo Berta podrá resistir.


PRIMER CASO


No le dio tiempo a nada, esa es la verdad, cumplió obediente la primera orden, se desplazó inmediatamente al lugar de los hechos, la calle Orillamar estaba cerrada al tráfico , un polígono de cintas blancas y rojas impedía aproximarse a la casa que se había derrumbado por entero, un olor a polvo secular se metía hasta lo mas profundo de los pulmones. Berta sacó un pañuelo y se lo puso en la nariz para no respirar aquellas miasmas que el aire se empeñaba en meterle dentro. La casa se había caído a plomo, el hueco donde se había asentado estaba velado por una nube como de calima sahariana que el sol revelaba contra el azul del mar. Quedaban de la casa las paredes laterales que habían sido medianeras con los edificios que a derecha e izquierda permanecían en pie, esas paredes estaban pintadas con diferentes colores desvaídos, los correspondientes a cada tipo de habitación: el amarillo del salón, el blanco de la cocina o el crema del despacho. Junto a ellas el collage se completaba con los azulejos azul pálido de un baño y los dibujos en forma de zeta de los tramos de escaleras arrancados de cuajo por la onda expansiva; tres vigas de madera escalonadas hacían de contrafuerte entre los muros limítrofes, una montaña de cascotes, tablones y ladrillos rotos se exponía en la base como una escultura de guerra. Esa era, justamente, la impresión que le produjo a Berta, que una bomba asesina había impactado con rotundidad en el esqueleto de aquella casa para romperlo en mil pedazos. En torno a las cintas que limitaban el paso había gente que formaba corros comentando lo sucedido, se acercó a tres personas que consolaban a una anciana
-no se preocupe que esto se lo cubrirá el seguro
-¡ay, señor! es que no tenia seguro, ¡la casa era tan vieja!,-decía la anciana desolada
-bueno- dijo una vecina del edificio contiguo, intentando consolarla- ya verá como el ayuntamiento le echa una mano, no se preocupe mujer que le encontrarán un sitio
Otro, más práctico, le sugiere que hable con algún familiar o amigo que la pueda hospedar. Berta se presenta como periodista y pide permiso para entrevistarla, le pregunta cómo se llama, de dónde es, cómo se encuentra, cuál era su piso, si vivía sola, la anciana se relaja un poco y Berta la interroga sobre lo ocurrido, ella le dice que estaba viendo la tele cuando oyó una fuerte explosión, en un segundo todo se derrumbó, le parecía que se la fuera a comer la tierra, fue como descender por un tobogán a la velocidad de la luz. Afortunadamente, ella vive en un piso alto, cuando se dio cuenta estaba abajo , milagrosamente sobre un sofá ,cubierta por un manto de tablas y piedras, le enseña las magulladuras que tiene en la cara y la muñeca enyesada. Berta está tomando notas para su artículo, es una desgracia que se ha cobrado una victima, toca preguntar por ella
-muy buena persona -dice la anciana- un chico muy majo que ocupaba el primero, muy educado, creo que era estudiante de la escuela de artes y oficios
-¿vivía solo? le pregunta Berta,
-si, aunque recibía muchas visitas de amigos y amigas, según tengo entendido
Cuando está terminando el interrogatorio aparece Ángel, que toma unas fotos
-vaya, hay que ver como ha quedado esto, ¿se sabe ya la causa?
-la gente dice que ha sido la explosión de una bombona de gas butano, voy a ir ahora a la policía municipal a ver si me pasan el informe oficial ¿quieres venir?
-no puedo, me acaban de llamar al móvil tengo que hacer unas fotos de un accidente que se acaba de producir en Los Rosales, me voy pitando-Ángel se despide y se sube a la moto, partiendo veloz.
Berta se desplaza hasta el cuartel de la policía municipal que está junto al cementerio de San Amaro, a unos doscientos metros de donde se encuentra ahora. Al llegar frente al cuartel coincide en el paso de cebra con un coche funerario, el conductor, vestido de gris con una gorra del mismo color, se detiene y le indica con la mano que cruce. A Berta le repugna encontrarse en esta circunstancia y pasa corriendo, después de cruzar se para en la acera un momento y ve pasar el coche alargado, con un ataúd lustroso en su interior, se da la vuelta con cierto desagrado y se dispone a entrar en el cuartel. Una policía de guardia, de complexión fuerte, le pregunta qué desea, ella le comenta que es periodista de La Voz de Galicia y que está cubriendo la noticia del derrumbe del edificio de la calle Orillamar, la policía la manda a un despacho a que pregunte por el inspector Sánchez. Berta así lo hace, cruza el vestíbulo y sin necesidad de preguntar de nuevo escucha el nombre de Sánchez en una conversación que se produce en la habitación ante cuya puerta abierta está parada. Un individuo de unos cincuenta años, moreno, alto, con calva en la coronilla, camisa blanca de mangas cortas, se dirige a dos personas a la vez, a una secretaria a la que dicta una carta que ésta pasa a ordenador y a un compañero al que comenta alguna incidencia de la rutina diaria, Berta se presenta:
-hola, soy Berta Sanmartín, periodista de La Voz de Galicia
-como está, yo soy el inspector Sánchez. Ha venido a hablar con el hombre adecuado, me encargo entre otras cosas de las relaciones con la prensa-dice el inspector ofreciéndole la mano
-si ,lo sé, eso me dijeron en el periódico
-¿se va usted a dedicar a noticias locales?
-creo que si, de momento estoy en esa sección
-bueno, pues, bienvenida, espero que nos entendamos bien-dice Sánchez esbozando una media sonrisa
-yo también
-supongo que esta aquí por el asunto del derrumbe
-así es, ahora mismo vengo de allí-confirmo Berta
-precisamente acabamos de terminar el informe, le haré una copia si quiere, el otro informe, el técnico, lo realizan los arquitectos del ayuntamiento, ese aún tardará un par de días
Sánchez se dirige hacia la fotocopiadora y saca una fotocopia que entrega a Berta, ésta mira por encima el informe y le da las gracias. Mete el informe en el bolso. Tiene que escribir el artículo esta misma tarde, pero primero quiere ver su nuevo piso.


EL FINAL


Y al séptimo día descansó. Ese día que, casualmente, es domingo, Carlos le ha preparado un copioso desayuno que ella no va a probar. Se acerca a la cama todavía desnudo y la despierta con un beso en la boca. Sofía le mira, insegura por un momento de quién son esos labios que ya no reconoce con seguridad. Le han parecido familiares pero en realidad cuando se han probado tantas bocas todos los besos saben al mismo beso. Sofía cierra los ojos y se pasa la lengua por los labios para recuperar en su memoria el gusto de esa dulce saliva que ha vuelto para enseñorearse. Al abrir de nuevo los ojos contempla la sonrisa complacida de su amante, escucha su voz que le susurra al oído palabras que ella ya no cree. Se ha equivocado tantas veces, primero creyendo que su amor iba a ser un amor perfecto, dos seres que funden su pasión y crean un arco iris resplandeciente, una fiesta perpetua de goce sin fin, una historia de amor más pura que la de Romeo y Julieta; después, dejándose convencer de que seria diosa posesiva, brazo derecho del gran dios, que tendría a los hombres a sus pies, que su ambición la haría hembra entre hembras. ¡Qué pronto descubrió que su espíritu no estaba hecho de ese material impuro! Su corazón es noble. Hay un desacuerdo entre sus potencialidades físicas y sus querencias íntimas que no puede superar. Se ve vencida, a punto de claudicar, pero hay algo en ella que no es dócil, una rebeldía subterránea que medrará. Carlos sin saberlo la está alimentando. Si lo supiera, si conociera el futuro inmediato, se alejaría de Sofía, la abandonaría al instante. Tampoco ella es adivina. Son dos trenes que chocarán con estrépito sin ser conscientes hasta el último momento de que el impacto mortal se va a producir. Transitan entre tinieblas, ciegos, y en el trayecto se tantean como si no se conocieran. Alguien experto adivinaría en ese cambio de rumbo de sus comportamientos un desarreglo peligroso que intentan ocultar. Es la hora de fingir. Sofía quiere ganar tiempo, no ha decidido el medio, en cambio si empieza a estar segura del fin. En ese fin no incluye su derrota y eso es un error, piensa que tiene una oportunidad, siente el filo de la espada en su cuello e intentará una maniobra desesperada para salvarse. Entretanto, lo mantiene contento. No quiere levantar sospechas. En ese goce festivo rozan sus cuerpos desnudos, aquella habitación es un santuario de luz, se miran como dos lobos hambrientos, están condenados a la sangre pero mientras esperan la lucha, danzan y se divierten. Hacen el amor apelando a su parte animal, muerden sus cuerpos, arañan sus pechos buscándose el corazón, es el éxtasis donde sexo y muerte son caballo y jinete. Tras las briosas acometidas no hay vencedores, ambos caen rendidos después de la batalla: agotados, jadeantes, cubiertos por el mismo sudor tibio y aceitado. Carlos es el primero en desprenderse, recostado, ladeado, dobla sus piernas y junta sus manos en absurda postura fetal; en el piso primero, Berta, sentada ante el ordenador , ajena al combate, escribe el articulo prometido, ignorante del giro del destino que la implicará. Puede presentir, aunque no lo ve, como Sofía apoya su cabeza en la almohada mientras observa la espalda de Carlos curvándose, la piel lisa y bruñida, el relajo de sus músculos tras la fiereza de la cópula. El sol cae de pleno sobre los estores y les pone un velo blanco, un haz de luz solar se filtra por la rendija redonda del lienzo, es un dedo que apunta a la nuca de Carlos, un círculo de fuego que indica el camino, el lugar del descabello. A Sofía la posee un odio condensado que pugna por reventar, un estallido de lucidez la impele, sabe lo que ha de hacer, guarda en el cajón de la mesilla una aguja de calcetar desparejada que su madre le regalo en un cumpleaños adolescente, abre despacio el cajón, Carlos mantiene la postura, adormilado. Sofía palpa el interior de la caja sin atreverse a mirar por miedo a que él pueda apercibirse, encuentra el arma delgada y fina, la extrae y la empuña con las dos manos, su cuerpo tiembla bajo la tensión, pero su determinación es firme, aferrado el estilete lo eleva por encima de su cabeza y con toda la fuerza de la que es capaz descarga un golpe mortal sobre el punto de luz, la aguja penetra la carne por el lugar exacto y ensarta el cuello de Carlos que recibe el impacto con un estertor de res malherida, su desprevenida conciencia solo tiene un momento para concebir la sorpresa del final, los ojos se le hinchan, enrojecen por la presión de las arterias moribundas y su boca se abre en un gemido inútil. Sofía mira sus manos manchadas de sangre, le entra un pánico atroz, un grito se le ahoga en la garganta, salta de la cama mirando horrorizada ese cuerpo que pende medio caído como un títere abandonado, huye hacia la puerta de salida, baja las escaleras a tropezones buscando ayuda, llama a la puerta de Berta que, sorprendida, interrumpe su articulo. Lo que ve al abrir no lo podrá olvidar jamás: una mujer desnuda, el cuerpo salpicado de sangre, la mira con desesperación fatal, lleva el terror instalado en sus pupilas y en una suplica agónica, mientras extiende sus brazos hacia ella, articula, en un balbuceo reiterado y obsesivo, estas palabras: le he matado.


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