Allí, en tu vientre, conocí el dulce calor del silencio,
me llevabas a las islas de la luz y nadaba, crecía en el agua
fértil de tu lago como una sirena en el oasis de tu nido;
tu latir fue mío, mío fue el canto que llegaba a tu interior
desde el muro frágil de tu piel extendida, aprendí a nadar
en el líquido materno que era tibieza y era sostén de mi
embrionaria sed, llamé a tu portal con la incipiente forma
que crecía entre las paredes del amor, recibiste la semilla
en el cuenco de tu óvulo con la esperanza de que naciera
en ti el tallo que un día se volvería árbol en el bosque abisal
de tu estirpe; ahora soy yo la rama que busca un nuevo fruto
que madure en la luz y después caiga entre las raíces tuyas
como un carozo que se alimentase únicamente de eternidad.
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