Un silencio de pizarra acoge la quietud del río
y es un rostro ajado el perfil de las laderas,
la piel pétrea y el fruto de la vid como zarcillos
de un verde en flor, esta luz gris de nube velada
posa en la frondosidad de los árboles una lengua cálida,
apenas el aire mueve las ramas del chopo, del castaño,
del abedul, del laurel y de algún olivo secular,
la crin del sarmiento que recorta un viticultor
mientras recorre el bancal, el milano que busca
el azul entre la lluvia finísima, el agua casi azabache,
nuestro navío que sortea hojas y troncos con su ritmo
de cetáceo afónico, y aún los ecos del motete
bajo la parra monástica, en el cañón vestigios
de la labor que madura con lentitud como la tez
liquida de este río impasible y en su fluir sereno.

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