Tantas veces te invoqué, tantas fuiste mujer veleidosa
que coquetea con la ilusión del caído.
Me poseíste con tu aura virgen, tus guiños de amistad,
el color-verde mar, verde esmeralda, verde fruto
del manzano, verde hoja del árbol fértil-
al que pusieron tu nombre.
Por ti me icé cada vez que la fatalidad hizo de mí su diana,
por ti el sueño se hizo carne y entreví una luz en medio
del túnel que me habita.
Por ti doné un óbolo al dios del futuro apostando por ganar una paz
que naciera entre las flores invencibles de la desgracia.
Por ti aguanté de pie las embestidas de lo real
como una estatua pétrea ante los vientos que silencian la voz de un niño.
Hasta que, al fin, supe que solo eras un ángel fugaz en un cielo sin azul,
la sombra de una luz que no existe, la mentira en la que creemos
para huir de un destino que maltrata nuestro ser, el rótulo que un día
deja de brillar en el horizonte, ya para siempre y sin remedio.
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