lunes, 4 de enero de 2021

Traje de amor mi ciudad

 A Santiago de Compostela



Inmenso el costillar de los antros sin perfil,

la laude ínclita en las casullas

y los ojos intestinos que cierran su testuz

de pájaros innombrables.


Un gusano en el costal de la campana,

trepa, roe, el corazón de la pieza

que grita inmortalidad en la hora de los maitines,

el largo aullido del tiempo.


Yo,

sólido calco del día,

yo piel y rótulas,

cicatrices en mi aliento,

mercurio en las vocales mudas,

yo,

el vicio humano que aletea

como un ángel rojo en la prisión de la cúpula,

en las ventanas donde anida el ruiseñor,

en los claustros de cariátides sin hombros,

en tu prístina verdad azul,

historia sin huellas,

hermosos delfines que nadan sin pudor,

lo mismo que ánades o sirenas que confundieron el azul

con tu nombre.


Traje de amor mi ciudad,

cosmogonía de elipses,

látigos invisibles que azotan mi espaldar,

llaga feliz que insulta al niño,

porque aún maduro como un árbol de espejos,

impúberes espejos,

bosque de luz,

sin sombra,

sin razón,

solo avidez y un infante alegre que te busca,

que siente un halo de burbujas,

una estela rubia que se mira en los cuadros flamencos,

que vierte su narciso entre las olas

y se aleja como una nave en guerra,

contra mí, contra la sombra que soy.


La lluvia, filtro cósmico en mi cerviz,

un susurro de húmedas,

lánguidas

y mojadas nubes en la sien.


El agua, el maná delicuescente sin el rumor de la piedra,

latido del cromosoma, orgánulo en el río

que amanece en alcantarillas después de la bendición,

y el eco de su marfil en mis labios

que arrojan sobre ti la canción de los cúmulos tristes,

el latido de una música que te ampara

y surge, fluida, en manantial

al ver tus ojos de fuente,

tu candor de ninfa, tu oráculo de hojas verdes.


Y al fin, solo la estela de mis pasos,

efímera cruz sin revés,

pero qué importa si viví en el rumor que la piedra canta,

en plazas invertidas, en arcos que me regalaron su abrigo,

en losas donde la costumbre de mis zapatos fue locura,

en fachadas sin sol, musgo abstracto de una bienvenida.


Ahora que la noche se acuesta,

al pensar en ti

soy el monólogo de los países que te habitaron

y que fueron para mí el refugio, el andar pobre,

la sal del tiempo, el orgullo de haber amanecido,

sin querer, en tu sonrisa.

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