Percibes la luz sin la alegría del color
porque es el corazón quien ve, en su sima
el arco iris no adorna la constancia del latido,
un gris de fiebre surca tus venas, la sangre
opaca los azules de unos ojos ya oscuros,
la multitud del verde en la piel de tu bosque
interior se ha vuelto ceniza, el púrpura
del amanecer es blanco en tu iris como
si el sol se vistiera con la túnica del alba,
no hay añil ni rojo, ni marrón ni ocre,
ni el amarillo del trigal te roza con su cabellera
ondulante, nada más que el hilo negro de la vejez
en la pupila y la oscuridad como un océano
que atenúa, sin pudor, los matices de la luz.
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