Nunca conté tus peldaños hasta la puerta de casa.
Te veía serpiente de recodos oscuros, laberinto
que inclina su pedestal sobre cuatro pisos
de los que solo uno es mi hogar.
Un eco me persigue si desciendo con pisadas impares
los escalones que forman tu espalda.
Nunca me cruzo con nadie, nunca llamo
a las otras puertas de ennegrecida madera.
Eres un río por el que circula mi cuerpo como un galeón furtivo,
eres mi confidente porque en los momentos de soledad
te muestras receptiva igual que una madre amorosa.
Al hollar tu piel busco mis pisadas más jóvenes entre tus losas
que ya no son niñas.
Son la cicatriz que perdura abierta para que yo encuentre
el mapa que me permita subir a lo alto, hasta tu cielo inmortal.
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