“Os gorriones corren tras os falcóns”
Frase popular entre “Os irmandiños”
A humillación é o enjambre dos poderosos.
Desde a fortaleza cega
vese un mundo insomne
de sombras perdidas en campos sen luz.
Deste surco, do mísero arcón da desgraza,
ante a voz hipócrita da podremia non saciada,
desde os pequenos lugares próximos ao mar,
na llanura das hondonadas tristes,
no humilde leito onde dormen a miseria e o deshonor
álzase un soliloquio compartido
que arrastra lúas no seu ventre
e arroxa ao pé dos castelos
un queixume infinito de llagas sen perdón,
de bosques que non cobren o silencio.
Hai rostros de azar que converten a historia nun himno.
A vergonza é un crisol que non ampara a pedra,
árbores familiares debuxados como feridas na memoria dos gules,
o paso breve das azadas sobre a cinza do tempo.
Foron vítores de liberdade
e camiños envorcados ao furor,
tamén follas esparcidas coa firmeza da valentía
e un orgullo máis nobre que a paz dos reis.
Alonso de Lanzós, Osorio, Joan Branco, puños dun soño altivo,
estigmas de deus, varas de xustiza, bandeiras de humanidade
contra a cruel sátira
dos apelidos
infames.
PAISAJE IRMANDIÑO
“Los gorriones corren tras los halcones”
Frase popular entre “los irmandiños”
La humillación es el enjambre de los poderosos.
Desde la fortaleza ciega
se ve un mundo insomne
de sombras perdidas en campos sin luz.
De este surco, del mísero arcón de la desgracia,
ante la voz hipócrita de la podredumbre no saciada,
desde los pequeños lugares próximos al mar,
en la llanura de las hondonadas tristes,
en el humilde lecho donde duermen la miseria y el deshonor
se alza un soliloquio compartido
que arrastra lunas en su vientre
y arroja al pie de los castillos
un lamento infinito de llagas sin perdón,
de bosques que no cubren el silencio.
Hay rostros de azar que convierten la historia en un himno.
La vergüenza es un crisol que no ampara la piedra,
árboles familiares dibujados como heridas en la memoria de los gules,
el paso breve de las azadas sobre la ceniza del tiempo.
Fueron vítores de libertad
y caminos volcados al furor,
también hojas esparcidas con la firmeza de la valentía
y un orgullo más noble que la paz de los reyes.
Alonso de Lanzós, Osorio, Joan Branco, puños de un sueño altivo,
estigmas de dios, varas de justicia, banderas de humanidad
contra la cruel sátira
de los apellidos
infames.
*La revuelta irmandiña fue una revolución social ocurrida en Galicia entre 1.467 y 1.469 donde campesinos, pequeños burgueses y artesanos se alzaron contra los abusos y el despotismo con que los trataba la nobleza gallega. Con el apoyo inicial del rey de Castilla comenzaron la revuelta que se centró en el asalto a los castillos y fortalezas de los nobles. Pasados dos años no pudieron resistir más y una coalición de la nobleza con el apoyo del rey de Portugal venció a los irmandiños. Se la considera una de las primeras revueltas sociales de Europa.
viernes, 29 de noviembre de 2019
miércoles, 27 de noviembre de 2019
Tus vientos

Aquella caricia del céfiro en la hondonada.
Tú conoces la piel cobriza del vendaval, su trino,
su aullar de sombra. Antes tu rostro vivió en la nieve,
cubierto de ventisca y alud. Oculta en las amuras
del galeón, sufres el fragor de la vida cuando el tifón
arroja sobre ti un sueño de agua. Aire de susurro cómplice
ante un labio en frenesí, brisa lánguida bajo un portal de agosto,
el misterio del ulular que roza los vidrios ajados. Retumba en el cristal
una voz, es la voz del trueno que no calla. En mi memoria
la lluvia del Nordés como un rocío de espigas mojadas
por el crepúsculo. Está tan dentro de ti el respirar de la luna
con sus veletas azules, tan próximo el rizo de la ola, la serpentina
de un tornado que te llevó hasta la quietud donde se mecen los días sin alba.
lunes, 25 de noviembre de 2019
La canción heredada
Todos los ejércitos del agua en una lágrima.
Y no la lluvia, ni el manantial, ni la piel húmeda
en un charco de sudor. Tu jersey de espiga
es un mapa sin países. Lo mismo que un recuerdo
se puebla de lunas y él solo rompe en claridad, así tu voz.
Yo dije aquellas palabras en el confín de la sed,
sonaban a escarcha de un abeto frágil. Yo pregunté
porqué el resplandor gime en la cordura del plenilunio
como una avispa de la muerte. En tus rizos el poso
blando de la nube, la raíz albina de los silencios.
A menudo me hablas, hablándote, y yo te espío
tras el perfil con que me imagino en sueños. Te entretienes
sola, las rodillas al aire, faros de carne o títeres
que dibujan tu ayer. Escúchame cuando finjo,
quiéreme porque soy tú en los espejos, susurra
la nostalgia que se desborda en la edad tardía
como una canción heredada que musitas sin fe
bajo el tendido de un jardín sin flores ni luciérnagas.
Y no la lluvia, ni el manantial, ni la piel húmeda
en un charco de sudor. Tu jersey de espiga
es un mapa sin países. Lo mismo que un recuerdo
se puebla de lunas y él solo rompe en claridad, así tu voz.
Yo dije aquellas palabras en el confín de la sed,
sonaban a escarcha de un abeto frágil. Yo pregunté
porqué el resplandor gime en la cordura del plenilunio
como una avispa de la muerte. En tus rizos el poso
blando de la nube, la raíz albina de los silencios.
A menudo me hablas, hablándote, y yo te espío
tras el perfil con que me imagino en sueños. Te entretienes
sola, las rodillas al aire, faros de carne o títeres
que dibujan tu ayer. Escúchame cuando finjo,
quiéreme porque soy tú en los espejos, susurra
la nostalgia que se desborda en la edad tardía
como una canción heredada que musitas sin fe
bajo el tendido de un jardín sin flores ni luciérnagas.
sábado, 23 de noviembre de 2019
Desperté sin ti
Soñé con un iris poblado de futuro. En su verde
el otro verde del tiempo y del azar. Era tu iris de bosque húmedo,
llovido de luz y claridad, luminaria de mis ojos opacos,
débiles como un hilo de escarcha. Soñé con tu cuerpo de junco
cimbreándose al sol, nadando entre olas cantoras,
rendido a la luz de una playa absurda. Soñé con tu risa
en los balcones de ciudades sin historia, tu voz de río en calma,
tus manos ágiles, aladas, vírgenes. Soñé con el temblor
de la noche y la música, soñé con tus labios humedecidos
de deseo. Soñé la aurora en el pont neuf de París, abrazados
a la sed del azul, con la felicidad postrera de los amantes suicidas.
Desperté sin ti, en tu ausencia y vi en el espejo el resplandor
de tu huida hacia otro lugar, hacia otro tiempo, que ya no es éste.
el otro verde del tiempo y del azar. Era tu iris de bosque húmedo,
llovido de luz y claridad, luminaria de mis ojos opacos,
débiles como un hilo de escarcha. Soñé con tu cuerpo de junco
cimbreándose al sol, nadando entre olas cantoras,
rendido a la luz de una playa absurda. Soñé con tu risa
en los balcones de ciudades sin historia, tu voz de río en calma,
tus manos ágiles, aladas, vírgenes. Soñé con el temblor
de la noche y la música, soñé con tus labios humedecidos
de deseo. Soñé la aurora en el pont neuf de París, abrazados
a la sed del azul, con la felicidad postrera de los amantes suicidas.
Desperté sin ti, en tu ausencia y vi en el espejo el resplandor
de tu huida hacia otro lugar, hacia otro tiempo, que ya no es éste.
viernes, 22 de noviembre de 2019
La despedida
Desvestir el guante y acariciar la paloma.
¿Has soñado con el ventrílocuo sin alma?
Esmerilado el cristal, roído de iconos en el trasluz de la mesa.
Tu índice me invoca como un laberinto de enigmas.
Raspan la suela de mis pasos el lomo de las culebras.
Si te hablo tu faz es un perfil, si callo
el volcán de tu labios me calcina, indomable.
¿Cuál el musgo que cubrió la palabra
de hongos verdes y estrellas azules?
Dos tazas de café que mueren, la música silabea
una hormona de luz, los vasos son diamantes en la bruma,
islas donde vive el recuerdo. Y conversamos, tú en tu desnudez,
yo desde el acantilado del tiempo y la memoria.
Qué suave el murmullo de este bar,
qué doblez en la pianola,
qué océano engulle hálitos de licor ausente.
No te le levantes, no finjas un don en las escamas
que siembran el misterio y los ojos de candil,
la estela de un rubor encanecido.
Te vas en ese camello de arabia, dócil como una sábana
que el aire orea, quizá las pompas de jabón
lleven en su vientre un nombre, quizá sigan vacías
la preguntas que no te hice.
¿Has soñado con el ventrílocuo sin alma?
Esmerilado el cristal, roído de iconos en el trasluz de la mesa.
Tu índice me invoca como un laberinto de enigmas.
Raspan la suela de mis pasos el lomo de las culebras.
Si te hablo tu faz es un perfil, si callo
el volcán de tu labios me calcina, indomable.
¿Cuál el musgo que cubrió la palabra
de hongos verdes y estrellas azules?
Dos tazas de café que mueren, la música silabea
una hormona de luz, los vasos son diamantes en la bruma,
islas donde vive el recuerdo. Y conversamos, tú en tu desnudez,
yo desde el acantilado del tiempo y la memoria.
Qué suave el murmullo de este bar,
qué doblez en la pianola,
qué océano engulle hálitos de licor ausente.
No te le levantes, no finjas un don en las escamas
que siembran el misterio y los ojos de candil,
la estela de un rubor encanecido.
Te vas en ese camello de arabia, dócil como una sábana
que el aire orea, quizá las pompas de jabón
lleven en su vientre un nombre, quizá sigan vacías
la preguntas que no te hice.
miércoles, 20 de noviembre de 2019
Querida hija
Se te cayó la nube de la infancia, un cristal
escondió tu cuerpo como un fantasma de la noche.
Te acercaste al Olimpo cotidiano con rubís en los ojos
y la felicidad recóndita de los últimos lobeznos.
El amor fue una lluvia de rosales sobre tu frente impúber.
Los años eligen su canción como la sangre elige
el cauce donde duerme la paz.
Si me miro en los espejos es mi sombra quien responde,
si te hablo susurro las palabras que creí mágicas,
aquellas que incendiaron tu risa. Hay un talud
que agiganta el misterio del presente. Yo lo sé
como sé que al caminar creo bosques de umbría
donde tú te abrigas, bajo mi pecho, bajo mis manos
que acarician sin pausa la sed de un corazón infausto.
escondió tu cuerpo como un fantasma de la noche.
Te acercaste al Olimpo cotidiano con rubís en los ojos
y la felicidad recóndita de los últimos lobeznos.
El amor fue una lluvia de rosales sobre tu frente impúber.
Los años eligen su canción como la sangre elige
el cauce donde duerme la paz.
Si me miro en los espejos es mi sombra quien responde,
si te hablo susurro las palabras que creí mágicas,
aquellas que incendiaron tu risa. Hay un talud
que agiganta el misterio del presente. Yo lo sé
como sé que al caminar creo bosques de umbría
donde tú te abrigas, bajo mi pecho, bajo mis manos
que acarician sin pausa la sed de un corazón infausto.
lunes, 18 de noviembre de 2019
Paseo nocturno junto al mar
Ya no sé si lo que me llega es el arpegio de la ola
o un grito arcano que surge como una metáfora
en mis oídos de agua.
La noche está poblada de camellos alados,
llueve y la lluvia es un sonrisa de bocas entreabiertas
que sudan el color negro de un coro de ángeles.
La soledad vive en la orilla de los portales,
portales salinos en mapas de océanos que nadie ve
-tan solo la espuma que va poblando su nido-
la arena confunde su ser de caracolas y algas
en una piel verde y fluorescente
contra el haz de un faro antiguo.
Escucho la brevedad de mi aliento,
humedecido, nube de palabras que excitan la luz,
rocío en mi vientre que busca una sirena de hombros ágiles
que se pose como un desliz en la carne atónita.
Conozco el perfil del litoral,
las barcas duermen tranquilas como un león hastiado,
en la punta del dique una farola amarillea las redes,
les da el sentido del amanecer, las dota de un calor insomne.
Me pierdo en el rumor cansino de este mar sin orgullo,
las falaces gaviotas picotean la arena
con el martillo perfecto de sus picos
y hablan las cicatrices en la dulzura de esta nocturnidad
de invisibles estrellas, su eco sobre el mar es un cielo invertido,
una sima de fulgor y fantasías azules.
Aquí lloran los monstruos de la noche
y yo solo siento un clamor de fiebre en el corazón,
un archipiélago que se muestra en la negra quietud de mis sentidos,
alzado, en suspenso como una pérgola de sal y agua
que me seduce, y casi siempre, me mata.
o un grito arcano que surge como una metáfora
en mis oídos de agua.
La noche está poblada de camellos alados,
llueve y la lluvia es un sonrisa de bocas entreabiertas
que sudan el color negro de un coro de ángeles.
La soledad vive en la orilla de los portales,
portales salinos en mapas de océanos que nadie ve
-tan solo la espuma que va poblando su nido-
la arena confunde su ser de caracolas y algas
en una piel verde y fluorescente
contra el haz de un faro antiguo.
Escucho la brevedad de mi aliento,
humedecido, nube de palabras que excitan la luz,
rocío en mi vientre que busca una sirena de hombros ágiles
que se pose como un desliz en la carne atónita.
Conozco el perfil del litoral,
las barcas duermen tranquilas como un león hastiado,
en la punta del dique una farola amarillea las redes,
les da el sentido del amanecer, las dota de un calor insomne.
Me pierdo en el rumor cansino de este mar sin orgullo,
las falaces gaviotas picotean la arena
con el martillo perfecto de sus picos
y hablan las cicatrices en la dulzura de esta nocturnidad
de invisibles estrellas, su eco sobre el mar es un cielo invertido,
una sima de fulgor y fantasías azules.
Aquí lloran los monstruos de la noche
y yo solo siento un clamor de fiebre en el corazón,
un archipiélago que se muestra en la negra quietud de mis sentidos,
alzado, en suspenso como una pérgola de sal y agua
que me seduce, y casi siempre, me mata.
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