domingo, 5 de marzo de 2017

Juegos de adolescencia

Es como elegir un rastro entre la voz del otoño.

La vívida inquietud busca la huella,
un presente sudoroso.

El alba se cruza con los alares y los pájaros,
no hay silabas solo un canto enorme
de picos mudos sin la madre.

Yo orillé estatuas de piedra blanca,
en los cristales un río pálido
recogía el infantil jolgorio de la necedad.

Son las inútiles preguntas
de una juventud que flota entre los sueños
o entre los alfanjes de la destrucción
y el séquito.

Malabares, sí,
malabares los rebumbios en los cafés
(un labio escoge el verbo alegre,
lo deposita en la boca de la sed
para ser coro de silencio,
halo que cruza los diálogos
de un amor volátil).

Invencible el murciélago que anida en la virtud del sol,
tan pronto su cruz, sus élitros fósiles,
la altura a la que asoma el futuro
con las llaves del devenir,
la colina donde crecen los ejércitos sin alma
de la lujuria, su raíz que fluye
y no cesa.


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