miércoles, 15 de marzo de 2017

Ángel mío



Oh! padre ángel en qué momento fui tu cielo.

La carne nueva llora
mientras tu voz surge
como un sortilegio que me salva.

Y serás el súbito jinete
que ocupa mi bicicleta roja
o el almanaque de los inviernos
donde la fiebre me elige
como una aurora desnuda.

Volarás sobre los recuerdos
que han dejado su poso de inquietud,
me acompañarás, sombra azul,
cuando la adolescencia escriba un verso
entre el agua y la muerte.

Y después tu instinto me indicará la hembra equivocada
porque te gusta jugar con el amor y sus señuelos.

Sé que estás en mí
como un miembro ignorado
o una pregunta que jamás formularé
-su razón me hiere-.

Es posible que en tu arrojo
yo encuentre un designio blanco
o que las amapolas que una vez soñé
te vistan con sus alas de seda púrpura.

Gracias, ángel mio, por no negarte a ser yo,
por tu protección invencible
que serena el sol de la vida que añoro.

Si pudieras volar yo te regalaría el perdón
pero sigues aquí igual que un apéndice
o una flor que ha crecido en la desventura.

Hermano mío,
más allá de nosotros solo existe un dios ciego
que no cesa de arrastrarnos
hasta un final que, lentamente, calcina mi esperanza.

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