Asusta la frialdad de la piedra, el gris moteado
que acoge en su vientre el tallo aún tierno de mi ser.
Vendrá el turbio eje con el que giran las mariposas de la luz,
tendré la flor abierta de la vida sobre mis manos
de piel colmada por un agua que es la voz de un futuro imberbe.
Aquí bajo el rectángulo que anuncia letanías,
en habitaciones que son nidos de contemplación hacia un cielo de metal,
con el alba que se desnuda en los patios como una plegaria levemente azul
y el rumor de las calles entre balcones que se besan igual
que pájaros que aman el aire fugaz que une sus designios,
voy al encuentro de la ciudad con el traje triste del silencio
y el ansia infantil del asombro.
Está la alegría de los mercados, el prócer en su pedestal de granito,
el río de color múltiple con el sueño que asoma en las pestañas de la juventud,
la coreografía que despierta al lánguido sol como una herida que busca
el reparo de la dermis alegre, el desnudo de la fontana que ya es canción
que trina por las rúas, entonación que en mí rebosa y canto,
canto como si abril en mi interior también floreciera.
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