Éramos tan diferentes.
Él rudo,
huraño,
melancólico.
Yo vital,
incauto,
algo irresponsable.
De niño Caín me miraba como si tuviera
la espina de un dolor en los ojos.
Cada uno eligió su tarea,
él cultivar los campos de sol a sol.
Yo pastorear los rebaños desde el amanecer
hasta que el día anunciaba el crepúsculo.
Dios nos pidió una muestra de amor.
Caín le entregó un haz de espigas
y yo un hermoso carnero.
Le dije: no soy culpable de que Dios eligiera mi presente.
Entonces de su zurrón sacó una quijada,
golpeó y golpeó en mi cabeza
hasta que comprendí que ese era el final
y que a mi hermano le esperaba algo peor que la muerte,
el juicio de Dios.
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