Nació demasiadas veces para morir.
Incubó la luz y fue sombra, venció
los inviernos hasta el parto sorprendente
del azar. Allí trastabilló como una cría
que no sabe pronunciar su ansia. Fue
comunicación la atmósfera de un bar,
ilusión la rompiente que halla un cauce
en la mirada tras ese lupanar que es
la respuesta cuando la noche invita
a una querencia sin rostro. El después
no sigue la huella, remansa en la palidez
del desencuentro, escupe en el tazón
de la rutina los mensajes imberbes
de la espontaneidad. Y te das cuenta
de la mentira y de que el sueño
es un huracán al que sobrevivir,
la verdad un cúmulo de silencios
donde habita el oasis ambiguo
del tránsito y de la efímera luz.
sábado, 30 de septiembre de 2017
viernes, 29 de septiembre de 2017
La condena
Aquí está la sed que fui. Solo agua
sin voz o espora que por un momento
se eleva en el aire con un estrépito
de ceniza. Mi frenesí vive en el hambre
de la adolescencia, encuentra la flor
de la juventud alada, simula un círculo
de paz, cae como la piedra del mito
para volver a ser mito. Y entretanto
qué soy yo, qué eres tú, quién el que
sube y baja más allá del sueño.
sin voz o espora que por un momento
se eleva en el aire con un estrépito
de ceniza. Mi frenesí vive en el hambre
de la adolescencia, encuentra la flor
de la juventud alada, simula un círculo
de paz, cae como la piedra del mito
para volver a ser mito. Y entretanto
qué soy yo, qué eres tú, quién el que
sube y baja más allá del sueño.
miércoles, 27 de septiembre de 2017
La ciudad que te doy
Es la ciudad piedra de luz sobre la noche
invertebrada. Un curioso silencio escribe
en las bocas el sello de un compromiso,
vidas que nacen como flores extrañas,
pieles de seda, augurios de risa en un vaso
a medias. Yo no existo aquí, mi noviembre
caducó, mi latido se avejenta en los portales,
bulle en los claroscuros, toma la dirección
de la huida con dos retratos en el vientre.
Extiendo la alfombra deshilachada, vierto
el azúcar de los pronombres, el ser que se
apacigua con las sombras que le acompañan.
La soledad da un brinco y las aves del ayer
alzan sus picos como la mudez que estalla
en el músculo de los labios y niega el decir.
Te entrego, hijo, la aurora o la sangre, ese
otro yo que quisiera fueras tú, ese otro yo
que se refleja en ti como la ausencia que soy.
invertebrada. Un curioso silencio escribe
en las bocas el sello de un compromiso,
vidas que nacen como flores extrañas,
pieles de seda, augurios de risa en un vaso
a medias. Yo no existo aquí, mi noviembre
caducó, mi latido se avejenta en los portales,
bulle en los claroscuros, toma la dirección
de la huida con dos retratos en el vientre.
Extiendo la alfombra deshilachada, vierto
el azúcar de los pronombres, el ser que se
apacigua con las sombras que le acompañan.
La soledad da un brinco y las aves del ayer
alzan sus picos como la mudez que estalla
en el músculo de los labios y niega el decir.
Te entrego, hijo, la aurora o la sangre, ese
otro yo que quisiera fueras tú, ese otro yo
que se refleja en ti como la ausencia que soy.
lunes, 25 de septiembre de 2017
Nosotros
Hablará la marioneta que fui,
el rostro risueño que vence.
No el hoy que es máscara,
ni la huella sólida de la desmemoria,
tampoco el lastre de esos días de niebla,
sin corazón,
perdidos en el enjambre de la responsabilidad;
hablará el olvido con sus escamas verdes
y el aullido del verano
y los músculos del amor sobre la hierba fértil.
Callo con las moscas azules en mi vientre,
finjo el cariño de las ascuas
como un resplandor en la cueva del futuro.
Creo en las mariposas moribundas,
en la luz que se evade entre las grietas,
en el eco que resopla en un vendaval lejano.
Soy la lengua de un volcán perdido
en la añoranza de su fuego,
vivo como el alacrán bajo la losa demacrada
de un paraíso inmóvil.
¿Y tú, ya sin cuerpo, ni ojos
donde columpiar la vanidad verde
de tu juventud?
Ahora somos el reproche de las olas
cuando su fuerza es el candil
cada vez más herido.
Una lágrima en la virtud del mañana
y un duelo de ramas caídas
sobre una quimera imposible de reproducir
bajo el agrio eclipse de la edad.
el rostro risueño que vence.
No el hoy que es máscara,
ni la huella sólida de la desmemoria,
tampoco el lastre de esos días de niebla,
sin corazón,
perdidos en el enjambre de la responsabilidad;
hablará el olvido con sus escamas verdes
y el aullido del verano
y los músculos del amor sobre la hierba fértil.
Callo con las moscas azules en mi vientre,
finjo el cariño de las ascuas
como un resplandor en la cueva del futuro.
Creo en las mariposas moribundas,
en la luz que se evade entre las grietas,
en el eco que resopla en un vendaval lejano.
Soy la lengua de un volcán perdido
en la añoranza de su fuego,
vivo como el alacrán bajo la losa demacrada
de un paraíso inmóvil.
¿Y tú, ya sin cuerpo, ni ojos
donde columpiar la vanidad verde
de tu juventud?
Ahora somos el reproche de las olas
cuando su fuerza es el candil
cada vez más herido.
Una lágrima en la virtud del mañana
y un duelo de ramas caídas
sobre una quimera imposible de reproducir
bajo el agrio eclipse de la edad.
domingo, 24 de septiembre de 2017
Primer vuelo
Es el miedo a la fisura, al ejercicio de las alas,
al resplandor de un ascenso en titubeo como
un Ícaro desnudo. Ten calma, esa planta tiene
raíz, su voz agrietada será semilla, su narciso
brotará a veces herido, otras perfecto, sin dudar.
El alba nadie la dibujó con huellas gastadas,
vive el ruiseñor en la espesura y alza su canto
infalible, romántico, altivo. Así el sueño de esa
piel joven que aún no conoce el eco de la partida,
vibra la noche, se enciende el semáforo de un verde
abstracto y crujen los músculos de la paternidad
huérfana. ¡Qué error si el abrazo dura lo que dura
el tiempo de la lasitud!, pronto un aire desconocido
desoirá los consejos caducos de un ayer que ya no
es infancia infinita, ni cadena donde atrapar ese vuelo
que crecerá hasta el confín de cien mil horas de futuro.
al resplandor de un ascenso en titubeo como
un Ícaro desnudo. Ten calma, esa planta tiene
raíz, su voz agrietada será semilla, su narciso
brotará a veces herido, otras perfecto, sin dudar.
El alba nadie la dibujó con huellas gastadas,
vive el ruiseñor en la espesura y alza su canto
infalible, romántico, altivo. Así el sueño de esa
piel joven que aún no conoce el eco de la partida,
vibra la noche, se enciende el semáforo de un verde
abstracto y crujen los músculos de la paternidad
huérfana. ¡Qué error si el abrazo dura lo que dura
el tiempo de la lasitud!, pronto un aire desconocido
desoirá los consejos caducos de un ayer que ya no
es infancia infinita, ni cadena donde atrapar ese vuelo
que crecerá hasta el confín de cien mil horas de futuro.
miércoles, 20 de septiembre de 2017
Un ejercicio de nostalgia
Tal vez el aire rote como un misterio y la playa
pronuncie el estertor de la infantil argucia de querernos.
Dos pasos hacia atrás son el símbolo de mi nostalgia,
los cristales se arrojan a la luz, quizá la mancha del frenesí
o la paupérrima sombra que nos aleja estalle en el azul
como un vientre perfecto de melancolía y nieve. Es posible
que bulla el cansancio bajo el sicomoro que plantaste, también
que giren los enjambres dolientes por haber perdido un ayer
que se enroscaba como la infinitud en arabescos miopes.
Es nostalgia el tañido de la campana cuando los cuerpos
amagan, y es laúd el solsticio en que las alas encuentran
el río astuto donde quemarse a solas y no por ello
derivar en el afluente amigo. Al final son juegos sin alma,
caleidoscopios que susurran la edad, el ojo impertérrito
poblado de escamas en su océano de quietud y duermevela.
Quien roza el nombre de una estrella solo quiere un rostro
que se acerque, que parpadee en su mejilla, que llore
como una rama que no cesa de arrimarse al único silencio
que conoce; tan herido, tan tenue, tan en deriva sin pretérito,
condenado a una muerte sin memoria ni luces ni ansiedad,
en la estación donde los planetas eligen el círculo o la
llaga imberbe que nunca deja de supurar cantos de cigüeña.
pronuncie el estertor de la infantil argucia de querernos.
Dos pasos hacia atrás son el símbolo de mi nostalgia,
los cristales se arrojan a la luz, quizá la mancha del frenesí
o la paupérrima sombra que nos aleja estalle en el azul
como un vientre perfecto de melancolía y nieve. Es posible
que bulla el cansancio bajo el sicomoro que plantaste, también
que giren los enjambres dolientes por haber perdido un ayer
que se enroscaba como la infinitud en arabescos miopes.
Es nostalgia el tañido de la campana cuando los cuerpos
amagan, y es laúd el solsticio en que las alas encuentran
el río astuto donde quemarse a solas y no por ello
derivar en el afluente amigo. Al final son juegos sin alma,
caleidoscopios que susurran la edad, el ojo impertérrito
poblado de escamas en su océano de quietud y duermevela.
Quien roza el nombre de una estrella solo quiere un rostro
que se acerque, que parpadee en su mejilla, que llore
como una rama que no cesa de arrimarse al único silencio
que conoce; tan herido, tan tenue, tan en deriva sin pretérito,
condenado a una muerte sin memoria ni luces ni ansiedad,
en la estación donde los planetas eligen el círculo o la
llaga imberbe que nunca deja de supurar cantos de cigüeña.
sábado, 16 de septiembre de 2017
Los recuerdos
Alas de pájaro en la memoria,
un cisne verde
y el arco iris de la pérdida.
Tres razones que me invitan a ser,
a vivir o a morir.
un cisne verde
y el arco iris de la pérdida.
Tres razones que me invitan a ser,
a vivir o a morir.
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